Łączna liczba wyświetleń

środa, 15 listopada 2017

GRANDES FUNERALES EN LA CORTE

El presente sueño está relacionado con la actitud del Parlamento Piamontés y del ministro Cavour, que pretendían poner en vigor la ley Ratazzi, sobre supresión de los bienes eclesiásticos y prácticamente de las Órdenes religiosas. San Juan Bosco, previendo los males que con ello se ocasionarían a la Iglesia, deseaba apartar de la Casa Real de Saboya las divinas amenazas que sobre ella se cernían, y a él reveladas. Y, en consecuencia, he aquí el sueño que tuvo hacia finales del mes de noviembre de 1854. 

Don Bosco
«Le pareció encontrarse en el lugar donde se levanta el pórtico central del Oratorio, obra entonces en construcción, junto a la bomba hidráulica colocada en la pared de la Casita Pinardi. Estaba rodeado de sacerdotes y clérigos. De pronto vio que avanzaba hacia el centro del patio un paje de la Corte vestido de uniforme rojo, el cual, apresuradamente llegó adonde San Juan Bosco se encontraba, pareciéndole al Santo oírle gritar: 

— ¡Una gran noticia! 
— ¿Qué noticia?, — le preguntó San Juan Bosco. 
— ¡Anuncia! ¡Gran funeral en la Corte! ¡Gran funeral en la Corte! 

San Juan Bosco, ante esta imprevista aparición y al escuchar aquel anuncio quedó como petrificado, mientras el pajecillo volvía a repetir: 

— ¡Gran funeral en la Corte! 

San Juan Bosco quiso entonces preguntarle algo más sobre su fúnebre anuncio, pero al intentar hacerlo, el paje había desaparecido. 

Habiéndose despertado, el Santo estaba como fuera de sí, y al comprender el misterio de aquella aparición, tomó la pluma y comenzó a redactar una carta dirigida a Víctor Manuel, poniendo en ella de manifiesto cuanto le había sido anunciado y relatando en ella el sueño con toda sencillez. 

Después del mediodía llegó al comedor con un poco de retraso. Los jóvenes recuerdan aún cómo siendo aquel año de un frío intensísimo, Don Bosco llevaba puestos unos guantes muy viejos y estropeados y entre las manos un paquete de cartas. Se formó entonces un corro a su alrededor. Estaban presentes Don Alasonatti, Ángel Savio, Cagliero, Francesia, Juan Turchi, Reviglio, Rúa, Afifossi, Buzzetti, Enría, Tomatis y otros, en su mayoría clérigos. San Juan Bosco comenzó a decir sonriendo: 

— Esta mañana, queridos hijos, he escrito tres cartas a otros tantos personajes: al Papa, al rey y al verdugo. 

La risa fue general al sentir pronunciar unidos los nombres de estos tres personajes. En cuanto a la referencia del verdugo, a nadie le cogió de sorpresa, pues todos sabían que el Santo tenía amistad con los empleados de la cárcel y que precisamente el verdugo era un cristiano ejemplar, ejerciendo la caridad para con los pobres lo mejor que podía. Solía escribir las solicitudes que la gente del pueblo quería hacer al rey o a las autoridades y a la sazón le amargaba una pena muy honda, pues había tenido que retirar de las escuelas públicas a un hijo suyo, porque los compañeros huían de él por ser el hijo del verdugo. 

En cuanto al Papa Beato Pío IX, nadie ignoraba la correspondencia que San Juan Bosco mantenía con el Vicario de Cristo. Por tanto, lo que intrigaba a los oyentes era el hecho de que el siervo de Dios hubiese escrito al rey, tanto más que todos sabían lo que el santo pensaba sobre la usurpación de los bienes de la Iglesia. San Juan Bosco no tuvo a sus oyentes en vilo mucho tiempo y así les manifestó de inmediato cuanto había escrito al monarca aconsejándole que no permitiese la tramitación de tan infausta ley. Les narró, pues, el sueño que había tenido, terminando el relato con estas palabras: 

— Este sueño me ha causado mucho malestar y me ha fatigado mucho. 

San Juan Bosco parecía muy preocupado en aquella ocasión, exclamando de vez en cuando: 

— ¿Quién sabe?... ¿Quién sabe?... Recemos... recemos... 

Sorprendidos los clérigos, al oír el relato del sueño comenzaron a hacer cábalas y a preguntarse mutuamente si se sabía si en el palacio real había algún noble enfermo; todos concluyeron que nada se podía asegurar sobre el particular. 

San Juan Bosco, entre tanto, llamando al clérigo Ángel Savio, le entregó una carta. 

— Cópiala — le dijo — y anuncia al rey: ¡Gran funeral en la Corte! 

El clérigo Savio hizo lo que se le había indicado, pero el rey, según se supo después por los confidentes del monarca, leyó el escrito con indiferencia y no hizo caso de lo que se le decía. 

Habían pasado unos cinco días de este sueño y San Juan Bosco volvió soñar la noche siguiente. 

Le pareció estar en su habitación sentado a su escritorio, escribiendo, cuando oyó el ruido de los cascos de un caballo en el patio. 

De pronto ve que se abre la puerta y que aparece el pajecillo con su librea roja y que, yendo hasta el centro de la habitación, se detiene y grita: 

— ¡Anuncia!: No gran funeral en la Corte, sino ¡grandes funerales en la Corte! 

Y repitió estas mismas palabras dos veces. Seguidamente se retiró apresuradamente, cerrando la puerta tras de sí. San Juan Bosco deseaba saber algo más, quería interrogarlo, pedirle alguna explicación, para lo cual se levantó de la mesa y corrió al balcón viendo al emisario subir al caballo. Lo llamó, le preguntó por qué había venido para repetirle el mismo anuncio, pero aquél se alejó gritando: 

— ¡Grandes funerales en la Corte! 

Al amanecer, el mismo San Juan Bosco dirigió al rey otra carta, en la que le contaba este segundo sueño y concluía advirtiendo a su majestad que pensase en conducirse de manera de poder conjurar los graves castigos que se cernían sobre la Casa Real, pidiéndole al mismo tiempo se opusiese a la ley en cuestión. 

Por la noche, después de la cena, encontrándose San Juan Bosco en medio de los clérigos, les dijo: 

— ¿No sabéis que tengo que deciros algo más extraño que lo del otro día? 

Y seguidamente les contó cuanto había visto en sueños la noche anterior. Entonces, los clérigos, sin poder disimular su extrañeza, le preguntaron qué significarían aquellos anuncios de muerte. Es de suponer la ansiedad general a la espera de que se cumpliesen estos vaticinios. 

San Juan Bosco manifestó claramente al clérigo Cagliero y a algunos otros, que se trataba de las amenazas y castigos con que el Señor daría a conocer su indignación contra aquellos que habían acarreado males a su Iglesia y que se estaban preparando otros mayores. 

En aquellos días el siervo de Dios se mostraba apenadísimo, oyéndosele exclamar frecuentemente: 

— Esta ley atraerá sobre la Casa reinante graves desgracias. 

Todas estas cosas se las manifestaba a los suyos para inducirlos a rezar por el rey, rogando a la misericordia divina impidiese la dispersión de tantos religiosos y la pérdida de tantas vocaciones. 

Entretanto, el rey había confiado aquellas cartas al marqués Fossati, que después de leerlas se personó en el Oratorio y dijo a Don Bosco: 

— ¡Oh! ¿Le parece esta una bonita manera de poner en vilo a toda la Corte? El rey está profundamente turbado e impresionado, pero, sobre todo, su indignación no tiene límites. 

San Juan Bosco le replicó: 

— ¿Pero, si lo escrito en las cartas es cierto? Siento haber ocasionado este disgusto a mi soberano, pero, en resumidas cuentas, se trata de su bien y del bien de la Iglesia. 

Los avisos dados por San Juan Bosco fueron desoídos. El 28 de noviembre de 1854, el ministro Urbano Raitazzi presentaba a los diputados un proyecto de ley para la supresión de las Órdenes religiosas. El ministro de Finanzas, Camilo Cavour, estaba dispuesto a que dicha ley se aprobara a todo trance. Estos señores se basaban en la idea de que fuera del cuerpo civil no hay ni puede darse sociedad a él superior y de él independiente; que el Estado lo es todo y que, por tanto, ningún ente moral, ni siquiera la Iglesia Católica, puede existir sin el conocimiento y el consentimiento de la autoridad civil. Por eso, dicho poder, al no reconocer a la Iglesia Católica el derecho de dominio sobre los bienes eclesiásticos y sobre las corporaciones religiosas, defendía que éstas tenían que depender de la autoridad civil debiendo modificarse su forma de existencia o extinguirse por voluntad de la misma soberanía y, por ende, el Estado, heredero de toda personalidad civil que no tenga sucesión, se convertiría en el propietario único y absoluto de todos sus bienes. 

Error colosal, pues tales patrimonios, cuando una Congregación u Orden religiosa dejase de existir por cualquier motivo, no quedaban sin dueño, debiendo ser devueltos a la Iglesia de Jesucristo, representada por el Sumo Pontífice, aunque los adoradores del Estado se empeñasen en negarlo. 

La noticia de la presentación de este proyecto de ley ocasionó un vivísimo dolor a los buenos católicos y a San Juan Bosco. Él, para secundar la voluntad del cielo, había amonestado reiteradamente al soberano; proceder justo pero peligroso, cuyas consecuencias se podían prever. Otra persona, por serena y resuelta que fuese, en medio de tantas adversidades, habría vivido necesariamente en un continuo estado de inquietud. San Juan Bosco, en cambio, permaneció siempre imperturbable, encontrando el vigor necesario en el Corazón Sacratísimo de Jesús Sacramentado y en el auxilio de su celestial Madre. 

Mientras se discutía la inicua ley contra los bienes eclesiásticos, un doloroso acontecimiento vino a interrumpir la labor de los diputados. El 5 de enero de 1855 la reina madre María Teresa enfermó de improviso y aunque toda la noche estuvo atormentada por una gran sed, no quiso beber para poder comulgar el día de la Epifanía; pero no pudo levantarse. 

El rey Víctor Manuel escribía al general Alfonso La Marmora: «Mi madre y mi esposa no hacen más que repetirme que morirán de disgusto por mi culpa». 

La augusta enferma moría el 12 de enero, poco después del mediodía, a la edad de cincuenta y cuatro años. La Cámara, para manifestar al rey su pesar, suspendió sus trabajos. 

Gran desgracia fue para el Piamonte la pérdida de María Teresa, que repartía diariamente entre los necesitados limosnas sin cuenta. El luto fue universal, como universales fueron las bendiciones que de todas partes se elevaron a su memoria. 

Mientras se cerraba aquel féretro, llegaba a manos del rey otra carta misteriosa que decía, sin nombrar a nadie: «Persona iluminada a lo alto ha dicho: si la ley prosigue adelante, nuevas desgracias acaecerán a tu familia. Esto no es más que el preludio de los males futuros. Erunt mala super mala in domo tua. Si no vuelves atrás, abrirás un abismo que no podrás salvar». 

El soberano, después de leer esta carta quedó aterrado, y presa de la más viva inquietud no hallaba reposo en nada. 

Los solemnes funerales por el alma de María Teresa se celebraron en la mañana del 16, el féretro fue transportado a Superga bajo una temperatura extrema que hizo enfermar a muchos soldados y también al conde de Sangicsto, escudero de la reina. Aún no había regresado la Corte de rendir los últimos honores a la madre de Víctor Manuel, cuando la familia real fue llamada con urgencia para que asistiese al Viático de la nuera de la difunta. La reina María Adelaida, al sobrevenir la muerte de María Teresa, estaba en el cuarto día del puerperio, habiendo dado felizmente a luz un niño. Ella, que tanto amaba a la reina madre, sintió un tan vivo dolor al enterarse de su muerte, que, atacada por una metro-gastroenteritis, se vio reducida a los extremos. A las tres de la tarde se le administró el Viático, que fue llevado de la Real Capilla de la Santa Sábana. Una multitud inmensa acudía a todos los templos para impetrar del cielo la salud de la soberana. Todo el Piamonte se asoció al dolor de la familia real cumpliéndose aquel dicho de «que en el Piamonte, las desventuras del rey son las desgracias del pueblo». Pero el día 20 le fue administrada la Extremaunción a la enferma, que entró en agonía, expirando a las seis de la tarde en el beso del Señor, a la temprana edad de treinta y tres años. 

Y no terminó aquí el luto de la Casa de Saboya. La misma tarde le fue dado el Viático a su Alteza Real Don Fernando, duque de Genova, enfermo desde hacía tiempo; era el duque de Genova el único hermano del rey Víctor Manuel. El soberano se sintió abrumado por este cúmulo de dolores. 

El día 21, la Cámara de diputados se reunía a las tres de la tarde, y al comunicársele la noticia de la muerte de la reina, deliberó observar trece días de luto y la suspensión de las reuniones por espacio de diez. 

Los funerales de María Adelaida se celebraron el 24 de enero, siendo conducido el féretro a Superga. Los clérigos del Oratorio estaban aterrados al comprobar cómo se realizaban de una manera tan fulminante las profecías de San Juan Bosco, y la impresión era tanto mayor cuanto que formaban parte de cada uno de los cortejos fúnebres de las personas reales desaparecidas. Circunstancia particular: el frío era tan intenso que el gran maestro de ceremonias de la Corte, al ser trasladado el féretro de la reina Adelaida, permitió al clero usar abrigos especiales y cubrirse la cabeza. Para el Oratorio aquellos acontecimientos constituían una gran desgracia y los clérigos decían a San Juan Bosco: 

— Ya se ha realizado su sueño. ¡En verdad que han sido grandes funerales, según anunciaba el pajecillo! No sabemos si la Justicia divina estará ya satisfecha. 

San Juan Bosco, en efecto, debía conocer mucho más de lo que había anunciado. 

La condesa Felicita Crabosio-Anfossi — cuenta Don Lemoyne — nos mandó el siguiente testimonio por ella firmado: 

«Corría el año de 1854 y rogué a [San] Juan Don Bosco que aceptase en el Oratorio a un hermano de leche de mi hijo, que había quedado huérfano de padres. [San] Juan Bosco lo aceptó con la condición de que, estando yo en la Corte como estaba, me presentase a las soberanas para obtener de su caridad dos mil francos que el siervo de Dios necesitaba para poder pagar una deuda urgente. Yo le prometí hacerlo, y en efecto, estaba resuelta a cumplir mi promesa; pero, después surgieron algunas dificultades que me hicieron diferir las visitas a las augustas señoras, las cuales, en aquel tiempo, se habían ausentado de Turín, viviendo en una finca del conde Cays de Giletta. Habiendo ido yo también al campo, volví a la ciudad ya muy avanzado el otoño y seguidamente fui a entrevistarme con [San] Juan Don Bosco, el cual me dijo inmediatamente: 

— He aceptado a su protegido, pero usted no ha cumplido aún su promesa; no habló a las soberanas de mi deuda con el panadero. 

— Es cierto — repliqué un poco confusa, — pero tenga la seguridad de que apenas las augustas señoras estén de regreso en Turín, no dejaré de cumplir lo prometido. 

Mientras yo hablaba, [San] Juan Don Bosco hacía con la cabeza un movimiento como indicando que no, y con una sonrisa un tanto triste, me dijo: 

— ¡Paciencia! Pueden suceder tantas cosas que, a lo mejor, a usted no le es posible hablar más con las soberanas. 
— ¿Por qué dice eso? 
— Porque es así; usted no verá más a las reinas. 

Quince días después, encontrándome en la casa de unos nobles, supe el regreso de las soberanas a Turín y que la reina María Teresa estaba tan enferma que le habían administrado los Santos Sacramentos. Pronto recibimos la noticia de su fallecimiento. Ocho días más tarde moría la joven reina María Adelaida, ambas lloradas y veneradas como dos soberanas santas. Solamente entonces recordé las palabras de [San] Juan Bosco, no dudando de su espíritu verdaderamente profético. 

Fuente: Los Sueños de San Juan Bosco, traducción del p. Francisco Villanueva
(Tomo V, pgs. 176-181, sueño 18) 







poniedziałek, 13 listopada 2017

SANGRE ES LO QUE YO NECESITO PARA REFRIGERARME EN LAS ARDENTÍSIMAS PENAS QUE PADEZCO

— ¿Para qué fines se ofrece, pues, la Santa Misa?
— El sacrificio de la Santa Misa se ofrece a Dios para cuatro fines: 1º., para honrarle como conviene, y por esto se llama latréutico; 2º., para agradecerle sus beneficios, y por esto se llama eucarístico; 3º., para aplacarle, para darle alguna satisfacción de nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del purgatorio, por lo cual se llama propiciatorio; 4º., para alcanzar todas las gracias que nos son necesarias, y por esto se llama impetratorio.
Catecismo Mayor N° 660

Beato Enrique Suso
(Heinrich Seuse),
Grabado en madera
del siglo XV
En la Universidad de Colonia estudiaban facultad mayor dos religiosos de la orden de Santo Domingo, célebres ambos por su saber y virtudes: el beato Enrique Susón, y otro de no menor perfección. El hábito, la igualdad de ciencia que estudiaban y la virtud, los unían en la más estrecha amistad. No había entre ellos secreto, ni aun de los dones sobrenaturales que Dios les comunicaba; y así es que Enrique manifestó al otro el secreto ignorado de muchos, de llevar sobre su corazón el nombre santísimo de Jesús grabado a fuego, y de lo que quedó tan conmovido el buen religioso, que no contento con tocar aquellos sagrados caracteres, los besó y bañó con sus lágrimas.

Concluidos los estudios y debiendo partir cada uno para su convento, hicieron antes el santo contrato de que muerto el uno, el otro debería auxiliar al difunto con dos Misas cada semana, el lunes de Réquiem y el viernes de Pasión, mientras el rito lo permitiese. Hecho este acuerdo, se abrazaron y partieron. 

Pasados algunos años, supo Enrique haber pasado a mejor vida su buen compañero, a quien desde luego encomendó a Dios y continuó haciéndolo todos los días, y no una sola vez, sino varias en cada uno; pero en medio de esto nunca le vino a la memoria lo pactado en Colonia respecto a las dos Misas cada semana. 

Oraba Enrique una mañana en una capilla interior del convento, cuando he aquí que se le presenta el amigo antiguo, que con palabras propias de sus padecimientos y de la justísima causa que tenía para quejarse de su amigo, le echa en cara el haber olvidado el santo acuerdo que la cordial amistad de ambos había firmado y sellado al despedirse en Colonia. El beato Enrique Susón se defendió lo mejor que pudo, culpando a su memoria y asegurándole que fuera de esto le había ayudado con oración continua y otros sufragios.

— Lo sé, hermano mío, — replicó el difunto, — pero no basta. ¡Sangre, Enrique (exclamó levantando la voz), sangre es lo que yo necesito para refrigerarme en las ardentísimas penas que padezco, y para abreviar el tiempo de ellas! No bastan a mis graves necesidades ni tus oraciones, aunque fervorosas, ni tus penitencias, aunque rigidísimas; se necesita que la Sangre de Jesucristo que se ofrece en el sacrificio de la Misa, baje a templar la vehemencia de las llamas que me atormentan: ésta es el agua que refrigera y al fin apaga el fuego. 

— Está bien, hermano mío, — contestó Enrique enternecido. — Misas tendrás, y las tendrás en mucho mayor número que el que te prometí. 

En efecto, Enrique suplió la falta haciendo celebrar un número muy considerable de Misas en poco tiempo; por manera que aún continuaban celebrándose cuando, el poco antes afligidísimo amigo, se presentó de nuevo rodeado de luz y colmado de gozo, y después de abrazarle tiernamente y de besar el santísimo nombre de Jesús que llevaba grabado en el pecho, se elevó hacia el cielo, para ir a ver cara a cara aquel Dios que, escondido bajo las especies sacramentales, había obtenido el fin de sus padecimientos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 111-113.



poniedziałek, 6 listopada 2017

SANTA USURA DEL QUE APLICA SUS PROPIAS OBRAS SATISFACTORIAS EN SUFRAGIO DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

— ¿Por que después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos? 
— Después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos, que están en el purgatorio, porque conviene que la Iglesia militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia triunfante, acuda al alivio de la Iglesia purgante con un general y solemne sufragio.
Catecismo Mayor N° 214


Miguel Cabrera, Santa Gertrudis
Dejó escrito Dionisio, por sobrenombre el Cartujano, que la admirable Santa Gertrudis, al levantar su corazón a Dios por las mañanas, hacía oferta en sufragio de las ánimas del mérito de sus oraciones, satisfacciones, penitencias y de todas sus obras satisfactorias; y para mejor emplearlas, suplicaba al Salvador se dignase manifestarle las almas que más lo necesitaban, para aliviarlas con preferencia. El Señor, que se complace en hacer la voluntad de los que lo temen, le mostraba por orden las almas más afligidas, y sin más la caritativa Gertrudis se aplicaba a socorrerlas con vigilias, ayunos, todo género de mortificación, y principalmente con amorosas súplicas a su divino Esposo para inclinarle a piedad, sin dejarle, digámoslo así, de la mano hasta que obtenía la gracia. Eficacísima era su oración, e inefable el consuelo que recibía cuando presentándose las almas (como acaecía con frecuencia) a darle gracias, recogía el fruto de sus lágrimas.

Avanzaba en edad y cercana ya a la muerte, fue asaltada del espíritu maligno con una tentación que la puso en grande congoja: porque su asalto fue tan fiero cuanta era su desesperación por verse arrebatar por una simple mujer tantas almas de las manos. Le metió en la cabeza que había hecho un lastimoso desperdicio de sus obras satisfactorias y que, estando ya próxima a partir de este mundo, pronto se vería en un durísimo purgatorio, que podría haber evitado reservando para sí lo que tan inconsideradamente había cedido en beneficio de otros. 

— ¡Infeliz de mí! — decía — pronto daré exactísima cuenta de mis faltas, que juzgándolas como las juzgará Dios con su vista más clara y penetrante que el sol, ¿cuántas manchas no encontrará en esta pobre alma? ¿Y con qué satisfaré, si todo lo que ahora me podría servir lo he desperdiciado, cediéndolo a favor de los difuntos?

Hacía éstas y otras tan dolorosas exclamaciones, cuando he aquí que apareciéndosele su divino Esposo Jesucristo, le dice:

— ¿Qué tienes, Gertrudis, que tanto te aflige?
— Señor — respondió, — me aflijo porque estando próxima a morir y sufrir el juicio de mis pecados, me encuentro sin capital de buenas obras para satisfacer por ellos, porque, como sabéis, las he cedido todas en beneficio de las ánimas.

El Salvador entonces, consolándola, le dijo con amorosísimo semblante: 

— ¿Y así te olvidas — hija mía — de quién yo soy? ¿Crees tú que me has de vencer en generosidad? Pues para que veas cuán acepta me ha sido tu caridad con el prójimo, en premio de esto te condono todas las penas que mereces por tus culpas. Además, porque he prometido el ciento por uno a los que acometen santas empresas, te quiero premiar ventajosamente, aumentándote la gloria en la eterna bienaventuranza; y sobre esto dispondré que en el instante en que tu espíritu salga de la prisión del cuerpo, comparezcan todas las almas que has rescatado con tu caridad, para que acompañada de todas ellas hagas entrada triunfal en el cielo...

Dejo a la consideración del lector cuánto sería el consuelo de la santa virgen al oír promesas tan magníficas de la boca misma del Salvador. Dice el historiador (y en verdad no cuesta trabajo el creerlo), que en lo que sobrevivió a esta consoladora aparición del Salvador, redobló la Santa el fervor para rogar por las almas, de manera que hasta el último suspiro fueron objeto de su caridad.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 108-111.

niedziela, 5 listopada 2017

DIOS TE HA RESERVADO LO DOBLE

— ¿Qué fruto hemos de sacar de la Conmemoración de todos los fieles difuntos? 
— De la Conmemoración de todos los fieles difuntos hemos de sacar este fruto:

1º, pensar que también nosotros hemos de morir presto y presentarnos al tribunal de Dios para darle cuenta de toda nuestra vida; 

2º, concebir un gran horror al pecado, considerando cuán rigurosamente lo castiga Dios en la otra vida, y satisfacer en ésta a la justicia divina con obras de penitencia por, los pecados cometidos.
Catecismo Mayor N° 217


Un hombre, enormísimo pecador, fue exhortado de todos a confesarse en la hora de su muerte, pero se resistió a todos cabalmente. Llamaron entonces a un confesor muy santo y austero que habitaba muchos años el desierto. Llegó éste; se le resistió también el moribundo; y como fuese la causa de su resistencia la innumerable cantidad de sus pecados, y la ninguna penitencia que por ellos había hecho, le dijo, inspirado de Dios, el confesor:

— Si te animas, te doy, Dios mediante, la satisfacción de todas las obras buenas, mortificaciones y penitencias que yo había hecho en toda mi vida, y todas las que había de hacer en adelante.

Respondió el moribundo que sí, y entonces el confesor se lo otorgó, y se valió del ardid de decirle: 

— Pues mira, para que yo dé cabal satisfacción de tus culpas, he de saber cuántas y cuáles son.

Se lo pareció bien al moribundo y se las dijo. Después de haberlas oído, el confesor le dispuso a que se doliese de ellas, y le absolvió, y el penitente expiró al punto. 

Después se le apareció, anegado en refulgentes nubes de gloria, y le dijo: 

— Debo a la donación que me hiciste de tus satisfacciones, el subirme al cielo, y librarme de prolongado y terrible purgatorio qué me amenazaba.

Y preguntándole el confesor si las había él mismo perdido por habérselas dado, le respondió el bienaventurado: 

— ¿Cómo perder? Es doblado el premio que por éstas tienes.

Deus tibi reservavit duplicata (Dios te ha reservado lo doble). 

Fuente: José Boneta, Gritos del purgatorio, y medios para acallarlos. Libro primero y segundo dedicados a María Santísima del Carmen, 
Barcelona, pgs. 260-261.

AGRADECIDA CORRESPONDENCIA DE LAS ÁNIMAS A UN BIENHECHOR SUYO (VISIÓN DE UN VICARIO)

Sería prácticamente imposible describir su ilimitada gratitud [la de las santas almas] para con aquellos que las ayudan. Llenas de un inmenso deseo de pagar los favores hechos por ellas, ruegan por sus benefactores con un fervor tan grande, tan intenso, tan constante, que Dios no les puede negar nada.
Padre Paul O’Sullivan


Ciertamente que si en alguno se encuentra la verdadera gratitud, es en las almas del purgatorio. Veamos de ello una memorable demostración. 

Un ciudadano de Bretaña, no obstante los muchos y graves negocios que le tenían en medio del siglo, tenía, sin embargo, la vida de un verdadero y fervoroso cristiano. Entre sus excelentes virtudes sobresalía la tierna y solícita devoción que profesaba a las ánimas, como lo hacían ver las continuas limosnas que, entre otros sufragios, ofrecía continuamente por ellas, y muy especialmente la práctica que siempre usaba de detenerse cuando pasaba por el cementerio a orar por ellas, en pie o arrodillado, y esto bien estuviese solo, bien a la vista de las gentes, cuyo respeto en esto y otras cosas de la gloria de Dios nunca fue parte para retraerle; y cuán agradable fuese todo a Dios y provechoso a las ánimas, el tiempo lo hizo ver de un modo no menos prodigioso que auténtico.

Porque acometido de la última enfermedad y agravado, pidió con instancia el Santo Viático para prepararse con el Pan de los fuertes al último trance y combate. Era de noche, y el párroco, por ser tal hora y no muy bueno el camino que había que andar, eludió la molestia, que hubo de tomar sobre sí el vicario, si bien con gusto por el alto respeto que tenía del enfermo. Llegado a casa del paciente y consolándole con el Pan de los ángeles, le administró también el último sacramento en razón de la distancia a que se hallaba de la parroquia.

Se volvía en paz a la iglesia con algún acompañamiento, cuando he aquí que al llegar al cementerio en que tantas veces oró el enfermo, se vio detenido por una fuerza invisible; y mientras, absorto, se pierde en hacer juicios sobre la causa de tal novedad, siente salir una voz del copón que lleva consigo, y pronunciar distintamente estas palabras: “¡Huesos áridos, oíd la orden del Señor; levantaos! (cfr. Ezequiel 37). Que fue decirles: “Venid a la iglesia a rogar por el bienhechor que en este momento acaba de entregar el espíritu; exige la gratitud que le paguéis, ahora que él lo necesita, el mucho bien que os ha hecho; en especial porque nunca pasó por este cementerio sin orar por vosotros”.

Entonces se sintió el extraño ruido de multitud de huesos, que agregándose unos a otros, y buscando sus junturas, formaban sus respectivos esqueletos, y después los cuerpos en la forma misma que vio el santo profeta y describe con estas palabras: “Se oyó un sonido, y he aquí una conmoción grande; y se unieron huesos a huesos, cada uno por su propia coyuntura” (allí mismo). En seguida se vio salir un número grande de personas, las cuales se dirigían a la iglesia, adonde volviendo también la vista el vicario observó, con no poca sorpresa, que no sólo se hallaba abierta de par en par (cuando él la había dejado bien cerrada, máxime siendo de noche), sino que además estaba con abundante cera iluminada. Se colocaron en buen orden, y acto continuo entonaron el Oficio de difuntos, que cantaron con aquella majestad que usan las catedrales con los grandes personajes. Concluidas las exequias, se sintió otra vez el extraño ruido de los huesos, porque la voz que los reunió se volvió a oír, intimándoles que volvieran al lugar que ocupaban, y del que momentáneamente salieron, porque quiso el Señor dar a entender a los vivos lo que sabe hacer para premiar la caridad con los difuntos.

Viéndose ya libre el sacerdote que había estado inmóvil todo aquel tiempo, entró en la iglesia, y dejado el Sacramento en el tabernáculo, marchó apresurado a dar cuenta al párroco del suceso. No bien había empezado su relación, cuando llegó un mensaje de la casa del enfermo participando que había entregado plácidamente el alma al Creador. El suceso entretanto produjo dos buenos efectos, porque al párroco le hizo más diligente en el cumplimiento de su obligación, principalmente con los enfermos; pero el vicario pasó más adelante, porque volviendo al mundo las espaldas se encerró en el monasterio de Tours, fundado por San Martín, y del cual con el tiempo y por el mérito de las grandes virtudes que le adornaban, fue dignísimo superior. Eran muchas las prendas que le hacían merecedor de tal dignidad, como lo acreditó la grata memoria que por mucho tiempo se conservó de su prudencia y de la devoción que practicó y supo inspirar a los monjes en favor de las afligidas almas del purgatorio.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 103-105.

poniedziałek, 23 października 2017

EL QUE EN VIDA ES PURGADO CON TRABAJOS, SE ENCUENTRA EN LA GLORIA SIN PASAR POR EL PURGATORIO.

Un día de padecer en el purgatorio es tan acerbo, que puede igualar a mil años de padecimientos en esta vida.
San Agustín

Prudentísima fue la respuesta del emperador Mauricio, el cual preguntado por la milagrosa imagen del Salvador dónde quería purgar sus faltas, si en esta vida o en la otra, contestó: “Aquí, aquí quiero padecer la pena que merezcan mis pecados”. Desacertado, por el contrario, fue el partido que tomó aquel religioso de la orden de San Francisco, al cual habiendo dado un ángel a escoger entre la alternativa de satisfacer a la divina Justicia con larga y penosa enfermedad en la tierra o fuera de ella con breve purgatorio, escogió esto con preferencia a aquéllo. Padecía en verdad una enfermedad tan dolorosa y molesta, que haciéndole insufrible a sí mismo y sumamente gravoso a los demás religiosos, le pareció preferible la muerte; por manera que volviendo los ojos al cielo suplicó la gracia de ser libertado de la prisión del cuerpo. “¡Oh Dios mío — decía — compadeceos de este vuestro infeliz siervo! Yo no encuentro descanso ni de día ni de noche; tantos son los dolores que me afligen, que hasta en las entrañas me atormentan; y creciendo cada día, disminuyen en proporción mis fuerzas: yo no puedo más. Si mis culpas no merecen la gracia de que me saquéis de esta prisión, la merecen a lo menos estos vuestros siervos, a quienes sirvo de tanta incomodidad y trabajo”.

Así oraba, cuando descendiendo un ángel se le presentó delante y propuso el partido siguiente: “Pues que tanto os aflige el padecer, Dios pone en vuestra mano, o el permanecer así por espacio de un año, concluido el cual volaréis al cielo, o compensar estos padecimientos con tres días (otros dicen uno) en el purgatorio: queda la elección a vuestro arbitrio”. El mal aconsejado enfermo, atendiendo sólo al mal presente, exclamó sin detenerse: “Venga enhorabuena la muerte, y tanto tiempo de purgatorio cuanto el Señor fuere servido”. “Pues bien — añadió el ángel —, hágase como queréis; preparaos con los Santos Sacramentos, porque hoy mismo moriréis”...

Un día escaso llevaba esta pobre alma de padecer en el purgatorio, cuando el ángel bajó a confortarla, y después de haberla saludado con grande amor, la preguntó cómo se encontraba en su nuevo y apetecido estado. “¡Ay de mí — respondió, que he sido miserablemente engañado! Me prometiste que sólo estaría aquí tres días, y son ya tantos los años que padezco. ¡Cómo es posible que tú seas un ángel! ¿Así se engaña a una pobre alma?” “Vos — contestó el ángel — sois la engañada. Aún no ha pasado un día desde que os halláis aquí ¿y os quejáis de lo largo del tiempo? ¿Y me acusáis de haber faltado a lo que os prometí? El tiempo es todavía breve, pero no lo es la acerbidad de las penas, que hacen de cada hora un año y de cada día un siglo. Creedme, aún no hace un día que fuisteis separada de vuestro cuerpo, el cual, expuesto en la iglesia, espera las ordinarias exequias. Por lo demás, si estáis arrepentida de vuestra inconsiderada elección, os participo que Dios os concede la gracia de poder volver al cuerpo y continuar el curso de la enfermedad”. “Sí, sí — exclamó —, acepto la propuesta. ¡Vengan sobre mí años y años de más dolorosa enfermedad, con tal que salga de este lugar de tormentos!”.

En el punto mismo se levantó del féretro. La admiración de los circunstantes se deja conocer, pero creció en gran manera cuando refirió lo acaecido. La descripción, por otra parte, que hizo en la manera que pudo de las penas que sufrió en tan breve tiempo causó tal impresión, que no obstante que la comunidad era observantísima, como que todavía la regía el espíritu del santo fundador, cambió de manera que era desconocida, porque todos se aplicaban a hacer rigidísima penitencia, por librarse en todo, o en parte al menos, de las tremendas penas del purgatorio. El enfermo por su parte continuó sufriendo con inalterable paciencia, y aun con alegría, las molestias de la enfermedad, hasta que concluido el año, y recibiendo otra vez la visita del ángel, fue por él conducido al descanso y gozo de los justos. 

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 105-108.

środa, 31 maja 2017

DEL MARQUÉS DE NOVIAN AL PADRE BEAUVEAU

En Cristo está la plenitud de la gracia como en la cabeza de la que fluye; en María, como en el cuello que la transmite.
Anónimo

Madre de Dios de Lomza, Polonia,
Catedral de San Miguel Arcángel
El sacrificio da las consideraciones mundanas, hecho en honor de la Santísima Virgen, es el principio de un feliz cambio de vida.

En la vida del Padre Beauveau, de la Compañía de Jesús, antes marqués de Novian, se lee que debió su conversión y su vocación por el estado eclesiástico a una victoria que por honrar a la Santísima Virgen consiguió sobre sí mismo.

El año 1469, cuando las tropas alemanas ocupaban la Lorena, algunos soldados alojados en Novian, después de haber bebido con exceso, se pusieron a jugar; uno de ellos, que había perdido mucho, se levantó repentinamente y apercibiendo en su furor una imagen de la Santísima Virgen que había colgada en la pared, se dirigió a ella, como si fuera la causante de su desgracia, y comenzó a golpearla y a blasfemar de la manera más grosera. Pero apenas había perpetrado su crimen cayó al suelo presa de un temblor general y de unos dolores tan agudos que fue imposible hacerle tomar alimento en cuatro o cinco días, al cabo de los cuales recibieron las tropas orden de marchar, y para no dejarle abandonado fue preciso atarle y colocarle como un fardo sobre un caballo. A los pocos días se supo que habiéndose caído del caballo en un acceso de dolor, murió en el camino en medio de los más crueles tormentos.

No cesaba de hablarse en Novian del ejemplar castigo de aquel impío, cuyo suceso había causado asombro y temor en toda la gente del país, hasta que por consejo de un misionero, se decidió celebrar solemnemente una función de desagravio. En consecuencia, el párroco, el capellán del castillo, los misioneros y algunos sacerdotes vecinos, fueron procesionalmente desde la iglesia a la casa en que la profanación había tenido lugar; pero al llegar la procesión, nadie, a pesar de las insinuaciones del párroco, se prestó a conducir la santa imagen. El marqués de Novian, indignado al ver semejante frialdad en el servicio de la Reina de los cielos, se sintió inspirado del piadoso deseo de llevarla por sí mismo; y prescindiendo de todas las consideraciones humanas, lo hizo con todo el respeto y veneración que correspondía, hasta que terminada la procesión fue colocada con autorización del obispo en la capilla del castillo. 

El historiador, testigo ocular de este hecho, añade que la Santísima Virgen no tardó en recompensar este rasgo de piedad; pues que este triunfo alcanzado en honor de María fue, según testimonio del mismo márquez, seguido de tan extraordinario número de gracias y de tan vehementes inspiraciones de vivir en adelante de una manera más conforme al espíritu del cristianismo, que él mismo se admiraba de lo que sucedía en su interior, y aun se afligía temiendo que esta mudanza le condujera más allá de los justos límites prescritos por el Evangelio. 

El resultado fue que se hizo religioso, y vivió y murió santamente.

M. Menghi-D῾Arville, Anuario de María, o el verdadero siervo de la Virgen Santísima,
Madrid 1866, pgs. 10-11.