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środa, 30 maja 2012

SAN ANTONINO Y SU AMIGO


Busto de San Antonino,
Arzobispo de Florencia
San Antonino, el ilustre arzobispo de Florencia, relata que había muerto un piadoso caballero, amigo de él. Varias Misas fueron sufragadas por su alma. El Santo se afligió mucho cuando, después de un prolongado lapso, el alma del fallecido se le apareció, sufriendo muchísimo.

-Oh, mi querido amigo -exclamó el arzobispo-, ¿todavía estás en el Purgatorio, tú, que llevaste tan piadosa y devota vida?

El pobre sufriente contestó:

-Así es, y tendré que permanecer aquí por un largo tiempo, pues en mi vida en la tierra fui negligente en ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio. Ahora, Dios por su justo juicio aplica los sufragios que debían ser aplicados por mí, en favor de aquellos por los cuales debí haber rezado. Dios, en su justicia, me dará todos los méritos de mis buenas obras cuando entre al Cielo; pero antes, debo expiar mi grave negligencia por no haberme acordado de los otros.

Tan ciertas son las palabras de Nuestro Señor "Con la vara con que mides serás medido".

Recuerda, tú que lees estas líneas, el terrible destino de ese piadoso caballero será el de aquellos que se niegan a orar y rehúsan ayudar a las almas del Purgatorio.

Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, p. 8.
(texto levemente cambiado) 

PRÍNCIPE POLACO

Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma. 
Catecismo de la Iglesia Católica 1030

Hubo un príncipe polaco, que por una razón política, fue exiliado de su país natal, y llegado a Francia, compró un hermoso castillo allí. Desafortunadamente, perdió la fe de su infancia y estaba, a la sazón, ocupado en escribir un libro contra Dios y la existencia de la vida eterna.

Dando un paseo una noche en su jardín, se encontró con una mujer que lloraba amargamente. Le preguntó el porqué de su desconsuelo. -¡Oh, príncipe -replicó ella-, soy la esposa de John Marie, su mayordomo, el cual falleció hace dos días. Él fue un buen marido y un devoto sirviente de usted. Su enfermedad fue larga y gasté todos los ahorros en médicos, y ahora no tengo dinero para ir a ofrecer misas por su alma.

El príncipe, tocado por el desconsuelo de esta mujer, le dijo algunas palabras, y aunque ya no creía en la vida eterna, le dio algunas monedas de oro para ofrecer una misa por su difunto esposo.

Un tiempo después, también de noche, el príncipe estaba en su estudio trabajando febrilmente en su libro impío. Escuchó un ruidoso tocar a la puerta, y sin levantar la vista de sus escritos, invitó a quien fuese a entrar. La puerta se abrió y un hombre entró y se paró frente a su escritorio. Al levantar la vista, cuál no sería la sorpresa del príncipe al ver a Jean Marie, su mayordomo muerto, que lo miraba con una dulce sonrisa.

-Príncipe -le dijo-, vengo a agradecerle por las misas que, con su ayuda, mi mujer pudo encargar por mi alma. Gracias al sacrificio de la Misa, ofrecido por mí, voy ahora al Cielo, pero Dios me ha permitido venir aquí y agradecerle por su generosa limosna-. Luego, agregó solemnemente: -Príncipe, hay un Dios, una vida futura, un Cielo y un Infierno-. Dicho esto, desapareció.

El príncipe cayó de rodillas y volvió a la verdadera fe. 

Fuente: Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, pgs. 7-8. (texto levemente cambiado)

poniedziałek, 7 maja 2012

PERSEVERANCIA FINAL


Donde Jesús no está en la luz, es porque María está en la sombra.
(P. Frederick William Faber)

Beato Felipe Rinaldi
No basta con comenzar bien, sino llevar la buena empresa a un buen fin. Judas fue Apóstol, y luego se convirtió en traidor. Alguien es católico, y luego se convierte en incrédulo o hereje. El beato padre Felipe Rinaldi, antiguo superior general de los salesianos, venerado ya en vida por su amabilidad y bondad, y después de fallecido por portentosos milagros, solía después del almuerzo permanecer largos ratos arrodillado ante la imagen de María Auxiliadora.

Viéndola a esta piadosa costumbre un joven religioso, le preguntó un día al viejo sacerdote: “¿Qué cosa le pide usted a la Virgen con esas visitas?” Cuando éste le hubo respondido que le pedía a la Santísima la gracia de perseverar en su vocación cristiana y religiosa hasta el último instante de su vida, el joven le repuso estupefacto: “Pero, padre, ¿cómo, siendo ya un anciano sacerdote y superior, y pide usted todavía perseverancia en  la vocación?” –“Sí –respondió el añoso veterano-, aunque soy viejo y superior general, sin embargo, si la Virgen me suelta un solo día de su mano, puedo dejar de perseverar en mi vocación, y puedo perderme. Pero si Ella me protege, nada tengo que temer acerca de mi perseverancia final, que es la gracia que más deseo.”

Fuente: Sálesman Eliécer, Ejemplos marianos,
Editorial Centro Don Bosco, Bogotá, 7° Edición