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piątek, 27 lipca 2012

DOY GRACIAS A DIOS POR HABERME ABIERTO LOS OJOS

¿Qué es sacrilegio? Sacrilegio es la profanación de un lugar, de una persona o de una cosa consagrada a Dios y destinada a su culto. 
Catecismo Mayor N° 363 

Ocurrió en los tiempos que siguieron a la Revolución francesa. En un hospital yacía en su lecho un soldado cubierto de horrorosas llagas. Todos estaban asombrados de que pudiera vivir.

—Amigo —le dijo el capellán del hospital—, ya me han dicho lo terrible de sus heridas.
—Reverendo Padre, levante usted un poco la sábana que cubre mi pecho —contestó el enfermo.

Quedó espantado el sacerdote; al soldado le faltaban los dos brazos.

—Ahora levántelo usted más abajo, sobre el lugar de mis piernas...

Ambas estaban amputadas.

—¡Cuánto le compadezco, querido amigo! —dijo el sacerdote conmovido; mas el herido le contestó:
—No, Padre; yo no merezco compasión. Tengo merecido el sufrimiento. Una vez, yendo de camino con mis compañeros, encontramos un crucifijo. Y nos pusimos a destrozarlo. Yo fui el que lo hizo con más vehemencia. Me encaramé en la cruz; con mi espada —corté los brazos y las piernas de Cristo, de suerte que el cuerpo se cayó en la tierra. Al regresar al campamento, pasado muy poco tiempo, se dio la señal para el ataque; yo fui una de las primeras víctimas. Salí tal como me ve usted. También a mí se me cortaron los brazos y las piernas, como yo se los corté a Cristo. Pero doy gracias a Dios por haberme abierto los ojos y por poder ver ahora la atrocidad que cometí. Dios ya me ha castigado; creo que tendrá misericordia de mí en el otro mundo...

Cfr. Mons. Tihámer Tóth, Padre nuestro


wtorek, 24 lipca 2012

EL MEJOR REGALO

Hoy vemos cómo se desgarra, sin piedad, a sí mismo, el hombre que se alejó de Dios. Vemos cómo se desmorona indefectiblemente la torre de Babel de la cultura moderna cuando se quita de entre los sillares la argamasa del Cristianismo. 
Mons. Tihamér Tóth

Stanislao Cannizzaro
Hubo un célebre químico italiano, Estanislao Canizzaro, premio Nóbel, fallecido en 1910, que se dio a conocer no sólo por su ciencia, sino también por su profunda vida religiosa y su tesón en confesar su fe. En cierta ocasión se jactaba delante de él un diputado incrédulo del Parlamento de Italia de haber escogido por esposa a una mujer que públicamente pregonaba y defendía el ateísmo y las doctrinas más disparatadas. El célebre químico escuchó silenciosamente durante un rato, pero al fin interrumpió a su interlocutor:
—¿Me permite una pregunta, querido diputado? Si su esposa llega a ser madre, ¿qué es lo que enseñará a sus hijos?

Fue tan inesperada esta pregunta, que el diputado no supo qué responder.

Canizzaro prosiguió:
—Si no hubiera de tomarlo a mal, yo le daría un buen consejo. Diga usted a su distinguida esposa que estudie el Padrenuestro, a fin de que pueda enseñárselo a sus hijos el día de mañana..., porque es el mejor regalo que una madre puede hacer a su hijo para que tenga éste algo de que asirse en los momentos de crisis que tiene la vida.

Cfr. Mons. Tihámer Tóth, Padre nuestro

czwartek, 19 lipca 2012

HISTORIA DE UN TAL AGATHONIK - de los Cuentos de un peregrino ruso

Existe una imagen mariana del siglo VI, procedente de Rusia: María está erguida en un mar de rayos; y en su pecho, en el sitio de su corazón, se dibuja Cristo, como sol, como hostia rodeada de haces de luz. ¿Qué es lo que quiere expresar? Que el corazón de María estaba ocupado por Cristo, allí vivía Él, y así María era un ostensorio, un tabernáculo vivo.
Mons. Tihamér Tóth

Eleusa Theotokos con escenas
de la vida de María, Siglo XVIII
Habíase un tal Agathonik, hombre devoto, quien desde su infancia había sido enseñado por sus piadosos padres a rezar cada día delante del icono de la Madre de Dios la oración que empieza por „Regocíjate, doncella encinta de Dios”, y así lo hacía siempre.

Más tarde, cuando creció e inició su propia vida, se vio absorbido por los cuidados y ajetreos de la vida y sólo rara vez rezaba la oración, hasta que la abandonó totalmente.

Un día dio alojamiento para la noche a un peregrino, quien le contó que era un eremita de la Tebaida, y que había tenido una visión en la que se le ordenaba ir a un tal Agathonik y reprenderle por haber abandonado la oración a la Madre de Dios.

Agathonik dijo que la razón era que había rezado la oración durante muchos años sin observar ningún resultado en absoluto. Entonces, el eremita le dijo:
“Recuerda, ciego y desagradecido, cuántas veces esta oración te ha auxiliado y te ha evitado una desgracia. Recuerda cómo, en tu juventud, fuiste prodigiosamente salvado de ahogarte. ¿No recuerdas cómo una epidemia se llevó a muchos de tus amigos a la tumba y tú conservaste la salud? ¿Recuerdas cuando, viajando con un amigo, ambos caísteis de la carreta y él se rompió una pierna mientras que tú saliste ileso? ¿No sabes bien que un joven conocido tuyo, que gozaba de buena salud y era fuerte, yace ahora enfermo y débil, mientras que tú estás sano y no sufres dolor alguno?”

Y le recordó a Agathonik muchas otras cosas. Al fin, dijo:
“Has de saber que todos estos males te fueron conjurados por la protección de la santísima Madre de Dios, gracias a esa corta oración con la que elevabas diariamente tu corazón a la unión con Dios. Vigila ahora; continúa con ella y no dejes de alabar a la Reina del Cielo, no fuese que ella te desamparase”.

HISTORIA DE UN MONJE DE SANTA VIDA QUE SINTIÓ UN GRAN DESEO DE COMER PESCADO SECO - de los Cuentos de un peregrino ruso

¿No es maravilloso que una acción tan insignificante —sí, el simple hecho de sacar el rosario del bolsillo y llevarlo a la mano, e invocar una sola vez el Nombre de Dios— pueda dar la vida a un hombre, y que en la balanza de la Justicia, un instante de invocar a Jesucristo pueda pesar más que muchas horas de negligencia? 
Del Peregrino ruso

«Le contaré un caso que yo mismo vi el año pasado.

»En el monasterio de Besarabia donde yo vivía, había un starets, un monje de santa vida. Un día, una tentación le asaltó. Sintió un gran deseo de comer pescado seco. Y como era imposible conseguirlo en el monasterio en aquel momento, proyectó ir al mercado y comprarlo. Durante largo rato luchó contra la idea, razonando que un monje debería contentarse con la comida habitual de que se provee a los hermanos y evitar a toda costa el caer en la gratificación de los propios deseos. Además, andar por el mercado, entre la muchedumbre, era también para un monje motivo de tentación y algo impropio para él. Al final, las mentiras del Enemigo le pudieron a sus razonamientos y él, rindiéndose a su propia obstinación, se decidió y salió a por el pescado.

»Después que hubo dejado el monasterio e iba por la calle, reparó en que no llevaba su rosario en la mano, y se puso a pensar:
“¿Qué es esto de ir como un soldado sin su espada? Esto es muy impropio, y los laicos que me encuentren me criticarán y caerán en tentación, viendo a un monje sin su rosario.”

»Ya iba a volver para buscarlo, cuando, palpando en su bolsillo, vio que estaba allí. Lo sacó, se santiguó y, con su rosario en la mano, siguió tranquilamente.

»Cuando se aproximaba al mercado, vio a un caballo parado frente a una tienda con una gran carretada de enormes cubas. De repente, este caballo, asustándose por algún motivo, se desbocó con todos sus bríos y, con gran estampido de cascos, se fue derecho hacia él, rozándole el hombro y derribándolo al suelo, aunque sin hacerle mucho daño. Acto seguido, a dos pasos de él, la carga se volcó y el carro se hizo añicos. Él se incorporó rápidamente, por supuesto que bastante asustado, pero al mismo tiempo maravillado de cómo Dios había salvado su vida, ya que si la carga hubiese caído una fracción de segundo antes, él habría sufrido la misma suerte que el carro. Sin pensar más en ello, compró el pescado, volvió, se lo comió, rezó sus oraciones y se acostó.

»Tuvo un sueño ligero, y, en el mismo, un starets de aspecto afable, a quien no conocía, se le apareció y le dijo:
“Escucha; yo soy el protector de esta casa y deseo instruirte para que comprendas y recuerdes la lección que se te ha dado. Fíjate: El débil esfuerzo que hiciste contra el sentimiento de placer y tu negligencia en comprender y en dominarte, dieron al Enemigo la oportunidad de atacarte. Él había dispuesto para ti esa bomba que explotó ante tus ojos. Pero tu ángel custodio lo previó, y te inspiró la idea de ofrecer una plegaria y el acordarte de tu rosario. Puesto que prestaste oídos a esta sugerencia, obedeciste y la pusiste en práctica, ello fue lo que te salvó de la muerte. ¿Ves el amor de Dios por los hombres, y Su generosa recompensa del menor acto de volverse hacia Él?”
Diciendo esto, el starets de la visión desapareció rápidamente de la celda.

»El monje se postró a sus pies, y al hacerlo se despertó, encontrándose no en su cama sino arrodillado en el umbral de la puerta. Contó la historia de esta visión para el provecho espiritual de mucha gente, entre la que me contaba.»

HISTORIA DE UN SUBOFICIAL QUE TENÍA PRISA - de los Cuentos de un peregrino ruso

El hombre propone y Dios dispone.


A la mañana siguiente, estábamos en pie temprano preparándonos para el camino, y sólo queríamos ya ir a dar las gracias a nuestro posadero, cuando de pronto oímos las campanas que llamaban a maitines. El comerciante y yo nos pusimos a considerar lo que haríamos. ¿Cómo partir sin ir a la iglesia después de haber oído las campanas? Mejor sería quedarnos a maitines, rezar nuestras oraciones en la iglesia y marchar así luego con más alegría. Una vez decidido así, llamamos al suboficial. Pero éste dijo:
—¿Qué objeto tiene ir a la iglesia mientras estás de viaje? ¿Qué saca Dios con que vayamos? Vayámonos a casa, y ya rezaremos luego nuestras oraciones. Ustedes dos vayan si quieren. Yo no voy a ir. Para cuando hayan asistido a maitines, yo ya estaré a unas cinco verstas de aquí, y quiero llegar a casa lo antes posible.

A esto el comerciante dijo:
—Tenga cuidado, hermano; no vaya tan deprisa con sus proyectos hasta conocer cuáles son los planes de Dios.

Nosotros fuimos a la iglesia, pues, y él emprendió el camino. Nos quedamos a maitines y también a la misa. Luego, volvíamos a nuestra buhardilla para preparar nuestras alforjas para la marcha, cuando ¿qué vemos sino a nuestra posadera trayendo el samovar? —¿A dónde van? —dijo—. Han de tomar una taza de té; sí, y comer con nosotros, también. No podemos dejarles ir hambrientos.

Nos quedamos, pues. No habíamos estado sentados junto al samovar ni media hora, cuando, de pronto, vemos a nuestro suboficial entrar corriendo sin resuello.

—Vengo a ustedes con pena y con alegría a la vez.
—¿Cómo es eso? —le preguntamos.

Y esto es lo que dijo:
—Cuando les dejé y partí, pensé en entrar en la taberna para cambiar un billete y tomar algo al mismo tiempo, para así poder proseguir mejor. Así lo hice, y después de coger el cambio y beber algo, me fui volando. Cuando había hecho unas tres verstas, se me ocurrió contar el dinero que el hombre de la taberna me había dado. Me senté al borde del camino, saqué mi portamonedas y lo examiné. Sin novedad. Luego, de repente, descubrí que mi pasaporte no estaba. Sólo algunos papeles y el dinero. Me asusté tanto como si hubiese perdido mi propia cabeza. En un instante vi lo que había ocurrido. Sin duda, se me había caído al pagar en la taberna. Tenía que volver en seguida. Corrí y corrí. Otra idea espantosa se apoderó de mí: ¿Y si no está allí? Esto significaría problemas. Me precipité al hombre de detrás del mostrador y le pregunté. «No lo he visto», dijo. ¡Qué desaliento! Busqué de un lado para otro; examiné por todas partes, donde quiera que hubiese estado. Y, ¿qué creen?: Tuve la suerte de encontrar mi pasaporte. Allí estaba, aún doblado, en el suelo, entre la paja y los desperdicios, todo pisoteado. ¡Gracias a Dios! Me alegré, se lo aseguro. Era como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Por supuesto, estaba sucio y cubierto de barro, lo bastante como para ganarme un coscorrón, pero esto no tiene importancia. De todos modos, puedo ir a casa y volver sano y salvo. Pero vine para contárselo. Y lo que es más: a fuerza de correr, en mi sobresalto, se me ha puesto el pie en carne viva por el roce, y ya no puedo andar. Así que he venido a pedirles un poco de ungüento para ponérmelo antes de vendarlo...

HISTORIA DE UN JUDÍO CONVERSO – de los Cuentos de un peregrino ruso

¿Por qué el Hijo de Dios hecho hombre se llama JESÚS? - El Hijo de Dios hecho hombre se llama Jesús, que quiere decir Salvador, porque nos ha salvado de la muerte eterna merecida por nuestros pecados. 
Catecismo Mayor N° 74


Después que hube viajado varios días, y sintiéndome bastante fatigado, llegué a una ciudad comercial de considerables dimensiones llamada Bielaya Tcherkov. Como la tarde estaba ya cayendo, me puse a buscar alojamiento para la noche. En el mercado me tropecé con un hombre que parecía ser también un viajero. Hacía indagaciones por las tiendas sobre la dirección de cierta persona que vivía en el lugar. Cuando me vio, vino hacia mí y dijo:
—Pareces también un peregrino, así que vayamos juntos a encontrar a un hombre llamado Evreinov, que vive en esta ciudad. Es un buen cristiano, y dirige una espléndida posada donde acoge a los peregrinos. Mira, tengo anotado algo acerca de él.

Yo consentí de buena gana, y pronto hallamos su casa. Aunque el posadero no estaba en casa, su esposa, una amable anciana, nos recibió muy cariñosamente y nos ofreció una pequeña buhardilla retirada, en el desván. Nos instalamos y descansamos un rato. Luego vino nuestro posadero y nos pidió que cenásemos con ellos. Durante la cena se habló de quiénes éramos y de dónde veníamos, y por una u otra razón la conversación vino a parar a la cuestión del por qué se llamaba Evreinov[1].

—Les contaré una extraña cosa acerca de esto —dijo, y empezó su relato:

«Verán lo que pasó. Mi padre era judío. Había nacido en Schklov, y odiaba a los cristianos. Desde su más temprana edad se preparaba para ser rabino y estudiaba a Fondo toda la charladuría judía dirigida a refutar al cristianismo. Cierto día acertó a pasar por un cementerio cristiano. Vio una calavera humana, que debía de haber sido sacada de alguna tumba recientemente removida. Conservaba ambas mandíbulas y había en ellas algunos dientes de aspecto horrible. En un arrebato de mal genio, empezó a mofarse de ella; la escupió, la cubrió de insultos y la dio de puntapiés. No contento con esto, la recogió y la fijó a un poste, como hacen con los huesos de animales para ahuyentar a los pájaros voraces. Después de haberse divertido de este modo, se fue a casa.

»La noche siguiente, apenas se había quedado dormido, cuando un desconocido se le apareció y le reprendió violentamente, diciendo: “¿Cómo osas insultar a lo que queda de mis pobres huesos? Yo soy cristiano; pero en cuanto a ti, tú eres un enemigo de Cristo.”

»La visión se fue repitiendo varias veces todas las noches, y él no logró ni sueño ni descanso. Más tarde, la misma visión empezó a relampaguear ante sus ojos en pleno día, mientras oía el eco de aquella voz reprochadora. Con el tiempo, la visión se hizo más frecuente hasta que, al fin, empezó a sentirse abatido, lleno de espanto, y a perder las fuerzas. Fue a su rabino, quien le cubrió de rezos y exorcismos. Pero la aparición no sólo no cesó, sino que se hizo más frecuente y amenazadora.

»Este estado de cosas se supo y, oyendo hablar de ello, un amigo suyo, cristiano, se puso a aconsejarle que aceptase la religión cristiana, y a incitarle a pensar que no había otro medio de verse libre de su perturbadora aparición. Pero el judío era remiso a dar este paso. Aun así, dijo en respuesta: “Haría de buena gana lo que deseas con tal de librarme de esta atormentadora e intolerable aparición.”

»El cristiano se alegró de oír esto, y le persuadió de que mandase al obispo local una petición de bautismo y de recepción en la Iglesia cristiana. La petición fue escrita, y el judío, no muy ansioso, la firmó. Y mira por donde, justo en el mismo momento en que la petición era firmada, la aparición cesó y ya nunca volvió a molestarle.

»Su gozo fue ilimitado, y con el ánimo enteramente sosegado, sintió una fe tan ardiente en Jesucristo, que se fue volando al obispo, le contó toda la historia y expresó el profundo deseo de ser bautizado. Aprendió con ahínco y rapidez los dogmas de la fe cristiana, y después de su bautizo vino a vivir a esta ciudad. Aquí se casó con mi madre, una buena cristiana. Llevó una vida piadosa y de bienestar, y fue muy generoso con los pobres. Él me enseñó a ser igual, y antes de su muerte me dio sus instrucciones al respecto, junto con su bendición. He aquí el motio por el cual me llamo Evreinov.»

***

Escuché esta historia con respeto y humildad, y pensé para mí: ¡Qué bueno y cuán benévolo es Nuestro Señor Jesucristo, y cuán grande es su amor! ¡Por qué caminos tan distintos atrae a los pecadores hacia sí! Con qué sabiduría emplea cosas de poca importancia para conducir hacia las cosas grandes! ¿Quién podría haberse imaginado que el juego malévolo de un judío con unos huesos sin vida había de llevarle al conocimiento verdadero de Jesucristo, y había de ser el medio para conducirle a una vida piadosa?



[1] Literalmente, «hijo de judío»

środa, 18 lipca 2012

HISTORIA DE UN PRÍNCIPE PENITENTE - de los Cuentos de un peregrino ruso

¿Qué daños causa al alma el pecado mortal? - El pecado mortal priva al alma de la gracia y amistad de Dios; le hace perder el cielo; la despoja de los méritos adquiridos e incapacita para adquirir otros nuevos; la sujeta a la esclavitud del demonio; la hace merecedora del infierno y también de los castigos de esta vida.
Catecismo Mayor N° 954 

Un día llegó a nuestra casa un viejo mendigo muy débil y decaído; llevaba el pasaporte de un soldado libre y estaba tan pobre que iba casi desnudo; hablaba poco y tenía las maneras de un campesino. Le dimos entrada en el asilo; pasados cinco días, cayó enfermo. Le llevamos al pabellón y mi mujer y yo nos ocupamos enteramente de él. Cuando vimos claro que iba a morir, nuestro sacerdote lo confesó y le dio la comunión y los últimos sacramentos. La víspera de su muerte, se levantó, me pidió papel y pluma, e insistió en que la puerta estuviera cerrada y en que nadie entrase mientras escribiera su testamento, el cual yo debía hacer llegar a su hijo, en San Petersburgo. Quedé estupefacto cuando vi que escribía a la perfección, y que sus frases eran perfectamente correctas y elegantes y que rebosaban ternura (…)

Todo esto me causó gran admiración, y llevado de la curiosidad, le rogué que me contase su origen y su vida. Me hizo jurar que nada diría a nadie antes de su muerte, y para gloria de Dios me hizo el siguiente relato: 

«Yo era un príncipe y poseía grandes riquezas; llevaba la vida más disipada, brillante y lujosa que se pueda imaginar. Mi mujer había muerto y yo vivía con mi hijo que era capitán de la guardia. Una noche, mientras me preparaba para ir a un gran baile, me irrité contra mi criado; en mi impaciencia le golpeé en la cabeza y mandé que fuera enviado a su aldea.

»Esto era por la noche, y a la mañana siguiente el criado moría de una inflamación en la cabeza. No se dio mayor importancia al asunto y, aunque lamenté mi violencia, olvidé completamente lo sucedido. 

»Pasadas seis semanas, el criado comenzó a aparecérseme en sueños; noche tras noche venía a importunarme y a hacerme reproches repitiendo sin cesar: "¡Hombre sin conciencia, tú fuiste mi asesino!" Más tarde, comencé a verle estando despierto. Las apariciones comenzaron a ser cada vez más frecuentes, hasta que acabé por tenerlo presente casi de continuo. Al fin, al mismo tiempo que a mi criado, comencé a ver a otros muertos: hombres a quienes había ofendido gravemente y mujeres a las que había seducido. Todos me hacían reproches hasta no dejarme descansar; tanto que ya no me era posible ni dormir, ni comer, ni hacer cosa alguna. 

»Mis fuerzas estaban consumidas y ya no tenía sino huesos y pellejo. Los esfuerzos de los mejores médicos nada podían conseguir. Partí para el extranjero en busca de remedio; pero, pasados seis meses de cura, no sólo no había progresado nada mi mejoría, sino que las terribles apariciones iban cada vez más en aumento. Me volvieron a casa más muerto que vivo; mi alma conoció así, antes de estar separada del cuerpo, los tormentos del infierno; desde entonces creí en el infierno y ya he experimentado lo que es.

»Mientras padecía estas torturas, comprendí al fin mi infamia; me arrepentí, me confesé, envié a sus casas a mis servidores e hice voto de pasar el resto de mi vida en medio de los trabajos más duros y de ocultarme bajo los harapos de un mendigo para ser así el más humilde siervo de las gentes de la más baja condición.

»Apenas había tomado esta decisión, cuando cesaron las apariciones. Mi reconciliación con Dios me daba una alegría tal y tan grande sentimiento de confianza, que no me lo puedo explicar todavía. De este modo comprendí también por experiencia lo que es el paraíso y cómo el Reino de Dios se difunde por nuestros corazones. Al poco tiempo, ya estaba completamente sano y puse mi proyecto en ejecución; provisto del pasaporte de un soldado que terminaba su servicio, abandoné en secreto el lugar de mi nacimiento.

»Hace ya quince años que ando recorriendo Siberia. Unas veces me he colocado en casa de algún campesino para trabajar según mis fuerzas, y otras he andado mendigando en nombre de Cristo. ¡Cuánta felicidad he encontrado en medio de estas privaciones! Esto sólo lo puede comprender aquel a quien la divina misericordia ha librado de un infierno de dolor para transportarlo al paraíso de Dios.»

Luego me entregó su testamento a fin de que yo lo remitiera a su hijo, y al día siguiente moría. Aquí tengo una copia en la Biblia que está en mi saco:

«En el nombre de Dios, glorificado en la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

»Hijo mío muy querido:

»Hace ya quince años que no has visto a tu padre, pero en su retiro él recibía a veces noticias tuyas y sentía por ti un amor paternal. Este amor es el que le mueve a enviarte estas postreras palabras, a fin de que te sirvan de lección en tu existencia.

»Tú sabes cuánto he sufrido para rescatar mi vida culpable y ligera; pero no sabes la felicidad que me han traído, durante mi vida oscura y errante, los frutos del arrepentimiento.

»Muero en paz en casa de mi bienhechor que lo es también tuyo, porque los beneficios que recibe un padre se extienden igualmente al hijo afectuoso. Exprésale mi agradecimiento de todas las maneras que te sea posible.

»Al mismo tiempo que te dejo mi paternal bendición, te exhorto a acordarte de Dios y a obedecer a tu conciencia; sé bueno, prudente y razonable; trata con benevolencia a tus subordinados, no desprecies a los mendigos ni a los peregrinos, acordándote de que sólo la desnudez y la vida errante han permitido a tu padre encontrar la tranquilidad de su alma.

»Pidiendo a Dios que te conceda su gracia, cierro tranquilamente los ojos en la esperanza de la vida eterna por la misericordia del Redentor de los hombres, Jesucristo.» 

Según: Anónimo, El Peregrino ruso, Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003, pgs. 148-153.










wtorek, 17 lipca 2012

HISTORIA DE UNA JOVEN CASADERA – de los Cuentos de un peregrino ruso

La vida conyugal es una barca que lleva dos personas en medio de una tempestad. Si alguno de los dos hace un movimiento brusco, la barca se hunde.
Liev Nikolayevich  Tolstoi

Velazquez, Campesina Joven
 (…) Al cabo de algún tiempo, observé que una joven del lugar venía con frecuencia a la capilla y se quedaba en ella largo tiempo haciendo oración. Como yo prestase atención a lo que rezaba, oí que decía oraciones muy raras, y hasta algunas totalmente desfiguradas. Le pregunté quién le había enseñado aquellas cosas. Y me respondió que su madre que era ortodoxa, mientras que su padre era un cismático, de la secta de los «sin sacerdotes». Esta situación me pareció muy triste y le aconsejé recitar las oraciones correctamente, según la tradición de la Santa Iglesia. Le enseñé el Padre Nuestro y el Ave María. Al fin le dije: “Reza sobre todo la oración de Jesús; ella nos acerca a Dios más que todas las demás oraciones y por ella conseguirás la salvación de tu alma”.

La joven me escuchó con atención y se condujo con toda sencillez según mis consejos. ¿Y lo creeréis? Poco tiempo después me anunció que se había acostumbrado a la oración de Jesús y que sentía el deseo de repetirla incesantemente siempre que le era posible. Cuando rezaba, sentía alegría y finalmente un gran gozo, así como el deseo de continuar rezando. Todo esto me causó gran contento, y le aconsejé que siguiera rezando cada día más, invocando el nombre de Jesucristo.

(…) Y he aquí que un día de aquellos, vino la joven, toda llena de amargura, a preguntarme qué es lo que debía hacer. Su padre quería casarla contra su voluntad con un cismático como él y el oficiante sería un campesino. «¿Es esto un matrimonio legal?», clamaba la pobre; «¡esto no es sino puro libertinaje! Quiero huir a cualquier lugar que sea». Yo le repliqué: «¿A dónde huirás, que no te encuentren en seguida? En estos tiempos, en ninguna parte podrás ocultarte, pues careces de toda documentación; fácilmente darán contigo. Es mejor rogar a Dios con fervor y celo que desbarate por sus caminos los propósitos de tu padre y que guarde tu alma del pecado y de la herejía. Esto es siempre mejor que tu idea de fuga.»

Pasaba el tiempo. El ruido y las distracciones me resultaban cada vez más penosos. Y por fin, al terminar el verano, decidí abandonar la capilla y volver a peregrinar como antes.

(…) Después de caminar diez verstas, me detuve para pasar la noche en un pueblecito. Había allí un campesino enfermo de muerte. Yo aconsejé a su familia que le hiciera comulgar con los santos misterios de Cristo, y llegada la mañana mandaron al pueblo en busca del sacerdote. Yo me quedé allí a fin de inclinarme delante de los Santos Dones y rezar durante la administración de tan gran sacramento.

Estaba sentado en un banco delante de la casa esperando la llegada del sacerdote, cuando de repente vi venir corriendo hacia mí a aquella joven que había visto rezando en la capilla.

-¿Cómo llegaste hasta aquí? -le pregunté.
-Es que en mi casa estaba ya todo preparado para casarme con el cismático, y he huido.
Y luego echándose a mis pies, me suplicó:
- ¡Ten compasión de mí! Tómame contigo y llévame a un convento; yo no quiero casarme, sino vivir en el convento rezando la oración de Jesús. A ti te escucharán, y me recibirán.
-¿Qué es lo que dices? ¿A dónde quieres que te lleve, si no conozco un solo convento por estos lugares? ¿Ni cómo llevarte conmigo no teniendo, como no tienes, pasaporte? En estas condiciones no te será posible detenerte en ninguna parte; te harán volver a tu casa y te castigarán por vagabunda. Mejor será que te vuelvas a casa y ruegues a Dios; y si no quieres casarte, finge alguna incapacidad (…)

Mientras hablábamos de esta manera, vimos llegar a cuatro campesinos en un carricoche galopando derechos adonde estábamos nosotros. Apoderándose de la joven, la hicieron subir al carro y la enviaron por delante con uno de ellos; los otros tres me ataron mano con mano y me volvieron al lugar donde había pasado el verano. A todas mis explicaciones, respondían vociferando: “¡Vaya con el santito este! ¡Ya te vamos a enseñar a seducir a las muchachas!”

Hacia el atardecer, me llevaron a la cárcel, me pusieron el cepo en los pies y me encerraron para juzgarme por la mañana siguiente. El sacerdote, al saber que me hallaba preso, vino a visitarme, me trajo de comer, me consoló y me dijo que él tomaría a su cargo mi defensa y declararía, como confesor, que yo estaba bien lejos de tener las intenciones que me querían atribuir. Estuvo un poco de tiempo conmigo y se fue.

Al llegar la noche, el preboste de la jurisdicción vino a pasar por aquel lugar, y le contaron lo que sucedía. Dio orden de convocar la asamblea comunal y de llevarme a la casa de justicia. Entrados en ella, permanecimos de pie, esperando. En esto llegó el preboste dispuesto a proceder inmediatamente. Se sentó en el estrado, guardando su sombrero, y gritó:

-A ver, Epifanio: esta joven, tu hija, ¿no se ha llevado nada de tu casa?
-Nada, señor.
-¿No ha hecho alguna bellaquería con este idiota?
-Ninguna, señor.
-Entonces el asunto está terminado y juzgado, y decidimos:
Con tu hija, arréglate como mejor te parezca; a este tunante le pediremos que se vaya lejos de aquí, después de haberle impuesto un buen correctivo, para que nunca se le ocurra poner de nuevo los pies en este pueblo. Y se acabó.

Y sin añadir una palabra más, el preboste se levantó y se fue a dormir. A
mí, me devolvieron a la prisión.

Al día siguiente, muy de mañana, vinieron dos gañanes que me dieron mis buenos azotes dejándome luego en libertad. Yo me alejé, dando gracias a Dios que me había permitido padecer en nombre suyo. Todo esto me llenó de grandísimo consuelo y me animó más y más a la oración. Estos acontecimientos no me causaron la más pequeña aflicción. Parecía como si se le acaecieran a otra persona y yo no fuera más que un espectador; y esto aun cuando me estaban dando los azotes. La oración, que llenaba de alegría mi corazón, no me permitía prestar atención a cosa alguna.

Cuando llevaba recorridas cuatro verstas, me encontré con la madre de la joven, que volvía del mercado. Se detuvo y me dijo: “El novio de la niña nos ha dejado. Se ha enojado contra Akulka, y todo por haberse ido de casa”. Luego me dio un pan y un pastel, y yo seguí mi camino.

Según: Anónimo, El Peregrino ruso,
Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003,  p. 90-98.

poniedziałek, 16 lipca 2012

HISTORIA DE UN GUARDABOSQUES - de los Cuentos de un peregrino ruso

La oración de Jesús interior y constante es la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús con los labios, el corazón y la inteligencia, en el sentimiento de su presencia, en todo lugar y en todo tiempo, aun durante el sueño.
(del Peregrino ruso)

Guardabosques, por  Józef Brandt )
(…) Luego vi que se acercaba por entre los árboles un campesino delgado y pálido, ya entrado en años sin ser viejo. Me preguntó cómo había llegado hasta allí, y yo le dije qué es lo que hacía en un lugar tan apartado, cambiando algunas palabras amistosas. Me rogó que entrase en su cabaña y me explicó que era guardabosques y que tenía a su cuidado aquel monte, que iba a ser talado. Me ofreció el pan y la sal, y entablamos conversación (…)

“En mi pueblo -me dijo- yo no era el último; tenía un oficio que consistía en teñir las telas de rojo y azul; vivía con holgura, pero no sin pecado; engañaba mucho a mi clientela y juraba continuamente; era grosero, bebedor y pendenciero...

“En ese pueblo había un viejo chantre que tenía un libro antiguo, muy antiguo sobre el Juicio final. Iba a menudo a casa de los fieles ortodoxos para leer en ellas y recibía por ello alguna pequeña retribución; alguna vez también venía a mi casa. La mayor parte de las veces, le daba unos ochavos y él se quedaba a leer hasta el canto del gallo.

“Una vez estaba yo trabajando y oyéndole al mismo tiempo; leía un pasaje sobre los tormentos del infierno y sobre la resurrección de los muertos, cómo Dios vendrá a juzgar; cómo harán los Ángeles sonar sus trompetas, el fuego y el pez que habrá allá y cómo los gusanos devorarán a los pecadores…

“De repente, sentí un miedo espantoso y me dije: ¡Yo no escaparé a esos tormentos! Desde ahora voy a dedicarme a salvar mi alma y acaso llegue a conseguir el rescate de mis pecados.

“Reflexioné detenidamente y decidí abandonar mi oficio; vendí mi casa, y como vivía solo me hice guardabosques, no pidiendo de salario más que el pan, vestido con que cubrirme y algunos cirios para encender durante las oraciones…

“Y ya llevo viviendo así más de diez años. Solamente como una vez al día y no tomo sino pan y agua. Todas las noches me levanto al primer canto del gallo y hasta que amanece hago genuflexiones y salutaciones hasta tierra; mientras rezo enciendo siete velas delante de las imágenes. Durante el día, mientras recorro el bosque, llevo unas cadenas de sesenta libras sobre la piel. No juro, no bebo ni cerveza ni alcohol, ni peleo con nadie; mujeres, no las he conocido jamás.

“Al principio me sentía muy contento de vivir así, pero de cuando en cuando me veo asaltado por reflexiones que no puedo echar de la mente. Dios sabe si podré alcanzar el perdón de mis pecados, pero esta vida es bien dura. Y además…

“¿Sería verdad lo que decía el libro? ¿Cómo puede resucitar un hombre? Pues de aquellos que murieron hace cien años y más, hasta el polvo ha desaparecido. Y ¿quién sabe si habrá un infierno o no? Por lo menos, ninguno ha vuelto del otro mundo; cuando el hombre muere, se corrompe y ninguna huella queda de él.

“Ese libro, acaso lo hayan escrito los popes o los funcionarios para asustarnos, a nosotros los imbéciles, a fin de tenernos cada vez más sumisos. De modo que en esta vida vivimos miserablemente y sin consuelo alguno, y a lo mejor en la otra no habrá cosa alguna. Entonces, ¿para qué continuar así? ¿No será preferible aprovechar inmediatamente las buenas ocasiones? Estas ideas me persiguen -añadió-, y tengo miedo de tener que volver a mi antigua ocupación.”

***

Yo sentía gran compasión por él y me decía a mí mismo:

“Se dice que sólo los sabios y los intelectuales se hacen librepensadores e incrédulos, pero por lo visto también nuestros hermanos, los sencillos campesinos, se forman ideas bien raras y faltas de fe. Seguramente que el mundo oscuro llega a todos y acaso ataca más fácilmente aún a los simples. Hay que buscar las mejores razones posibles y fortalecerse contra el enemigo por la Palabra de Dios.”

Por eso, a fin de sostener un poco a este hermano y confirmar su fe, saqué de mi bolsillo la Filocalía y la abrí en el capítulo del bienaventurado Hesiquio. Le leí y expliqué que el miedo del castigo no es el único freno contra el pecado, porque el alma no puede librarse de los pensamientos culpables sino mediante la vigilancia del espíritu y la pureza del corazón...

Todo esto se adquiere por la oración interior. Si alguno escoge el camino del ascetismo no sólo por miedo de las torturas del infierno, sino también por el deseo del reino celestial -añadí-, los Padres comparan esta acción con la de un mercenario. Dicen que el miedo a los tormentos es la vía del esclavo, y el deseo de recompensa, la del mercenario...

Pero Dios quiere que vayamos a Él como hijos; quiere que el amor y el celo nos empujen a comportarnos dignamente, y que gocemos de la perfecta unión con Él en el alma y en el corazón.

“En vano te agotarás y te impondrás las pruebas y penitencias físicas más duras; si no llevas constantemente a Dios en el espíritu y la oración de Jesús en el corazón, nunca estarás al abrigo de los malos pensamientos; estarás siempre dispuesto a pecar a la menor ocasión.

“Comienza, pues, hermano, a rezar de continuo la oración de Jesús; esto te resultará fácil en esta soledad, y pronto verás el provecho de esta oración. Las ideas impías desaparecerán, a la vez que la fe y el amor a Jesucristo se revelarán en tu interior. Y comprenderás cómo los muertos pueden resucitar, qué es verdaderamente el Juicio final y qué significa. Y encontrarás tanto gozo y ligereza en tu corazón, que quedarás admirado; y ya no te cansarás ni serás turbado por tu vida de penitencia.”

***

Luego le expliqué como mejor pude, cómo debía recitar la oración de Jesús según el divino mandamiento y las enseñanzas de los Padres. Él parecía no desear otra cosa, y su turbación fue disminuyendo. Entonces, separándome de él, entré en la vieja cabaña que me había indicado.

Según: Anónimo, El Peregrino ruso,
Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003,  p. 71-76.


HISTORIA DEL CAPITÁN – de los Cuentos de un peregrino ruso


Muchas buenas obras se piden al cristiano, pero la obra de la oración está sobre todas las demás, porque nada es posible hacer si ella falta. Sin la oración frecuente no es posible dar con el camino que conduce al Señor, ni conocer la Verdad, ni ser iluminados en el corazón por la luz de Cristo, ni unirse a él en la salvación.
(del „Peregrino ruso”)


Nos sentamos a la mesa. El capitán comenzó su relato:

«—Desde mi juventud he servido en el ejército y nunca en una guarnición. Conocía bien mi oficio y mis superiores me consideraban como un oficial modelo. Pero yo era joven, al igual que mis amigos. Por desgracia empecé a beber, y de tal modo me entregué a la bebida, que caí enfermo. Cuando no bebía era un excelente oficial, pero al primer vaso que volvía a beber, tenía que guardar cama seis semanas. Me aguantaron durante mucho tiempo; pero al fin, por haber insultado a un jefe después de haber bebido, fui degradado y condenado a servir tres años en una guarnición; me amenazaron con un castigo más severo aún, si no abandonaba la bebida. En situación tan miserable, quise luchar por contenerme, pero fue inútil; me fue imposible renunciar a mi pasión y decidieron enviarme a un batallón disciplinario. Cuando me lo hicieron saber, yo no sabía lo que me cogía.

»Un día, sentado en mi dormitorio, iba pensando en todas estas cosas. Y en esto se presentó un monje que pedía para una iglesia. Cada cual daba lo que podía. Al llegar junto a mí, me preguntó por qué estaba tan triste. Yo hablé un poco con él y le conté mi desgracia. El monje se compadeció de mi situación y me dijo:

»—Lo mismo que a ti le sucedió a un hermano mío, y voy a contarte cómo consiguió vencer su vicio. Su padre espiritual le dio un Evangelio y le ordenó leer un capítulo cada vez que le vinieran ganas de beber; si las ganas volvían, debía leer el capítulo siguiente. Mi hermano puso en práctica el consejo, y de allí a poco tiempo quedó libre de la pasión por la bebida. Hace ya quince años que no ha probado ninguna bebida fuerte. Imita su ejemplo, y pronto verás cuánto bien te hace abstenerte como él. Yo tengo un Evangelio; si quieres, mañana te lo traeré.

»A lo que yo repliqué:
»—¿Y qué voy a hacer yo con el Evangelio, cuando ni mis esfuerzos, ni los remedios de los médicos han podido conseguir que me abstenga de beber? (Hablaba así porque jamás había leído el Evangelio.)

»—No digas eso, replicó el monje. Yo te aseguro que si haces lo que te he dicho, encontrarás provecho.

»Al día siguiente, en efecto, volvió el monje con el Evangelio que aquí ves. Lo abrí, lo miré, leí algunas frases y le dije:
»—No lo quiero, pues no entiendo nada. No estoy acostumbrado a leer los caracteres de iglesia[1].

»El monje continuó exhortándome, diciendo que en las mismas palabras del Evangelio se encierra una fuerza bienhechora; porque es el mismo Dios el que pronunció las palabras que en él están impresas. No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención. Un Santo ha dicho: “Si tú no comprendes la Palabra de Dios, los demonios comprenden lo que tú lees, y tiemblan.” Y seguramente que el deseo de beber es obra de los demonios. Y te digo además esto: San Juan Crisóstomo escribe que hasta el lugar donde está el Evangelio espanta a los espíritus de las tinieblas y es un obstáculo a sus intrigas.

»No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo completamente. Algún tiempo después llegó el momento de beber. Tenía unas ganas terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger algún dinero y entrar en la taberna. El Evangelio se me presentó delante de los ojos y, acordándome de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo abrí y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo. Lo leí hasta el fin sin entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me había dicho el monje: “No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención”. ¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo más. La lectura me pareció más clara. Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando se oyó una campana: era la retreta o llamada de la tarde. Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con lo que me quedé sin beber por aquel día.

»Al día siguiente, por la mañana, estando para salir a comprar aguardiente, me dije: ¿Y si leyese un capítulo del Evangelio? Después veremos. Lo leí y no me moví. Algo después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio. Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino había desaparecido completamente; me era ya del todo indiferente. Y hace ya veinte años que no he llevado a mis labios ninguna bebida fuerte.

»Todos se extrañaron de mi cambio. Pasados tres años fui admitido de nuevo en el cuerpo de oficiales; fui ascendiendo los grados sucesivos y quedé nombrado capitán. Contraje matrimonio con una excelente mujer; hemos reunido algunos bienes y ahora, gracias a Dios, las cosas van marchando. Ayudamos a los pobres en la medida de nuestras posibilidades y damos alojamiento a los peregrinos. Tengo un hijo que ya es oficial y que vale mucho.

»Pues bien, después que me puse bueno del todo, prometí leer cada día, durante toda mi vida, uno de los cuatro Evangelios entero, sin admitir dispensa alguna. Y así lo hago. Cuando estoy abrumado de trabajo y me siento muy fatigado, me acuesto y le pido a mi mujer o a mi hijo que lean el Evangelio junto a mí, y de esta manera cumplo mi promesa. En testimonio de agradecimiento y para gloria de Dios, he hecho cubrir este Evangelio de plata maciza y siempre lo llevo sobre mi corazón.»

Yo le escuché con gran placer, y le dije:
—Yo he conocido un caso semejante: en nuestro pueblo, en la fábrica, había un excelente obrero, muy hábil en las cosas de su oficio; pero para su desgracia, bebía con demasiada frecuencia. Un hombre piadoso le aconsejó que, cada vez que le viniesen ganas de beber aguardiente, recitase treinta y tres veces la oración de Jesús en honor de la Santísima Trinidad y en memoria de los años de la vida de Jesús sobre la tierra. Y no es esto todo: tres años después entraba en un monasterio.
Según: Anónimo, El Peregrino ruso, Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003,  p. 61-66.





[1] El alfabeto eslavo tiene treinta y siete letras. Sus caracteres son bastante diferentes de los del alfabeto ruso.



sobota, 14 lipca 2012

LA ARAÑA INSENSATA


En los viejos tiempos al pecado se le daba el nombre de pecado, y para cometerlo se tenían que ocultar los hombres en la oscuridad. Pero ¿ahora? Los hombres excusan, más aún, pretenden justificar la caída moral, y en algunos casos hasta se hace ostentación de los desórdenes morales. Hoy día el pecado sale de su escondrijo y, desvergonzado, hace su trabajo a la luz del día. Sí, también hubo pecadores entre los antiguos, pero por lo menos se les daba este nombre.
(Mons. Tihamér Tóth)

Espléndida mañana de septiembre.
Los prados todos, brillantes por el rocío.
El aire, cruzado por hilos de telaraña, que flotan ligeramente.

Uno de los hilos tropieza con la copa de un árbol, y el pequeño aeronauta, una diminuta araña, desde su blanco barquito pasa al tupido ramaje. De seguida suelta un nuevo y largo hilo, lo ata a la copa y baja hasta el pie del tronco. Allí encuentra un valladar de espinos y se entrega al trabajo: empieza a tejer la red. Ata el cabo superior al hilo por el que ha bajado; los otros los fija en las ramas del arbusto.

Y resultó una telaraña magnífica, con que podía cazar moscas admirablemente.

Pasaron los días y le pareció demasiado pequeña; la araña comenzó a ensancharla en todas direcciones. Gracias al hilo que subía a lo alto, la obra se ejecutó presto y con perfección. Cuando en las madrugadas otoñales las brillantes perlas del rocío matutino llenaban la espaciosa red, ésta semejaba un tul recamado de perlas.

La araña se sentía orgullosa de su obra. Iba engordando cada vez más. Había relegado al olvido lo haraposa y hambrienta que llegó a la copa del árbol a principios de otoño.

Una mañana se despertó de muy mal talante. El cielo estaba nublado, no se veía una sola mosca por todos los contornos; ¿qué nacer en tan fastidioso día de otoño? «Al menos daré una vuelta por la red —pensó por fin—, veré si hay algo que remendar».

Examinó todos los hilos, a ver si estaban seguros. No halló el más leve defecto; pero el mal humor crecía por momentos.

Al ir y venir refunfuñando de una a otra parte, divisó en el cabo superior de la red un largo hilo, cuyo destino no podía recordar. Los demás hilos los sabía muy bien: éste viene acá, al final de esa rama rota; aquél va allá, a aquella espina. La araña conocía todas las ramas, todos los hilos, pero qué hace aquí éste y, para colmo, es completamente incomprensible por qué va hacia arriba, a perderse en el aire. ¿Qué es esto?

La araña se irguió sobre las patas traseras y abriendo los ojos desmesuradamente, empezó a mirar a lo alto.

Cuanto más se esforzaba por adivinar el enigma, tanto más se irritaba. En medio de los continuos banquetes que se daba, se había olvidado que en una mañana de septiembre ella misma bajó por este hilo. Tampoco recordaba cuánto le sirvió al tejer la red y al ensancharla. Todo lo había ya olvidado. No veía allí más que un hilo inútil, un hilo que colgaba en el aire.

—¡Abajo!— gritó enfurecida; y de un solo mordisco lo cortó.

La telaraña se desplomó instantáneamente...y, cuando la araña recobró el sentido, yacía tendida en el suelo al pie del espino, sin poder moverse; la red, antes entretejida de perlas y plata, no era ahora más que un jirón de trapo, húmedo y asqueroso, que la aprisionaba.

Un solo instante bastó para derribar toda la magnificencia de su obra, porque no comprendió la utilidad del hilo que guiaba a las alturas.

Querido joven: también el alma humana está pendiente de un hilo que la une con Dios. Por la fe nos unimos a Dios.

Infeliz quien corta este hilo. Se trueca en un pobre peregrino errante, que camina a oscuras.

Quien lo cuida con esmero y a él se agarra, halla el apoyo que necesita para vivir una vida llena de sentido en esta tierra, esperando la felicidad eterna.

Mons. Tihamér Tóth, El joven observador 
(Colección Juventud 2), Buenos Aires 1940, p. 5-7.

środa, 11 lipca 2012

VOZ DE LA MADRE


Eres tan grande, Señora, y tanto vales, que todo el que desea conseguir alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que te implora, sino que muchas veces se anticipa espontáneamente a la súplica. En ti se reúnen la misericordia, la piedad, la magnificencia y todo cuanto de bueno hay en las criaturas.

(Dante Alighieri, «El Paraíso», canto XXXIII)


Veturia, del Promptuarii Iconum Insigniorum
Un día del año 491 antes de Cristo corrió por Roma una noticia espantosa, que dejaba la sangre helada de espanto. La noticia era que Coriolano, el patricio más orgulloso de Roma, condenado a destierro por el pueblo, se había pasado al enemigo, al enemigo más encarnizado de los romanos, a los volscos, y capitaneándolos, lo devastaba y quemaba todo, y ya estaba llegando a las puertas de la ciudad, ebrio de venganza.

La noticia era cierta... Estaba Coriolano al frente del enemigo y a las puertas de Roma. La ciudad, presa del mayor pánico, envió una comisión compuesta de los más distinguidos patricios, para aplacar al antiguo compañero, herido en lo más vivo. En vano: ni siquiera les dejaron entrar en el campamento. Entonces se nombró otra comisión, presidida por el sacerdocio romano: también inútil. Por fin se pidió con vivas instancias a la anciana madre de Coriolano que fuese a su hijo para aplacarlo.

Y lo que no había conseguido la elocuencia de los patricios, ni la súplica de los sacerdotes, lo consiguió Veturia, cuyos ruegos conmovedores impresionaron al hijo hasta el punto de hacerle cambiar de propósito y conducir de nuevo al enemigo lejos de las murallas de Roma... El odio ciego del hijo pagano se amansó por la débil voz de una mujer, porque aquella voz era... la voz de su madre.

Nosotros sabemos por experiencia, que la voz de las madres tiene una fuerza bendita irresistible. Por este motivo a nadie ha de sorprender que nosotros los católicos miremos con orgullo santo y ardiente ternura a María, Madre de Dios y Madre nuestra, desde aquel momento en que su divino Hijo, moribundo en la cruz, nos la dio, encargándole al mismo tiempo a Ella que nos tratara como hijos. Ella es la que nos conforta y nos infunde esperanza en medio de nuestras luchas.

Mons. Tihamér Tóth, La Virgen María, Madrid 1951, p. 51.