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czwartek, 30 sierpnia 2012

LA TENTACIÓN DE CASIANO

No os quedéis pegados a este mundo efímero. No concentréis acá abajo todos vuestros planes y deseos. No sacrifiquéis vuestra herencia celestial por ventajas y goces efímeros, fugaces y terrenales. ¡Cuidado!, que ni el goce de la vida terrena os hechice ni su podredumbre os desanime hasta el punto de que por ello os olvidéis de la otra vida, la única verdadera..., ¡la vida eterna! 
Mons. Tihamér Tóth

Ermitaño – grabación en acero
por Alberto Henry Payne
(siglo XIX)
Se refiere que un joven solitario, ya desde muchos años, había abandonado el mundo para no pensar más que en la salvación de su alma. Se tornó por ello tan furioso el demonio, que al pobre joven le pareció que todo el infierno se le arrojaba encima. Nos dice Casiano, que es a quien se refiere este ejemplo, que a este solitario, viéndose importunado por tentaciones de impureza, después de muchas lágrimas y penitencias, se le ocurrió salir al encuentro de otro solitario anciano, para consolarse, confiando en que le proporcionaría remedios para vencer mejor a su enemigo, y proponiéndose a la vez encomendarse en sus oraciones. 

Mas acaeció cosa muy distinta: aquel viejo, que había pasado su vida casi sin lucha interior, lejos de consolar al joven, manifestó una gran sorpresa al oír la narración de sus tentaciones, le reprendió con aspereza, le dirigió palabras duras, llamándole infame, desgraciado, diciéndole que era indigno de llevar el nombre de solitario, toda vez que le sucedían semejantes cosas. 

El pobre joven se marchó muy desanimado, teniéndose ya por perdido y condenado, y abandonándose a la desesperación, se decía a sí mismo: «Puesto que estoy condenado, ya no tengo necesidad de resistir ni luchar; preciso me es abandonarme a todo lo que quiera el demonio; sin embargo, Dios sabe que he dejado el mundo solamente para amarle y salvar mi alma. 

¿Por qué, Dios mío -decía él en su desesperación- me habéis dado tan escasas fuerzas? Vos sabéis que yo quiero amaros, puesto que tengo temor y pena de desagradaros con todo, ¡no me dais la fuerza necesaria y me dejáis caer! Ya que todo está perdido para mí, ya que no tengo los medios de salvarme, me vuelvo otra vez al mundo».

Como, en su desesperación, se dispusiese ya a abandonar su soledad, Dios hizo conocer el estado de su alma a un santo abad que moraba en el mismo desierto, llamado Apolonio, el cual tenía gran fama de santidad. Este solitario salió al encuentro del joven; al verle tan conturbado, se acercó a él y le preguntó con gran dulzura qué le acontecía, y cuál era la causa de su aturdimiento y de la tristeza que su aspecto revelaba. 

Mas el pobre joven estaba tan profundamente abismado en sus pensamientos que no le respondió palabra. El santo abad, que veía claramente el desorden de su alma, le instó tanto a decirle qué cosa era lo que así agitaba, por qué motivo salía de la soledad, y cuál era el objeto que se proponía en su marcha, que, viendo cómo su estado era adivinado por el santo abad, a pesar de que ello ocultaba con gran cuidado, aquel joven, derramando lágrimas en abundancia y deshaciéndose en conmovedores sollozos, habló así: 

«Me vuelvo al mundo, porque estoy condenado; ya no tengo esperanza alguna de poderme salvar. Fui a aconsejarme con un anciano que quedó muy escandalizado de mi vida. Puesto que soy tan desgraciado y no puedo agradar a Dios, he resuelto abandonar mi soledad para reintegrarme al mundo donde voy a entregarme a cuanto quiera el demonio. No obstante, he derramado muchas lágrimas, para no ofender a Dios; yo bien quería salvarme, y tenía a gran gusto hacer penitencia; mas no me siento con fuerzas bastantes, y no voy ya más allá». 

Al oírle hablar y llorar así, el santo abad mezclando sus lágrimas con las del joven, le dijo: «¡Ah! amigo mío, ¿no acertáis a ver que, lejos de haber sido tentado de tal manera porque ofendisteis a Dios, es precisamente porque le sois muy agradable? Consolaos, amigo querido, y recobrad vuestro valor; el demonio os creía vencido, mas por el contrario, vos le venceréis; a lo menos hasta mañana regresad a vuestra celda. No os desaniméis, amigo mío; yo mismo experimento cada día tentaciones como las vuestras. No hemos de contar exclusivamente con nuestras fuerzas, sino con la misericordia de Dios; voy a ayudaros en la lucha orando yo también con vos. ¡Oh, amigo mío! Dios es tan bueno que no puede abandonarnos al furor de nuestros enemigos sin darnos las fuerzas suficientes para vencer; es Él, querido amigo, quien me envía para consolaros y anunciaros que no os perderéis: seréis libertado. 

Aquel pobre joven, ya del todo consolado, regresó a su soledad y arrojándose en brazos de la divina misericordia, exclamó: «Creía, oh Dios mío, que os habíais retirado de mí para siempre».

Mientras tanto, Apolonio se fue junto a la celda de aquel anciano que tan mal recibiera al pobre joven, y postrándose con la faz en tierra, dijo: «Señor, Dios mío, Vos conocéis nuestras debilidades: librad, si os place, a aquel joven de las tentaciones que le desaniman; ¡ya veis las lágrimas que ha derramado a causa de la pena que experimentaba por haberos ofendido! Haced que sufra la misma tentación este anciano, a fin de que aprenda a tener compasión de aquellos a quienes Vos permitís que sean tentados». 

Apenas hubo acabado su oración cuando vio al demonio en figura de un asqueroso negrito, lanzando una flecha de fuego impuro a la celda del anciano, quien, no bien hubo sentido toda la fuerza del golpe, cuando fue presa de una espantosa agitación, la cual no le daba lugar a descanso. Se levantaba, salía, volvía a entrar. Después de pasado un tiempo en tales angustias, pensando al fin que jamás podría combatir con ventaja, imitando al joven solitario tomó la resolución de abandonarse al mundo, puesto que no podía resistir ya más al demonio; se despidió de su celda y partió. 

El santo abad, que le observaba sin que el otro se diese cuenta (nuestro Señor le hizo conocer que la tentación del joven había pasado al viejo), se le acercó y le preguntó dónde iba y de dónde venía con una tal agitación que le hacía olvidar la gravedad propia de sus años; le insinuó que sin duda sentiría alguna inquietud tocante a la salvación de su alma. El anciano vio muy bien que Dios hacía conocer al abad lo que pasaba en su interior. 

«Volveos, amigo mío, le dijo el santo, tened presente que esta tentación os ha venido a vuestra vejez a fin de que aprendáis a compadeceros de vuestros hermanos tentados, y a consolarlos en sus dolencias espirituales. Habíais desanimado a aquel pobre joven que vino a comunicaros sus penas; en vez de consolarle, ibais a sumirle en la desesperación; sin una gracia extraordinaria, estaría irremisiblemente perdido. Sabed, padre mío, que el demonio había declarado una guerra tan porfiada y cruel al pobre joven, porque adivinaba en él grandes disposiciones para la virtud, lo que le inspiraba un gran sentimiento de celos y de envidia, a más de que una tan firme virtud solamente podía ser vencida mediante una tentación tan firme y violenta. Aprended a tener compasión de los demás, a darles la mano para impedir que caigan. Sabed que si el demonio os ha dejado tranquilo, a pesar de tantos años de retiro, es porque veía en vos poca cosa buena: en lugar de tentaros, os desprecia.»

Este ejemplo nos muestra claramente cómo, lejos de desanimarnos al vernos tentados, hemos de experimentar consuelo y hasta regocijarnos, puesto que solamente son tentados con porfía aquellos de los cuales el demonio prevé que con su manera de vivir habrían de alcanzar el cielo. 

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre las Tentaciones






wtorek, 28 sierpnia 2012

POBRE DIABLO DESOCUPADO

Para penetrar bien la necesidad de rechazar la tentación, preguntad a los cristianos condenados cuál es la causa de hallarse en el infierno, ellos que fueron creados para el cielo: todos os responderán que fue porque, al ser tentados, sucumbieron a la tentación. Id, además, a interrogar a todos los Santos que triunfan en el cielo, qué cosa les ha procurado aquella felicidad; y os contestarán todos: es que al ser tentados, con la gracia de Dios, resistimos a la tentación y despreciamos al tentador.
San Juan María Vianey 

Se cuenta en la historia que San Francisco de Asís estaba reunido con sus religiosos en un gran campo donde habían construido unas casitas de junco. Viendo San Francisco que hacían tan extraordinarias penitencias, les ordenó que trajeran todos sus instrumentos de mortificación; se recogieron montones grandes como pajares.

Había allí en dicha ocasión un joven a quien Dios concedió se le hiciese visible su ángel de la guarda: por un lado veía a aquellos buenos religiosos que no podían saciarse en su afán de penitencias; por otro lado, su ángel de la guarda le hizo ver una reunión de dieciocho mil demonios, que estaban deliberando acerca de cómo podrían vencer a aquellos religiosos con tentaciones. Hubo uno de ellos que dijo:

-Vosotros no lo comprendéis, esos religiosos son tan humildes, ¡ah! ¡hermosa virtud! tan desprendidos de sí mismos, tan unidos a Dios; tienen un superior que los guía tan bien, que resulta imposible poderlos vencer; esperemos a que muera el superior y entonces procuraremos la entrada de jóvenes sin vocación que introducirán el relajamiento, y por este medio serán nuestros.

Un poco más lejos, al entrar en la ciudad, vio a un demonio solo, sentado sobre las puertas de la misma para tentar a los que estaban dentro. Aquel santo preguntó a su ángel de la guarda:
- ¿Por qué motivo, para tentar a los religiosos, había tantos millares de demonios, mientras que para una ciudad entera había tan sólo uno y aun estaba sentado?

Le contestó el ángel bueno que las gentes del mundo no necesitaban ser tentadas, pues ya se portaban mal por su propia iniciativa e impulso; mientras que los religiosos obraban el bien a pesar de todos los lazos y de los combates que el demonio los provocase.

San Juan María Vianey
(Extracto del Sermón sobre las Tentaciones)

sobota, 25 sierpnia 2012

VETE A LA IGLESIA EN MI NOMBRE

Trabaja con espíritu de oración. Estudia las cosas del mundo; es tu deber; pero no fijes en ellas más que un solo ojo, quede el otro clavado en la luz eterna. Escucha a los científicos; pero no más que con un solo oído; ten el otro siempre dispuesto para percibir la dulce voz de tu Amigo celestial. Escribe; pero únicamente con una sola mano; agárrate con la otra a Dios, como el niño al vestido de su padre.  
Ampère


Había un hombre que decía que no tenía tiempo para orar, y cuando los domingos las campanas repicaban con estrépito convocando a los fieles, su esposa en vano le llamaba. —Ve tú, mujer, a la iglesia en mi nombre y reza también por mí —le contestaba volviéndose hacia la pared para seguir durmiendo. La pobre mujer, por más que se esforzaba, no lograba que fuese a la iglesia su marido. Así, pues, tenía que ir ella sola y rezar por los dos.

¡Cuál fue su sorpresa cuando un domingo su esposo la acompañó sin que ella tuviera que llamarle siquiera, y al ver que desde entonces no omitió ninguna sola vez el precepto de cumplir con Dios, ni aun lo habría dejado por más que le hubiesen ofrecido todos los tesoros del mundo! —¿Qué le habrá sucedido a mi marido; qué tendrá? —pensaba la buena mujer.

Hasta que un día le contó su esposo el sueño que había tenido cierta noche: —Los dos fallecimos, y tocamos a la puerta del cielo —dijo él—. Sale San Pedro..., te mira, y con gran amabilidad te dice: "Puedes entrar, hija mía, puedes entrar; entra también en nombre de tu esposo..."

Desde entonces, aquel hombre tuvo siempre tiempo para rezar.

Cfr. Mons. Tihamér Tóth, Padre nuestro.

poniedziałek, 20 sierpnia 2012

NO DEJAR DE CONFESARSE

Hemos de convenir, pues, en que, si permanecemos en pecado, es porque no queremos valernos de los medios que la religión nos ofrece, ni recurrir con confianza a nuestra bondadosa Madre, que se apiadaría de nosotros como se ha apiadado de todos los que acudieron a Ella.
Santo Cura de Ars

Hubo un joven, a quien sus padres educaron muy bien, más tuvo la desgracia de contraer un mal habito, el cual fue para él una fuente inagotable de pecados. Conservando aun el santo temor de Dios y deseando renunciar a sus desórdenes, hacía a veces algún esfuerzo por salir de su triste estado; más el peso de sus vicios le arrastraba de nuevo. Detestaba su pecado, y a pesar de ello, caía a cada momento. Viendo que de ninguna manera podía corregirse, se desanimó y determinó no confesarse más.

Al ver su confesor que no se presentaba en el tiempo acostumbrado, intentó un nuevo esfuerzo por devolver a Dios aquella pobre alma. Fue a entrevistarse con él, en un momento en que estaba trabajando solo. Aquel desgraciado joven, al ver llegar al sacerdote, prorrumpió en gritos y lamentaciones.

-¿Qué te pasa, amigo? -le preguntó el sacerdote.
-¡Oh, padre!, estoy condenado; veo muy claro que nunca podré corregirme, y he resuelto abandonarlo todo.
-¿Qué es lo que dices, amigo mío?, al contrario, me consta que, si quieres hacer lo que ahora voy a indicarte, te enmendarás y alcanzarás el perdón. Ve al instante a arrojarte a los pies de la Santísima Virgen para implorarle tu conversión, y después ven a verme.

El joven se fue al momento a postrarse a las plantas de la Virgen María, y, regando el suelo con sus lágrimas, le suplicó que tuviese piedad de un alma que tanta sangre costara a Jesucristo, su divino Hijo, y que el demonio, iba a arrastrar al infierno. Al momento sintió nacer en su pecho una confianza tal, que a su impulso se levantó y fue a confesarse.

Se convirtió sinceramente; sus malos hábitos fueron destruidos radicalmente, y sirvió a Dios durante el resto de su vida.

San Juan María Vianey (Extracto del Sermón sobre la Esperanza)

PECADORA ELENA

La misión de la Virgen María no se limita, pues, a dar cuerpo al Verbo. Su misión eterna y providencial, su misión de madre prosigue, según la voluntad de Cristo, expresada en el testamento que nos dio desde la cruz...; sigue siendo madre mientras haya cristianos en la tierra. Y como las madres educan, defienden y enseñan a sus hijos, así nos educa, defiende y enseña también a nosotros la Santísima Virgen.
Mons. Tihamér Tóth

Una gran pecadora llamada Elena acertó un día a entrar en un templo, y la casualidad, o mejor la Providencia, todo lo dispone en bien de sus escogidos, quiso que oyese un sermón, que se estaba predicando, sobre la devoción del Santo Rosario. Quedó tan bien impresionada con lo que el predicador decía acerca de las excelencias y saludables frutos de aquella santa devoción, que sintió deseos de poseer un rosario.

Terminado el sermón, fue a comprar uno; pero durante mucho tiempo tuvo mucho cuidado en ocultarlo para que no se burlasen de ella. Comenzó a rezar cada día el Rosario, más sin gusto y con poca devoción. Pasado algún tiempo, la Virgen hizo que experimentase tanta devoción y placer en aquella práctica, que no se cansaba de ella; aquella devoción, tan agradable a la Santísima Virgen, le mereció una mirada compasiva, la cual le hizo concebir un tan grande aborrecimiento y horror de su vida pasada, que su conciencia se transformó en un infierno, y la inquietaba sin descanso noche y día.

Desgarrada continuamente por sus punzantes remordimientos, no podía ya resistir a la voz interior que le presentaba el sacramento de la Penitencia cómo el único remedio para conseguir la paz por ella tan deseada, la paz quo había buscado inútilmente en todas partes; aquella voz le decía que el sacramento de la Penitencia era el único remedio a los males de su alma. Invitada por aquella inspiración, empujada y guiada por la gracia, fue a echarse a los pies del ministro del Señor, al que descubrió todas las miserias de su alma, es decir, todos sus pecados; se confesó con tanta contrición y con tanta abundancia de lágrimas, que el sacerdote quedó admirado en gran manera, no sabiendo a qué atribuir aquel milagro de la gracia.

Acabada la confesión, Elena fue a postrarse ante el altar de la Santísima Virgen, y allí, penetrada de los más vivos sentimientos de gratitud, exclamó:
«Virgen Santísima, es verdad que hasta el presente he sido un monstruo; más Vos, con el gran poder que tenéis delante de Dios, ayudadme a corregirme; desde ahora propongo emplear el resto de mis días en hacer penitencia».

Desde aquel momento, y de regreso ya a su casa, rompió para siempre los lazos de las malas compañías que hasta entonces la habían retenido en los más abominables desórdenes; repartió todos sus bienes a los pobres, y se entregó a todos los rigores y mortificaciones que inspirarle pudieron el amor a Dios y el remordimiento de sus pecados.

Para que quedase premiada la gran confianza que aquella mujer había depositado en la Virgen María, en su última hora se le aparecieron Jesús y la Santísima Virgen, y en sus manos entregó su alma hermosa, purificada por la penitencia y las lágrimas; de manera que, después de Dios, fue a la Santísima Virgen a quien debió aquella gran penitente su salvación.

San Juan María Vianey (Extracto del Sermón sobre la Esperanza)

SUSTRAÍDO A LAS GARRAS DEL INFIERNO

En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María.
Santo Cura de Ars

Los siete primeros pasos de la Virgen,
mosaico de la iglesia de Chora, siglo 12
Cierto hombre durante mucho tiempo llevó una vida bastante cristiana para hacerle concebir grandes esperanzas de alcanzar el cielo. Pero el demonio, que no piensa más que en nuestra perdición, le tentó con tanta insistencia y tan a menudo, que llegó a ocasionarle una grave caída. Habiendo al instante entrado en reflexión, comprendió la enormidad de su pecado, y propuso en seguida recurrir al laudable remedio de la penitencia. Más concibió de su pecado una vergüenza tal, que jamás pudo determinarse a confesarlo.

Atormentado por los remordimientos de su conciencia, que no le dejaban descansar, tomó la resolución de arrojarse al agua para dar fin a sus días, esperando con ello dar término a sus penas. Más, al llegar al borde de la orilla, se llenó de temor considerando la desdicha eterna en que se iba a precipitar, y volvió atrás llorando a lágrima viva, rogando al Señor se dignase perdonarle sin que se viese obligado a confesarse. Creyó poder recobrar la paz del espíritu, visitando muchas iglesias, orando y ejecutando duras penitencias pero, a pesar de todas sus oraciones y penitencias, los remordimientos le perseguían a todas horas.

Nuestro Señor quiso que alcanzase el perdón gracias a la protección de su Santísima Madre. Una noche, mientras estaba poseído de la mayor tristeza, se sintió decididamente impulsado a confesarse, y, siguiendo aquel impulso, se levantó muy temprano y se encaminó a la iglesia; más cuando estaba a punto de confesarse, se sintió más que nunca acometido de la vergüenza, que le causaba su pecado, y no tuvo valor para realizar lo que la gracia de Dios le inspirara.

Pasado algún tiempo, tuvo otra inspiración semejante a la primera; se encaminó de nuevo a la iglesia, más allí su buena acción quedó otra vez frustrada por la vergüenza, y, en un momento de desesperación, hizo el propósito de abandonarse a la muerte antes que declarar su pecado a un confesor. Sin embargo, le vino el pensamiento de encomendarse a la Santísima Virgen. Antes de regresar a su casa, fue a postrarse ante el altar de la Madre de Dios; allí hizo presente a la Santísima Virgen la gran necesidad que de su auxilio tenía, y con lágrimas en los ojos la conjuró a que no le abandonase.

¡Cuánta bondad la de la Madre de Dios, cuánta diligencia en socorrer a aquel desgraciado! Aún no se había arrodillado, cuando desaparecieron todas sus angustias, su corazón quedó enteramente transformado, se levantó lleno de valor, se fue al encuentro de un sacerdote, al que, en medio de un río de lágrimas, confesó todos sus pecados. A medida que iba declarando sus faltas, le parecía quitarse tan gran peso de su conciencia; y después declaró que, al recibir la absolución, experimentó mayor contento que si le hubiesen regalado todo el oro del mundo. 

¡Ay!, ¡cual habría sido la desgracia de aquel pobre, si no hubiese recurrido a la Santísima Virgen! !Indudablemente ahora se abrasaría en el infierno!

San Juan María Vianey (Extracto del Sermón sobre la Esperanza)

środa, 8 sierpnia 2012

PEREGRINO AMARGADO - HISTORIA DE LOS CUENTOS DE UN PEREGRINO RUSO

Los falsos dioses, los ídolos, los principios falsos y opiniones erróneas cavan la tumba de la cultura humana.
Leopold Schefer

Judíos rezando en la sinagoga
el día de Yom Kippur  (1878),
por Maurycy Gottlieb
Un día, un peregrino vino a vernos. Se quejaba amargamente de los judíos y los insultaba. Había andado por sus pueblos y había tenido que soportar su enemistad y su fullería. Su resentimiento contra ellos era tal, que los maldecía, llegando a decir que no merecían vivir a causa de su obstinación e incredulidad. Finalmente, dijo que sentía tal aversión por ellos que no podía controlarla en absoluto.

—No tienes ningún derecho, amigo —dijo el starets [anciano]— a insultar y maldecir a los judíos de este modo. Dios los hizo a ellos como nos hizo a nosotros. Deberías apenarte por ellos y rogar por ellos, no maldecirlos. Créeme, el desagrado que sientes por ellos proviene del hecho de que tú no estás fundamentado en el amor de Dios y no tienes oración interior como afianzamiento, y careces, por tanto, de paz interior. Te leeré un pasaje de los Santos Padres acerca de esto. Escucha, esto es lo que escribe Marcos el Asceta:
«El alma que está unida interiormente con Dios se vuelve, por ser tan grande su gozo, como un niño bondadoso e ingenuo, y ya no condena a nadie, sea griego, pagano, judío o pecador, sino que los contempla a todos por igual con mirada pura; halla gozo en el mundo entero, y quiere que todos griegos, judíos y gentiles glorifiquen a Dios.»
Y Macario el Grande, de Egipto, dice que el contemplativo «arde con un amor tan grande que si fuese posible él haría de su interior una morada para todos, sin hacer distinciones entre buenos y malos».

Aquí ves, querido hermano, lo que los Santos Padres piensan de ello. Así que yo te aconsejo que dejes de lado tu fiereza, y mires a todo considerando que está bajo la omnisciente Providencia de Dios, y que cuando te tropieces con vejaciones, te acuses a ti mismo en particular de falta de paciencia y humildad.

Anónimo, Relatos de un peregrino ruso,
Editorial Claretiana, Buenos Aires 2011, p. 175-176.


SABER PENSAR BIEN

Los que saben pensar bien, se acercan a la Iglesia católica, y los que no saben pensar, se alejan de ella.
Gilbert Keith Chesterton

San Efrén, Padre de la Iglesia,
proclamado Doctor de la Iglesia en el año
1920 por el papa Benedicto XV
El Dr. Gustavo Bickel, sabio profesor de Universidad en Berlín, tuvo que hacer un trabajo para una especialización en idiomas antiguos. Se trataba de traducir los versos de uno de los mejores poetas del siglo cuarto - San Efrén, llamado "El Citarista de la Virgen", porque compuso hermosísimos poemas en honor de la Madre de Dios.

Bickel era protestante, y por lo tanto no honraba mucho a la Virgen María. Pero al traducir a aquel famoso poeta de los primeros tiempos de la Iglesia, se dio cuenta de que ya en aquellos antiguos siglos los cristianos muy sabios como San Efrén, daban a María Santísima los títulos que hoy repetimos nosotros los católicos: "Madre de Dios", "Inmaculada", "Siempre Virgen" , "Superior a los ángeles en santidad, pureza y en poder", etc., etc.    

Y el sabio Gustavo dijo: "Los protestantes rechazan a la Virgen y a su culto, pero los primeros cristianos la honraban. Esto quiere decir que la religión protestante es falsa y que la verdadera religión es la católica. Este catedrático tan apreciado en la universidad se hizo católico y llegó a ser un excelente sacerdote.

Según: P. Eliécer Sálesman, Ejemplos marianos,
Editorial Centro Don Bosco, Bogotá, 7° Edición, p. 108.

sobota, 4 sierpnia 2012

ANTES VAYAMOS A LAVARNOS Y MUDAR DE ROPA

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
(Catecismo de la Iglesia Católica N° 1030)

Caminando dos amigos, uno protestante y otro católico, comenzaron a hablar de religión. El protestante preguntó al católico:
—Pero, ¿es posible que creas en el purgatorio? Yo pienso que, si nos salvamos, estamos salvos y no tenemos por qué pasar por el purgatorio, sino ir directamente al cielo.

Apenas llegaron a la casa del católico, un criado les salió al encuentro diciéndoles que la comida estaba en la mesa.

—Magnífico — exclamó el protestante—, jamás me sen­tí con tanto apetito.
—Pues vayamos directamente a la mesa —dijo el ca­tólico.
—¿Con esta facha, tan polvorientos y sudados? Impo­sible; sería un insulto a tu esposa. Antes vayamos a la­varnos y mudarnos de ropa.

Así lo hicieron. Ya a la mesa, dijo el católico a su esposa:
—Puedes sentirte orgullosa, pues nuestro amigo guarda más deferencias contigo que con el mismo Dios.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con esto?
—Nada; que nuestro amigo no se atreve a presentarse a la mesa sin antes lavarse y mudarse, creyendo que el no hacerlo sería una falta de respeto hacia ti, y, sin em­bargo, piensa entrar de rondón en el cielo directamente, con todo el polvo y la suciedad de su vida en el alma.

— ¡Cáspita! —exclamó entonces el protestante—. ¿Sa­bes que no había parado mientes en este punto de vista? Ciertamente, es creíble que las almas de los difuntos pre­fieran purificarse en el purgatorio antes de presentarse manchadas ante la inmaculada limpieza y santidad de Dios.

Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables, 
Editorial Herder, Barcelona 1962, N° 1859, p. 752-753.