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środa, 31 maja 2017

DEL MARQUÉS DE NOVIAN AL PADRE BEAUVEAU

En Cristo está la plenitud de la gracia como en la cabeza de la que fluye; en María, como en el cuello que la transmite.
Anónimo

Madre de Dios de Lomza, Polonia,
Catedral de San Miguel Arcángel
El sacrificio da las consideraciones mundanas, hecho en honor de la Santísima Virgen, es el principio de un feliz cambio de vida.

En la vida del Padre Beauveau, de la Compañía de Jesús, antes marqués de Novian, se lee que debió su conversión y su vocación por el estado eclesiástico a una victoria que por honrar a la Santísima Virgen consiguió sobre sí mismo.

El año 1469, cuando las tropas alemanas ocupaban la Lorena, algunos soldados alojados en Novian, después de haber bebido con exceso, se pusieron a jugar; uno de ellos, que había perdido mucho, se levantó repentinamente y apercibiendo en su furor una imagen de la Santísima Virgen que había colgada en la pared, se dirigió a ella, como si fuera la causante de su desgracia, y comenzó a golpearla y a blasfemar de la manera más grosera. Pero apenas había perpetrado su crimen cayó al suelo presa de un temblor general y de unos dolores tan agudos que fue imposible hacerle tomar alimento en cuatro o cinco días, al cabo de los cuales recibieron las tropas orden de marchar, y para no dejarle abandonado fue preciso atarle y colocarle como un fardo sobre un caballo. A los pocos días se supo que habiéndose caído del caballo en un acceso de dolor, murió en el camino en medio de los más crueles tormentos.

No cesaba de hablarse en Novian del ejemplar castigo de aquel impío, cuyo suceso había causado asombro y temor en toda la gente del país, hasta que por consejo de un misionero, se decidió celebrar solemnemente una función de desagravio. En consecuencia, el párroco, el capellán del castillo, los misioneros y algunos sacerdotes vecinos, fueron procesionalmente desde la iglesia a la casa en que la profanación había tenido lugar; pero al llegar la procesión, nadie, a pesar de las insinuaciones del párroco, se prestó a conducir la santa imagen. El marqués de Novian, indignado al ver semejante frialdad en el servicio de la Reina de los cielos, se sintió inspirado del piadoso deseo de llevarla por sí mismo; y prescindiendo de todas las consideraciones humanas, lo hizo con todo el respeto y veneración que correspondía, hasta que terminada la procesión fue colocada con autorización del obispo en la capilla del castillo. 

El historiador, testigo ocular de este hecho, añade que la Santísima Virgen no tardó en recompensar este rasgo de piedad; pues que este triunfo alcanzado en honor de María fue, según testimonio del mismo márquez, seguido de tan extraordinario número de gracias y de tan vehementes inspiraciones de vivir en adelante de una manera más conforme al espíritu del cristianismo, que él mismo se admiraba de lo que sucedía en su interior, y aun se afligía temiendo que esta mudanza le condujera más allá de los justos límites prescritos por el Evangelio. 

El resultado fue que se hizo religioso, y vivió y murió santamente.

M. Menghi-D῾Arville, Anuario de María, o el verdadero siervo de la Virgen Santísima,
Madrid 1866, pgs. 10-11.

sobota, 27 maja 2017

DOS DONCELLAS HERMANAS Y UN ÁNGEL

Siempre que olvido algo a la hora de salir de casa, siento que mi ángel de la guarda está actuando. Está haciendo que me retrase unos pocos segundos, y ese poco tiempo puede significar cosas muy importantes. Puede librarme de un accidente, o hacer que encuentre a alguien a quien necesitaba.
Paulo Coelho

Es cosa muy instructiva la que refiere un escritor, cuya bondad es no menos notoria que su ciencia, tiernamente devoto al mismo tiempo de los santos ángeles. 

Según dice, dos doncellas hermanas por causas de importancia tuvieron que emprender un viaje desde Lilla a Tornay. A pie, bajo la protección de los ángeles, se pusieron en camino el día de San Miguel en 1661. Bien necesitaban de aquella protección, pues el viaje era largo y el camino peligroso a causa de encontrarse muchas veces tropa. 

Mas apenas hubieron salido de Lilla, ved ahí que un gallardo joven, vestido ricamente, se dejó ver precediéndolas algunos pasos. Dentro poco tiempo toparon con una compañía de soldados: se paró al lado aquel joven como quien esté de guardia: pasaron entretanto los soldados, pero ni una palabra dijeron a aquellas hermanas. Observaron estas que a veces no se dejaba ver el joven; pero apenas se presentaba algún peligro, le veían luego otra vez delante de ellas. Se atrevieron una vez a preguntarle qué hora era; y él contestó cortésmente que habían dado las nueve en Lilla al acabarse el sermón, que él había oído con placer, en la iglesia San Esteban. Y de aquí se introdujo a hablar de los ángeles, de su humildad, y de cuánto habían hecho en el viejo testamento, especialmente con Tobías, y de cuánto hacen en el nuevo. 

— Oh, — les dijo entre otras cosas — ¡oh cuánto se complacen los ángeles en estar cerca de sus cliéntulos, con tal que sean ellos buenos y virtuosos! Y sobre todo ¡cuál es su contento cuando al salir las almas del cuerpo las conducen consigo al cielo! Mas los ángeles — añadió — tienen grande horror al pecado, aunque no sea más que venial. 

¡Qué embelesadas estaban ellas al observar los modales del joven, la gracia y dulzura de sus palabras! Pensaban entre sí que tal vez él mismo no fuese un ángel. Se animaron también a preguntarle de qué país era. A esta pregunta contestó con un gracioso sonrís. 

— A lo menos — preguntaron también — ¿en qué lugar hacéis vuestra permanencia? 
— Mi permanencia — contestó — es por todo. 
— Habréis pues visto muchas cosas — añadieron.
— Ciertamente que sí — dijo él — y mayormente en cosas de caridad. Muchas veces me he hallado en hospitales a ver cómo damas nobles servían a los enfermos: muchas veces en batallas, pero sin ser herido: también en varias torturas, y he visto allí ásperas carnicerías. 
— Y ¿no os habéis espantado? — dijo una de ellas.
— No — dijo — no hay jamás que temer cuando se está con Dios. 

Con conversación tan suave pasaban el camino tan dulce y felizmente, que les parecía un rato de diversión. Ofrecieron a aquel joven alguna cosa para desayunarse, y él también sonriéndose les dio las gracias. Mientras iban caminando estaba a la puerta de una venta un soldado que prorrumpía frenético en horrendas blasfemias. Le llamó aquel joven a parte: le habló entonces de la grandeza de Dios y de su justicia, de la incertidumbre de la muerte y de la importancia de salvar su alma; y se vio que le habían hecho impresión aquellos discursos, y parecía que estaba compungido y enteramente cambiado. 

Se acercó después a las doncellas, y volviendo a hablar de los santos ángeles:

— Nunca os olvidéis de ellos, — les dijo — tenedlos presentes toda vuestra vida. Ellos os librarán de mil peligros, os procurarán mil bienes, os inspirarán pensamientos santos que os llevarán a Dios; y todo esto lo conoceréis en el otro mundo. 

A dos leguas de Tornay se reunió con ellas una persona conocida suya: y habiendo oído parte de aquel discurso, no pudo contenerse de decir a una de ellas al oído: 

— ¡Oh Dios! ¿y quién es este sujeto? no es otro que un ángel o un santo. 

Al llegar a las puertas de aquella ciudad se volvió a ellas, y les dijo: 

— A Dios, hermanas mías; ya estáis en lugar seguro...

Y dicho esto desapareció, y no se vio más. 

Quiso manifestar con esto aquel buen ángel las maneras tan amables y disimuladas de que se vale para dispensarnos beneficios sin ostentación; lo que es un género de beneficencia el más gracioso y obligatorio.

Pascual de Mattei, La devoción a los santos ángeles custodios, Barcelona 1842, Imprenta de VALENTÍN TORRAS, pgs. 62-65.

UN PRELADO EN EL PURGATORIO

Nos aprovecha después de muertos la intercesión de los Santos que en vida hemos venerado.

De cuánto provecho sea a las almas del purgatorio la intercesión de los santos que en vida reverenciaron de un modo particular, lo demuestra bien la admirable visión que tuvo la bienaventurada Juana de la Cruz, religiosa franciscana y esposa muy amada de Jesús. 

Amó grandemente a esta santa religiosa un prelado constituido en insigne dignidad; pero después la despreció y aborreció con no menor odio, a causa sin duda de alguna saludable advertencia que le hiciera, como hace creer lo que después diremos. Porque olvidando este eclesiástico lo que debía a su estado, cometía graves defectos en el hablar, en su porte arrogante y en el descuido que tenía de las almas sometidas a su cuidado: por donde no es de maravillar que después de muerto padeciese en el modo extraordinario que vamos a ver.

Así que la caritativa Juana supo su muerte, volviéndole bien por mal se aplicó a rogar por su descanso con todo el fervor que la sugería su presentimiento de lo que habría de padecer. 

Y, en efecto, orando por él una noche, he aquí que se ofrece a sus ojos una figura sobremanera deforme y horrible: era el prelado con una mordaza en la boca, y cubierto de andrajos y funesto luto. Andaba como las bestias, y no pudiendo hablar, mugía como toro agarrotado: en la cabeza y en la frente tenía ciertas manchas que indicaban pecados particulares; sobre sus espaldas había algunas almas que penaban por el mal ejemplo que él las diera, y sobre sí mismo tenía algunos infernales espíritus que le golpeaban por todas partes, y particularmente en la cara, los cuales quitándole la mordaza le pusieron en la boca una trompa, de la que salió un sonido tan espantoso que aterró a la santa virgen, ya grandemente afligida por lo horrible del espectro, y más todavía por ignorar si tal padecer pertenecía al purgatorio o al infierno. Se volvió, pues, a su ángel custodio que estaba allí presente, para saberlo, y éste la contestó: 

— Dios te lo revelará a su tiempo.

La santa, presintiendo por esto solo quién sería, empezó a implorar la divina clemencia en favor del desdichado; y para inclinarla a su favor recordaba algunas obras buenas que sabía haber hecho, y en especial la devoción que profesó a un santo, cuyo nombre no dice el historiador. 

— Señor — decía — no ignoráis la devoción que profesaba a vuestro santo, el culto particular con que le honraba, los sentimientos de piedad con que a él se encomendaba, y cuya confianza en él era tanta, que hizo pintar su imagen para siempre honrarle y tenerle presente. ¡Señor, válgale su intercesión para librarle de tales tormentos!

Así rogaba y continuó rogando hasta que al cabo de algunos días vio entrar en su celda un toro, entre cuyas astas se veía la imagen del Santo hecha pintar por el atormentado, no de otro modo que a San Eustaquio apareció el ciervo llevando la imagen del Salvador entre sus astas.

Al lado del toro y junto a la imagen venía el difunto (pero no ya en el miserabilísimo estado que antes), el cual saludando a la sierva de Dios la dijo: 

— Yo soy aquel por quien tanto te has interesado. Por tus ruegos y los de este santo, mi protector, me ha concedido la inefable misericordia de Dios la singularísima gracia de que esta misma imagen me haya servido de escudo contra los asaltos más fieros del enemigo, de fortaleza en mis mayores padecimientos y de alivio en los penosísimos suplicios por donde he pasado, muchos de los cuales ya no me atormentan. Y así como por el devoto afecto que siempre profesé a mi santo, y aun a vos (antes del tema imprudente y temerario que contra vos tomé), se ha servido el Señor aligerar mis tormentos, así espero por su protección y vuestra caridad hallar pronto el fin de mis penas.

— ¡Así sea! — contestó Juana — y aun también por el consuelo que tengo en saber con certeza que os halláis en lugar de salvación, que me ha afligido en gran manera el temor de no ser así al veros en tantos y tales suplicios como los que padecíais la vez primera que os vi.
— ¡Oh! — replicó el difunto — lo que me habéis visto padecer no es ni la sombra de lo que realmente he sufrido: es inexplicable e incomprensible.

Dicho esto, y después de haberla pedido perdón de los agravios que la hizo, la manifestó su gratitud por los sufragios que debía a su caridad y se apartó de su vista. La santa, empero, no le olvidó; continuó rogando por él, y aun se presentó en el purgatorio a consolarle, hasta que finalmente la reveló el Señor haber sido libertado y conducido al cielo.

Este suceso que la santa tuvo oculto por algún tiempo, juzgó después ser conveniente manifestarlo, y lo manifestó en efecto a las monjas, tanto para que formasen alguna idea de las penas del purgatorio, como para que sirviese de estímulo a su caridad para rogar por los que en él padecen.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 100-102.

czwartek, 25 maja 2017

UN PLATO HEDIONDO

¡Oh Virgen Santísima! ¡Bondadosa Madre mía! ¡Cuán felices son, lo repito en el arrebato de mi corazón, cuán felices son quienes sin dejarse seducir por una falsa devoción, siguen fielmente tus caminos observando tus consejos y mandatos! Pero, ¡ay de aquellos que, abusando de tu devoción, no guardan los mandamientos de tu Hijo! ¡Infelices los que se apartan de tus mandatos!
San Luis María Grignion de Montfort

Se preciaba un mozo de muy devoto de la Virgen. La rezaba cada día el Rosario y el Oficio parvo. Pero vivía dado a torpezas y otros vicios. Yendo un día de camino, lo erró; y vagueando por montes y breñas, al desconsuelo de verse perdido se añadió el hambre. Se le aparece María Santísima y le pone delante unos manjares preciosos; pero en un plato tan hediondo, que por grande que sea el hambre, y por mucho que la Virgen lo inste, no hay forma para que se anime a gustarlos. 

— Semejantes pues son a estos manjares — le dice la Señora — el Rosario, el Oficio parvo y otros ejercicios que cada día me ofreces. Viandas buenas, mas me las presentas en un plato tan abominable, cual es tu corazón, muladar de vicios, y cueva de escorpiones, que más me provocan a arrojarlas, que admitirlas...

Francisco Pascual, Nuevo mes de mayo consagrado a María Santísima, 
Imprenta de P. J. Umbert, Palma 1848, pgs. 212-213.

LA CAMPANILLA DEL CAPÍTULO

No hay mayor hambre, sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las almas del purgatorio, por lo tanto no hay limosnas más merecidas, ni más placenteras a Dios, ni mérito más alto para nosotros que rezar, pedir celebraciones de Misas y dar limosnas en favor de las pobres santas almas.
Paul O’Sullivan OP


La campanilla del Capítulo, sin que nadie la tocase, solía hacer cierta funesta señal, indicando que iba a morir algún religioso; con lo que, como era natural, entrando todos en aprensión se disponían con fervor, redoblando la oración y la penitencia para obtener un tránsito feliz, pues mientras sabían que fallecería uno, ignoraban sobre quién vendría la enfermedad que le sacaría de este mundo.

(...) Un religioso del mismo convento y de muy santa vida tenía estrecha amistad con otro no menos ejemplar de la orden de San Francisco. Cuando se reunían no hablaban ordinariamente de otra cosa que del modo de adelantar en la perfección. Mas un día que recayó su discurso sobre la muerte, a lo que diera ocasión el toque de la campana de que hemos hablado, después de discurrir largamente sobre la materia, vinieron a concluir conviniéndose en que el primero que fuese llamado de los dos vendría (si tal fuese la voluntad de Dios) a participar al otro la suerte que en la otra vida lo hubiese cabido, y esto con objeto de tener mayor estímulo para orar, si se hallase en el purgatorio. 

Tocó la suerte al franciscano el cual, cumpliendo con lo pactado, se presentó al dominico en ocasión que, por orden del superior, preparaba el refectorio a la comunidad. Saludando amorosamente le dijo que por la misericordia de Dios estaba salvo, pero no sin padecer gravísimas penas para purgarse de las faltas que había cometido en la observancia religiosa. Dicho esto, y para moverle a procurar con diligencia su alivio conforme a lo que habían pactado, empezó a explicarle, en la manera que podía, lo acerbo de aquellas penas, de las cuales dijo ser inútil buscar en los dolores y aflicciones de la presente vida cosa con qué poderlas, no ya comparar, pero ni con qué dar la más leve idea. Y para darle de ello alguna prueba, extendiendo la mano la aplicó ligeramente a la mesa del refectorio, donde quedó impresa como si se hubiese aplicado una mano de hierro hecha ascua; y con esto desapareció. 

El amigo, comprendiendo entonces perfectamente lo que debía padecer, se aplicó a aliviarle por todos los medios que le sugería su caridad, tan vivamente excitada con este suceso.

La señal, continúa el historiador, permanece hasta hoy en la mesa del refectorio y sobre ella, para que sea más duradera, se ha puesto una rejilla de cobre. Ella avisa continuamente a los religiosos que deben observar su santa regla con toda exactitud, así como la campana los mantiene en el saludable temor de la certeza de la muerte e incertidumbre del día en que sucederá (…)

COMENTARIO AL CASO: 

Ignoramos lo que a esta fecha (1846) será de la mesa y de la huella; pero si no existiesen, pueden suplir muy bien las dos que hoy se ven en Roma (donde esto escribimos) en poder de D. Cayetano Ludovici, fiscal de la causa de beatificación y canonización de la sierva de Dios Teresa Electa del Corazón de Jesús, religiosa franciscana del convento de Santa Restituta de la ciudad de Narni, en los Estados Pontificios, donde murió el año de 1790, y cuya relación es como sigue:

«Murió una conversa del convento y a los cuatro días se apareció a la sierva de Dios que la vio entrar hecha una llama en su celda. Sobrecogida a tal espectáculo y más todavía por haberla conocido, la preguntó asustada: 

— ¿Qué es de ti?
— Estoy salva por la misericordia de Dios, pero ved lo que padezco en el purgatorio.
— ¡Dios sea bendito! ¿Y por qué estás en él?
— Por cuatro cosas - dijo: la primera, por la facilidad con que me dispensaba de cumplir algunas cosas de la regla, juzgándolas de poca importancia; la segunda, por faltas cometidas en el locutorio, y la tercera (no tengo presente la cuarta), porque habiéndome dado a guardar la madre abadesa algunos dineros del convento, los miraba con bastante afición.
— ¿Y tanto padeces?
— Juzgadlo por esto...

Aplicó ligeramente la mano sobre cinco o seis cuadernos de papel que había sobre el reclinatorio donde a la sazón oraba la madre Teresa, y quedaron pasados del fuego, en especial la parte que tomó bajo las yemas de sus dedos y del tronco del dedo pulgar. Bajo la palma de la mano quedaron algunos sin quemarse. Pidió sufragios y desapareció.

El segundo caso pasó de esta manera: 

Encargó la superiora a la madre Teresa que rogase por un difunto, sin nombrarle. A la noche siguiente, y estando ya en la cama, se presentó en su celda un alma con las señales ordinarias de fuego, etc. La santa mujer no hizo mucho caso, juzgando que soñaba; el aparecido entretanto le dijo: 

— Vengo a darte las gracias por lo que hoy has rogado por mí y a suplicarte continúes todavía en esta obra de caridad.
— ¿Quién eres tú? — le preguntó.
— Soy aquel por quien la abadesa te ha encargado que rogaras.
— Pero, ¿quién eres?
— Soy su padre.
— ¡Su padre! ¿Cómo puede ser si hace tantos años que murió?
— Verdad es, pasan ya de veinte.
— ¿Por qué padeces tanto?
— Cuando acaeció el terremoto de Viterbo quedé sepultado bajo las ruinas de una casa. El estado de mi alma no era bueno porque hacía mucho tiempo que no vivía con mi mujer y que aunque siempre fue mi ánimo reconciliarme con ella, la desgracia ocurrida me lo impidió. Mi suerte estaba dispuesta, pero el Señor usó conmigo la misericordia de conservarme la vida tres horas, y lo que es más, de darme gracia para arrepentirme de veras de mis pecados, porque no cesé en todo aquel tiempo de hacer actos de contrición. Obtuve el perdón de mis pecados, pero fui sentenciado a un prolongado y durísimo purgatorio. Te suplico continúes rogando por mí.
— ¡Oh! Yo debo estar soñando — dijo la monja.
— No es sueño, es realidad; ahí te dejo la señal — y desapareció.

La Madre Teresa, sin discurrir mucho sobre el caso, se quedó plácidamente dormida, pero al despertar por la mañana vio que en efecto había sido realidad, porque sobre un pañuelo blanco, y aun sin desdoblar, que tenía a la cabecera, quedó la huella de fuego de una mano izquierda. Lo tomó y se fue a referir el caso a la abadesa, que viendo la huella exclamó: 

— ¡Esta es la mano izquierda de mi padre!

Tenía, en efecto, una señal muy marcada, porque la primera articulación del dedo cordial hacía casi un ángulo recto con el mismo dedo, inclinando el extremo hacia el índice, que por lo mismo no podía juntarse con el otro. La huella está tan bien señalada, que habiendo quemado la mano la primera tela, quedó un perfecto diseño en la segunda. Así, este pañuelo (regalado el día anterior por una princesa romana) como los cuadernos de papel, están puestos cada uno entre dos pedazos u hojas de talco sumamente transparentes, de modo que se ven bien, al paso que sirven para su conservación. En el mes de Agosto último los tuvimos en la mano (no sin cierto santo terror) y observamos detenidamente varias personas, entre ellas el Sr. D. J... Alc... (artista español y uno de los mejores de Roma en su profesión de grabador), en cuya casa estaba alojado el ilustre Sr. Dr. D. Ramón Martínez, español, canónigo penitenciario de Narni, que vino comisionado por el obispo de esta ciudad a presentar los referidos y otros notabilísimos documentos que han de servir a la beatificación y canonización de la mencionada madre Teresa Electa, del Corazón de Jesús. — (N. D. T. E.)

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 93-96.

środa, 24 maja 2017

LE DIO LA ÚLTIMA ENFERMEDAD Y...

María, dulce refugio de los pecadores, cuando mi alma esté para dejar este mundo, Madre mía, por el dolor que sentiste asistiendo a vuestro Hijo que moría en la cruz, asísteme también con tu misericordia. Arroja lejos de mí a los enemigos infernales y ven a recibir mi alma y presentarla al Juez eterno. No me abandones, Reina mía. Tú, después de Jesús, has de ser quien me reconforte en aquel trance. Ruega a tu amado Hijo que me conceda, por su bondad, morir abrazado a sus pies y entregar mi alma dentro de sus santas llagas, diciendo: Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía.
San Alfonso de Ligorio

En tiempo de Santa Brígida hubo un hombre noble y rico, pero entregado enteramente a la disolución y demás vicios. Le dio la última enfermedad y, sin embargo, en todo pensaba menos en disponerse para la muerte. Lo supo santa Brígida y al instante se puso a pedir eficazmente al Señor que ablandase el pecho de aquel pecador obstinado y le convirtiese; y tantas veces y con tal instancia llamó a las puertas de la divina misericordia que al fin le habló su Majestad diciéndole que hiciese ir un sacerdote a exhortar al enfermo a penitencia. Lo hizo tres veces uno muy celoso; pero por más que le dijo, fue todo en vano, hasta que la cuarta vez ayudado de la gracia divina, logró compungirle y trocarle del todo el corazón, de suerte que exclamó el enfermo: 

— Hace setenta años que no me he confesado, habiendo sido en tan largo tiempo íntimo amigo del demonio, guardándole fidelidad y tratando familiarmente con él; sin embargo, ahora me siento enteramente mudado, pido confesión y espero que Dios me ha de perdonar.

Esto dicho, con abundantes lágrimas se confesó cuatro veces aquel mismo día; el siguiente recibió el Viático y, pasados otros seis, murió con extraordinaria devoción. 

Apenas había expirado, se apareció el Señor a santa Brígida y le dijo que su alma había ido al purgatorio y que no tardaría en estar en el cielo. Quedó la santa admirada sobremanera de que un hombre que tan mal había vivido hubiese muerto en gracia, y el Señor le declaró el motivo con estas palabras: 

— Sabe — hija — que la devoción de mi querida Madre le ha cerrado las puertas del infierno, porque aunque él nunca la amó de veras, tenía devoción a sus dolores y siempre que los consideraba, o solo de oír su nombre, mostraba compasión; por esto ha encontrado un atajo para salvarse.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 186-188.

niedziela, 21 maja 2017

CON GRAN TEMOR DE SU VIDA PASADA

Alabamos su humildad, admiramos su virginidad, pero a los indigentes les sabe más dulce su misericordia: a la misericordia nos abrazamos con amor, la recordamos con frecuencia y más a menudo la invocamos.
San Bernardo

Madre de Dios
de Pszów, Polonia
El beato Raynerio Cisterciense estaba con gran temor de su vida pasada por no saber si el Señor le había perdonado sus culpas y las penas que por ellas debía y suplicaba continuamente a nuestra Señora tuviese compasión de su alma. 

Estando una vez en oración fue arrebatado en éxtasis y oyó que la Virgen intercedía con Jesús en su favor, suplicándole le llevase al cielo sin tocar en el purgatorio, pues que estaba arrepentido de corazón de todos sus pecados y había hecho la penitencia debida, a lo cual respondió el Hijo: 

— Madre mía, todo lo dejo en tus manos.

¿Quién podrá explicar el gozo de Raynerio a una respuesta semejante? ¿Qué temor podría tener del purgatorio de que tan pocos se libran, cuando la causa estaba ya en manos de su Madre amantísima? No por esto aflojó él un punto en la vida espiritual, sino que se dedicó con fervor a la piedad y a los ejercicios de la religión. 

Así procura esta bendita Madre que sus buenos hijos no padezcan aquellas penas atroces.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 156-157.