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niedziela, 21 kwietnia 2013

EL IMPRENTERO DE COLONIA


Entonces oramos por los Santos Padres y Obispos que han muerto; y brevemente por todos aquellos que han dejado esta vida en nuestra comunión; creyendo que las almas de aquellos por quienes oramos reciben un gran alivio, mientras esta santa y tremenda víctima yace en el altar.
San Cirilo de Jerusalén

El Purgatorio del pintor venezolano
Cristóbal Rojas
William Freyssen da su testimonio de cómo su hijo y esposa recobraron la salud gracias a las Almas del Purgatorio. Un día le encargaron imprimir un librito sobre el Purgatorio. Cuando realizaba las tareas de corrección del texto, su atención fue captada por los hechos narrados en el libro. Por primera vez se enteró de las maravillas que las Santas Almas pueden obrar por sus amigos.

Por aquel tiempo su hijo cayó gravemente enfermo, y pronto su estado se volvió desesperante. Recordando lo que había leído acerca del poder de las Santas Almas, Freyssen hizo la promesa solemne de imprimir mil libritos a su propia expensa, con su firma impresa. Fue a la iglesia y, una vez dentro, hizo un voto solemne. En ese momento una sensación de paz y confianza inundaron su alma. A su retorno a casa, su hijo, que no podía tragar ni una gota de agua, pidió algo de comer. Al día siguiente estaba fuera de peligro y pronto, completamente curado.

Al mismo tiempo, Freyssen ordenó imprimir los libros del Purgatorio para ser distribuidos, sabiendo que la mejor forma de obtener ayuda para las almas sufrientes, era interesando a mucha gente sobre el tema. Nadie que sepa del sufrimiento de estas pobres almas, niega una oración a ellas.

El tiempo pasó, y una nueva tristeza se cernía sobre este imprentero. Esta vez su amada esposa cayó enferma y a pesar de todos los cuidados iba cada vez peor. Perdió el uso de razón y quedó casi completamente paralizada, de modo que los doctores no le daban muchas esperanzas.

El marido, recordando todo lo que las Almas del Purgatorio habían hecho por su pequeño hijo, corrió otra vez a la Iglesia y prometió solemnemente, como otrora, imprimir doscientos de los libros del Purgatorio, en principio, como urgente socorro de las Ánimas benditas. Imposible de relatar. La aberración mental de su esposa cesó, y comenzó a mover su lengua y extremidades. En un corto período estaba perfectamente sana.

Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, págs. 24-25. 
Audiolibro: https://gloria.tv/audio/o7kHAq5cKES
Ebook: https://gloria.tv/text/WhY8KXsmA6R

THE PRINTER OF COLOGNE

The celebrated printer of Cologne, William Freyssen, gives us the following account of how his child and wife were restored to health by the Holy Souls.

William Freyssen got the order to print a little work on Purgatory. When he was correcting the proofs, his attention was caught by the facts narrated in the book. He learned for the first time what wonders the Holy Souls can work for their friends.

Just at that time his son fell grievously ill, and soon the case became desperate. Remembering what he had read about the power of the Holy Souls, Freyssen at once promised to spread, at his own expense, a hundred copies of the book which his firm was printing. To make the promise more solemn, he went to the church and there made his vow. At once a sense of peace and confidence filled his soul. On his return home, the boy, who had been unable to swallow a drop of water, asked for food. Next day he was out of danger and soon completely cured.

At once, Freyssen ordered the books on Purgatory to be distributed, feeling sure that it was the best way to obtain help for the suffering souls, by interesting a hundred people in them. No one who knows what the Poor Souls suffer can refuse to pray for them.

Time passed, and a new sorrow fell to the share of the printer. This time his dear wife was stricken down and, despite every care, grew daily worse. She lost the use of her mind and was almost completely paralyzed, so that the doctor gave up all hope.

The husband, bethinking him of what the Holy Souls had done for his boy, again ran to the church and promised to distribute 200 of the books on Purgatory, begging in exchange the urgent succor of the Holy Souls.

Wonderful to relate, the mental aberration ceased, his wife's mind became normal, and she recovered the use of her limbs and of her tongue. In a short time she was perfectly restored to health.


LA DAMA DEL BRAZALETE DE ORO - THE LADY WITH A WIDE GOLD BAND

Caminaste por la calle y allí estaban: el látigo y el derramamiento de sangre. Recuerda por lo tanto que no hay duda: Ciertamente existe el infierno.
Czeslaw Milosz

En 1859 refería yo el hecho anterior [el del conde Orloff] a un distinguido sacerdote, superior de una importante comunidad.
Mgr. de Segur relates a second fact, which he regards as alike free from doubt, He had learned it in 1859, of a most honorable priest, and Superior of an important community.
Es espantoso —me decía—, pero no me sorprende extraordinariamente. Los hechos de esta clase son menos raros de lo que se piensa; sólo que hay siempre más o menos interés en guardarlos secretos, ya por el honor del «aparecido» ya por el de su familia. Por mi parte, ved lo que de origen seguro he sabido hace dos o tres años por un pariente muy cercano de la persona a quien acaeció. En este momento en que os hablo (Navidad de 1859), vive aun esa señora, que tiene poco más de cuarenta años de edad.
This priest had the particulars of it from a near relation of the lady of whom it had happened. At that time, Christmas Day, 1859, this person was still living, and little over forty years.
Se hallaba en Londres en el invierno de 1847 a 1848. Era viuda, de casi veintinueve años de edad, mundana, rica y hermosa. Entre los elegantes que frecuentaban sus salones, se distinguía un joven lord, cuyas galanterías la comprometían singularmente, y cuya conducta por otra parte no era edificante.
She chanced to be in London in the winter of 1847-48. She was a widow, about twenty-nine years old, quite rich and worldly. Among the gallants who frequented her salon, there was noticed a young lord, whose attentions compromised her extremely, and whose conduct, besides, was anything but edifying!
Una tarde, o más bien una noche (pues era más de media noche), estaba nuestra viuda leyendo en su cama no se qué novela, esperando el sueño. Suena la una en su reloj, y apaga su bujía. Iba a dormirse, cuando con gran asombro notó que una luz pálida, que parecía salir de la puerta del salón, se esparcía poco a poco por su aposento y aumentaba por instantes. Pasmada, abrió cuanto podía los ojos, ignorando lo que significaba aquello. Empezaba a asustarse, cuando ve abrirse lentamente la puerta del salón y entrar en su cuarto el joven lord, cómplice de sus desórdenes. Antes de que pudiera decirle una sola palabra, estaba ya cerca de ella, la tomaba del brazo izquierdo, y con ronca voz le decía en ingles: «Hay un infierno». El dolor que sintió la señora en el brazo fue tan grande, que perdio el conocimiento.
One evening, or rather one night, for it was close upon midnight, she was reading in her bed some novel, coaxing sleep. One o'clock struck by the clock; she blew out her taper. She was about to fall asleep when, to her great astonishment, she noticed that a strange, wan glimmer of light, which seemed to come from the door of the drawing-room, spread by degrees into her chamber, and increased momentarily. Stupefied at first, and not knowing what this meant, she began to get alarmed, when she saw the drawing-room door slowly open and the young lord, the partner of her disorders, entered her room. Before she had time to say a single word, he seized her by the left wrist, and with a hissing voice, syllabled to her in English: "There is a hell!" The pain she felt in her arm was so great that she lost her senses.
Cuando volvió en sí, media hora después, llamó a su camarera, la cual al entrar percibió un fuerte olor de cosa quemada, y acercándose a su señora, que apenas podía hablar, le vio en la muñeca una quemadura tan profunda, que descubría el hueso y la carne casi consumida; quemadura que tenía de largo una mano de hombre: además advirtió que desde la puerta del salón hasta la cama, y de esta a la referida puerta, la alfombra tenía impresa las pisadas de un hombre que habían quemado la tela de parte a parte. Por orden de la dama abrió la puerta del salón, y había también huellas en las alfombras.
When, half an hour after, she came to again, she rang for her chamber-maid. The latter, on entering felt a keen smell of burning. Approaching her mistress, who could hardly speak, she noticed on her wrist so deep a burn, that the bone was laid bare, and the flesh almost consumed; this burn was the size of a man's hand. Moreover, she remarked that, from the door of the saloon to the bed, and from the bed to that same door, the carpet bore the imprint of a man's steps, which had burned through the stuff. By the directions of her mistress, she opened the drawing-room door: there, more traces were seen on the carpet outside.
Al día siguiente la desgraciada señora supo horrorizada que aquella misma noche, hacia la una de la madrugada, el lord había sido encontrado embriagado en la mesa, que sus criados lo habían trasladado a su gabinete, y que había expirado en sus brazos.
The following day, the unhappy lady learned with a terror easy to be divined that, on that very night, about one o'clock in the morning, her lord had been found dead drunk under the table, that his servants had carried him to his room, and that there he had died in their arms.
Ignoro, añadió el superior, si esta terrible lección ha convertido de veras a la desgraciada; pero lo que sé es que vive todavía, y que para ocultar a las miradas la huella de su siniestra quemadura, lleva en el brazo izquierdo, a manera de brazalete, una larga cinta de oro, que no se quita de día ni de noche.
I do not know, added the Superior, whether that terrible lesson converted the unfortunate lady, but what I do know, is that she is still alive, and that to conceal from the sight the traces of her ominous burn, she wears on the left wrist, like a bracelet, a wide gold band, which she does not take off day or night.
Repito que me suministró estos detalles un pariente cercano de ella, formal cristiano, a cuya palabra doy el más completo crédito”.
I repeat it, I have all these details from her near relation, a serious Christian, in whose word I repose the fullest belief.
A pesar del velo con que se ha cubierto y ha debido cubrirse esta aparición, me parece imposible que se ponga en duda su indisputable autenticidad. Ciertamente no será la dama del brazalete quien necesite que se le pruebe que hay realmente un infierno.
They are never spoken of, even in the family; and I only confide them to you, suppressing every proper name. Notwithstanding the disguise beneath which this apparition has been, and must be enveloped, it seems to me impossible, adds Mgr. de Segur, to call in doubt the dreadful authenticity of the details.
Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, Editorial ICTION,
Buenos Aires 1980, pgs. 48-50.
Rev. Father Francois Xavier Schouppe,
The Dogma of Hell, Illustrated by Facts
Taken from Profane and Sacred History.

La tentación de San Antonio (c. 1475), de Martin Schongauer (1448-1491)

sobota, 20 kwietnia 2013

DOS OJUELOS DE AZABACHE

Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión [...]. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro.
(San Bernardo, Hom. en la Asunción de la B. Virgen María, 1, 7-8)

Virgen de Fátima
Muy entrada la noche, absuelvo al último hombre que se arrodilla a mis pies para obtener del Ministro del Señor el perdón de sus pecados.

Le veo descalzo y con el rostro extraordinariamente fatigado. Es aún joven — de 25 a 30 años — y se levanta del suelo con dificultad. Le animo y, dándole mi mano para ayudarle, le pregunto:

— Ha venido de muy lejos, ¿verdad?
— De Trás-os-Montes, al otro lado de Mogadouro.

Reconstruyo en espíritu el mapa de Portugal: Trás-os-Montes... es la provincia que más al norte está, al lado del Miño...

— ¿Está muy lejos?...  Unos doscientos, unos trescientos kiló­metros... ¿No es eso?...
— Unas cincuenta leguas — me responde, acostumbrado a calcular por las medidas antiguas. 
— Pero, ¿no habrá venido a pie todo el camino?
— Pues sí... Ya ve, era una promesa... «Habíamos prometido, yo y mi mujer, venir acá a pie si Nuestra Señora nos curaba a la hijita, que estaba ciega del todo y que los médicos no tenían esperanza de poder curarla. Nació así la niña... y ¡ahora ve!...».

Y una lágrima se deslizó por sus quemadas mejillas.

— Hacíamos una novena y todas las noches le arrojábamos en los ojos unas gotitas del agua milagrosa. El último día, cuando más descuidados estábamos, paso delante de ella y noto que vuelve la cabecita para seguirme con la vista... Me quedé como loco y me puse a llamar a gritos a mi mujer, que estaba fuera gobernando el ganado: María, ven acá, que la Virgen ya nos ha escuchado. Nuestra nena tiene vista. Y acá hemos venido. Esperamos unos días y nos pusi­mos en camino con la esperanza de llegar para el día 12. Y así ha sido.
— ¿Han tardado mucho en el viaje?
— ¡Ocho días! Hemos andado unas seis leguas por día. Por todas partes hemos encontrado gente buena. Siempre hemos tenido un pajar donde dormir. Una vez hasta hubo quien nos ofreció cena y cama. ¡Que Nuestro Señor les pague! Sólo la última noche hemos tenido que dormir a la intemperie, pero ya pasó... Fue en un pinar entre Pombal y Leiria.
— ¿Y comida? ¿La trajeron?
— ¿Comida?... Nuestro panecillo de centeno y nada más... Únicamente para la nena compramos algunas cosillas en las tiendas... Y acá llegamos...

El sonido del órgano que acompaña el «O salutaris Hostia» del segundo turno de la adoración, el primero acabada de terminar, eran las dos de la madrugada, interrumpió el coloquio. Cuando nos dirigíamos hacia la explanada de delante de la Basílica, a tomar parte en esa Hora Santa, veo a una mujer que, también descalza, se acerca a mi compañero, trayendo una niña en los brazos.

— Acá están ellas — me dijo a guisa de presentación.

Enternecido, puse la mano sobre la cabeza de la niña milagrosa­mente curada. Dos ojuelos de azabache relucían en el fondo de una especie de capuz, y de las ropas sale una manecita que se extiende para cogerme la barba.

A los tres nos saltan las lágrimas...

João de Marchi, Era una Señora más brillante que el sol…,
Cova da Iria 31972, p. 28-29.

piątek, 19 kwietnia 2013

UNA AVENTURA EN LOS APENINOS


Una sola misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil misas celebradas por la misma intención, después de la muerte. 
San Anselmo

Escultura barroca de Dupar,
Beniaján (España)
Un grupo de sacerdotes fueron convocados a Roma para tratar un asunto de gravedad. Eran portadores de importantes documentos, y una gran suma de dinero les fue confiada para el Santo Padre. Atentos al hecho que los Apeninos, los cuales habían de cruzar, estaban infestados de forajidos, eligieron un guía de confianza. No había por aquel entonces túneles ni trenes para cruzar las montañas.

Se encomendaron a la protección de las Ánimas Benditas del Purgatorio, y decidieron recitar el De Profundis cada hora por ellas.

Cuando llegaron al corazón de las montañas, el que iba adelante de todos dio la voz de alarma a la vez que espoleaba a los caballos a todo galope. Mirando alrededor, los sacerdotes vieron a ambos lados del sendero fieras bandas de forajidos fuertemente armados y apuntándoles. Se encontraban en una emboscada a merced de los delincuentes.

Después de una hora de temerario avance, el guía paró y mirando a los sacerdotes, dijo: "No puedo entender cómo escaparon. Esta gente nunca perdona a nadie".

Los padres estaban convencidos que debían su seguridad a las Santas Almas, como luego se confirmaría con un hecho que disiparía toda duda.

Cuando concluyeron su misión en Roma, uno de ellos fue destinado a la Ciudad Eterna, como capellán de una prisión. No mucho después, uno de los más feroces bandidos en Italia fue capturado, y condenado a muerte por una larga serie de asesinatos y esperaba la ejecución en su celda.

Ansioso de ganar su confianza, el capellán le contó sus aventuras, entre ellas las de los Apeninos. El criminal manifestó gran interés en la historia. Cuando terminó el curita su relato, el asesino exclamó: "¡YO FUI el líder de esa banda! Estábamos seguros de que ustedes portaban dinero y habíamos decidido matarlos y saquearlos. Pero una fuerza invisible nos impidió disparar, queríamos hacerlo, pero no podíamos".

El capellán luego le contó al delincuente cómo se habían encomendado a la protección de las Almas del Purgatorio, y que ellos atribuían su liberación a su protección.

El bandido no tuvo dificultad en creer. De hecho, hizo su conversión mucho más fácil. Murió con arrepentimiento.

Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, págs. 22-23.


AN ADVENTURE IN THE APENNINES

A group of priests was called to Rome to treat of a grave business matter. They were bearers of important documents, and a large sum of money was entrusted to them for the Holy Father. Aware that the Apennines, over which they had to pass, were infested by daring bandits, they chose a trusty driver. There was no tunnel through the mountains nor train in those days.

They placed themselves under the protection of the Holy Souls and decided to say a De Profundis every hour for them.

When right in the heart of the mountains, the driver gave the alarm and at the same time lashed the horses into a furious gallop. Looking around, the priests saw fierce bandits at each side of the road with rifles aimed, ready to fire. They were amazed that no shot rang out. They were completely at the mercy of the bandits.

After an hour's headlong flight, the driver stopped and, looking at the priests, said: "I can not understand how we escaped. These desperadoes never spare anyone."

The Fathers were convinced that they owed their safety to the Holy Souls, a fact that was afterwards confirmed beyond doubt.

When their business was concluded in Rome, one of their number was detained in the Eternal City, where he was appointed chaplain to a prison. Not long after, one of the fiercest brigands in Italy was captured, condemned to death for a long series of murders and was awaiting execution in this prison.

Anxious to gain his confidence, the chaplain told him of several adventures he himself had had and, finally, of his recent escape in the Apennines. The criminal manifested the greatest interest in the story. When it was ended, he exclaimed: "I was the leader of that band! We thought that you had money and we determined to rob and murder you. An invisible force prevented each and all of us from firing, as we assuredly would have done had we been able."

The chaplain then told the brigand of how they had placed themselves under the protection of the Holy Souls, and that they ascribed their deliverance to their protection.

The bandit found no difficulty in believing it. In fact, it made his conversion more easy. He died full of repentance.


(Paul O’Sullivan, Read me or rue it)

CÓMO UN NIÑO POBRE LLEGÓ A OBISPO, A CARDENAL Y A SANTO - HOW A POOR BOY BECAME A BISHOP, A CARDINAL, AND A SAINT

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho.
San Agustín de Hipona

San Pedro Damián perdió a su padre y madre apenas nació. Uno de sus hermanos lo adoptó, pero lo trataba con aspereza, forzándolo a trabajar muy duro y alimentándolo muy mal y con escasa ropa.

Un día encontró una moneda de plata, que representaba para él una pequeña fortuna. Un amigo le aconsejó que la usara para sí mismo, pues el dueño no podría ser hallado.

Para Pedro era difícil establecer en qué la gastaría, ya que tenía todo tipo de necesidades. Pero cambiando de pensar, decidió que lo mejor que podía hacer era pedir una misa por las almas del purgatorio, en especial por las almas de sus queridos padres. A costa de un gran sacrificio, transformó su pensamiento en hechos y las misas fueron ofrecidas.

Las almas del purgatorio devolvieron su sacrificio generosamente. A partir de ese día notó un gran cambio en su destino.

Su hermano mayor lo llamó a la casa donde él vivía, y horrorizado por el maltrato que padecía, lo llevó a vivir consigo. Lo trató como a su propio hijo, y lo educó y cuidó con el más puro afecto. Bendición sobre bendición, los más maravillosos talentos de Pedro salieron a la luz, y fue rápidamente promovido al sacerdocio; algún tiempo después fue elevado a la dignidad de obispo, y finalmente, a cardenal. Además, muchos milagros atestiguan su santidad, tanto, que luego de su muerte fue canonizado y declarado Doctor de la Iglesia.

Estas maravillosas gracias vinieron a él después de una misa ofrecida por las santas almas.
(Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo)


HOW A POOR BOY BECAME A BISHOP, A CARDINAL, AND A SAINT

St. Peter Damian lost both father and mother shortly after his birth. One of his brothers adopted him, but treated him with unnatural harshness, forcing him to work hard and giving him poor food and scanty clothing.

One day Peter found a silver piece, which represented to him a small fortune. A friend told him that he could conscientiously use it for him self, as the owner could not be found.

The only difficulty Peter had was to choose what it was he most needed, for he was in sore need of many things. While turning the matter over in his young mind, it struck him that he could do a still better thing, viz., have a Mass said for the Holy Souls in Purgatory, especially for the souls of his dear parents. At the cost of a great sacrifice, he put this thought into effect and had the Mass offered.

The Holy Souls repaid his sacrifice most generously. From that day forward a complete change became noticeable in his fortunes.

His eldest brother called at the house where he lived and, horrified at the brutal hardships the little fellow was subjected to, arranged that he be handed over to his own care. He clad him and fed him as his own child, and educated and cared for him most affectionately. Blessing followed upon blessing. Peter's wonderful talents became known, and he was rapidly promoted to the priesthood; sometime after he was raised to the episcopacy and, finally, created Cardinal. Miracles attested his great sanctity, so that after death he was canonized and made a Doctor of the
Church.

These wonderful graces came to him after that one Mass said for the Holy Souls.

(Paul O’Sullivan, Read me or rue it)


czwartek, 18 kwietnia 2013

CÓMO UNA NIÑA ENCONTRÓ A SU MADRE


Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro. 
(San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)

Purgatorio, por Annibale Carracci
En Francia, una pobre niña sirvienta llamada Jeanne Marie escuchó una vez un sermón sobre las santas almas, que dejó una impresión indeleble en su mente. Profundamente movida por el pensamiento del intenso e incesante sufrimiento que soportaban las pobres almas, se horrorizaba al ver cuán cruelmente eran olvidadas y dejadas de lado por sus amigos de la tierra.

Otra cosa que la impresionó profundamente es oír que hay muchas almas que están tan cerca de su liberación, que una sola misa sería suficiente para ellas; pero que son retenidas largo tiempo, hasta años, sólo porque este último y necesario sufragio fue olvidado o negado.

Con una fe simple, Jeanne Marie resolvió que, costara lo que costara, ella ofrecería una misa por las pobres almas cada mes, especialmente por las más cercanas al cielo. Ella ahorraba un poquito, a veces con dificultad, pero nunca falló en su promesa.

En una ocasión fue a París con su patrona, y cayó enferma, viéndose obligada a ir al hospital. Desafortunadamente, la enfermedad resultó ser de largo tratamiento, y su patrona tuvo que regresar a casa, deseando que su mucama pronto se reuniera con ella. Cuando al final la pobre sirvienta pudo dejar el hospital, allí había dejado todos sus ahorros, de manera que sólo le quedaba en la mano un franco.

¿Qué hizo? ¿A dónde ir? De repente, un pensamiento cruzó su mente y se acordó que no había ofrecido ese mes una misa en favor de las pobres almas. ¡Pero tenía sólo un franco! Apenas le alcanzaría para comer. Como confiaba en la ayuda de las almas del purgatorio, fue hasta una iglesia y pidió hablar con un sacerdote, para que ofreciera una misa en sufragio de las almas del purgatorio. El sacerdote aceptó, sin imaginarse que la modesta suma que la niña ofreció era el único dinero que ella poseía. Al terminar el Santo Sacrificio, nuestra heroína dejó la iglesia. Una cierta tristeza nubló su rostro, y se sintió totalmente perpleja.

Un joven caballero, tocado por su evidente decepción, le preguntó si tenía algún problema y si podía ayudarla. Ella le contó su historia brevemente, y finalizó diciendo cuánto deseaba trabajar.

De alguna manera se sintió consolada por la forma en que el joven la escuchaba, y recobró la confianza.

"Será un placer ayudarte", dijo. "Conozco una dama que en este momento está buscando una sirvienta. Ven conmigo". Y dicho esto le guió hasta una casa no muy lejos de allí y le pidió que ella tocara el timbre, asegurándole que encontraría trabajo.

En respuesta al toque de timbre, la dama de la casa abrió ella misma la puerta y preguntó a Jeanne Marie qué quería. "Señora -dijo ella-, me dijeron que usted está buscando una mucama. No tengo trabajo y me agradaría tener el puesto".

La dama estaba perpleja y replicó: "¿Quién pudo haberte dicho que necesitaba una mucama? Hace sólo un par de minutos que acabo de despedir a la que tenía, ¿acaso te has encontrado con ella?"

"No, señora. La persona que me informó que usted necesitaba una mucama fue un joven caballero".

"¡Imposible! -exclamó la señora-, ningún joven, de hecho nadie, pudo haberse enterado que necesitaba una mucama".

"Pero, señora -dijo la niña, apuntando un cuadro en la pared-, ése es el hombre que me lo dijo".

"¡No, mi niña, ese es mi único hijo, que ha muerto hace ya más de un año!"

"Muerto o no -aseguró la niña-, él fue el que me trajo hasta aquí, y aún me guió hasta la puerta. Vea la cicatriz en la frente. Lo reconocería donde fuera".

Luego, le contó toda la historia, con su último franco, y de cómo ella obtenía misas por las santas almas, especialmente por las más cercanas al cielo.

Convencida al final de la veracidad de la historia de Jeanne Marie, la dama la recibió con los brazos abiertos. "Ven, pero no como mi sirvienta, sino como mi querida hija. Tú has enviado a mi queridísimo hijo al cielo. No tengo duda que él fue el que te trajo a mí".

Fuente: Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, p. 20-21.

EL AMIGO DEL CONDE ORLOFF


¡Para salvarse es necesario creer; para condenarse, no! El infierno no es la prueba de que Dios no ama, sólo que existen hombres que no quieren amar a Dios, ni ser amados por Él. Nada más.
(Giovanni Pastorino)

Monseñor de Segur
(1820-1881)
 
Era en Rusia, en Moscú, poco tiempo antes de la horrorosa campaña de 1812. Mi abuelo materno, el conde de ROSTOPHINE, gobernador militar de Moscú, estaba íntimamente relacionado con el general conde Orloff, célebre por su bravura, pero tan impío como valiente.

Un día, después de una buena cena, rociada con copiosos brindis, el conde Orloff, y uno de sus amigos, el general V…, volteriano como él, empezaron a burlarse horriblemente de la religión, y sobre todo del infierno.

—Y ¿si por acaso —dice Orloff—, si por acaso hubiese realmente algo detrás de la cortina?...
— ¡Y bien!— replica el general V…, aquel de nosotros que se irá primero, volverá a advertir al otro. ¿Esta convenido?
—¡Excelente idea! —responde el conde Orloff, y ambos, bien que medio achispados, se dieron formal palabra de honor de no faltar a lo prometido.

Algunas semanas después estalló una de aquellas grandes guerras que Napoleón tenía el don de suscitar entonces; el ejército ruso entró en campaña, y el general V… recibió la orden de partir inmediatamente para tomar un mando importante.

Dos o tres semanas hacía que había dejado Moscú, cuando una mañana muy temprano, estando mi abuelo arreglándose, se abre bruscamente la puerta de su cuarto. Era el conde Orloff, en traje de casa, con chinelas, erizados los cabellos, con hosca mirada, pálido como un muerto.

—¡Ah! Orloff, ¿sois vos? ¿a esta hora y en semejante traje? ¿Qué tenéis, pues? ¿Qué ha sucedido?
—Querido mío— responde el conde Orloff— creo que me vuelvo loco; acabo de ver al general V...
—¿Al general V…? ¿Ha vuelto, pues?
—¡Oh! no, —replica Orloff, echándose sobre un canapé y poniendo ambas manos en su cabeza—,
no, no ha vuelto; y esto es lo que me atemoriza.

Mi abuelo no comprendía nada y procuraba calmarlo.

—Referidme, le dice, lo que os ha pasado y qué quiere decir todo esto.

Entonces, esforzándose por dominar su emoción, el conde Orloff profirió lo siguiente:

—Mi querido Rostopchine, algún tiempo atrás V... y yo nos juramos recíprocamente que el primero de los dos que muriese vendría a decir al otro si existe algo detrás de la cortina. Esta mañana, hará apenas media hora, estaba tranquilamente en la cama, despierto hacía mucho tiempo, sin pensar ni por asomo en mi amigo, cuando de repente se abren bruscamente las cortinas de mi alcoba, y veo a dos pasos de mi al general V…, de pie, pálido, con la mano derecha sobre su pecho, diciéndome:

“¡Hay un infierno, y estoy en él!”

y desapareció. En seguida he venido a encontraros. ¡La cabeza se me va! ¡qué cosa tan extraña! ¡yo no sé qué pensar!

Mi abuelo lo calmó como pudo, pero no era cosa fácil. Le habló de alucinaciones, de pesadillas, le dijo que quizás dormía; que hay cosas muy extraordinarias, inexplicables; y otras vaciedades de este género, que son el consuelo de los incrédulos. Después hizo enganchar sus caballos y llevar al conde Orloff a su habitación.

Diez o doce días después de este extraño incidente, un correo del ejército llevaba a mi abuelo, entre otras noticias, la de la muerte del general V… ¡En la mañana misma del día en que el conde Orloff lo había visto y oído, a la misma hora en que se le había aparecido en Moscú, el infortunado general, habiendo salido para reconocer la posición del enemigo, una bala atravesaba su pecho y caía yerto!...

“¡Hay un infierno, y estoy en él!”

He aquí las palabras de uno que de él ha vuelto.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, p. 45-47.

LA CORTESANA DE NÁPOLES


La mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe.
(Faustina Kowalska)

San Francisco de Jerónimo
San Francisco de Girolamo, célebre misionero de la Compañía de Jesús a principios del siglo dieciocho, había estado encargado de dirigir las Misiones en el reino de Nápoles. Un día que predicaba en una plaza de dicha ciudad, algunas mujeres de mala vida, que había reunido una de ellas llamada Catalina, se esforzaban en interrumpir el sermón con sus cantos y sus ruidosas exclamaciones, para obligar al Padre a retirarse; pero este continuó su discurso, sin dar a conocer que advirtiese sus insolencias.

Algún tiempo después volvió a predicar en la misma plaza. Viendo cerrada la puerta de la habitación de Catalina y en profundo silencio toda la casa, ordinariamente tan alborotada:

—¿Qué es lo que ha sucedido a Catalina? —dijo el Santo.
—¿No lo sabe vuestra paternidad? La desdichada murió ayer, sin poder pronunciar palabra.
—¿Catalina ha muerto? —replica el Santo—, ¿ha fallecido repentinamente? Entremos y veamos.

Se abre la puerta, sube el Padre la escalera, y entra, seguido de la multitud, en la sala en que estaba tendido en tierra el cadáver encima de un paño, con cuatro cirios, según costumbre del país. Lo mira algún tiempo con espanto, y después le dice con voz solemne:

—Catalina, ¿dónde estás ahora?—. El cadáver permaneció mudo, pero el Santo repitió:

—Catalina, dime, ¿dónde estás ahora?... Te mando me digas dónde estás.

Entonces con gran pasmo de todo el mundo, se abrieron los ojos del cadáver, sus labios se agitaron convulsivamente, y con voz cavernosa y profunda responde:

—En el infierno! !estoy en el infierno!

A estas palabras los asistentes huyen atemorizados, y baja con ellos el Santo, repitiendo “!En el infierno! !oh Dios terrible! !en el infierno! ¿lo habéis oído? !en el infierno!”

La impresión de este prodigio fue tan viva, que un buen número de los que lo presenciaron no se atrevieron a volver a sus casas sin haber ido a confesarse.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, p. 43-44.

EL JOVEN RELIGIOSO DE SAN ANTONINO

Cada pecador enciende en sí la flama de su propio fuego; no es sumergido en un fuego encendido por otros que existieron antes que él. La materia que alimenta este fuego son nuestros pecados.
(Orígenes)

Representación del sexto círculo
del infierno de Dante, por Doré
El sabio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho [no menos] terrible que hacia la mitad del siglo quince había aterrorizado a todo el norte de Italia. Un joven de buena familia, que a los dieciséis o diecisiete años había tenido la desgracia de callar en la confesión un pecado mortal y de comulgar en este estado, había diferido de semana en semana, de mes en mes la confesión de sus sacrilegios, continuando sus confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado por los remordimientos, procuraba acallarlos haciendo grandes penitencias, de suerte que pasaba por un santo. No pudiendo sufrir más, entró en un monasterio. “Aquí al menos, decía para sí, lo diré todo, y expiaré seriamente mis vergonzosos pecados”.

Para su desgracia fue acogido como un santo por los Superiores, que conocían su reputación, y se aumentó aún más con esto su vergüenza. Aplazó para más adelante sus confesiones, redobló sus penitencias y se pasaron en este deplorable estado uno, dos, tres años. No se atrevía nunca a revelar el horrible y vergonzoso peso que lo agobiaba; al fin, parecía que una mortal enfermedad le facilitaba el medio. “Ahora, decía en sus adentros, voy a hacer antes de morir una confesión general”. Pero sobreponiéndose siempre el amor propio a su arrepentimiento, enredó de tal modo la confesión de sus culpas, que el confesor no pudo comprender nada: tenía un vago deseo de abordar de nuevo el asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y el infeliz murió.

En la Comunidad se ignoraba la horrible realidad, y se decía: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá ir?” Y se hacían tocar con sus manos cruces, rosarios, medallas. Fue trasladado el cuerpo, con una especie de veneración, a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta el día siguiente, en que habían de celebrarse los funerales.

Algunos momentos antes de la hora fijada para la ceremonia, uno de los Hermanos, enviado para tocar la campana, vio de repente delante de sí y cerca del altar al difunto, rodeado de cadenas, que parecían enrojecidas en el fuego, y apareciendo en toda su persona algo incandescente. Espantado el pobre Hermano, había caído de rodillas, fijos los ojos en la terrible aparición. Le dijo entonces el condenado:

“No roguéis por mí, pues estoy en el infierno por toda la eternidad”.

Y refirió la lamentable historia de su funesta vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor hediondo que se esparció por todo el monasterio, como para atestiguar la verdad de lo que el Hermano acababa de ver y oír.

Advertidos luego los Superiores, hicieron quitar el cadáver, considerándolo indigno de sepultura eclesiástica.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, p. 40-42.

środa, 17 kwietnia 2013

EL CASO CURIOSO DEL DOCTOR RAYMOND DIOCRÉS


Una cosa me desconcierta intensamente y es que los sacerdotes no hablan más del infierno. Pasa decorosamente en silencio. Se sobreentiende que no todos irán al cielo sin algún esfuerzo, sin alguna convicción precisa. No dudan tampoco que el infierno está en la base del Cristianismo, que este peligro fue a arrancar la Segunda Persona a la Trinidad y que la mitad del Evangelio está llena de ello. Si yo fuera predicador y subiera a la cátedra, probaría en primer lugar la necesidad de advertir al rebaño dormido del espantoso peligro que está corriendo.
(Paul Claudel)


Gaston de Ségur (1820-1881)
En la vida de San Bruno, fundador de los Cartujos, se encuentra un hecho estudiado muy a fondo por los doctísimos Bolandistas, y que presenta a la crítica más formal todos los caracteres históricos de la autenticidad; un hecho acaecido en París en pleno día, en presencia de muchos millares de testigos, cuyos detalles han sido recogidos por sus contemporáneos, y que ha dado origen a una gran Orden religiosa.

Acababa de fallecer un célebre doctor de la Universidad de París llamado Raymond Diocrés, dejando universal admiración entre todos sus alumnos. Era el año 1082. Uno de los más sabios doctores de aquel tiempo, conocido en toda Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase entonces en París con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto.

Se había depositado el cuerpo en la gran sala de la Cancillería, cerca de la Iglesia de Nuestra Señora, y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama, en la que, según costumbre de aquella época, estaba expuesto el difunto cubierto con un simple velo.

En el momento en que se leía una de las lecciones del Oficio de difuntos, que empieza así:

"Respóndeme. ¡Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades!",

sale de debajo del fúnebre velo una voz sepulcral, y todos los concurrentes oyen estas palabras:

"Por justo juicio de Dios he sido ACUSADO" .

Acuden precipitadamente, levantan el paño mortuorio: el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuóse luego la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes.

Se vuelve a empezar el Oficio, se llega a la referida lección: "Respóndeme", y esta vez a vista de todo el mundo levántase el muerto, y con robusta y acentuada voz dice:

"Por justo juicio de Dios he sido JUZGADO".

Y vuelve a caer. El terror del auditorio llega a su colmo: dos médicos justifican de nuevo la muerte; el cadáver estaba frío, rígido; no se tuvo valor para continuar, y se aplazó el Oficio para el día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían qué resolver. Unos decían:

"Es un condenado; es indigno de las oraciones de la Iglesia”.

Decían otros:

"No, todo esto es sin duda espantoso; pero al fin, ¿no seremos todos acusados primero y después juzgados por justo juicio de Dios?"

El Obispo fue de este parecer, y al siguiente día, a la misma hora, volvió a empezar la fúnebre ceremonia, hallándose presentes, como en la víspera, Bruno y sus compañeros. Toda la Universidad, todo París había acudido a la iglesia de Nuestra Señora. Vuelve, pues, a empezarse el Oficio. A la misma lección: "Respóndeme", el cuerpo del doctor Raymond se levanta de su asiento, y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes, exclama:

"Por justo juicio de Dios he sido CONDENADO"

y volvió a caer inmóvil.

Esta vez no quedaba duda alguna: el terrible prodigio, justificado hasta la evidencia, no admitía réplica. Por orden del Obispo y del Capítulo, previa sesión, se despojó al cadáver de las insignias de sus dignidades, y fue llevado al muladar de Montfaucon.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 36-39.


poniedziałek, 15 kwietnia 2013

CONVERSIÓN DE UN PROTESTANTE INGLÉS


"... toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia... Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella."
(Catecismo de la Iglesia Católica N° 846)


El Purgatorio,
por Annibale Carracci
He aquí la historia de unas conversiones a la fe católica, encontrada en “las Memorias del padre Gerardo”, un jesuita inglés y Confesor de la fe, quien vivía en Inglaterra en el siglo XVI, tiempo de las persecuciones que los católicos sufrían por parte de los protestantes. La conversión se produjo por medio de un ex protestante, que era esposo de una prima del padre Gerardo, autor de este relato:

«A la conversión del esposo de mi prima quien felizmente abjuró de los errores protestantes y se hizo católico, siguió otra conversión producida en unas circunstancias muy extraordinarias. Mi reciente converso visitó a uno de sus amigos, a un protestante. Éste estaba gravemente enfermo y en peligro de muerte. Era un hombre bueno, víctima del error más por la ignorancia que por otro motivo.

El visitante le instó a su amigo a que por favor pensara en la salvación de su alma y viendo la buena disposición del enfermo, le instruyó como pudo en la verdadera fe, le animó a que se convirtiera y le invitó a suscitar un acto de arrepentimiento perfecto junto al deseo de una confesión sacramental; luego corrió en busca de un sacerdote.

Tenía dificultades en encontrarlo y, mientras tanto, el enfermo falleció. Cuando se acercaba la agonía, el pobre hombre preguntaba a cada rato por si su amigo ya regresaba con el prometido “doctor”, como en su ignorancia le llamaba al sacerdote católico...

Lo que ocurrió luego demuestra que Dios había aceptado la buena voluntad del difunto. Durante las noches siguientes a su muerte, su enviudada esposa, también protestante, veía moverse en su habitación una curiosa luz que hasta entraba entre las cortinas de su cama. Asustada la mujer, pidió a una de sus sirvientas que ésta la acompañase en la habitación durante la noche; pero la sirvienta no veía nada, aunque la luz continuaba visible a los ojos de la viuda.

La pobre dama, desesperada ante tal misterio, llamó a aquel amigo cuyo retorno su finado esposo esperaba con tanta ansiedad. Cuando el amigo vino, le contó sobre el fenómeno y preguntó qué debía hacer.

Antes de contestarle, el amigo le consultó a un sacerdote católico. Éste le respondió que esta luz era una señal sobrenatural que Dios le enviaba a la viuda, para que ésta abjurase de la herejía y volviese a la verdadera fe.

La mujer se sintió profundamente impresionada por esta explicación; abrió su corazón a la gracia y abrazó la fe católica, como su finado esposo.

Una vez católica, la viuda solicitó que algunas veces se celebrara en su habitación la santa misa, pero la misteriosa luz seguía apareciéndose. El sacerdote habiendo considerado las circunstancias a la luz de la fe, llegó a la conclusión de que el finado, aunque salvado por la contrición acompañada del deseo de hacer una confesión sacramental, permanecía todavía en el purgatorio y tenía urgente necesidad de las oraciones de los vivos. Aconsejó entonces a la viuda que pidiera treinta misas por el descanso del alma de su esposo, según la antigua tradición de los católicos ingleses. La piadosa viuda siguió el consejo y, al trigésimo día, en vez de ver una luz, vio tres luces, dos de las cuales pareciendo apoyar la tercera. Estas tres luces, como si indecisas, llegaron a permanecer por algunos instantes cerniéndose sobre la cama, luego se elevaron hacia el cielo y desaparecieron para no volver nunca más.

Estas tres luces parecen haber significado las tres conversiones que se produjeron, y la eficacia del sacrificio de la santa misa para abrirles el cielo a las almas que parten hacia el más allá.»

Fuente: Rev. F. X. Schouppe, S. J., The Dogma of Purgatory.
Illustrated by the Lives and Legends of the Saints,
London 1893, págs. 161-163.


LET us now consider the supernatural effects of a different kind, but which prove no less clearly the efficacy of the Holy Sacrifice of the Mass offered for the departed. We find them in the Memoirs of Father Gerard, an English Jesuit and Confessor of the Faith during the persecutions in England in the sixteenth century. After relating how he had received the abjuration of a Protestant gentleman, married to one of his cousins, Father Gerard adds:

«This conversion led to another under the most extraordinary circumstances. My new convert went to see one of his friends who was dangerously ill. This was an upright man, detained in heresy more by illusion than by any other motive. The visitor urgently exhorted him to be converted, and to think of his soul; and obtained from him the promise that he would make his confession. He instructed him in everything, taught him how to excite himself to contrition for his sins, and went to seek for a priest.

He had great difficulty in finding one, and in the meantime the sick person died. When about to expire, the poor dying man asked frequently whether his friend had not yet returned with the physician whom he had promised to bring; it was thus he called the Catholic priest.

What followed showed that God had accepted the good will of the deceased. The nights following his death, his wife, a Protestant, saw a light moving in her room, and which came even within the curtains of her bed. Being afraid, she desired one of her servant-maids to sleep in her room; but the latter saw nothing, although the light continued to be visible to the eyes of her mistress. The poor lady sent for the friend whose return her husband had awaited with so much anxiety, related to him what had happened, and asked what was to be done.

This friend before giving an answer consulted a Catholic priest. The priest told him that the light was, for the wife of the deceased, a supernatural sign by which God invited her to return to the true faith. The lady was deeply impressed by these words; she opened her heart to grace, and in her turn was converted.

Once a Catholic, she had Mass celebrated in her chamber for some time; but the light always returned. The priest considering these circumstances before God, thought that the deceased, though saved by his repentance accompanied by the desire of confession, was in Purgatory, and stood in need of prayers. He advised the lady to have Mass said for him during thirty days, according to an ancient custom of English Catholics.


The good widow followed this advice, and on the thirtieth day, instead of one light, saw three, two of which seemed to support another. The three lights hovered over her bed, then rose heavenward, never more to return. These three lights appear to have signified the three conversions, and the efficacy of the Holy Sacrifice of the Mass to open Heaven to the departed souls.»