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czwartek, 29 listopada 2012

CONVERTIDO AL NO RENEGAR DE MARÍA – CONVERTED BECAUSE HE DID NOT RENOUNCE MARY THE BLESSED VIRGIN

Beato Tomás de Kempis
Servir con el corazón y los labios a tal Señora, es cosa deleitable y que no puede menos que regocijar. No quedará, en efecto, sin notable recompensa todo lo que se haya hecho, por poco que sea, en su honor.
Beato Tomás de Kempis


Refieren el Belovacense y Cesáreo que un joven noble, por sus vicios, se vio reducido de rico como lo había dejado su padre, a tanta pobreza que necesitaba mendigar para comer. Se fue a vivir lejos, donde no fuese conocido para no pasar tanta vergüenza. Por el camino se encontró con un viejo criado de su padre, quien al verlo tan afligido por la pobreza en que había caído le dijo que no perdiese el ánimo, porque él podía ponerlo en relación con un príncipe que lo proveería de todo.
It is related by Belluacensis and Cesarius, that a noble youth having lost by his vices the wealth left him by his father, became so poor that he was obliged to beg. He quitted his native land, that he might live with less shame in a distant country where he was unknown. On this journey he met one day an old servant of his father, who, seeing him so cast down by the poverty he was suffering, told him to cheer up, for he would take him to a prince who was so liberal that he would provide him with every thing he needed.
El antiguo sirviente se había convertido en un impío hechicero. Un día tomó consigo al infeliz joven y lo llevó a través de un bosque a la orilla de un lago, donde comenzó a hablar con una persona invisible. El joven le preguntó con quién hablaba. Le respondió que con el demonio; y al ver el espanto del joven trató de animarlo para que no tuviera miedo. Y continuó hablando con el demonio:
Now this wretch was an impious sorcerer. One day he took the youth with him to a wood on the borders of a moor, where he began to address some invisible person. The youth asked to whom he was speaking. “To the devil”, he answered; and seeing the youth terrified, bade him not to fear. Continuing to speak with the devil, he said:

“Señor –le dijo–, este joven está reducido a extrema miseria y quiere volver a su antigua posición”.
“Cuando quiera obedecerme –respondió el enemigo– le haré más rico que antes, pero en primer lugar tiene que renegar de Dios”.
“This youth, oh my master, is reduced to extreme necessity, and wishes to be restored to his former condition.”
“If he will obey me”, said the enemy, “I will make him richer than before; but in the first place, he must renounce God”.
Ante esta propuesta se horrorizó el joven, pero instigado por el maldito mago lo hizo y renegó de Dios.
At this the youth shuddered, but urged on by that cursed magician, he yielded. and renounced God.
“Pero esto no basta –replicó el demonio–, es necesario también que reniegue de María, porque ella es la que nos causa más pérdidas. ¡A cuántos nos los arranca de las manos y los lleva a Dios para salvarlos!”
“¿Qué yo reniegue de mi madre? ¡Eso sí que no! –gritó el joven–. ¡Ella es toda mi esperanza! ¡Prefiero andar mendigando toda mi vida!”
“But this is not sufficient” –said the demon–, “he must also renounce Mary; for it is to her that we attribute our greatest losses. Oh, how many souls she has snatched from us, and led back to God and saved!”
“Oh, this I will not do", exclaimed the youth; deny Mary! why she is my only hope. I would rather be a beggar all my life”.
Y el joven se alejó apresuradamente de aquel lugar.
With these words he left the place.
A la vuelta acertó a pasar por una iglesia de María. Entró el desconsolado joven y, postrándose ante su imagen, comenzó a llorar amargamente y a pedir a la santísima Virgen que le obtuviera el perdón de sus pecados. Y he aquí que María, desde su imagen, se puso a rogar a su Hijo a favor de aquel infeliz. Jesús le dijo:
On his way he happened to pass a church dedicated to Mary. The unhappy youth entered it, and kneeling before her altar, began to weep and implore the most holy Virgin that she would obtain the pardon of his sins. Mary immediately began to intercede with the Son for that miserable being. Jesus at first said:
“Pero si es un ingrato, Madre mía; ha renegado de mí”.
“But that ungrateful youth, my mother has denied me.
Mas como María no dejaba de suplicarle, al fin le dijo:
But seeing that his mother still continued to entreat him, he at last said:
“Madre mía, jamás te he negado nada; sea perdonado ya que tú me lo pides”.
“Oh, my mother, I have never refused thee any thing; he shall be pardoned, since thou dost ask it.”
Todo esto lo estaba observando providencialmente el señor que había comprado la hacienda del joven. Y viendo la piedad de María con aquel pecador y como tenía una hija única se la dio por esposa, haciéndolo heredero de todos sus bienes. Y así aquel joven recuperó, gracias a María, la gracia de Dios y hasta los bienes temporales.
The citizen who had purchased the inheritance of that prodigal was secretly present at this scene, and beholding the mercy of Mary towards that sinner, he gave him his only daughter in marriage, and made him heir of all his possessions. Thus that youth recovered, through the intercession of Mary, the favor of God and even his temporal possessions.
Extracto de Las Glorias de María,
por San Alfonso de Ligorio
St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary,
New York 1852, pgs. 182-184.


MARÍA ASISTE A UN DEVOTO SUYO – MARY ASSISTS HER DEVOTEE


Reina de los Ermitaños,
por Santucho
Cuando rezamos a la santísima Virgen para obtener las gracias no es que desconfiemos de la divina misericordia, sino que, ante todo, desconfiamos de nuestra propia indignidad, y nos encomendamos a María para que con su dignidad supla nuestra miseria.
San Anselmo






En Reichersberg vivía Arnoldo, canónigo regular muy devoto de la santísima Virgen. Estando para morir recibió los santos sacramentos y rogó a los religiosos que no le abandonasen en aquel trance. Apenas había dicho esto, a la vista de todos comenzó a temblar, se turbó su mirada y se cubrió de frío sudor, comenzando a decir con voz entrecortada:
In Reisberg there lived a Canon regular named Arnold, who was very devoted to the blessed Virgin. Being at the point of death, he received the sacraments, and calling his religious to him, begged them not to leave him at the last moment. Scarcely had he said this, when he began to tremble violently and roll his eyes; cold sweat fell from him, and with an agitated voice he exclaimed:
“¿No veis esos demonios que me quieren arrastrar a los infiernos?”
Y después gritó:
“Hermanos, invocad para mí la ayuda de María; en ella confío que me dará la victoria.”
“Do you not see those demons who would seize me and carry me to hell?”
Then he cried:
“My brothers, invoke for me the help of Mary; I trust in her that she will give me the victory.”
Al oír esto empezaron a rezar las letanías de la Virgen, al decir: “Santa María, ruega por él”, dijo el moribundo: “Repetid, repetid el nombre de María, que siento como si estuviera ante el tribunal de Dios”.
They immediately began to recite the Litany of our Lady, and at the words, Holy Mary, pray for him, “Sancta Maria, ora pro eo,” the dying man cried: “Repeat, repeat the name of Mary, for I am even now at the tribunal of God.”
Calló un breve tiempo y luego exclamó: “Es cierto que lo hice, pero luego también hice penitencia.” Y volviéndose a la Virgen le suplicó: “Oh María, yo me salvaré si tú me ayudas.”
He stopped for a moment, and then added: “It is true that I did it, but I have done penance for it.”
Then turning to the Virgin, he said: “Oh Mary, I shall be delivered if thou wilt help me.”
Enseguida los demonios le dieron un nuevo asalto, pero él se defendía haciendo la señal de la cruz con un crucifijo e invocando a María.
The demons soon after made another attack, but he defended himself by blessing himself with the crucifix, and invoking Mary.
Así pasó toda aquella noche. Por fin, llegada la mañana, ya del todo sereno, Arnoldo exclamó:
Thus he passed the whole night, but when morning dawned, Arnold, restored to serenity, joyfully said:
“María, mi Señora y mi refugio, me ha conseguido el perdón y la salvación.”
“Mary, my Lady, and my refuge, has obtained for me pardon and salvation.”
Y mirando a la Virgen que le invitaba a seguirla, le dijo:
“Ya voy, Señora, ya voy.”
Then beholding the Virgin, who summoned him to follow her, he said:
“I come, oh Lady, I come.”
Y haciendo un esfuerzo para incorporarse, no pudiendo seguirla con el cuerpo, suspirando dulcemente la siguió con el alma, como esperamos a la gloria bienaventurada.
He made an effort to rise, but not being able to follow her with the body, gently expiring, he followed her with his soul, as we hope, to the blessed kingdom of glory.
Extracto de Las Glorias de María,
por san Alfonso de Ligorio
St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary,
New York 1852, pgs. 165-166.

MARÍA SOCORRE A SAN FRANCISCO DE SALES


Así como la azucena es remedio contra las serpientes y sus venenos, así invocar a María es remedio especialísimo para vencer todas las tentaciones, sobre todo las de impureza, como lo comprueban quienes lo practican.
Cornelio a Lápide

San Francisco de Sales
Muy bien experimentó la fuerza de esta oración san Francisco de Sales, como se narra en su vida. Tenía el santo unos diecisiete años y se encontraba en París dedicado al estudio y entregado al santo amor de Dios, disfrutando de dulces delicias de cielo. Mas el Señor, para probarlo y estrecharlo más a su amor, permitió que el demonio le obsesionase con la tentación de que todo lo que hacía era perdido porque en los divinos decretos estaba reprobado. La oscuridad y aridez en que Dios quiso dejarlo al mismo tiempo, porque se encontraba insensible a los pensamientos más dulces sobre la divina bondad, hicieron que la tentación tomara más fuerza para afligir el corazón del santo joven, hasta el punto de que por esos temores y desolaciones perdió el apetito, el sueño, el color y la alegría, de modo que daba lástima a todos los que lo veían.

Mientras duraba aquella terrible tempestad, el santo joven no sabía concebir otros pensamientos ni proferir otras palabras que no fueran de desconfianza y de dolor.

“¿Con que –decía– estaré privado de la gracia de Dios, que en lo pasado se me ha mostrado tan amante y suave? ¡Oh amor, oh belleza a quien he consagrado todos mis afectos! ¿Ya no gozaré más de tus consolaciones? ¡Oh Virgen Madre de Dios, la más hermosa de todas las hijas de Jerusalén! ¿Es que no te he de ver en el paraíso? Ah Señor, ¿es que no he de ver tu rostro? Al menos no permitas que yo vaya a blasfemar y maldecirte en el infierno”.

Estos eran los tiernos sentimientos de aquel corazón afligido y enamorado de Dios y de la Virgen.

La tentación duró un mes, pero al fin el Señor se dignó librarlo por medio de María Santísima, la consoladora del mundo, a la que el santo había consagrado su virginidad y en la que afirmaba tener puesta toda su confianza.

Entre tanto, una tarde, yendo hacia casa, vio una tablilla pegada al muro. La leyó, y era la siguiente oración:
“Acuérdate, piadosísima María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a ti se haya visto por ti desamparado”.

Postrado junto al altar de la Madre de Dios, rezó con afecto aquella oración, le renovó su voto de castidad y prometió rezarle todos los días un rosario. Y luego añadió:
“Reina mía, sé mi abogada ante tu divino Hijo, al que no me atrevo a recurrir. Madre mía, si yo, infeliz, en la otra vida no puedo amar a mi Señor que es tan digno de ser amado, al menos consígueme que te ame en este mundo inmensamente. Esta es la gracia que te pido y de ti la espero”.

Así rezó a la Virgen y se abandonó por completo en brazos de la divina misericordia, resignado completamente a la voluntad de Dios. Pero apenas había concluido su oración, en un instante la Virgen le libró de la tentación. Recuperó del todo la paz del alma y la salud corporal y siguió viviendo devotísimo de María, cuyas alabanzas y misericordias no cesó de anunciar en predicaciones y libros toda la vida.

Extracto de Las Glorias de María, por san Alfonso de Ligorio

poniedziałek, 26 listopada 2012

MARÍA AYUDA EFICAZMENTE A BIEN MORIR - MARY HELPS EFFECTIVELY TO DIE WELL

No busca nada de lo que tenemos, ni necesita para nada de lo nuestro, cuando en el cielo todos se afanan en satisfacer sus deseos. Si exige de nosotros que la sirvamos, es porque busca nuestro bien. Si pide que la alabemos, es porque desea nuestra salvación.
Beato Tomás de Kempis

Nuestra Señora, Theotokos, 
de Vladimir
Se cuenta de san Andrés Avelino que en la hora de su muerte vinieron miles de demonios para tentarlo. Y se lee en su biografía que en su agonía sostuvo un combate tan fiero con el infierno, que hacía estremecer a los buenos religiosos que le acompañaban. 

Vieron que al santo se le hinchaba la cara y se le amorataba por el exceso de dolor; todo su cuerpo temblaba en medio de fuertes convulsiones; de los ojos brotaban abundantes lágrimas; daba golpes violentos con la cabeza, señales todas de la terrible batalla que le hacía sostener el infierno. Todos lloraban de compasión redoblando las oraciones, a la vez que temblaban de espanto viendo cómo moría un santo. Se consolaban viendo cómo el santo constantemente dirigía los ojos a una devota imagen de María, acordándose que él mismo muchas veces les había profetizado que, en la hora de la muerte, María había de ser su refugio. 

Quiso al fin el Señor que terminara la batalla con gloriosa victoria; cesaron las convulsiones, se le descongestionó el rostro y, tornando a su color normal, vieron que el santo, fijos los ojos en una imagen de María, le hizo una inclinación como en señal de agradecimiento –la cual se cree que entonces se le aparecería– y expiró plácidamente en los brazos de María. 

En el mismo instante una capuchina que estaba en trance de muerte, dijo a las religiosas que la asistían: “Rezad el Ave María porque acaba de morir un santo”.

Extracto de Las Glorias de María, por San Alfonso de Ligorio




It is related of St. Andrew Avellino, that at the time of his death, ten thousand devils came to tempt him; and we read in his life, that at the time of his agony he had so fierce a struggle with hell, that it caused all his good religious who were present to tremble. 

They saw the face of the saint swell from agitation, so that it became black; they saw all his limbs trembling, and greatly agitated, rivers of tears flowed from his eyes, and his head shook violently; all these were signs of the horrible assault he was suffering from the powers of hell. All the religious wept in compassion, redoubled their prayers, and trembled with fear when they saw that a saint died thus. Yet they were consoled by seeing that the saint often turned his eyes, as if seeking help, towards a devout image of Mary, for they remembered that he had often said in life, that in the hour of his death, Mary must be his refuge. 

It finally pleased God to terminate this struggle by a glorious victory, for the agitation of his body ceased, his countenance gained its natural shape and color, and fixing his eyes tranquilly on that image, he devoutly bowed his head to Mary, who, it is believed, then appeared to him, as if to thank her, and quietly breathed forth in her arms his blessed soul, with heavenly peace depicted on his countenance. 

At the same time a Capuchin nun, in her agony, turned to the religious who were with her and said: "Say an Ave Maria, for a saint has just died."

St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary, New York 1852, pgs. 102-103.


środa, 21 listopada 2012

MUERTE SANTA DE UNA PASTORCILLA - HOLY DEATH OF A POOR SHEPHERDESS

No busca nada de lo que tenemos, ni necesita para nada de lo nuestro, cuando en el cielo todos se afanan en satisfacer sus deseos. Si exige de nosotros que la sirvamos, es porque busca nuestro bien. Si pide que la alabemos, es porque desea nuestra salvación.
Beato Tomás de Kempis

La Virgen y El Ñiño con los ángeles 
y los santos Jorge y Teódoro, icona c. 600, 
del Monasterio de Santa Catalina 
Narra el P. Auriema que una pobre pastorcilla que guardaba su rebaño amaba tanto a María, que toda su delicia consistía en ir a la ermita de nuestra Señora que había en el monte y estarse allí, mientras pastaba el rebaño, hablando y haciendo homenajes a su amada Madre.

Como la imagen, que era de talla, estaba desprovista de adornos, como pudo le hizo un manto. Otro día, con flores del campo hizo una guirnalda y subiendo sobre el altar puso la corona a la Virgen, diciendo:

“Madre mía, bien quisiera ponerte corona de oro y piedras preciosas, pero como soy pobre recibe de mí esta corona de flores y acéptala en señal del amor que te tengo”.

Con éstos y otros obsequios procuraba siempre esta devota jovencita servir y honrar a su amada Señora. Pero veamos cómo recompensó esta buena Madre las visitas y el amor de esta hija suya.

Cayó la joven pastorcita gravemente enferma, y sucedió que dos religiosos pasaban por aquellos parajes. Cansados del viaje, se pusieron a descansar bajo un árbol. Uno de ellos dormía, pero ambos tuvieron la misma visión. Vieron una comitiva de hermosísimas doncellas, entre las que descollaba una en belleza y majestad. “¿Quién eres, señora, y dónde vas por estos caminos?”, le preguntó uno de los religiosos a la doncella de sin igual majestad. “Soy la Madre de Dios –le respondió– que voy con estas santas vírgenes a visitar a una pastorcilla que en la próxima aldea se halla moribunda y que tantas veces me ha visitado”.

Dicho esto, desapareció la visión.

Los dos buenos siervos de Dios se dijeron: “Vamos nosotros también a visitarla”. Se pusieron en camino y pronto encontraron la casita y a la pastorcita en su lecho de paja. La saludaron y ella les dijo: “Hermanos, rogad a Dios que os haga ver la compañía que me asiste”. Se arrodillaron y vieron a María que estaba junto a la moribunda con una corona en la mano y la consolaba. Luego las santas vírgenes de la comitiva iniciaron un canto dulcísimo. En los transportes de tan celestial armonía y mientras María hacía ademán de colocarle la corona, la bendita alma de la pastorcita abandonó su cuerpo yendo con María al paraíso.

Extracto de Las Glorias de María, por san Alfonso de Ligorio


It is narrated by Father Auriemma, that a poor shepherdess loved Mary so much that all her delight was to go to a little chapel of our Lady, on a mountain, and there in solitude, while her sheep were feeding, to converse with her beloved mother and pay her devotion to her. 

When she saw that the figure of Mary, in relief, was unadorned, she began, by the poor labor of her hands, to make a drapery for it. Having gathered one day some flowers in the fields, she wove them into a garland, and then ascending the altar of that little chapel, placed it on the head of the figure, saying: “Oh, my mother, I would that I could place on thy head a crown of gold and gems; but as I am poor, receive from me this poor crown of flowers, and accept it as a token of the love I bear thee.” 

Thus this devout maiden always endeavored to serve and honor her beloved Lady. But let us see how our good mother, on the other hand, rewarded the visits and the affection of her child. 

She fell ill, and was near her end. It happened that two religious passing that way, weary with travelling, stopped to rest under a tree; one fell asleep and the other watched, but both had the same vision. They saw a company of beautiful virgins, and among them there was one who, in loveliness and majesty, surpassed the rest. One of the brothers addressed her, and said: “Lady, who art thou? and where art thou going?” “I am the mother of God,” she replied, “and I am going to the neighboring village, with these holy virgins, to visit a dying shepherdess, who has many times visited me.” 

She spoke thus and disappeared. 

These two good servants of God proposed to each other to go and visit her also. They went towards the place where the dying maiden lived, entered a small cottage, and there found her lying upon a little straw. They saluted her, and she said to them: “Brothers, ask of God that he may permit you to see the company that surrounds me.” They were quickly on their knees, and saw Mary, with a crown in her hand by the side of the dying girl, consoling her. Then those holy virgins began to sing, and with that sweet music the blessed soul was released from the body. Mary crowned her, and took her soul with her to paradise.

St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary, New York 1852, pgs. 64-66.


MUERE SANTAMENTE UN ESCOCÉS CONVERTIDO AL CATOLICISMO - THE SAINT DEATH OF A SCOTTISH CONVERTED TO CATHOLICISM

Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por Padre.
San Luis María Grignión de Montfort

The Annunciation, by Eustache
Le Sueur, 17th-century
Se narra en la historia de las fundaciones de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles de un noble joven escocés llamado Guillermo Elphinstone. Era pariente del rey Jacobo, y habiendo nacido en la herejía, seguía en ella; pero iluminado por la gracia divina, que le iba haciendo ver sus errores, se trasladó a Francia, donde con la ayuda de un buen padre, también escocés, y, sobre todo, por la intercesión de la Virgen María, descubrió al fin la verdad, abjuró la herejía y se hizo católico. Fue después a Roma. Un día lo vio un amigo muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa le respondió que aquella noche se le había aparecido su madre, condenada, y le había dicho: “Hijo, feliz de ti que has entrado en la verdadera Iglesia; yo, por haber muerto en la herejía, me he perdido”.

Desde entonces se enfervorizó más y más en la devoción a María, eligiéndola por su única madre, y ella le inspiró hacerse religioso, a lo que se obligó con voto. Pero como estaba enfermo, se dirigió a Nápoles para curarse con el cambio de aires. Y en Nápoles quiso Dios que muriese siendo religioso. En efecto, poco después de llegar, cayó gravemente enfermo, y con plegarias y lágrimas impetró de los superiores que lo aceptasen. Y en presencia del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Viático, hizo sus votos y fue declarado miembro de la Compañía de Jesús. 

Después de esto, era de ver cómo enternecía a todos con las expresiones con que agradecía a su madre María el haberlo llevado a morir en la verdadera Iglesia y en la casa de Dios, en medio de los religiosos sus hermanos. “¡Qué dicha –exclamaba– morir en medio de estos ángeles!” Cuando le exhortaban para que tratara de descansar, respondía: “¡No, ya no es tiempo de descansar cuando se acerca el fin de mi vida!”

Poco antes de morir dijo a los que le rodeaban: “Hermanos, ¿no veis los ángeles que me acompañan?”

Habiéndole oído pronunciar algunas palabras entre dientes, un religioso le preguntó qué decía. Y le respondió que el ángel le había revelado que estaría muy poco tiempo en el purgatorio y que muy pronto iría al paraíso. Después volvió a los coloquios con su dulce madre María. Y diciendo: “¡Madre, madre!”, como niño que se reclina en los brazos de su madre para descansar, plácidamente expiró.

Poco después supo un religioso, por revelación, que ya estaba en el paraíso.

Extracto de Las Glorias de María, por san Alfonso de Ligorio


In the history of the foundations of the Company of Jesus, in the kingdom of Naples, is related the following story of a noble youth of Scotland, named William Elphinstone. He was a relation of King James. Born a heretic, he followed the false sect to which he belonged; but enlightened by divine grace, which showed him his errors, he went to France, where, with the assistance of a good Jesuit father, who was like himself a Scotchman, and still more by the intercession of the blessed Virgin, he at length saw the truth, abjured heresy, and became a Catholic. He went afterwards to Rome, where a friend of his found him one day very much afflicted, and weeping. He asked him the cause, and he answered, that in the night his mother had appeared to him and said: “My son, it is well for thee that thou hast entered the true Church; I am already lost, because I died in heresy.” 

From that time he became more fervent in his devotion to Mary, chose her for his mother, and by her was inspired to become a religious. He made a vow to do so, but being ill, he went to Naples to restore his health by a change of air. But the Lord ordered it so that he should die in Naples, and die a religious; for, having become dangerously ill soon after his arrival there, he by prayers and tears obtained from the superiors admittance, and when about receiving the viaticum, he made his vows in presence of the blessed sacrament, and was enrolled in the society. 

After this, in the tenderness of his feelings, he gave thanks to his mother Mary for having rescued him from heresy, and brought him to die in the true Church, and in a religious house in the midst of his brethren. Therefore, he exclaimed: “Oh! how glorious it is to die in the midst of so many angels!” Being exhorted to take a little rest, he answered: “Ah, this is not the time to rest when the end of my life is drawing near.” 

Before dying, he said to the persons present: “Brethren, do you not see the angels of heaven around me?” One of the religious having heard him murmuring something to himself, asked him what he had said. He answered, that his angel-guardian had revealed to him that he should be in purgatory but a short time, and would soon enter paradise. Then he began again to talk with his sweet mother Mary, and repeating the word, mother, mother, he tranquilly expired, like a child falling asleep in the arms of its mother. 

Soon after, it was revealed to a devout religious that he had already entered paradise.

St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary, New York 1852, pgs. 47-49.

CONVERSIÓN DE MARÍA, LA PECADORA, EN LA HORA DE LA MUERTE


Con sólo presentarse la Reina, huyen los rebeldes. Si en la hora de la muerte tenemos a María de nuestra parte, ¿qué habremos de temer de todos los enemigos infernales?
San Alfonso de Ligorio

Se cuenta en la vida de sor Catalina de San Agustín que en el mismo lugar donde vivía esta sierva de Dios habitaba una mujer llamada María que en su juventud había sido una pecadora y aún de anciana continuaba obstinada en sus perversidades, de modo que, arrojada del pueblo, se vio obligada a vivir confinada en una cueva, donde murió abandonada de todos y sin los últimos sacramentos, por lo que la sepultaron en descampado.

Sor Catalina, que solía encomendar a Dios con gran devoción las almas de los que sabía que habían muerto, después de conocer la desdichada muerte de aquella pobre anciana, ni pensó en rezar por ella, teniéndola por condenada como la tenían todos.

Pasaron cuatro años, y un día se le apareció un alma en pena que le dijo:

– Sor Catalina, ¡qué desdicha la mía! Tú encomiendas a Dios las almas de los que mueren y sólo de mi alma no te has compadecido.
– ¿Quién eres tú? –le dijo la sierva de Dios.
– Yo soy –le respondió –la pobre María que murió en la cueva.
– Pero ¿te has salvado? –replicó sor Catalina.
– Sí, me he salvado por la misericordia de la Virgen María.
– Pero ¿cómo?
– Cuando me vi a las puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: "Señora, tú eres el refugio de los abandonados; ahora yo me encuentro desamparada de todos; tú eres mi única esperanza, sólo tú me puedes ayudar, ten piedad de mí."
"La santa Virgen me obtuvo un acto de contrición, morí y me salvé; y ahora mi reina me ha otorgado que mis penas se abreviaran haciéndome sufrir en intensidad lo que hubiera debido purgar por muchos años; sólo necesito algunas misas para librarme del purgatorio. Te ruego las mandes celebrar que yo te prometo rezar siempre, especialmente a Dios y a María, por ti."

Extracto de Las Glorias de María, por san Alfonso de Ligorio

sobota, 13 października 2012

MAL CONSEJO


No se educa al niño cuando nosotros nos rebajamos a satisfacer sus meros deseos terrenos, aun no del todo desarrollados, y a satisfacer todos sus instintos... Esto es un mimar denigrante.
Mons. Tihamér Tóth

Se refiere en la historia que un padre tenía un hijo del cual recibía toda suerte de consuelos; era juicioso, obediente, reservado, en fin, un modelo que edificaba a toda la parroquia. Un día hubo unos festejos en un lugar vecino, y el padre le dijo:
«Hijo mío, tú no sales nunca, vete un momento a divertirte con tus amigos, todos son personas decentes, no estarás con malas compañías».
Y el hijo contestó:
«Padre mío, mi mayor placer, mi mayor recreo, es estar en vuestra compañía».

Ved aquí una excelente respuesta para tu hijo: preferir la compañía del padre a todos los placeres y a todas las compañías.

«Hijo mío, le dijo aquel padre ciego, si esto es así, iré yo también contigo».
Y padre e hijo partieron.

La segunda vez que ocurrió un caso semejante, el hijo no necesitó ya tantas instancias para decidirse; la tercera partió solo; ya no necesitaba a su padre; al contrario, aquel comenzaba a estorbarle; sin necesidad de nadie sabía hallar perfectamente el camino. Su pensamiento no se ocupaba en otra cosa que en las músicas que oyó y en las personas con quienes habló.

Acabó por dejar aquellas prácticas religiosas que se había impuesto cuando estaba entregado del todo a Dios; trabó relaciones con una joven mucho peor que él. El vecindario comenzó a hablar del joven como de un novel libertino.

En cuanto su padre se dio cuenta de ello, quiso interponerse en su carrera y le prohibió salir para cualquier lugar sin su permiso; más ya no encontró en el hijo aquella antigua sumisión. ¡Nada pudo detenerle; se burlaba de su padre, diciéndole que, porque ahora no podía él ya divertirse, quería también impedírselo a los demás.

El padre, desesperado al ver que la cosa no tenía remedio, se mesaba los cabellos. La madre, que apreciaba mejor que su marido los daños de aquellas malas compañías, muchas veces le había advertido el peligro, diciéndole que otro día se arrepentiría; más era ya demasiado tarde.

Un día, al volver el hijo de sus correrías, el padre le pegó. El hijo, al verse aborrecido de sus padres, sentó plaza en el ejercito, y, al cabo de algún tiempo, recibieron en su casa una carta en la que se les notificaba que aquel hijo había perecido aplastado a los pies de los caballos.

¡Ay!, ¿dónde fue a parar aquel pobre joven? Dios quiera que no fuese al infierno. Sin embargo, si se condenó, lo cual parece probable según todas las apariencias, su padre fue el verdadero causante de su perdición. Y aunque el padre se abandonase a la penitencia, todas las lágrimas y todas las mortificaciones serian incapaces de sacar al pobre hijo de aquel lugar de tormento. ¡Ah!, ¡desgraciados padres los que arrojáis vuestros hijos a las eternas llamas!

San Juan María Vianey,
Extracto del Sermón sobre Deberes de los Padres hacia los Hijos

środa, 10 października 2012

TRAGEDIA FAMILIAR REMEDIADA

La augusta Madre de Dios está presente en las cosas humanas, y cuanto más se enfría la caridad, tanto más vehementemente incita Ella a sus hijos a la piedad, a la virtud y a la penitencia de los pecados; y, a la par que por dondequiera se agravan pestilencias nefastas que nos amenazan, sentimos que es ella intercesora clementísima que suplica en favor nuestro a la divina misericordia y aparta los castigos merecidos por nuestras culpas.
Papa Juan XXIII

Un caballero muy devoto de la Santísima Virgen había construido una capilla en su honor, en una de las dependencias del castillo que habitaba. Nadie conocía la existencia de dicha capilla. Todas las noches, después del primer sueño, sin decir nada a su mujer, se levantaba y se dirigía a la capilla de la Virgen, para pasar allí lo restante de la noche... 

Su mujer estaba muy apesadumbrada del proceder del marido, pues creía ella que salía de noche para entrevistarse con mujeres de mala vida. Cierto día, la esposa no pudo soportar ya por más tiempo aquel secreto sufrimiento, y dijo a su marido que muy bien se veía que tenía otra mujer preferida. El marido, pensando en la Santísima Virgen, le contestó afirmativamente. 

Esta respuesta hirió vivamente los sentimientos de aquella mujer, y viendo que su marido no cambiaba de conducta, en un arrebato de pesar, se suicidó clavándose un puñal en el pecho. Al volver de la capilla el marido, halló al cadáver de su mujer bañado en sangre. Afligido en extremo ante aquel espectáculo, cerró con llave la puerta de su cuarto, y se dirigió de nuevo a la capilla de la Virgen, y allí, desconsolado y lloroso, se prosternó ante aquella santa imagen, exclamando:

«Ya veis, oh Santísima Virgen, que mí esposa se ha suicidado porque venía yo por la noche a permanecer en vuestra compañía. Ya veis que mi mujer está condenada; ¿la dejareis ardiendo en las llamas, cuando se ha suicidado desesperada a causa de mi devoción para con Vos? Virgen Santa, refugio de los afligidos, servíos devolverle la vida; mostrad cuánto os place hacer bien a todos. No saldré yo de aquí hasta que me hayáis alcanzado esta gracia de vuestro divino Hijo».

Mientras se hallaba abstraído en sus lágrimas y oraciones, una criada le estaba buscando y llamándole, diciendo que la señora preguntaba por él.

Y el caballero le dijo: 

«¿Estás segura de que es ella quien me llama?»
«Escuchad su voz», dijo la criada. 

La alegría del caballero fue tan grande, que no acertaba a separarse de la compañía de la Virgen. Por fin se levantó, llorando de alegría y de gratitud, y halló a su mujer en plena salud. De sus heridas sólo le quedaban las cicatrices, para que nunca olvidase tan gran milagro obrado por la protección de la Santísima Virgen. Al ver entrar a su marido, le abrazó diciendo: 

«¡Amado mío!, te estoy altamente agradecida por lo caridad en rogar por mí». 

Quedó tan agradecida por aquel prodigioso favor, que pasó el resto de su vida en lágrimas y penitencia; no podía nunca relatar la gracia que la Virgen había alcanzado de su divino Hijo, sin llorar a lágrima viva, y no tenía otro deseo sino manifestar a todos cuán poderosa es la Santísima Virgen para socorrer a los que en ella confían.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza


wtorek, 9 października 2012

MARTIRIO DE SANTA POTAMIENA


La verdadera libertad proviene de la pureza del alma.
Anónimo

Santa Potamiena vivió en tiempos de la persecución de Maximiniano. Aquella joven era esclava de un señor disoluto y libertino, el cual continuamente la estaba solicitando. Mas ella prefirió sufrir toda suerte de crueldades y suplicios antes que consentir a las solicitaciones de aquel señor infame.

Enfurecido éste al ver que nada podía lograr, la entregó, como cristiana, en manos del gobernador, a quien prometió una fuerte recompensa para el caso de que la conquistase para sus infames apetitos. El juez mandó comparecer a aquella virgen ante su tribunal, y viendo que ninguna amenaza podía hacerla cambiar de sentimientos, la sometió a todo cuanto su rabia supo inspirarle.

Mas Dios, que jamás abandona a los que a Él se consagran, concedió tantas fuerzas a la joven mártir, que parecía insensible a todos los tormentos a que hubo de someterse. No pudiendo aquel juez inicuo vencer su resistencia, mandó poner sobre una grande hoguera una caldera llena de pez, y le dijo:
«Mira lo que te está preparado si no obedeces a tu señor».
Y la santa joven respondió sin vacilar:
«Prefiero sufrir todo cuanto pueda inspiraros vuestro furor antes que obedecer a la infame voluntad de mi amo; además, nunca habría yo creído que un juez fuese injusto hasta el punto de mandarme obedecer a los propósitos de un amo disoluto».

Irritado el tirano al oír esta respuesta, mandó arrojarla a la caldera.
«A lo menos disponed, dijo ella, que sea arrojada allí vestida. Ahora veréis las fuerzas que el Dios a quien adoramos, concede a los que sufren por Él».

Después de tres horas de suplicio, entregó Potamiena su alma al Criador, y así ganó la doble palma del martirio y de la virginidad.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza

MARTIRIO DE SANTA INÉS


A mí me parece que Dios permite las tribulaciones y las persecuciones sangrientas de su propia Iglesia, para que el clima tibio de invernadero creado por una paz duradera, no la corrompa ni haga que se multipliquen la mala hierba y los cardos.
Mons. Tihamér Tóth


Santa Inés tenía la gran dicha de conservar puro su corazón. Se parecía a los lirios que crecen derechos hacia el cielo y embalsaman el ambiente que los rodea con un aroma exquisito y agradable.

Su belleza y sus riquezas fueron causa de que, a la edad de poco más de doce años, fuese pretendida por el hijo del prefecto de la ciudad de Roma. Ella le dio a entender que estaba consagrada a Dios. Entonces la prendieron, bajo el pretexto de que era cristiana, más, en realidad, para que consintiese a los deseos de aquel joven...

Pero ella estaba tan firmemente unida a Dios que ni las promesas, ni las amenazas, ni la vista de los verdugos y de los instrumentos expuestos en su presencia para amedrentarla consiguieron hacerla cambiar de sentimientos. Viendo sus perseguidores que nada podían obtener de la Santa, la cargaron de cadenas, y quisieron ponerle una argolla y varios anillos en la cabeza y en las manos; pero tan débiles eran aquellas pequeñas e inocentes manos, que sus verdugos no pudieron lograr su propósito. Permaneció firme en su resolución y, en medio de aquellos lobos rabiosos, ofreció su cuerpecito a los tormentos con una decisión que admiró a los mismos atormentadores.

La llevaron arrastrándola a los pies de los ídolos, más ella declaró públicamente que sólo reconocía a Jesucristo, y que aquellos ídolos eran demonios. El juez, bárbaro y cruel, viendo que nada podía conseguir, pensó que sería más sensible ante la pérdida de aquella pureza de la cual hacía tanta estima. La amenazó con hacerla exponer en un infame lupanar; más ella le respondió con firmeza:
«Podréis muy bien darme muerte; pero jamás podréis hacerme perder este tesoro; pues Jesucristo mismo es su más celoso guardián».

El juez, lleno de rabia, la hizo conducir a aquel lugar de infernales inmundicias. Más Jesucristo, que la protegía de una manera muy particular, inspiró tan grande respeto a los guardias, que sólo se atrevían a mirarla, con una especie de espanto, y al mismo tiempo confió su custodia a uno de sus ángeles. Los jóvenes, que entraban en aquel recinto abrasados en impuro fuego, al ver, al lado de la doncella, a un ángel más hermoso que el sol, salían abrasados en amor divino.

Pero el hijo del prefecto, más corrompido y malvado que los otros, se atrevió a penetrar en el cuarto donde se hallaba santa Inés. Sin hacer caso de aquellas maravillas, se acercó a ella con la esperanza de satisfacer sus impuros deseos; más el ángel que custodiaba a la joven mártir hirió al libertino, el cual cayó muerto a sus pies.

Al momento se divulgó por toda la ciudad de Roma la noticia de que el hijo del prefecto había recibido la muerte de manos de Inés. El padre, lleno de furor, se fue al encuentro de la Santa, y se entregó a todo cuanto la desesperación podía inspirarle. La llamó furia del infierno, monstruo nacido para llevar la desolación a su vida, pues había dado muerte a su hijo. Entonces santa Inés contestó tranquilamente:
«Es que quería hacerme violencia, y entonces mi ángel le dio muerte».
El prefecto, algo más calmado, le dijo:
«Pues ruega a tu Dios que le resucite, para que no se diga que tú le has dado muerte».
«Es innegable que no merecéis esta gracia, dijo la Santa; más, para que sepáis que los cristianos no se vengan nunca, antes al contrario vuelven bien por mal, salid de aquí, y voy a rogar a Dios por él».

Entonces se prosternó Inés, la faz en tierra. Mientras estaba orando, se le apareció el ángel y le dijo:
«Ten valor».

Al momento aquel cuerpo inanimado recobró la vida. Aquel joven, resucitado por las oraciones de la Santa, sale de aquella casa y recorre las calles de Roma clamando:
«No, no, amigos míos, no hay otro Dios que el de los cristianos; todos los dioses que nosotros adoramos no son más que demonios engañadores que nos arrastran al infierno».

Sin embargo, a pesar de aquel gran milagro, no dejaron de condenarla a muerte. El lugarteniente del prefecto ordenó encender una gran hoguera, en la cual hizo arrojar a la Santa. Más las llamas se abrieron sin dañar a Inés, y en cambio, quemaron a los idólatras que habían acudido a aquel lugar para presenciar tales tormentos. Viendo el lugarteniente que el fuego la respetaba y no le causaba daño alguno, ordenó degollarla con la espada, a fin de quitarle de una vez la vida; más el verdugo se puso a temblar, como si él fuese el condenado a muerte...

Como, después de su muerte, sus padres llorasen su perdida, se les apareció y les dijo:
«No lloréis mi muerte; al contrario, alegraos de que haya yo alcanzado un tal grado de gloria en el cielo»

San Juan María Vianey, Extracto del  Sermón sobre la Pureza
(levemente cambiado)

poniedziałek, 8 października 2012

TRES DÍAS COMO TRES SIGLOS

- ¿Van inmediatamente al cielo los que mueren después de recibida la absolución, pero antes de haber plenamente satisfecho a la justicia de Dios? 

- No, señor; van al purga­torio, para satisfacer allí a la justicia de Dios y purificarse enteramente.
Catecismo Mayor N° 790 

Almas liberadas del purgatorio por la intercesión
de Santa María del Carmen,  por Diego Quispe Tito,
Museo de Brooklyn
Un hombre de mala vida fue visitado de nuestro Señor con una larga enfermedad, para que volviese sobre sí. Se le hacía de mal una enfermedad tan prolija y rogaba muy a menudo a Dios le sacase de la cárcel de este cuerpo. 

Se le apareció un ángel y le dijo de parte de Dios que escogiese de una de dos cosas la que él quisiera: o quedarse otros dos años enfermo como estaba y luego volar al cielo, o morirse luego, deteniéndose tres días en el purgatorio. Atendiendo el bueno del enfermo a la brevedad que se había de detener en el purgatorio y pareciéndole muy penosa y larga aquella enfermedad, eligió la muerte con los tres días de purgatorio.

Se hizo así y habiendo estado no más que una hora en el purgatorio, le tornó a aparecer el ángel del Señor, el cual después de haberle consolado, le preguntó si le conocía? Dijo que no. 

— Pues yo soy — dice — el ángel del Señor que de su parte te di a escoger el venir acá o quedarte en aquella tu enfermedad por dos años.

A esto dijo la afligida alma: 

— No es posible que tú seas ángel de Dios, porque los ángeles buenos no pueden mentir, y el que me dijo esto mintió gravemente, pues habiéndome dicho que estaría aquí no más que tres días, he estado penando tantos años estas acerbísimas penas y no acabo de salir de ellas.

Le dijo el ángel: 

— Pues te hago saber que no ha más de una hora que estás en este lugar: de suerte que para cumplir los tres días te falta lo restante del tiempo.

Entonces replicó el alma: 

— Ruega, pues, al Señor no mire mi ignorancia en haber escogido esto, y alcánzame de su divina misericordia que me vuelva a la vida de antes, que no digo yo dos años, mas todos los que el Señor fuere servido sufriré de buena gana aquella enfermedad.

Concedida su petición, y como había experimentado lo que se pasa en el purgatorio, tuvo por muy ligeros todos los dolores y trabajos de esta vida, y los llevó con mucha paciencia y alegría. 

Juan Eusebio Nieremberg SJ, Diferencia entre lo temporal y eterno. Desengaños de la vida con la memoria de la eternidad, postrimerías humanas y misterios divinos,
Barcelona 1856, pgs. 181-182.


OTRA VERSIÓN DEL MISMOTODAVÍA ESTÁ CALIENTE TU CUERPO EN LA TIERRA

Hablando un día sobre la gravedad de las penas del purgatorio, un famoso predicador puso el ejemplo de un piadoso cristiano cuya enfermedad le hacía sufrir de tal manera, que constantemente rogaba a Dios que le librase de sus sufrimientos. Una noche el enfermo soñó que se le aparecía un ángel y le decía:

—Vivirás todavía tres años sufriendo como sufres. Pero puedes elegir entre estos tres años de sufrimientos en la tierra y tres días de sufrimiento en el purgatorio.

El enfermo escogió los tres días y, una vez en el pur­gatorio, se le apareció de nuevo el ángel, para consolarle.

—Me dijiste que sufriría aquí tres días —le dijo el alma —, y estoy seguro de que llevo más de tres años su­friendo espantosamente.

—No lo creas —respondió el ángel—. Todavía está caliente tu cuerpo en la tierra. Apenas hace unos instan­tes que estás aquí.

Porque, así como en el cielo las épocas más dilatadas parecen momentos para los santos, en el purgatorio, la gravedad del sufrimiento hace que un instante se parezca a una eternidad.

Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables,
Editorial Herder, Barcelona 1962, N° 1861.










VENTANALES


El que quiera comer la nuez, tiene que romper la cáscara.
Anónimo 

Oyó hablar cierto provinciano de los artísticos ventanales de una catedral muy famosa, tanto que se resolvió a emprender un largo viaje para poder verlos. Pero cuando al final del fatigoso viaje se halló delante de la catedral y miró con gran curiosidad sus ventanales, exclamó con desilusión:
“¡En vano me he cansado! No hay en esas ventanas más que un montón de trozos de vidrio negro y algunas barras de plomo que describen curvas sin ton ni son.”

Por suerte le oyó uno de los habitantes de la ciudad, y, volviéndose a nuestro hombre, le dijo:
“Amigo, para apreciar las vidrieras, no se deben mirar desde fuera, a la luz del día, sino desde dentro del templo. Entre usted y se quedará sorprendido.”

Nuestro hombre siguió el consejo..., y quedó asombrado por la visión que se le ofrecía. Los trozos de vidrio que por fuera parecían negros, brillaban con preciosos colores; y las barras de plomo que desde fuera presentaban un aspecto caótico, aunaban armónicamente todo el conjunto...

Cfr. Mons. Tihamér Tóth, Padrenuestro

ARAÑA NEGRA

- ¿Qué nos enseña el séptimo artículo: DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS?
- El séptimo artículo del Credo nos enseña que al fin del mundo Jesucristo, lleno de gloria y majestad, vendrá del cielo para juzgar a todos los hombres, buenos y malos, y dar a cada uno el premio o el castigo que hubiere merecido.
Catecismo Mayor N° 126

Una vez un sastre acertó a encontrarse en una casa mientras que era llevado el Viático a un enfermo de la misma; los que estaban junto a dicho enfermo le rogaron que se arrodillase, mas él se negó; y soltó esta horrible blasfemia: 

-¿Yo arrodillarme? -dijo-. Respeto mucho más una araña, que es el más vil insecto, que a vuestro Jesucristo, a quien queréis que adore. 

¡De qué cosas es capaz aquel que ha perdido la fe! Mas Dios no dejó impune aquel pecado horrible: en el mismo instante, una grande araña negra descendió del techo y vino a posarse sobre la boca del blasfemo, y le picó en los labios, los cuales al momento se le hincharon, y murió al poco rato el infeliz. 

San Juan María Vianey, del Sermón del Jueves Santo


MILAGRO DE LOS MILAGROS DE LA VIRGEN DEL PILAR - EL COJO DE CALANDA

Rezar mi Rosario es mi más dulce ocupación y una verdadera alegría, porque sé que mientras lo rezo estoy hablando con la más amable y generosa de las madres. 
San Francisco de Sales


El Milagro de Calanda, pintura mural de Ramón Stolz Viciano

Miguel Pellicer, vecino de Calanda, 
tenía una pierna muerta y enterrada.

Así canta la copla (...) 

Pues aún hay algo más, algo mayor, algo más estupendo y resonante: la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, y después de dos años y medio, restituida, enlazada y apta para andar....

El hecho fue así: 

Miguel Pellicer era un joven natural del pueblo de Calanda, provincia de Teruel, diócesis de Zaragoza, hijo de Miguel Pellicer y de María Blasco, escasos de medios de fortuna. Por esa razón salió el joven un día cualquiera del año 1637 hacia Castellón, para trabajar con su tío, hermano de su madre, llamado Jaime Blasco, de oficio labrador. Pero una mañana, conduciendo un carro de bueyes, de estos que llaman carro chirrión, cayó el tal Miguel, y pasándole una rueda por encima de la pierna, se la dejó tan maltrecha que, conducido de hospital en hospital, al fin llegó al de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, donde se le amputó. Se le colocó otra de palo, y servido de unas muletas llegó a su casa de Calanda, pidiendo limosna por los caminos. Aquí, ante la general consternación de padres y hermanos, y para no agravar la necesidad de la misma, tuvo que dedicarse a mendigar, y así llegó a la ciudad de Zaragoza.

Lugar estratégico para pedir limosnas era la puerta del templo de Nuestra Señora del Pilar, y allí se colocaba él diariamente, solicitando de cuantos entraban y salían hasta ser conocido por todos. Tenía la devoción de entrar en el mismo templo y untarse el muñón vendado con aceite de las lámparas que pendían de las columnas, y que sabemos pasaban de ochenta. Así un día y otro día, un mes y otro mes, hasta dos meses y cinco meses, en que añorando la casa de sus padres, quiso volver a ella, montado en algún jumento que por caridad le dejaban. Lo recibieron éstos y él se disponía a pasar la vida de aquella forma, ya por los pueblos vecinos, ya en la puerta de la iglesia del Pilar.

Llegó la noche del 29 de marzo de 1640, y Miguel Pellicer, más fatigado que otros días por haber tratado de ayudar a los suyos, después de cenar se acostó con fuertes dolores en la pierna truncada. Algún tiempo más tarde lo hicieron los padres, y al cruzar por la estancia del hijo y contemplar su pobre camastro, miran con preocupación o indiferencia y prorrumpen en exclamaciones. El hijo, a través de los sencillos ropajes de la cama, asomaba dos pies, dos piernas completas y perfectas. A los gritos acudieron los hijos, subieron los vecinos, y todos quedaron atónitos ante el hecho evidente. Despiertan al mozo afortunado y le hacen ver la transformación de las dos piernas similares y paralelas, que él mira, palpa y comprueba...

El joven no supo dar más explicación que ésta: Que él se metió en la cama profundamente rendido; que pronto cogió el sueño, pero que en lugar de dormir soñaba estar en el templo de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, ungiéndose la pierna cortada con el aceite de las lámparas, como lo tenía por costumbre, y que al verse ahora con las dos piernas, tenía por seguro que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto... Todo ello se representa magníficamente en un cuadro o fresco de la basílica del Pilar de Zaragoza, debido al pintor Ramón Stolz. Allí se ve al joven en su camastro al pie del lecho de sus padres, la admiración de éstos al contemplar las dos piernas del hijo a la luz del candil, y en lo alto la Virgen del Pilar. Un ángel que sostiene la lámpara de aceite, otro que ofrece a la misma Imagen la muleta ya innecesaria, y todo en conjunto maravilloso, como fiel interpretación del milagro estupendo.

El arzobispo de Zaragoza, don Pedro Apaolaza, tomó cartas en el asunto y mandó incoar proceso jurídico de comprobación. Depusieron en el mismo el joven Miguel Pellicer, los padres, parientes, el Licenciado Estanga del Hospital que le cortó la pierna y así hasta treinta vecinos de Zaragoza. Y dice una de las crónicas que podían haber firmado los treinta mil que entonces tenía la ciudad, porque todos conocieron al joven Miguel cojo y con una sola pierna en la puerta del Pilar y lo vieron después sano y con dos piernas... Para mejor comprobar el hecho, se examinó el jardín del Hospital donde la pierna cortada se enterró y no apareció. Se observó que un ligero rasguño que el joven tuvo en dicha pierna volvía a llevarlo...

En fin, no podía dudarse: era la misma pierna truncada, muerta y enterrada dos años y medio hacía. Era la restitución de aquella pierna, era la vuelta a la vida de un miembro muerto y enterrado, era el Milagro de la Resurrección de la carne...

El arzobispo de Zaragoza ya citado, oídos los testigos, dictó la sentencia aprobatoria del milagro; el cura de Mazaleón, don Miguel Andréu, enterado del hecho, corrió a contemplarlo, y satisfecho del caso hizo firmar un Acta ante notario, que se llama el "Protocolo de Mazaleón", y para colmo de bienes el rey de España don Felipe IV llamó a Madrid al joven, contempló su pierna, pidió explicaciones del caso, y cuando se le dijo que todo era comprobado y que el Prelado de Zaragoza trabajaba en el proceso, cayó al suelo, tomó la pierna de Miguel Pellicer y la besó emocionado. Lo mismo hicieron los ministros adjuntos del Monarca y camaristas de palacio. La fama de este milagro se divulgó por el mundo, llegó hasta América, acrecentando la devoción de la Virgen del Pilar y fue objeto de una bibliografía, de una literatura, de una poesía y de un arte espléndidos. Hombres de ciencia, de medicina, de letras, de historia, de arte se ocuparon del mismo. Y así pasaron tres siglos, hasta el 29 de marzo de 1940 en que se celebraba el III Centenario coincidiendo con el XIX de la Venida de la Virgen a Zaragoza.

De entonces acá la casa de Miguel Pellicer se convirtió en iglesia, dedicada a la Virgen del Pilar; se la proclamó Patrona de la localidad, se solicitó Misa y Oficio propios, por el Barón de Castiel, ilustre calandino; se rezó cada año el 29 de marzo Vísperas, Maitines y Laudes por la noche, en la hora en que se supuso el Milagro, y Calanda ha sido desde entonces la villa afortunada que mereció recibir esa segunda Venida de la Virgen, como antes Zaragoza.

¿Faltaba algo más? Sí, faltaba la impronta extranjera, francesa para más garantía, y ésa llegó en el año 1958. Al celebrarse el primer Centenario de las apariciones de la Virgen en la cercana ciudad de Lourdes, los incrédulos de aquel país despotricaron contra lo que ellos llamaban superstición. Sólo creeremos cuando se dé el caso de un miembro amputado y restituido nuevamente al organismo... Entre los oyentes estaba el abate André Deroo, profesor de la Universidad de Lille, en la misma nación. Él pensó que en Francia nada había de aquello, pero sí en España, donde le sonaba algo... Ni corto ni perezoso vino a Zaragoza, visitó a la Virgen del Pilar, se informó, se llevó bibliografía, y después de nuevas visitas y consultas, publicó un libro que se titula: "L'homme à la jambe coupée ou le plus étonnant miracle de Notre Dame del Pilar". El hombre de la pierna cortada, o el más resonante milagro de la Virgen del Pilar. La obra se publicó en francés, se tradujo al español y se ha reeditado. De manera que no lo dudemos, porque no lo decimos los españoles, lo aseguran los franceses. El Milagro de Miguel Pellicer es el milagro más resonante y famoso de la Virgen del Pilar. El sólo basta para canonizar una advocación, una imagen y una Tradición.

Historia y milagros de la Virgen de Pilar, Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 91-96.


OTRA VERSIÓN MÁS CORTA: EL COJO DE CALANDA

La Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, realizó un portentoso milagro, restituyendo la pierna a Miguel Juan Pellicer. 

Miguel Juan Pellicer a finales de 1637 tuvo un accidente en Castellón de la Plana-España, pequeño pueblo, a donde fue a trabajar en compañía de su tío. Mientras laboraba, la carreta que era arrastrada por dos mulas (cargada de trigo), cayó al suelo pasándole una de las ruedas sobre la pierna derecha. Vanos fueron los esfuerzos que hicieron los médicos en un famoso hospital de Zaragoza por salvarle la pierna, no quedando otra alternativa que amputarle el miembro cuatro dedos por debajo de la rodilla. Después de efectuada la amputación, el practicante y otro compañero enterraron el resto de la pierna en el cementerio del hospital. 

Miguel Juan, después de varios meses de convalecencia, salió del hospital con una pata de palo y una muleta. Cerca de dos años estuvo en Zaragoza pidiendo limosna en la puerta del Pilar. Cuando sentía fuertes dolores en la herida cicatrizada, acostumbraba a untarse con el aceite de las lámparas de la Virgen. Asistía a misa todos los días y se confesaba y comulgaba cada ocho días, y sobre todo le rezaba devotamente a la Virgen. 

A comienzos de 1640 regresó a la casa de sus padres en Calanda (Terruel). Una noche, el 29 de marzo de 1640, después de una dura faena, regresó muy cansado a su casa, con fuertes dolores en la parte afectada. Su cama la encontró ocupada por un soldado de caballería, a quién su familia le había dado hospitalidad, no teniendo más remedio que recostarse en un “serón de esparto y un pellejo”, junto a la cama que ocupaban sus padres. 

Mientras dormía, Miguel Juan soñó que se untaba el “muñón” con aceite, en el Pilar. Al entrar sus padres en el aposento percibieron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil a ver a su hijo, y contempló llena de asombro que no tenía una, sino las dos piernas. Lo más extraordinario de este hecho, consistió en que era la misma pierna cortada, la que había sido restituida en la parte cicatrizada, porque cuando fueron a buscarla al lugar donde se encontraba enterrada, no hallaron nada. La Virgen había realizado el milagro más prodigioso y comprobado que se conoce.

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres, Reina, Señora y Madre, 
Guayaquil-Ecuador 22005, N° 11, 19.