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wtorek, 13 grudnia 2011

DIÓGENES Y LOS TRES SESTERCIOS

Diogenes escondido en su barril,
por John William Waterhouse
El famoso filósofo griego Diógenes levantó una tienda en la plaza del mercado de Atenas, en la cual puso la siguiente inscripción: «Aquí se vende la sabiduría.» Un transeúnte que había leído la inscripción y se reía de ella a grandes car­cajadas, llamó a un criado suyo, le dio tres sestercios (moneda griega que equivalía aproximadamente a 20 céntimos) y le dijo: «Pregunta a aquel fanfarrón cuánta sabiduría da por tres sestercios.»

Fue allá el criado, dio los tres sestercios y cumplió el encargo de su amo. Diógenes metió el dinero en su bolsillo y dijo: «Di a tu amo la siguiente máxima: En todas tus obras, ten la vista fija en el fin.»

Tanto gustó a aquel señor esta máxima, que la hizo esculpir con letras de oro en la puerta de su casa, para despertar en sí mismo y en cuantos entrasen por ella el recuerdo de su propio fin.

Nadie, empero, ha recordado tan a menudo y con tanta eficacia a los hombres su último fin como Jesucristo. Pluguiera a Dios que todo cristiano lo tuviera siempre ante los ojos.

Spirago Francisco, Catecismo en ejemplos, Editorial POLÍGLOTA, T. 1,
Barcelona 51941, p. 7-8.


piątek, 9 grudnia 2011

¿Y DESPUÉS? - SAN FRANCISCO DE ASÍS Y EL ALBAÑIL

El llamado juicio especial o particular tiene lugar en el momento de la muerte de cada individuo. El juicio universal, que también se llama final, tendrá lugar en el último día, es decir, al final de los tiempos, en la venida del Señor. 
[Youcat 157]

¿Y DESPUÉS?

San Felipe Neri
Llegó una vez a San Felipe Neri (†1595) un estudiante llamado Francisco Spazzara para pedirle auxilio. Se lo dio el santo y le preguntó qué quería ser. El estudiante contestó: «Quiero ser abogado.» Replicó el santo: «¿Y después?» Y el estudiante respondió: «Después ganaré mucho dinero con mi elocuencia.» Volvió a preguntar el santo: «¿Y des­pués?» Le respondió el estudiante: «Después me procuraré una buena vejez.» Preguntó de nuevo Felipe: «¿Y después?» Se entristeció con esto el joven y se fue triste y pensativo. Las palabras «¿Y después?» resonaron siempre más en sus oídos y no pudo ya apartarlas de su pensamiento. Ellas le convirtieron en un hombre devoto y virtuoso.

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y EL ALBAÑIL

Representación de San Francisco de Asís, en un fresco de Cimabue en la Basílica de Asís,
se cree que es la imagen más fiel del santo
San Francisco de Asís (†1226) se encontró en cierta ocasión con un albañil y le saludó amigablemente. Pronto se cruzó entre ellos el siguiente diálogo:

Preguntó el santo: «¿Qué hacéis aquí, caro maestro?» Contestó el albañil: «Estoy todo el día construyendo.» El santo: «¿Y por qué construís?» El albañil: «Para ganar dinero.» El santo : «¿Para qué queréis ganar dinero?» El albañil: «Para comprar pan.» El santo: «¿Para qué queréis el pan?» El albañil: «¿Para qué queréis que sea? Para poder vivir.» Preguntó finalmente el santo: «¿Y para qué fin vivís?»

A esta pregunta, el albañil, al cual resultaban todas ellas cargosas, se quedó abatido y no replicó palabra. La respuesta se la dio entonces San Francisco, recordándole el último fin del hombre.

Spirago Francisco, Catecismo en ejemplos, 
Editorial POLÍGLOTA, T. 1, Barcelona 51941, p. 7.

VIAJE EN FERROCARRIL - PASO SOBRE UN PUENTE

VIAJE EN FERROCARRIL

Un predicador hacía la siguiente comparación, muy llena de sentido:

1) El que viaja en ferrocarril corre con gran prisa hacia su destino; las estaciones se suceden rápidamente una a otra. También en la vida del hombre transcurre un año después de otro; pronto envejece el hombre y se acerca a la muerte.

2) En el tren ora suben, ora bajan los viajeros, lo mismo acontece en la vida del hombre; diariamente llegan individuos al mundo, mientras otros mueren.

3) Si el tren descarrila, ocasiona una catástrofe. De semejante manera acontece al hombre que abandona por el pecado el carril de los mandamientos de Dios; le sobrevienen terribles y tal vez eternos castigos.

4) El que quiere viajar en ferrocarril debe estar provisto de billete, sin el cual no podría hacer la travesía ni alcanzar el punto de destino. De igual manera debe el hombre recibir el bautismo, pues sin él no es posible llegar a la felicidad.

5) El que viaja en ferrocarril debe poseer dinero para sufragar los gastos. Así también todo hombre tiene que soportar los gastos de esta vida, es a saber, esfuerzos e incomodidades para merecer el cielo por medio de ellos.

6) Los niños viajan de balde en ferrocarril, lo mismo acontece también con los pequeñuelos que mueren después del bautismo, pues ellos van al cielo en seguida después de la muerte, alcanzando de esta manera la eterna felicidad sin esfuerzo ni sufrimiento alguno.

7) El que lleva mucho equipaje no viaja tan cómodamente como el que lleva poco o nada. También en esta vida existen muchos hombres muy cargados de bienes terrenos, por lo cual están embarazados con numerosos cuidados. Muchos, en cambio, se han aligerado de los cuidados terrenos con la observación de los consejos evangélicos y la profesión de vida religiosa, pudiendo así alcanzar más fácilmente que los otros la felicidad eterna.

8) Un empleado avisa a los viajeros de la estación de llegada para que bajen. De igual manera llega la muerte y se lleva a los hombres.

9) Al bajar del tren, se exige a todo viajero el billete. De igual manera en la hora de la muerte debe todo hombre poseer la inocencia bautismal si quiere ser admitido en el cielo. El que ha perdido el billete de ferrocarril tiene que ser castigado, y el que ha perdido la inocencia bautismal debe sufrir penalidades.

10) Muchos al bajar del tren deben esperar el siguiente, que a menudo va muy despacio. También muchos hombres después de la muerte deben todavía esperar en el purgatorio su eterna salud.

PASO SOBRE UN PUENTE

Sobre la Torre de la Victoria de Fatepur-Sikri, ciudad de la India, encontraron hace pocos años unos viajeros una notable inscripción árabe que decía de la siguiente manera:

«Jesús ha dicho: El mundo es sólo un puente; transitad por él, pero no levantéis sobre él vuestra morada.»

Estas palabras no se encuentran ciertamente en la Sagrada Escritura, pero son tan profundas y verdaderas, que bien merecen haber salido de la boca del Salvador. La vida humana se parece al paso sobre un puente, en cuya parte opuesta se halla aquella hermosa patria del cielo en la cual hemos de habitar eternamente.

Spirago Francisco, Catecismo en ejemplos, Editorial POLÍGLOTA, T. 1, Barcelona 51941, p. 4-6.

Tren histórico con locomotora de vapor, en Inglaterra



niedziela, 4 grudnia 2011

SAN HUBERTO, CAZADOR

Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo. 
(2 Tm 1,9)

San Huberto, hijo de un duque de Aquitania, que murió en el año 727, siendo obispo de Lieja, era en su juventud un gran aficionado a la caza. En esta ocupación empleaba la mayor parte del tiempo, olvidando completamente a Dios. Un día de gran fiesta, mientras él, en vez de asistir a la Santa Misa, iba a cazar en los bosques de los Ardennes, se le apareció súbitamente un ciervo, entre cuyos cuernos se veía un reful­gente crucifijo. Al mismo tiempo oyó estas palabras: 

- Huberto, ¿hasta cuándo estarás cazando en el bosque, per­diendo miserablemente el tiempo? ¿No quieres aún reconocer que has sido creado sólo para conocer a Dios, amarle y servirle? 

Estas palabras y esa maravillosa aparición le cambiaron totalmente, como en otro tiempo a Saulo, la que tuvo en el camino de Damasco. Huberto prometió al momento cambiar de vida y se dirigió a San Lamberto, obispo de Maastricht, rogándole que con sus consejos le dirigiese a la consecución de la perfección cristiana. Se hizo después sacerdote, y a causa de sus grandes virtudes fue elegido, después de la muerte de San Lamberto, sucesor suyo en la Sede de Maastricht. 

Pluguiera a Dios que todos los hombres tuvieran siempre ante sus ojos el verdadero fin por el que están en este mundo.


Spirago Francisco, Catecismo en ejemplos, T. 1, 
Editorial POLÍGLOTA, Barcelona 51941, p. 4.
(texto levemente modernizado)

SABIDURÍA EN RESUMEN

La Iglesia necesita muchos y cualificados evangelizadores que, con nuevo ardor, renovado entusiasmo, fino espíritu eclesial, desbordantes de fe y esperanza, hablen cada vez más de Jesucristo.
San Juan Pablo II

Jouffroy, célebre profesor de la Universidad de París, había sido por largo tiempo librepensador, pero más tarde se convirtió en un ferviente cristiano. Al acercársele la muerte, dijo a uno de sus amigos las siguientes memorables palabras: 

«Conozco un librito que los niños aprenden de memoria, en el cual están resueltos todos los grandes problemas de la vida. Leedlo todos sin excepción. Este librito es el catecismo.» 

En efecto, el catecismo resuelve las más importantes cuestiones de la vida que tantos filósofos incrédulos suelen llamar «enig­mas de la Naturaleza». Tales son, por ejemplo, los siguientes problemas: ¿De dónde procede el mundo? ¿Para qué fin estoy yo en él? ¿Qué me acontecerá después de la muerte?, y así sucesivamente. Si Sócrates, Platón o cualquier otro filósofo pagano de la antigüedad hubiese tenido en sus manos este librito, habría sido presa de un grande asombro, pues en él habría encontrado la clara respuesta a todas aquellas cues­tiones por cuya solución tanto se esforzaban todos ellos.


DIDEROT Y SU HIJA

Los padres de familia que tienen la responsabilidad de la educación humana y cristiana de los hijos, confiando también en la ayuda experta de educadores y catequistas serios y bien formados.
San Juan Pablo II

Los mismos enemigos de la religión reconocen el valor del catecismo. El filósofo francés Diderot era un notorio librepensador y tenía un gran odio a la Iglesia católica. Un día recibió la visita de un amigo que le sorprendió precisamente en el momento en que estaba tomando a su hija la lección de catecismo. Cuando la muchacha hubo salido de la sala, el amigo manifestó la sorpresa y el asombro que le había causado el ver a un enemigo de la religión instruyendo a su hija en la Religión católica, Diderot le respondió sonriendo: 

- No conozco mejor fundamento para la educación de mi hija, pues no existe moral alguna tan sólidamente asentada como la católica.

Spirago Francisco, Catecismo en ejemplos, T. 1, 
Editorial POLÍGLOTA, Barcelona 51941, p. 2-3.
(texto levemente modernizado) 

DELINCUENTE CONVERTIDO EN SACERDOTE

Un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma.
Miguel de Cervantes 

En una misión dada en Aquisgrán en el año del Señor 1868, un misio­nero contó una historia que impresionó profundamente al auditorio. Dijo así:

“Hace algunos años estaba una pobre madre en el lecho de muerte rodeada de todos sus hijos, ex­cepto uno solo, que se hallaba en el fondo de un castillo condenado a cinco años de prisión por un delito que había apresurado, sin duda, la muerte de su madre. Habiendo sido vanas todas las tentativas para reclamar al preso, quiso la piadosa madre hacer un último esfuerzo y pidió que su hijo viniese a su lecho de muerte. Transmitido el ruego de la moribunda al Comandante de la fortaleza, permitió éste que el desventurado hijo, acompañado de guardias, fuese condu­cido al lecho de muerte de su madre. 

No podía ésta pro­nunciar palabra alguna, pero recogió sus últimas fuerzas y dio a su hijo una profunda mirada. Esta mirada materna produjo el milagro. Vuelto el hijo a su celda, cayó de ro­dillas y derramó abundantes lágrimas, después de lo cual borró sus pecados con una dolorosa confesión. 

Pero fué más lo que con él hizo la gracia de Dios: una vez cumplida la condena, se hizo sacerdote. Pues bien, este hijo soy yo. Co­brad, pues, queridos hermanos, ánimo y confianza: pueden ser enormes los pecados, pero la bondad y misericordia de Dios es mayor todavía.” 

Estas palabras del predicador con­movieron a todos los oyentes, que concibieron una gran confianza en la misericordia de Dios y confesaron con gran dolor sus pecados.

Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos,
T. 1, Editorial POLÍGLOTA, Barcelona 51941, p. 119-120.