Łączna liczba wyświetleń

sobota, 13 października 2012

MAL CONSEJO


No se educa al niño cuando nosotros nos rebajamos a satisfacer sus meros deseos terrenos, aun no del todo desarrollados, y a satisfacer todos sus instintos... Esto es un mimar denigrante.
Mons. Tihamér Tóth

Se refiere en la historia que un padre tenía un hijo del cual recibía toda suerte de consuelos; era juicioso, obediente, reservado, en fin, un modelo que edificaba a toda la parroquia. Un día hubo unos festejos en un lugar vecino, y el padre le dijo:
«Hijo mío, tú no sales nunca, vete un momento a divertirte con tus amigos, todos son personas decentes, no estarás con malas compañías».
Y el hijo contestó:
«Padre mío, mi mayor placer, mi mayor recreo, es estar en vuestra compañía».

Ved aquí una excelente respuesta para tu hijo: preferir la compañía del padre a todos los placeres y a todas las compañías.

«Hijo mío, le dijo aquel padre ciego, si esto es así, iré yo también contigo».
Y padre e hijo partieron.

La segunda vez que ocurrió un caso semejante, el hijo no necesitó ya tantas instancias para decidirse; la tercera partió solo; ya no necesitaba a su padre; al contrario, aquel comenzaba a estorbarle; sin necesidad de nadie sabía hallar perfectamente el camino. Su pensamiento no se ocupaba en otra cosa que en las músicas que oyó y en las personas con quienes habló.

Acabó por dejar aquellas prácticas religiosas que se había impuesto cuando estaba entregado del todo a Dios; trabó relaciones con una joven mucho peor que él. El vecindario comenzó a hablar del joven como de un novel libertino.

En cuanto su padre se dio cuenta de ello, quiso interponerse en su carrera y le prohibió salir para cualquier lugar sin su permiso; más ya no encontró en el hijo aquella antigua sumisión. ¡Nada pudo detenerle; se burlaba de su padre, diciéndole que, porque ahora no podía él ya divertirse, quería también impedírselo a los demás.

El padre, desesperado al ver que la cosa no tenía remedio, se mesaba los cabellos. La madre, que apreciaba mejor que su marido los daños de aquellas malas compañías, muchas veces le había advertido el peligro, diciéndole que otro día se arrepentiría; más era ya demasiado tarde.

Un día, al volver el hijo de sus correrías, el padre le pegó. El hijo, al verse aborrecido de sus padres, sentó plaza en el ejercito, y, al cabo de algún tiempo, recibieron en su casa una carta en la que se les notificaba que aquel hijo había perecido aplastado a los pies de los caballos.

¡Ay!, ¿dónde fue a parar aquel pobre joven? Dios quiera que no fuese al infierno. Sin embargo, si se condenó, lo cual parece probable según todas las apariencias, su padre fue el verdadero causante de su perdición. Y aunque el padre se abandonase a la penitencia, todas las lágrimas y todas las mortificaciones serian incapaces de sacar al pobre hijo de aquel lugar de tormento. ¡Ah!, ¡desgraciados padres los que arrojáis vuestros hijos a las eternas llamas!

San Juan María Vianey,
Extracto del Sermón sobre Deberes de los Padres hacia los Hijos

środa, 10 października 2012

TRAGEDIA FAMILIAR REMEDIADA

La augusta Madre de Dios está presente en las cosas humanas, y cuanto más se enfría la caridad, tanto más vehementemente incita Ella a sus hijos a la piedad, a la virtud y a la penitencia de los pecados; y, a la par que por dondequiera se agravan pestilencias nefastas que nos amenazan, sentimos que es ella intercesora clementísima que suplica en favor nuestro a la divina misericordia y aparta los castigos merecidos por nuestras culpas.
Papa Juan XXIII

Un caballero muy devoto de la Santísima Virgen había construido una capilla en su honor, en una de las dependencias del castillo que habitaba. Nadie conocía la existencia de dicha capilla. Todas las noches, después del primer sueño, sin decir nada a su mujer, se levantaba y se dirigía a la capilla de la Virgen, para pasar allí lo restante de la noche... 

Su mujer estaba muy apesadumbrada del proceder del marido, pues creía ella que salía de noche para entrevistarse con mujeres de mala vida. Cierto día, la esposa no pudo soportar ya por más tiempo aquel secreto sufrimiento, y dijo a su marido que muy bien se veía que tenía otra mujer preferida. El marido, pensando en la Santísima Virgen, le contestó afirmativamente. 

Esta respuesta hirió vivamente los sentimientos de aquella mujer, y viendo que su marido no cambiaba de conducta, en un arrebato de pesar, se suicidó clavándose un puñal en el pecho. Al volver de la capilla el marido, halló al cadáver de su mujer bañado en sangre. Afligido en extremo ante aquel espectáculo, cerró con llave la puerta de su cuarto, y se dirigió de nuevo a la capilla de la Virgen, y allí, desconsolado y lloroso, se prosternó ante aquella santa imagen, exclamando:

«Ya veis, oh Santísima Virgen, que mí esposa se ha suicidado porque venía yo por la noche a permanecer en vuestra compañía. Ya veis que mi mujer está condenada; ¿la dejareis ardiendo en las llamas, cuando se ha suicidado desesperada a causa de mi devoción para con Vos? Virgen Santa, refugio de los afligidos, servíos devolverle la vida; mostrad cuánto os place hacer bien a todos. No saldré yo de aquí hasta que me hayáis alcanzado esta gracia de vuestro divino Hijo».

Mientras se hallaba abstraído en sus lágrimas y oraciones, una criada le estaba buscando y llamándole, diciendo que la señora preguntaba por él.

Y el caballero le dijo: 

«¿Estás segura de que es ella quien me llama?»
«Escuchad su voz», dijo la criada. 

La alegría del caballero fue tan grande, que no acertaba a separarse de la compañía de la Virgen. Por fin se levantó, llorando de alegría y de gratitud, y halló a su mujer en plena salud. De sus heridas sólo le quedaban las cicatrices, para que nunca olvidase tan gran milagro obrado por la protección de la Santísima Virgen. Al ver entrar a su marido, le abrazó diciendo: 

«¡Amado mío!, te estoy altamente agradecida por lo caridad en rogar por mí». 

Quedó tan agradecida por aquel prodigioso favor, que pasó el resto de su vida en lágrimas y penitencia; no podía nunca relatar la gracia que la Virgen había alcanzado de su divino Hijo, sin llorar a lágrima viva, y no tenía otro deseo sino manifestar a todos cuán poderosa es la Santísima Virgen para socorrer a los que en ella confían.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza


wtorek, 9 października 2012

MARTIRIO DE SANTA POTAMIENA


La verdadera libertad proviene de la pureza del alma.
Anónimo

Santa Potamiena vivió en tiempos de la persecución de Maximiniano. Aquella joven era esclava de un señor disoluto y libertino, el cual continuamente la estaba solicitando. Mas ella prefirió sufrir toda suerte de crueldades y suplicios antes que consentir a las solicitaciones de aquel señor infame.

Enfurecido éste al ver que nada podía lograr, la entregó, como cristiana, en manos del gobernador, a quien prometió una fuerte recompensa para el caso de que la conquistase para sus infames apetitos. El juez mandó comparecer a aquella virgen ante su tribunal, y viendo que ninguna amenaza podía hacerla cambiar de sentimientos, la sometió a todo cuanto su rabia supo inspirarle.

Mas Dios, que jamás abandona a los que a Él se consagran, concedió tantas fuerzas a la joven mártir, que parecía insensible a todos los tormentos a que hubo de someterse. No pudiendo aquel juez inicuo vencer su resistencia, mandó poner sobre una grande hoguera una caldera llena de pez, y le dijo:
«Mira lo que te está preparado si no obedeces a tu señor».
Y la santa joven respondió sin vacilar:
«Prefiero sufrir todo cuanto pueda inspiraros vuestro furor antes que obedecer a la infame voluntad de mi amo; además, nunca habría yo creído que un juez fuese injusto hasta el punto de mandarme obedecer a los propósitos de un amo disoluto».

Irritado el tirano al oír esta respuesta, mandó arrojarla a la caldera.
«A lo menos disponed, dijo ella, que sea arrojada allí vestida. Ahora veréis las fuerzas que el Dios a quien adoramos, concede a los que sufren por Él».

Después de tres horas de suplicio, entregó Potamiena su alma al Criador, y así ganó la doble palma del martirio y de la virginidad.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza

MARTIRIO DE SANTA INÉS

A mí me parece que Dios permite las tribulaciones y las persecuciones sangrientas de su propia Iglesia, para que el clima tibio de invernadero creado por una paz duradera, no la corrompa ni haga que se multipliquen la mala hierba y los cardos.
Mons. Tihamér Tóth

Santa Inés (Agnes),
Virgen y mártir,
Francisco Pacheco
(1608, Prado)
Santa Inés tenía la gran dicha de conservar puro su corazón. Se parecía a los lirios que crecen derechos hacia el cielo y embalsaman el ambiente que los rodea con un aroma exquisito y agradable. 

Su belleza y sus riquezas fueron causa de que, a la edad de poco más de doce años, fuese pretendida por el hijo del prefecto de la ciudad de Roma. Ella le dio a entender que estaba consagrada a Dios. Entonces la prendieron, bajo el pretexto de que era cristiana, más, en realidad, para que consintiese a los deseos de aquel joven... 

Pero ella estaba tan firmemente unida a Dios que ni las promesas, ni las amenazas, ni la vista de los verdugos y de los instrumentos expuestos en su presencia para amedrentarla consiguieron hacerla cambiar de sentimientos. Viendo sus perseguidores que nada podían obtener de la Santa, la cargaron de cadenas, y quisieron ponerle una argolla y varios anillos en la cabeza y en las manos; pero tan débiles eran aquellas pequeñas e inocentes manos, que sus verdugos no pudieron lograr su propósito. Permaneció firme en su resolución y, en medio de aquellos lobos rabiosos, ofreció su cuerpecito a los tormentos con una decisión que admiró a los mismos atormentadores. 

La llevaron arrastrándola a los pies de los ídolos, más ella declaró públicamente que sólo reconocía a Jesucristo, y que aquellos ídolos eran demonios. El juez, bárbaro y cruel, viendo que nada podía conseguir, pensó que sería más sensible ante la pérdida de aquella pureza de la cual hacía tanta estima. La amenazó con hacerla exponer en un infame lupanar; más ella le respondió con firmeza: 

«Podréis muy bien darme muerte; pero jamás podréis hacerme perder este tesoro; pues Jesucristo mismo es su más celoso guardián». 

El juez, lleno de rabia, la hizo conducir a aquel lugar de infernales inmundicias. Más Jesucristo, que la protegía de una manera muy particular, inspiró tan grande respeto a los guardias, que sólo se atrevían a mirarla, con una especie de espanto, y al mismo tiempo confió su custodia a uno de sus ángeles. Los jóvenes, que entraban en aquel recinto abrasados en impuro fuego, al ver, al lado de la doncella, a un ángel más hermoso que el sol, salían abrasados en amor divino. 

Pero el hijo del prefecto, más corrompido y malvado que los otros, se atrevió a penetrar en el cuarto donde se hallaba santa Inés. Sin hacer caso de aquellas maravillas, se acercó a ella con la esperanza de satisfacer sus impuros deseos; más el ángel que custodiaba a la joven mártir hirió al libertino, el cual cayó muerto a sus pies. 

Al momento se divulgó por toda la ciudad de Roma la noticia de que el hijo del prefecto había recibido la muerte de manos de Inés. El padre, lleno de furor, se fue al encuentro de la Santa, y se entregó a todo cuanto la desesperación podía inspirarle. La llamó furia del infierno, monstruo nacido para llevar la desolación a su vida, pues había dado muerte a su hijo. Entonces santa Inés contestó tranquilamente: 

«Es que quería hacerme violencia, y entonces mi ángel le dio muerte». 

El prefecto, algo más calmado, le dijo: 

«Pues ruega a tu Dios que le resucite, para que no se diga que tú le has dado muerte». 

«Es innegable que no merecéis esta gracia, dijo la Santa; más, para que sepáis que los cristianos no se vengan nunca, antes al contrario vuelven bien por mal, salid de aquí, y voy a rogar a Dios por él». 

Entonces se prosternó Inés, la faz en tierra. Mientras estaba orando, se le apareció el ángel y le dijo: 

«Ten valor». 

Al momento aquel cuerpo inanimado recobró la vida. Aquel joven, resucitado por las oraciones de la Santa, sale de aquella casa y recorre las calles de Roma clamando: 

«No, no, amigos míos, no hay otro Dios que el de los cristianos; todos los dioses que nosotros adoramos no son más que demonios engañadores que nos arrastran al infierno». 

Sin embargo, a pesar de aquel gran milagro, no dejaron de condenarla a muerte. El lugarteniente del prefecto ordenó encender una gran hoguera, en la cual hizo arrojar a la Santa. Más las llamas se abrieron sin dañar a Inés, y en cambio, quemaron a los idólatras que habían acudido a aquel lugar para presenciar tales tormentos. Viendo el lugarteniente que el fuego la respetaba y no le causaba daño alguno, ordenó degollarla con la espada, a fin de quitarle de una vez la vida; más el verdugo se puso a temblar, como si él fuese el condenado a muerte...

Como, después de su muerte, sus padres llorasen su perdida, se les apareció y les dijo:

«No lloréis mi muerte; al contrario, alegraos de que haya yo alcanzado un tal grado de gloria en el cielo» 

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza 
(levemente cambiado)


poniedziałek, 8 października 2012

TRES DÍAS COMO TRES SIGLOS

- ¿Van inmediatamente al cielo los que mueren después de recibida la absolución, pero antes de haber plenamente satisfecho a la justicia de Dios? 

- No, señor; van al purga­torio, para satisfacer allí a la justicia de Dios y purificarse enteramente.

Catecismo Mayor N° 790 

Almas del purgatorio 
liberadas por la Virgen 
del Carmen,  
por Diego Quispe Tito, 
Museo de Brooklyn
Un hombre de mala vida fue visitado de nuestro Señor con una larga enfermedad, para que volviese sobre sí. Se le hacía de mal una enfermedad tan prolija y rogaba muy a menudo a Dios le sacase de la cárcel de este cuerpo. 

Se le apareció un ángel y le dijo de parte de Dios que escogiese de una de dos cosas, la que él quisiera: o quedarse otros dos años enfermo como estaba y luego volar al cielo, o morirse, luego deteniéndose tres días en el purgatorio. Atendiendo el bueno del enfermo a la brevedad que se había de detener en el purgatorio y pareciéndole muy penosa y larga aquella enfermedad, eligió la muerte con los tres días de purgatorio.

Se hizo así y habiendo estado no más que una hora en el purgatorio, le tornó a aparecer el ángel del Señor, el cual después de haberle consolado, le preguntó si le conocía? Dijo que no. 

— Pues yo soy — dice — el ángel del Señor que de su parte te di a escoger el venir acá o quedarte en aquella tu enfermedad por dos años.

A esto dijo la afligida alma: 

— No es posible que tú seas ángel de Dios, porque los ángeles buenos no pueden mentir, y el que me dijo esto mintió gravemente, pues habiéndome dicho que estaría aquí no más que tres días, he estado penando tantos años estas acerbísimas penas y no acabo de salir de ellas.

Le dijo el ángel: 

— Pues te hago saber que no ha más de una hora que estás en este lugar: de suerte que para cumplir los tres días te falta lo restante del tiempo.

Entonces replicó el alma: 

— Ruega, pues, al Señor, no mire mi ignorancia en haber escogido esto, y alcánzame de su divina misericordia que me vuelva a la vida de antes, que no digo yo dos años, mas todos los que el Señor fuere servido sufriré de buena gana aquella enfermedad.

Concedida su petición, y como había experimentado lo que se pasa en el purgatorio, tuvo por muy ligeros todos los dolores y trabajos de esta vida, y los llevó con mucha paciencia y alegría. 

Juan Eusebio Nieremberg SJ, Diferencia entre lo temporal y eterno. Desengaños de la vida con la memoria de la eternidad, postrimerías humanas y misterios divinos,
Barcelona 1856, pgs. 181-182.


OTRA VERSIÓN DEL MISMOTODAVÍA ESTÁ CALIENTE TU CUERPO EN LA TIERRA

Hablando un día sobre la gravedad de las penas del purgatorio, un famoso predicador puso el ejemplo de un piadoso cristiano, cuya enfermedad le hacía sufrir de tal manera, que constantemente rogaba a Dios que le librase de sus sufrimientos. Una noche, el enfermo soñó que se le aparecía un ángel y le decía:

— Vivirás todavía tres años sufriendo como sufres. Pero puedes elegir entre estos tres años de sufrimientos en la tierra y tres días de sufrimiento en el purgatorio.

El enfermo escogió los tres días y, una vez en el pur­gatorio, se le apareció de nuevo el ángel, para consolarle.

— Me dijiste que sufriría aquí tres días — le dijo el alma, — y estoy seguro de que llevo más de tres años su­friendo espantosamente.

— No lo creas — respondió el ángel. — Todavía está caliente tu cuerpo en la tierra. Apenas hace unos instan­tes que estás aquí.

Porque, así como en el cielo las épocas más dilatadas parecen momentos para los santos, en el purgatorio, la gravedad del sufrimiento hace que un instante se parezca a una eternidad.

Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables,
Editorial Herder, Barcelona 1962, N° 1861.










VENTANALES


El que quiera comer la nuez, tiene que romper la cáscara.
Anónimo 

Oyó hablar cierto provinciano de los artísticos ventanales de una catedral muy famosa, tanto que se resolvió a emprender un largo viaje para poder verlos. Pero cuando al final del fatigoso viaje se halló delante de la catedral y miró con gran curiosidad sus ventanales, exclamó con desilusión:
“¡En vano me he cansado! No hay en esas ventanas más que un montón de trozos de vidrio negro y algunas barras de plomo que describen curvas sin ton ni son.”

Por suerte le oyó uno de los habitantes de la ciudad, y, volviéndose a nuestro hombre, le dijo:
“Amigo, para apreciar las vidrieras, no se deben mirar desde fuera, a la luz del día, sino desde dentro del templo. Entre usted y se quedará sorprendido.”

Nuestro hombre siguió el consejo..., y quedó asombrado por la visión que se le ofrecía. Los trozos de vidrio que por fuera parecían negros, brillaban con preciosos colores; y las barras de plomo que desde fuera presentaban un aspecto caótico, aunaban armónicamente todo el conjunto...

Cfr. Mons. Tihamér Tóth, Padrenuestro

ARAÑA NEGRA

- ¿Qué nos enseña el séptimo artículo: DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS?
- El séptimo artículo del Credo nos enseña que al fin del mundo Jesucristo, lleno de gloria y majestad, vendrá del cielo para juzgar a todos los hombres, buenos y malos, y dar a cada uno el premio o el castigo que hubiere merecido.
Catecismo Mayor N° 126

Una vez un sastre acertó a encontrarse en una casa mientras que era llevado el Viático a un enfermo de la misma; los que estaban junto a dicho enfermo le rogaron que se arrodillase, mas él se negó; y soltó esta horrible blasfemia: 

-¿Yo arrodillarme? -dijo-. Respeto mucho más una araña, que es el más vil insecto, que a vuestro Jesucristo, a quien queréis que adore. 

¡De qué cosas es capaz aquel que ha perdido la fe! Mas Dios no dejó impune aquel pecado horrible: en el mismo instante, una grande araña negra descendió del techo y vino a posarse sobre la boca del blasfemo, y le picó en los labios, los cuales al momento se le hincharon, y murió al poco rato el infeliz. 

San Juan María Vianey, del Sermón del Jueves Santo


MILAGRO DE LOS MILAGROS DE LA VIRGEN DEL PILAR - EL COJO DE CALANDA

Rezar mi Rosario es mi más dulce ocupación y una verdadera alegría, porque sé que mientras lo rezo estoy hablando con la más amable y generosa de las madres. 
San Francisco de Sales


El Milagro de Calanda, pintura mural de Ramón Stolz Viciano

Miguel Pellicer, vecino de Calanda, 
tenía una pierna muerta y enterrada.

Así canta la copla (...) 

Pues aún hay algo más, algo mayor, algo más estupendo y resonante: la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, y después de dos años y medio, restituida, enlazada y apta para andar....

El hecho fue así: 

Miguel Pellicer era un joven natural del pueblo de Calanda, provincia de Teruel, diócesis de Zaragoza, hijo de Miguel Pellicer y de María Blasco, escasos de medios de fortuna. Por esa razón salió el joven un día cualquiera del año 1637 hacia Castellón, para trabajar con su tío, hermano de su madre, llamado Jaime Blasco, de oficio labrador. Pero una mañana, conduciendo un carro de bueyes, de estos que llaman carro chirrión, cayó el tal Miguel, y pasándole una rueda por encima de la pierna, se la dejó tan maltrecha que, conducido de hospital en hospital, al fin llegó al de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, donde se le amputó. Se le colocó otra de palo, y servido de unas muletas llegó a su casa de Calanda, pidiendo limosna por los caminos. Aquí, ante la general consternación de padres y hermanos, y para no agravar la necesidad de la misma, tuvo que dedicarse a mendigar, y así llegó a la ciudad de Zaragoza.

Lugar estratégico para pedir limosnas era la puerta del templo de Nuestra Señora del Pilar, y allí se colocaba él diariamente, solicitando de cuantos entraban y salían hasta ser conocido por todos. Tenía la devoción de entrar en el mismo templo y untarse el muñón vendado con aceite de las lámparas que pendían de las columnas, y que sabemos pasaban de ochenta. Así un día y otro día, un mes y otro mes, hasta dos meses y cinco meses, en que añorando la casa de sus padres, quiso volver a ella, montado en algún jumento que por caridad le dejaban. Lo recibieron éstos y él se disponía a pasar la vida de aquella forma, ya por los pueblos vecinos, ya en la puerta de la iglesia del Pilar.

Llegó la noche del 29 de marzo de 1640, y Miguel Pellicer, más fatigado que otros días por haber tratado de ayudar a los suyos, después de cenar se acostó con fuertes dolores en la pierna truncada. Algún tiempo más tarde lo hicieron los padres, y al cruzar por la estancia del hijo y contemplar su pobre camastro, miran con preocupación o indiferencia y prorrumpen en exclamaciones. El hijo, a través de los sencillos ropajes de la cama, asomaba dos pies, dos piernas completas y perfectas. A los gritos acudieron los hijos, subieron los vecinos, y todos quedaron atónitos ante el hecho evidente. Despiertan al mozo afortunado y le hacen ver la transformación de las dos piernas similares y paralelas, que él mira, palpa y comprueba...

El joven no supo dar más explicación que ésta: Que él se metió en la cama profundamente rendido; que pronto cogió el sueño, pero que en lugar de dormir soñaba estar en el templo de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, ungiéndose la pierna cortada con el aceite de las lámparas, como lo tenía por costumbre, y que al verse ahora con las dos piernas, tenía por seguro que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto... Todo ello se representa magníficamente en un cuadro o fresco de la basílica del Pilar de Zaragoza, debido al pintor Ramón Stolz. Allí se ve al joven en su camastro al pie del lecho de sus padres, la admiración de éstos al contemplar las dos piernas del hijo a la luz del candil, y en lo alto la Virgen del Pilar. Un ángel que sostiene la lámpara de aceite, otro que ofrece a la misma Imagen la muleta ya innecesaria, y todo en conjunto maravilloso, como fiel interpretación del milagro estupendo.

El arzobispo de Zaragoza, don Pedro Apaolaza, tomó cartas en el asunto y mandó incoar proceso jurídico de comprobación. Depusieron en el mismo el joven Miguel Pellicer, los padres, parientes, el Licenciado Estanga del Hospital que le cortó la pierna y así hasta treinta vecinos de Zaragoza. Y dice una de las crónicas que podían haber firmado los treinta mil que entonces tenía la ciudad, porque todos conocieron al joven Miguel cojo y con una sola pierna en la puerta del Pilar y lo vieron después sano y con dos piernas... Para mejor comprobar el hecho, se examinó el jardín del Hospital donde la pierna cortada se enterró y no apareció. Se observó que un ligero rasguño que el joven tuvo en dicha pierna volvía a llevarlo...

En fin, no podía dudarse: era la misma pierna truncada, muerta y enterrada dos años y medio hacía. Era la restitución de aquella pierna, era la vuelta a la vida de un miembro muerto y enterrado, era el Milagro de la Resurrección de la carne...

El arzobispo de Zaragoza ya citado, oídos los testigos, dictó la sentencia aprobatoria del milagro; el cura de Mazaleón, don Miguel Andréu, enterado del hecho, corrió a contemplarlo, y satisfecho del caso hizo firmar un Acta ante notario, que se llama el "Protocolo de Mazaleón", y para colmo de bienes el rey de España don Felipe IV llamó a Madrid al joven, contempló su pierna, pidió explicaciones del caso, y cuando se le dijo que todo era comprobado y que el Prelado de Zaragoza trabajaba en el proceso, cayó al suelo, tomó la pierna de Miguel Pellicer y la besó emocionado. Lo mismo hicieron los ministros adjuntos del Monarca y camaristas de palacio. La fama de este milagro se divulgó por el mundo, llegó hasta América, acrecentando la devoción de la Virgen del Pilar y fue objeto de una bibliografía, de una literatura, de una poesía y de un arte espléndidos. Hombres de ciencia, de medicina, de letras, de historia, de arte se ocuparon del mismo. Y así pasaron tres siglos, hasta el 29 de marzo de 1940 en que se celebraba el III Centenario coincidiendo con el XIX de la Venida de la Virgen a Zaragoza.

De entonces acá la casa de Miguel Pellicer se convirtió en iglesia, dedicada a la Virgen del Pilar; se la proclamó Patrona de la localidad, se solicitó Misa y Oficio propios, por el Barón de Castiel, ilustre calandino; se rezó cada año el 29 de marzo Vísperas, Maitines y Laudes por la noche, en la hora en que se supuso el Milagro, y Calanda ha sido desde entonces la villa afortunada que mereció recibir esa segunda Venida de la Virgen, como antes Zaragoza.

¿Faltaba algo más? Sí, faltaba la impronta extranjera, francesa para más garantía, y ésa llegó en el año 1958. Al celebrarse el primer Centenario de las apariciones de la Virgen en la cercana ciudad de Lourdes, los incrédulos de aquel país despotricaron contra lo que ellos llamaban superstición. Sólo creeremos cuando se dé el caso de un miembro amputado y restituido nuevamente al organismo... Entre los oyentes estaba el abate André Deroo, profesor de la Universidad de Lille, en la misma nación. Él pensó que en Francia nada había de aquello, pero sí en España, donde le sonaba algo... Ni corto ni perezoso vino a Zaragoza, visitó a la Virgen del Pilar, se informó, se llevó bibliografía, y después de nuevas visitas y consultas, publicó un libro que se titula: "L'homme à la jambe coupée ou le plus étonnant miracle de Notre Dame del Pilar". El hombre de la pierna cortada, o el más resonante milagro de la Virgen del Pilar. La obra se publicó en francés, se tradujo al español y se ha reeditado. De manera que no lo dudemos, porque no lo decimos los españoles, lo aseguran los franceses. El Milagro de Miguel Pellicer es el milagro más resonante y famoso de la Virgen del Pilar. El sólo basta para canonizar una advocación, una imagen y una Tradición.

Historia y milagros de la Virgen de Pilar, Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 91-96.


OTRA VERSIÓN MÁS CORTA: EL COJO DE CALANDA

La Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, realizó un portentoso milagro, restituyendo la pierna a Miguel Juan Pellicer. 

Miguel Juan Pellicer a finales de 1637 tuvo un accidente en Castellón de la Plana-España, pequeño pueblo, a donde fue a trabajar en compañía de su tío. Mientras laboraba, la carreta que era arrastrada por dos mulas (cargada de trigo), cayó al suelo pasándole una de las ruedas sobre la pierna derecha. Vanos fueron los esfuerzos que hicieron los médicos en un famoso hospital de Zaragoza por salvarle la pierna, no quedando otra alternativa que amputarle el miembro cuatro dedos por debajo de la rodilla. Después de efectuada la amputación, el practicante y otro compañero enterraron el resto de la pierna en el cementerio del hospital. 

Miguel Juan, después de varios meses de convalecencia, salió del hospital con una pata de palo y una muleta. Cerca de dos años estuvo en Zaragoza pidiendo limosna en la puerta del Pilar. Cuando sentía fuertes dolores en la herida cicatrizada, acostumbraba a untarse con el aceite de las lámparas de la Virgen. Asistía a misa todos los días y se confesaba y comulgaba cada ocho días, y sobre todo le rezaba devotamente a la Virgen. 

A comienzos de 1640 regresó a la casa de sus padres en Calanda (Terruel). Una noche, el 29 de marzo de 1640, después de una dura faena, regresó muy cansado a su casa, con fuertes dolores en la parte afectada. Su cama la encontró ocupada por un soldado de caballería, a quién su familia le había dado hospitalidad, no teniendo más remedio que recostarse en un “serón de esparto y un pellejo”, junto a la cama que ocupaban sus padres. 

Mientras dormía, Miguel Juan soñó que se untaba el “muñón” con aceite, en el Pilar. Al entrar sus padres en el aposento percibieron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil a ver a su hijo, y contempló llena de asombro que no tenía una, sino las dos piernas. Lo más extraordinario de este hecho, consistió en que era la misma pierna cortada, la que había sido restituida en la parte cicatrizada, porque cuando fueron a buscarla al lugar donde se encontraba enterrada, no hallaron nada. La Virgen había realizado el milagro más prodigioso y comprobado que se conoce.

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres, Reina, Señora y Madre, 
Guayaquil-Ecuador 22005, N° 11, 19.



EL PRECIO DEL SACRILEGIO


El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente.
Catecismo de la Iglesia católica 2120

Koryta, Polonia
Refiere en sus Anales el Cardenal Baronio, que en la villa de Lusignan, cerca de Poitiers, había un sujeto que manifestaba un gran desprecio por la persona de Jesucristo: escarnecía y menospreciaba a cuantos frecuentaban los Sacramentos; ridiculizaba su devoción.

Sin embargo, Nuestro Señor, que siempre prefiere la conversión a la pérdida del pecador, le había enviado con alguna frecuencia remordimientos de conciencia, bien veía que obraba mal y que aquellos de que se burlaba le aventajaban en felicidad; mas, en cuanto se le ofrecía una nueva ocasión, volvía a las andadas y, de esta manera, poco a poco, acabó por ahogar enteramente los remordimientos que Dios le enviaba.

Mas, para mejor disimularlo, procuró ganar la amistad de un santo religioso, el superior del monasterio de Bonneval, lugar muy cercano a su morada. Iba allí con frecuencia, y, aunque impío, hacía gala de aquélla amistad, y se creía hasta bueno cuando estaba con aquellos santos religiosos. El superior, que, andando el tiempo, se dio cuenta de lo que pasaba en el ánimo de aquel sujeto, le decía muchas veces:
«Mi querido amigo mío, veo que no tenéis el respeto que debierais a la presencia de Jesucristo en el adorable Sacramento del altar; y creo que, si queréis convertiros, no habrá más remedio que dejar el mundo y retiraros en un monasterio para hacer allí penitencia. Mejor que nadie sabéis vos cuántas veces habéis profanado los Sacramentos, manchándoos el alma con abominables sacrilegios; si llegaseis a morir, seríais arrojado al infierno por toda la eternidad. Creedme, pensad en reparar las profanaciones cometidas; ¿cómo podéis vivir en tan miserable estado?»

Aquel pobre hombre parecía escucharle y hasta aprovecharse de sus consejos, pues sentía, ciertamente, en su conciencia el peso de los sacrilegios; mas como le repugnaba aceptar algunos pequeños sacrificios, indispensables para su conversión, resultaba que, con todo y sus buenos pensamientos, continuaba siempre igual; y así sucedió que, cansándose Dios de su impiedad y de sus sacrilegios, le abandonó a sí mismo; y el pobre cayó enfermo.

El abad, sabiendo el mal estado en que se hallaba su alma, se apresuró a visitarle. Al ver el infeliz que aquel buen religioso, que era un santo, iba a verle, lloró de alegría, y, quizá concibiendo la esperanza de que rogaría por él y le ayudaría a sacar su alma del cenagal de sus sacrilegios, suplicó al abad que se quedase con él cuanto tiempo le fuese posible.

Llegó la noche y se retiraron todos menos el abad, que permaneció junto al enfermo. Aquel pobre infeliz se puso a dar gritos horribles, diciendo:
«¡Padre mío!, ¡socorredme! ¡venid en mi auxilio!» ¡Mas, ay! ¡no era ya tiempo oportuno! Dios le había abandonado en castigo de sus impiedades y sacrilegios. «¡Ah! ¡Padre mío, ved aquí dos espantosos leones que me están acechando! ¡Ah! ¡Padre mío, socorredme!»

El abad, lleno de espanto, se arrodilló para implorar misericordia, a favor del enfermo; mas era ya demasiado tarde, la justicia de Dios le había entregado al poder de los demonios. De repente, el enfermo cambió de voz hablando en tono más sosegado; se puso a conversar como una persona sana y en el pleno dominio de su espíritu: 
«Padre mío, le dijo, aquellos leones que ahora mismo estaban cerca de mí se han retirado».

Pero mientras estaban hablando familiarmente, el enfermo perdió la voz y quedó como muerto. Por tal lo tuvo el religioso, mas quiso presenciar el fin de todo aquello; decidió, pues, pasar el resto de la noche junto al enfermo.

Al cabo de un rato, aquel pobre infeliz volvió en sí, recobró la palabra, y dijo al superior: 
«Padre mío, acabo de ser citado al tribunal de Jesucristo, y, a causa de mis impiedades y sacrilegios, estoy condenado a arder en los infiernos».

Asustado el religioso, se puso a orar, intentando probar si quedaba aún algún recurso para lograr la salvación de aquel desgraciado, mas, viéndole rezar el moribundo, le dijo:
«Padre mío, dejad vuestras oraciones, Dios no os va a escuchar en nada de cuanto le digáis respecto a mí; los demonios me rodean, sólo están esperando el instante de mi muerte, que no tardará en llegar, para arrastrarme al infierno, en donde voy a arder por toda la eternidad».

De repente, sobrecogido de espanto, exclamó:
«¡Ah! Padre mío, el demonio se me lleva; adiós Padre mío, desprecié vuestros consejos y estoy condenado».

Y diciendo esto, vomitó su alma maldita a los abismos. Se retiró el superior llorando vivamente por la suerte de aquel desgraciado que desde su lecho acababa de caer en el infierno.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón del Jueves Santo


OTRO JUDAS

En un palacio de Venecia se puede contemplar, en grandes retratos, a todos los caudillos de la gran república. Un cuadro tras otro, en larga exposición... No hay más que un hueco, y es el sitio que corresponde a Marino Falieri, porque traicionó a la ciudad. ¿Cuál fue su castigo? Tapar con una cortina negra el puesto de honor que le debía corresponder a su retrato.
Mons. Tihamér Tóth


La muerte de Judas,
por James Joseph Jacques Tissot
(1836–1902)
Refiere el Papa Pío II que un caballero de la provincia de Ostia estaba continuamente atormentado por una tentación de desesperación que le inducía a ahorcarse, lo cual había intentado ya varias veces. Habiendo ido a entrevistarse con un santo religioso para exponerle el estado de su alma y pedirle consejo, el siervo de Dios, después de haberle consolado y fortalecido lo mejor que pudo, le aconsejó que tuviese en su casa un sacerdote que celebrase allí todos los días la santa Misa.

Le dijo el caballero que lo haría gustosamente. Al mismo tiempo fue a recluirse en un castillo de su propiedad; allí un sacerdote celebraba todos los días la santa Misa, que el caballero oía con la mayor devoción. Después de haber permanecido allí por algún tiempo con gran tranquilidad de espíritu, un día el sacerdote le pidió permiso para ir a decir la Misa en una iglesia vecina en la que se celebraba una festividad extraordinaria; el caballero no tuvo en ello inconveniente, pues se proponía ir también allí a oír la santa Misa. Mas una ocupación imprevista le retuvo, sin que de ello se diese cuenta, hasta el mediodía.

Entonces, lleno de espanto por haber perdido la santa Misa, cosa que no le acontecía nunca, y sintiéndose otra vez atormentado por su antigua tentación, salió de su casa, y se encontró con un lugareño que le preguntó dónde iba. «Voy, dijo el caballero, a oír la santa Misa.» «Es ya demasiado tarde, respondió aquel hombre, pues están todas celebradas.»

Fue aquélla una noticia muy cruel para el caballero, quien se puso a dar voces, diciendo: «¡Ay!, estoy perdido, pues se me escapó la santa Misa». El lugareño, que era amigo del dinero, al verle en aquel estado, le dijo: «Si queréis, os venderé la Misa que he oído y todo el fruto que de ella he sacado». El otro, sin reflexionar siquiera, lleno de pesar como estaba por haber faltado a la santa Misa contestó: «Pues sí, aquí tenéis mi capa».

Aquel hombre no podía venderle la santa Misa sin cometer un grave pecado.

Al separarse, el caballero no dejó, sin embargo, de proseguir su camino hacia la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al volverse a su casa, después de sus prácticas piadosas, halló a aquel pobre paisano colgado de un árbol en el mismo lugar donde le había aceptado su capa. Nuestro Señor, en castigo de su avaricia, permitió que la tentación del caballero pasase al avaro.

Movido por un tal espectáculo, aquel caballero dio gracias a Dios durante toda su vida, por haberle librado de un tan grande castigo, y no dejó nunca de asistir a la santa Misa a fin de agradecer a Dios tantas bondades. A la hora de la muerte confesó que desde que asistía diariamente a la santa Misa el demonio había dejado de inducirle a la desesperación.

San Juan María Vianey,
Extracto del Sermón sobre la Santa Misa

EL CONSUELO DE LA ORACIÓN - de los Cuentos de un peregrino ruso

La amorosa benevolencia de Dios para con nosotros es grande; sin embargo, nosotros, pecadores, somos indiferentes y no estamos dispuestos a conceder ni una sola hora a Dios en acción de gracias, y trocamos el tiempo del rezo, que es lo más importante, por los cuidados y ajetreos de la vida cotidiana, olvidando a Dios y nuestro deber.
(del Peregrino ruso)

Hieronymus Bosch, El Vagabundo
No teniendo ni padre ni madre, yo solía ir de niño con los pastores de nuestra aldea, y todo transcurrió felizmente hasta que tuve diez años. Entonces, un día traje el rebaño a casa sin reparar en que el mejor carnero del starosta, quiere decir del jefe de la comunidad aldeana, no estaba entre ellos. Y nuestro starosta era un hombre malo e inhumano. Cuando llegó a casa aquella tarde y vio que su carnero se había perdido, se precipitó hacia mí con insultos y amenazas. Si yo no iba y encontraba al carnero, juró que me molería a golpes, y dijo: «Te romperé los brazos y las piernas.»

Sabiendo lo cruel que era, salí tras el carnero, recorriendo los lugares donde el rebaño había pacido durante el día. Busqué y busqué durante más de media noche, pero no había ni rastro de él por ninguna parte. Y era una noche muy oscura, además, pues ya se acercaba el otoño. Cuando ya me había adentrado mucho en el bosque (y en nuestra región los bosques son interminables), una tormenta se desencadenó de repente. Parecía como si todos los árboles danzasen. A lo lejos, los lobos comenzaron a aullar. Me entró tal terror que los cabellos se me erizaron. Todo se hacía cada vez más horrible, tanto es así que estuve a punto de desplomarme de miedo y horror.

Entonces, caí de rodillas, me santigüé, y con todo mi corazón, dije: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí.» Tan pronto como hube dicho esto, me sentí absolutamente tranquilo y como si no hubiese pasado ninguna angustia. Todo mi miedo desapareció, y me sentí tan feliz en mi corazón como si hubiese sido transportado al cielo. Esto me hizo tan dichoso que, bueno, ya no paré de repetir la Oración. Aun hoy no sé si la tormenta duró mucho, ni cómo se fue la noche.

Cuando levanté la vista, el día ya llegaba, y yo aún estaba allí arrodillado en el mismo lugar. Me incorporé tranquilamente, vi que ya no iba a encontrar al carnero, y me fui a casa. Pero ahora todo estaba bien en mi corazón, y repetía la Oración a más no poder. Tan pronto como llegué a la aldea, el starosta vio que no había traído al carnero y me apaleó hasta dejarme medio muerto; me dejó este pie fuera de sitio, ¿veis? Tuve que guardar cama seis semanas, casi sin poder moverme, a resultas de esta paliza. Todo lo que sabía era que seguía repitiendo la Oración, y que esto me consolaba.

Cuando me recobré un poco, me fui a vagar por el mundo, y puesto que ir dando de empellones por entre la multitud no me interesaba, a la par que suponía mucha ocasión de pecado, recurrí a ir errante de un lugar santo a otro, y también por los bosques. Así es como he pasado casi cinco años ya. 


Cfr. Anónimo, Relatos de un peregrino ruso.

niedziela, 7 października 2012

LA CASULLA DE LA VIRGEN


Esforcémonos, pues, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a Ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida, sino el que Ella nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino. Vayamos siempre con esta nuestra querida Madre.
San Pío de Pietrelcina

Hay una leyenda sobre san Ildefonso, amante y fiel devoto de la Virgen, en la que se relata la visita y el celestial regalo de una casulla que le entregó la Virgen al Santo como premio y recompensa por el tratado que escribió en defensa suya sobre la “Perpetua Virginidad de María Santísima” en contra de las infamias y blasfemias que aparecieron en un libro escrito por unos herejes. La leyenda escrita por Santos Díaz Santillana en la parte que nos interesa textualmente dice:

“Todo Toledo acudió a la fiesta de la Virgen. El santo arzobispo se levantó a maitines y entró en la iglesia seguido de su clero. Pero, al penetrar en el templo la comitiva, todos se quedaron atónitos y asombrados. Una luz vivísima los deslumbró de tal suerte que, dejando caer las antorchas, retrocedieron despavoridos.

Quedó san Ildefonso rodeado de ángeles y resplandores. Una dulce armonía se escuchaba y un perfume suavísimo de gloria embalsamaba el ambiente. Y allí, sobre la misma ebúrnea cátedra desde donde el santo prelado solía predicar al pueblo las glorias de María, apareció la Señora, radiante, hermosísima, sonriente. Traía en sus divinas manos un presente prodigioso: una maravillosa casulla de seda y oro, refulgente de perlas y finas pedrerías, hecha por manos angélicas en los talleres del cielo.

-Bien has escrito de mí, Ildefonso -dijo la celestial Señora con voz incomparable-. Acércate, carísimo siervo de Dios; recibe de mis manos este don que traigo para ti del Tesoro de mi Hijo; úsale solo en el día de mi festividad. Y como siempre tuviste los ojos fijos en mí y el ánimo dispuesto a mi servicio, y ceñiste tus lomos con el cíngulo de la virginidad, y con la dulce elocuencia de tu labio derramaste en los corazones de los fieles mis glorias y loores; adórnate ya en esta vida de la túnica de la gloria para alegrarte después en mi morada con los demás siervos.

Cayó extático san Ildefonso al recibir la sagrada casulla, sonó de nuevo la dulce armonía de las legiones angélicas y se esparció por los ámbitos de la basílica suave humo de incienso, mientras los ojos de Ildefonso permanecían clavados en el ábside, como queriendo retener la visión que desaparecía…”

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres, Reina, Señora y Madre,
Guayaquil-Ecuador 22005, N° 11, 14.


LA LEYENDA DE TEÓFILO


Todo lo espero de mi dulce Madre María. Por eso le pido sin vacilaciones las gracias divinas de que es tesorera, los efectos de la misericordia que se desbordan de su corazón virginal y los favores temporales que sabe ella derramar a manos llenas sobre sus hijos.
Santo Hermano Miguel

Era Teófilo clérigo de buena y granada hacienda, de carácter
Virgen de Guadalupe
pacífico, de costumbres morigeradas. Vivía en paz de Dios, entregado al estudio y a las limosnas. Ocupaba la vicaría de su obispo, teniendo con esto notable consideración por parte de los demás clérigos y siendo por todos estimado y servido. Hacía grandes obras de caridad, vestía a los desnudos, acogía a los pobres romeros que llegaban ateridos en las tardes de crudo invierno, y a los penitentes que a él se acercaban siempre los conducía suave y amorosamente al buen camino. El obispo tenía por Teófilo gran cariño, pues se sabía de seguro auxiliado por vicario tan prudente, y todas las gentes de los contornos lo estimaban por sabio, por justo, por varón ejemplar.

Aconteció que la vida del obispo llegaba a su límite. Enfermó gravemente. Al fin murió y fue llorado por todos, y de manera especial por Teófilo. Éste fue quien organizó todo lo concerniente a los funerales y al sepelio, demostrando en ello tanta diligencia y buena voluntad como en todas las ocasiones.

Pasados algunos días, todos empezaron a decir que el sucesor del obispo muerto debía ser Teófilo, ya que ningún clérigo tenía tantos méritos de piedad, discreción y buen gobierno. Enviaron cartas al Metropolitano para que nombrase obispo a Teófilo, y, en efecto, los del Arzobispado mandaron llamar a nuestro clérigo para que aceptase la mitra. Llegado a donde estaba el arzobispo, éste dijo a Teófilo: «Es mi voluntad que aceptes el obispado; nadie como tú puede ocupar un puesto que tantas virtudes y cualidades exige».

Mas Teófilo rehusó modestamente, añadiendo que la aceptación sería en contra de su voluntad, pues él deseaba seguir en su sitio, sin aspirar a nada más.

Entonces los clérigos hicieron nueva elección y nombraron a otro para el obispado. Y éste tomó nuevo vicario, con lo que Teófilo se entristeció mucho. Y si bien nada aparentaba, su espíritu, abatido por la amargura ante lo que él creía una injusticia, empezó a llenarse de envidia. Y día tras día el mal sentimiento fue creciendo, al verse tratado muy distintamente de como lo fuera antes. Acabó su privanza en casa del obispo, y aquellos que lo habían respetado y venerado cuando podía hacerles favores, ahora le desdeñaban y hacían públicos desprecios. Entonces, henchido de rencor, perdida toda prudencia, el despecho le hizo cometer un enorme pecado.

En la ciudad en que vivía Teófilo se conocía a cierto judío por su habilidad en las malas artes de la magia. Era un falso truhán, tocado de malos vicios, ducho en encantamientos, brujerías y en todas las cosas de los hechiceros, y caminaba seguro, guiado por el espíritu malo. Era gran sabedor en dar malos consejos, y así, había hecho que muchas almas se perdiesen. Y los que a él acudían, viendo que siempre el viejo marrullero conseguía lo que ellos deseaban, le rendían ferviente adoración, sin comprender que era la mano de Satanás la que lo guiaba todo. Y a este hombre acudió el desdichado Teófilo.

Fue a visitarle y le contó todos los sucesos ocurridos desde la muerte del obispo, y de cómo su antiguo poderío y la consideración de que gozara se habían esfumado. El judío le contestó: «Si tú quieres creerme, yo te haré volver a tu antiguo estado; no tengas duda sobre esto, y todo se arreglará, si tú quieres firmemente que así sea.» «Por eso vine, ¡Oh maestro!», dijo Teófilo, ya convencido al ver la seguridad con que le hablaba su interlocutor. Éste le repitió que todo estaba seguro y que volviese a su casa. «Cuando lleguen las sombras de la noche, sal de tu morada sin que tu gente lo advierta; ven, llama a la puerta, y no hagas más.»

Teófilo, loco de alegría, volvió a su casa, y ya consideraba que todo estaba arreglado y que los malos tiempos pasarían para dar principio a una época de venturas, como aquella que él añoraba tanto. Cuando llegó la noche, salió sin que nadie lo viera; se dirigió a casa del judío, golpeó en la puerta y el truhán abrió presto. Lo saludó, y, después, tomándole de la mano, lo condujo fuera de la ciudad, hasta una encrucijada.

Llegados allí, le dijo: «No te santigües, veas lo que veas y no temas nada. Tu deseo se verá pronto cumplido.» Cuando el judío terminó, Teófilo vio cómo por el camino venía una procesión de gentes con cirios que despedían una vacilante luz. Los portadores de los cirios eran de feo y repulsivo aspecto: en medio de ellos venía su rey: el rey de la hueste antigua, el Maligno. El judío tomó al clérigo por la mano y lo llevó a una tienda, donde estaba asentado el rey, rodeado de otros que semejaban ser príncipes suyos. 


«¿Qué buscas y quién es ése que traes contigo?», preguntó el rey. «Señor, este hombre era vicario del obispo y de él recibió grandes honores; mas cuando murió y vino otro a ocupar la silla, fue quitado de su cargo y perdió todo lo que tenía. Por eso ha venido a caer a tus pies, para pedirte que tú, con tu poder, le restituyas lo que tenía y él sabrá corresponder adorándote y siendo buen vasallo.»

El diablo respondió: «No es vasallo mío, sino de Cristo. Que reniegue de su Señor, que siempre nos combate y vence; que reniegue también de Santa María, y que, haciendo la carta como es de rigor, ponga en ella su sello. Y entonces volverá a su antiguo lugar éste que ya será vasallo mío.» Teófilo consintió en todo esto.

Renegó de Jesucristo y de la Virgen, escribió la carta en que afirmaba su perjurio y se declaraba siervo de Satanás y puso en ella su sello. Partió de allí y volvió a su casa ya avanzada la noche, al cantar los gallos. Nadie había advertido su salida, sino Dios, a quien nada se oculta.

Mas perdió la sombra de su cuerpo, tomó mal color y empalideció. Pocos días después el obispo lo mandó llamar y le dijo: «En estos días, sin saber cómo, he venido a pensar que he cometido contigo gran injusticia al quitarte de vicario mío. Por eso he determinado restituirte en tu puesto y tus honores y proclamarlo así ante todos. Y también quiero pedirte perdón por el daño y perjuicios que te ocasioné con mi error.» «Señor -contestó Teófilo-, os agradezco de corazón lo que hacéis por mí y os perdono lo ocurrido.»

Y desde aquel día el respeto y la consideración de las gentes volvieron a Teófilo: el obispo le dispensaba grandes muestras de confianza y de todos los pueblos de la comarca venían mensajeros cargados de obsequios y portando cartas en las que todos los buenos cristianos daban fe de su amor y veneración al vicario. Y éste se tornó muy vanidoso y ufano.

Mas Cristo, que no descansa y que mira siempre por la salvación de todo pecador, por empedernido que esté, quiso traer a Teófilo por el camino del bien. Y, en efecto, le envió una enfermedad, que causó al clérigo perjuro grandes dolores de cuerpo y un adormecimiento del que no podría despertar. Mas, al fin, despejándose un poco su cabeza, comenzó a meditar en lo que le había ocurrido y sobre todo en lo que prometiera al diablo. Y cayendo en tierra, exclamó con dolor:
«¡Ay mezquino de mí, malhadado! He perdido el alma, y el cuerpo lo tengo lleno de lacerías. ¿Quién me derribó del otero al que subí? Jamás podré recobrar el bien para mi alma. Nadie querrá rogar a Dios por tan gran pecador como soy; moriré como quien yace en medio de la mar; no veo camino ni senda por donde pueda dirigir mis pasos con mediana ventura. Yo mismo me herí con mis manos; yo mismo maté mi alma y mi cuerpo. Ni me querrá oír la Virgen Gloriosa, pues renegué de Ella. Estoy perdido, y no tengo valedor. Mi traición es mayor aún que la de Judas; mi perdición, cual la de hombre alguno; y en el día del Juicio no vendrá nadie peor que yo. No hay nadie que me dé auxilio: sólo Santa María. A sus pies me echaré y, besando el suelo, pediré perdón.»

Y salió de su casa, fue a la iglesia y, tirándose en tierra, delante de la Santa Reina de los cielos, comenzó a rogar y a declarar, entre lágrimas, su enorme pecado:
«Señora, vale a esta alma mezquina. Estoy perdido y en medio del más sombrío desamparo; hice un mal encartamiento: puse mi sello en un mal papel, entregando así mi alma al pecado, humillándome ante el Espíritu Malo. Tú, Señora, Puerta del paraíso, Reina coronada, Señora verdadera, vuelve tus ojos a mí y ruega como has rogado por tanta gente dolorida.»

Éstas fueron las preces de Teófilo, y durante cuarenta días las repitió, tendido, noche y día con contrición afligida.

Sólo al día cuarenteno se compadeció el Señor y se le apareció la Virgen María, la cual le hizo grandes reproches por el pecado enorme de que ahora estaba arrepentido. «Hombre de mala ventura, ¿qué pides ni qué ruegas? Sobre hielo escribes, siembras en pedregal. Gran amargura me has dado; me has causado un gran enojo. Ni puedo acogerte, ni rogar a mi Hijo por ti. No eres siervo nuestro; renegaste de nosotros. Busca a tu señor; no a nosotros.»

Mas Teófilo, confesando su fe y su arrepentimiento, sollozó: «¡Válgame la penitencia que he de hacer y que hago! El arrepentimiento salvó a la santa Magdalena y a David, que cometió de un golpe tres pecados, y a los habitantes del pueblo de Nínive. Por esto te ruego, Señora, que me escuches.» La Santísima Virgen le contestó: «Don sucio, la carta que hiciste y que sellaste con tu propio sello está en un recóndito sitio del infierno guardada. Y mi Hijo no querrá descender al infierno a buscarla sólo porque tú ahora gimas y te arrepientas.»

Mas Teófilo, rogando de nuevo, dijo que la carta tornaría a él tan pronto lo mandase Cristo. Durante tres días aún hizo el pobre clérigo penitencia rigurosísima. Al fin, Santa María volvió a aparecérsele, diciéndole que había intercedido ante Cristo por él y que siguiera en la vía del arrepentimiento y de la penitencia.

Pero Teófilo volvió a rogar que le rescatase la carta, pues tenía en ella empeñada el alma. La Señora fue entonces ella misma a buscar la carta, y una noche después, estando Teófilo medio desvanecido y preso de gran dolor, despertó al sentir que había recibido un golpe. Era la carta, arrojada por la Virgen, que con su poder la había rescatado. Cayó entonces el clérigo de rodillas, entonando fervientes laudes y derramando lágrimas copiosas de gratitud.

Al otro día, por la mañana, Teófilo se dirigió a la iglesia. Era día de fiesta y de toda la comarca acudían los fieles. Había de oficiar el mismo obispo. Llegó Teófilo, y echándose a los pies de su piadoso superior, confesó su pecado. Contó cómo se había apartado de su vida anterior, llevado del pecado de envidia y de soberbia, y cómo había hecho pacto con el Espíritu Malo, rey de la hueste antigua, y ante el asombro del obispo, dijo que por intercesión de la Virgen Santísima había rescatado la carta en que pusiera su sello, y así la mostró.

El obispo se santiguó ante tan gran milagro, y, una vez que acabó la misa, hizo señal al pueblo para que no se marchase aún, y dijo:
«Oíd una grave historia, tal como no oísteis otra ninguna en vuestra vida; ved el poder del diablo y cómo se engañan los que no se guardan de él. A este canónigo nuestro lo movió un mal hombre, que lo llevó a buscar al diablo para que le restituyese en un puesto que perdió. El viejo enemigo lo supo engañar; hizo que renegase de Cristo y de la Santísima Virgen y que se prosternase ante él. Después le hizo firmar y sellar una carta. Y Dios misericordioso y Santa María se compadecieron de él, y la Gloriosa Virgen bajó al infierno a buscar el papel del pacto, que aquí en esta mano tengo, para que no dudéis de cuanto os digo.»

Todos se arrodillaron, dando gracias a la Madre Gloriosa; entonaron el Te Deum laudamus, y, después, habiéndose ordenado que se encendiera un gran fuego, el obispo echó a la hoguera la carta con el sello de Teófilo. Éste recibió entonces el Cuerpo del Señor, y, cuando lo hizo, una gran claridad salió de su cuerpo, ante el asombro de todos, que comprendieron que Dios había triunfado sobre Satanás. Mas Teófilo no se envaneció por ello, sino que, al contrario, entendiendo que el fin de sus días se aproximaba, hizo penitencia y repartió sus bienes entre los pobres. Pidió perdón a sus vecinos y éstos le perdonaron de buena voluntad. Y al tercer día de haberse quemado la carta, rindió su alma al Señor y en aquella misma iglesia fue enterrado.

Así acabó Teófilo en bienaventurado, habiendo enmendado su yerro por valimiento de la Santa Virgen.

Cfr. Antología de Leyendas de la Literatura Universal,
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor, Barcelona 1953.