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wtorek, 20 września 2016

UN INSTANTE EN EL PURGATORIO

La gente no se da cuenta de lo que es el purgatorio. No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el purgatorio, y aun peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas.
Paul O’Sullivan OP

Dos religiosos (...) procuraban con la mayor solicitud cumplir con las obligaciones de su estado, para crecer cada día en perfección. La identidad de sentimientos los unía en tan santa y estrecha amistad que muy bien podía decirse de ellos lo que se dijo a otro propósito: "En dos cuerpos, eran del mismo parecer". Se habían obligado por medio de un santo compromiso a promover el mayor y mejor servicio de Dios según sus fuerzas, habían de ser los primeros en presentarse en el coro, dando ejemplo a los demás en la perfecta observancia de la regla, y además debían procurar la salud del prójimo por todos los medios que les sugiriese la caridad. 

En medio de tan santas ocupaciones fue uno de ellos acometido de la última enfermedad, y llegado el extremo, tuvo el consuelo de ver ante sí al ángel del Señor que le dijo que estaba muy próxima su muerte y que iría al purgatorio a purificar su alma de algunas ligeras manchas que tenía. Estas palabras, si bien le consolaron porque le aseguraban la vida eterna, también le consternaron por tener ya tan cerca los tormentos del purgatorio; y notándolo el ángel le consoló añadiendo: “Estarás en él poco tiempo; sólo el preciso para ofrecer por tu alma una Misa de Réquiem, la cual concluida volarás a gozar en el seno de Dios el fruto de tus santas empresas.”

Oída tan fausta promesa, hizo llamar a su buen amigo, a quien después de haber referido con el mayor gozo la consoladora misión del ángel, le suplicó, por la íntima y santa amistad que los unía, que cuando hubiese entregado el espíritu procurase no perder momento en aplicarle la Misa de que el ángel le había hablado, ya que de esta Hostia propiciatoria dependía su pronto y eterno descanso.

El amigo, en medio de la agitación que naturalmente causaron en su corazón la pena de perder a quien tanto amaba y el consuelo de que pronto le serviría más en el cielo, le prometió lo que pedía y lo cumplió como pudiera desearlo. Porque apenas hubo cerrado los ojos el amigo, que expiró a la mañana siguiente, preparándose para decir la Misa, la celebró en la iglesia del monasterio con la devoción que fácilmente se deja entender.

Concluido el santo Sacrificio, y ocupándose en la acción de gracias, he aquí al difunto amigo, quien con un semblante que no decía bien con la gloria que le rodeaba; he aquí el diálogo:

— ¿Dónde está, — le dice — carísimo hermano, la fe prometida? Merecerías en verdad que el Señor no se apiadase de ti. ¿Y por qué no me has cumplido la palabra que me diste de celebrar en sufragio mío inmediatamente que expirase, pues ni tú ni ninguno de los religiosos me habéis aplicado una sola Misa en todo un año? ¿No te parece bien cruel tanto olvido, en medio de los incomprensibles tormentos que he padecido?
— ¿Cómo puede ser eso — replicó atónito el amigo — cuando he sido tan fiel en cumplir mi promesa, que ahora mismo acabo de desnudarme de los sagrados ornamentos? ¿Cómo dices haber pasado un año, cuando no te han hecho aún las exequias, y tu cuerpo todavía debe conservar algún calor? Ven si no, y lo verás.

AI ver el alma su propio cadáver que apenas había sido movido del lecho en que de él se separó, prorrumpiendo en un profundo y doloroso suspiro, dijo: 

— ¡Ay de mí, cuán terribles son unas penas que padecidas tan corto tiempo me han parecido tan largas! ¡Sea por siempre alabada la divina misericordia que en tan corto tiempo me las ha hecho pasar, y bendita la caridad que te movió a aliviarme con el incruento sacrificio! Me voy al cielo; no cesaré un instante de suplicar a la bondad soberana te remunere tan gran beneficio, con unir pronto en la gloria a los que su santo amor unió en la tierra.

Oportunísimamente cierra el historiador esta relación poniéndonos delante las siguientes memorables palabras de San Agustín: “Que la pena del purgatorio sufrida por sólo el tiempo de un cerrar y abrir de ojos es más grave que la que sufrió San Lorenzo todo el tiempo que estuvo en las parrillas”.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 58-60.



poniedziałek, 19 września 2016

UNA MADRE QUE NO QUISO MORIR...

Una de las más agradables devociones que se le pueden ofrecer a la Virgen María, es la de ayudarle a dar gracias a la Augusta Trinidad por el Poder que recibió del Padre Eterno, por la Sabiduría con que la enriqueció su Hijo y por la Caridad de que la llenó el Espíritu Santo.
beato Diego de Cádiz, capuchino

Una mujer joven se moría...

Casada con un médico, ni éste ni los más especializados compañeros de profesión que habían acudido a examinar a la enferma, encontraban recursos en la ciencia con que poder curarla.

Resignado el marido, atendió la petición de la enferma: «¡Que venga un sacerdote!»

Y el sacerdote acudió al domicilio que se le había indicado, y encontró junto al lecho de la paciente al marido y los dos hijos que del matrimonio habían nacido. El mayor contaba tres años y el menor de los niños tenía poco más del año. Se retiró el doctor con sus hijos, para que confesara la enferma...

Cuando el sacerdote preguntó a ésta si aceptaba la muerte, la joven madre, cobrando energías, contestó:

— ¡Padre, no quiero morir...!

Y se echó a llorar, diciendo:

— No por mí, sino por mis hijos y mi marido.

Calmada luego, exclamó:

— ¡Hágase la voluntad de Dios! Pero..., quiera Dios librarme de la muerte. ¡Se lo pido con toda mi alma!

Entonces, el confesor le dijo:

— Ponga usted por intercesora a la Santísima Virgen, que Ella es Madre y sabrá comprenderla como nadie... ¡Y Ella todo lo puede cerca de Dios!

Y sacando del libro de oraciones una estampa de las tres Avemarías y una novena, se las dio a la enferma, indicando:

— He aquí una devoción muy eficaz. Comience hoy mismo a rezar las tres Avemarías, y juntos con usted su marido y niños invoquen a María, Omnipotencia Suplicante, Madre de la Sabiduría infinita y Madre nuestra de Misericordia. ¡Pongámoslo así todo en sus manos!

Tres días más tarde, el marido acudió a la iglesia preguntando por el sacerdote que había confesado a su mujer, y al verle éste se apresuró a decirle:

— ¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo sigue la enferma?

Y el médico, con irreprimible emoción, le contestó:

— ¡Padre, milagro de la Virgen! Mi mujer, inexplicablemente, está fuera de peligro y en franca mejoría.

Y, serenándose, añadió:

— Tan pronto salió usted de mi casa el otro día, pusimos en práctica su consejo, y dimos comienzo al rezo de las tres Avemarías; arrodillados mi hijo mayor y yo, y en pie, a la cabecera de la cama de su madre, el pequeñín... ¡Y con qué fervor las rezamos, Padre! Igual hicimos el segundo día y hoy por la mañana... Y esta tarde advertí, con asombro, que la fiebre casi había desaparecido... Y al llegar mis compañeros a efectuar su diaria visita, se sorprendieron igualmente del cambio producido, que no tenía explicación científica... ¡Se ha curado! Ofrezca, Padre, mañana, la Santa Misa en acción de gracias a Dios y a Nuestra Señora de las tres Avemarías.
(Padre Raimundo F. Olivas)

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 71-73.

JUAN PATRICIO INDULTADO

Con todo lo íntimo de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien nuestro. Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad.
San Bernardo, Hom. en la Natividad de la B. Virgen María, 7

Le pareció a un sacerdote que despertándole un amigo, muerto poco antes, le rogaba que le acompañase, y le condujo al templo de Santa Cecilia, donde habiendo entrado vio que un coro de vírgenes, entre ellas las santas Cecilia, Inés y Agueda, preparaban un graciosísimo solio a la Madre de Dios, la cual, acompañada de ángeles y de cierto número de bienaventurados, se dejó ver muy luego y ocupó el preparado trono. La majestad que, templada con celestial dulzura, aparecía en el semblante de la gran Señora, al paso que llenaba de gozo a los ángeles, a los santos y a las vírgenes, los tenía también en reverente y obsequioso silencio. 

Cuando he aquí que comparece una mujer pobremente vestida, pero abrigada al mismo tiempo con una esclavina de precio. Se postró humildemente a los pies de la Santísima Virgen, y con las manos en actitud suplicante empezó a decir llena de ternura: 

— Madre de las misericordias, os ruego por vuestra piedad maternal que os compadezcáis del pobre Juan Patricio, muerto poco ha. ¡Padece tanto en el Purgatorio!...

Por tres veces, y siempre con acento más ingresante, repitió la súplica, sin merecer respuesta alguna. Ella, entretanto, sin desanimarse y alzando más la voz, añadió: 

— Bien sabéis, ¡oh piadosísima Señora!, que yo soy aquella pobre que pedía limosna a la puerta de vuestra Basílica mayor, donde pasaba buenos fríos durante el invierno, pues no tenía otro abrigo que el de estos harapos que ahora llevo, y que llegando Juan y pidiéndole limosna en vuestro nombre, en ocasión justamente que me veía tiritar de frío, se quitó esta esclavina de sus hombros y me abrigó con ella: tanta caridad hecha por amor vuestro merece alguna indulgencia.

La Madre de misericordia, para cuyas entrañas era ya mucho hacer repetir tanto una súplica, mirando a la suplicante dijo: 

— El hombre por quien ruegas es reo por sus muchos y graves pecados de larga pena, mas porque tuvo dos virtudes especiales, la misericordia para con los pobres y la devoción a mis altares, cuidando de su aseo y suministrando aceite para que estuviesen iluminados, quiero usar con él de misericordia.

Va la orden de que Juan compareciese ante la santa comitiva, apareció luego un escuadrón de espíritus infernales, y en medio de ellos el reo Juan Patricio, duramente atado con diabólicas ligaduras. Mandó entonces que rompiéndole las cadenas le dejasen en libertad, para que pudiera reunirse a los bienaventurados. Obedecieron, y desaparecieron. Juan, incorporado al sagrado coro, se vio envuelto de una celestial nube, desapareciendo así a los ojos del buen sacerdote. 

Tal impresión hizo a éste aquella visión, que en lo que le duró la vida no cesó de predicar: “Cuánta fuese la clemencia de la Santísima Virgen para con aquellas almas del Purgatorio, que durante la vida procuraron honrarla con devotos obsequios.”

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 46-48.



sobota, 17 września 2016

LLEGÓ A CARMELITA DESCALZO DESPUÉS DE TROPIEZOS MUNDANOS

Sí se veneran todos los justos, ¿quién es el que no alabará a la fuente de la Justicia y al tesoro de la santidad? Ni la lengua de los hombres, ni la mente de los ángeles, que es lo más sublime del mundo, pueden dignamente ensalzarla.
san Juan Damasceno, Homilía en la Dormición de la Virgen, 1

Virgen de Las Lajas
En una gran ciudad de un país hispanoamericano, un niño acudía todos los domingos a la catedral, a la que los hermanos maristas enviaban esos días dos hermanos para la enseñanza de la doctrina, labor de caridad muy necesaria en una nación donde la escuela laica prescindía de toda instrucción religiosa.

Un día, el hermano Macario, que era el catequista del grupo en que figuraba el niño a que nos referimos, les habla de rezar a la Virgen tres Avemarías...

— Si las rezáis todos los días, — dice — la Virgen os salvará... ¿Vosotros queréis ir al cielo? Pues comenzad a rezarlas esta misma noche al acostaros...

Aquella afirmación de protección salvadora fijó la atención del pequeño oyente, y le determinó a dar comienzo a su rezo aquel día. Meses después dejaba el niño la asistencia a la Doctrina. Y luego cursó el bachillerato y pasó a la universidad. El ambiente incrédulo que halló en ésta y las tentaciones de un mundo tropical sofocaron las prácticas de piedad y cayó en las tinieblas del error y en el desenfreno de la vida...

Sólo quedaron las tres Avemarías.

Las sostenía aisladas, a veces pendientes del hilo de una perseverancia casi imposible. Hasta que una noche se enfrentó con aquellas tres Avemarías, diciendo:

— ¿Para qué? Dejemos esta carga...

Pero en ese instante sintió un estremecimiento y, como por instinto, con ansiedad ciega, se dijo: 

— No, no... Las rezaré. ¡Virgen María, que tú me salves!

Y se agarró a ellas como a un último lazo que, si se desataba, se hundía. Y en medio de la noche de su vida persistieron las tres Avemarías.

El propio interesado nos dirá ahora lo sucedido pocos años más tarde:

«Fue un mes de mayo. Una extraña inclinación, un impulso interior que me sorprendía, me inclinaba a ir al templo y asistir a las Flores de Mayo. Era esto, en mis circunstancias, una aberración, además de inquietarme los respetos humanos. Y, sin embargo, la inclinación me llevó. Entré en el templo del Carmen...

A la salida entablé conversación con un señor, que por su amplia cultura se me hizo grato. Nos despedimos hasta el siguiente día, y nos reunimos también los sucesivos del mes de mayo. De nuestras charlas acerca de los temas religiosos volvió la luz y recuperé la fe...

Entonces las tres Avemarías brillaron como tres estrellas de la mañana. Un convencimiento íntimo me ha afirmado siempre que la luz de esa mañana brotó a través de ellas en los ojos misericordiosos de la Señora. Los ojos que sentí fijarse cada vez más insistentemente, más maternalmente en mi alma. Y en su dulce mirada hubo una insinuación sublime, y... su deseo se hizo realidad, con mi ingreso en la Orden del Carmen Descalzo...

Arraigada tengo la convicción de que el lazo salvador que me ató al cielo sobre el abismo, lazo por algún tiempo único, fueron las tres Avemarías, el lazo bíblico triplemente trenzado de Poder, de Sabiduría y de Amor de Madre, que no falla, que no dejo jamás y donde guardo sujeta una esperanza tan inmensa como la misericordia de la Señora».
(Juan Alberto de los Cármenes OCD)

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 58-60.

wtorek, 13 września 2016

EL EMPERADOR PENITENTE

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Nuestra Señora de las Lajas
El emperador Teófilo, iconoclasta, esto es, perseguidor de las sagradas imágenes, las desterró del imperio, y para que escarmentando los pintores no se hiciesen otras, mandó cortar la mano al santo pintor Lázaro; si bien fue inútil esta crueldad, porque le fue milagrosamente restituida. 

Al tirano entretanto cabía la dicha de tener por esposa una santa mujer, la emperatriz Teodora, la cual con sus oraciones, limosnas y ayunos alcanzó, finalmente, la conversión del marido; pues habiéndole sobrevenido a la vejez grandes desastres y sufrido sus ejércitos derrotas sangrientas, se reconoció, detestó sus muchos atropellos e injusticias, y propuso volver a restablecer las santas imágenes y el culto que les era debido. Es verdad que no pudo verificarlo porque le previno la muerte, que se verificó en medio de señales de la más viva contrición y sinceras demostraciones de arrepentimiento de su malvada vida, por lo que se concibieron grandes esperanzas de que, libertado por la misericordia de Dios de las penas del infierno, habría ido a pagar en el Purgatorio el resto de sus culpas.

Su piadosa consorte por lo menos así lo creía, y se dedicó a aliviarle no sólo con sus propias oraciones y ayunos, sino también con las muchas misas que hizo ofrecer por su alma, y las penitencias que procuró hiciesen al mismo intento muchos santos anacoretas, continuándole tan grande socorro de sufragios hasta que fue favorecida con una admirable visión, que primero la llenó de espanto, y después de no menos consuelo; pues retirada una noche a descansar después de haber orado con fervor, tuvo un sueño en que le pareció ver a su Teófilo, que ceñido de cadenas era arrastrado al tribunal tremendo del Juez eterno por número considerable de horribles soldados, de los cuales unos precedían y otros iban detrás. Ante ellos iba una turba de esbirros de espantosas figuras, y armados de instrumentos todavía más espantosos. En pos de todos y como para cerrar la marcha, iba ella misma afligidísima, y como única persona que se interesara por aquel infeliz, que fue presentado ante el severo y omnipotente Juez para recibir la última sentencia. Pero llegada también ella ante la tremenda Majestad, se postró humildemente y con ternísimas lágrimas empezó a pedir misericordia por su infeliz y asustadísimo esposo. El Juez entonces, cambiando el semblante terrible y amenazador en apacible y piadoso, dijo: 

— Grande es, ¡oh mujer! tu fe; por ti y por las oraciones de tus sacerdotes me complazco en usar de indulgencia y perdonarle.

Y volviendo a los ministros de justicia, dijo: 

— Soltadlo y devolved a su esposa.

Por esta visión, aunque en sueño, concibió tal esperanza de que al fin Teófilo estaba libre de penas, que sus lágrimas, hasta entonces de dolor, se convirtieron en otras de dulce consuelo. 

Ni tardó mucho en confirmarse de que no era una ilusión lo que había hecho tal cambio en su afligido espíritu; porque al día siguiente oyó referir a Metodio, Patriarca de Constantinopla, otra visión no menos sorprendente. Este insigne prelado, enemigo jurado de los iconoclastas, había hecho a instancias de Teodora larga y fervorosa oración por el descanso del difunto emperador; cuando he aquí que arrebatado su espíritu vio que un ángel entraba en el templo de Santa Sofía, y acercándosele le dijo:

— ¡Obispo! tu oración ha sido escuchada: Teófilo ha obtenido la remisión.

Despertándose lleno de gozo, se fue muy de mañana al mencionado templo, donde de nuevo fue sorprendido con una y bien extraordinaria confirmación de lo que en sueños había visto. Porque tomando un librito en que por sí mismo había escrito los nombres de los herejes iconómacos, y el primero de todos el del emperador, el cual había puesto al pie del altar para pedir a Dios su conversión, al abrirle se halló con la sorprendente y felicísma novedad de que el nombre del emperador había sido borrado milagrosamente. Por lo que, y por haber sido tan eficaz este prodigio que obró la conversión de los herejes, volviendo a entrar nuevamente reconciliados en la santa Iglesia, se hicieron grandes y solemnísimas fiestas.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 37-39.

poniedziałek, 12 września 2016

LA NIETA QUE “SALVÓ” A SU ABUELO

La augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
Pío XII

En un lugar del Perigord (Francia) ejercía su profesión un médico, a quien nadie hacia referencia por su propio nombre, sino al que todos llamaban «el buen Doctor». Y en verdad merecía este titulo, porque era realmente bueno con todos, y, sobre todo, con los pobres. Sin embargo, el doctor no era un hombre religioso. No es que fuese descreído. No llegaba a tanto. Más bien era «indiferente». Así, se daba el caso de que desde la fecha lejana de su matrimonio no se había preocupado de recibir los sacramentos...

Los muchos años y la excesiva actividad profesional desarrollada postraron al doctor en el lecho, con irreparable agotamiento. Toda esperanza de curación quedaba descartada. ¡Y «el buen Doctor» iba a morir en la impiedad!

Este pensamiento y temor torturaba el corazón de una nieta que le acompañaba en aquella ocasión. La niña era un ángel de dulzura y de piedad. Sentada junto al enfermo, lo entretenía y cuidaba. Y mientras descansaba el anciano, dirigía con lágrimas esta plegaria al cielo:

«Oh, Virgen buena, Vos que sois todo misericordia y todo lo podéis, moved a penitencia el corazón de mi abuelo! No permitáis, santa Madre de Dios, que muera sin auxilios espirituales. En vos, Madre mía, tengo puesta toda mi confianza.»

Y tras de esa oración rezaba las tres Avemarías...

Una tarde, con el fin de distraer a su abuelo, la niña empezó a pasar revista al contenido de una gran cartera donde aquél había ido dejando recuerdos de pasados tiempos... Sus ojos se detuvieron en un sobre viejo, y exclamó:

— Una antigua carta, abuelo. ¿De quién será que la habéis conservado?...

El anciano le respondió:

— Léela y haremos memoria.

Y la joven leyó:

«Mi querido ahijado: ¡Cuánto siento no poder abrazarte antes de que te marches a París!, pero me es imposible ir a verte. Estoy atada a la cama por mi reumatismo. Seguramente no volverás a ver aquí abajo a tu vieja madrina, y por esto te pido escuches mis consejos, que serán los últimos.

Tú sabes que París ha sido siempre un abismo, y ante ese peligro tiemblo por ti. Sé un hombre fuerte, de buen temple, firme en la fe. Permanece fiel al Dios de tu bautismo, que has de ver en la eternidad... Yo te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen María, y te recomiendo encarecidamente seas constante en la práctica de piedad que desde muy niño tuviste de rezar mañana y noche las tres Avemarías...

Rogará por ti tu madrina, que te estrecha fuertemente sobre su corazón...»

La carta, que tenía fecha de hacía cuarenta y ocho años, produjo una honda emoción al doctor. Rememoró los años despreocupados de su juventud, sus extravíos y ligerezas, su apartamiento de los actos de culto y el abandono de sus devociones. Pensó también en sus tareas profesionales y en su vida familiar y se detuvo recordando a su bondadosa madrina, que murió a los pocos meses de escribir aquella carta. Ella le había enseñado a rezar las tres Avemarías en su infancia...

Sintió el doctor un vivo impulso de gratitud hacia esa mujer buena, cuyos buenos consejos no siguió. Y mirando tiernamente a la nieta, balbuceó:

— ¡Por mi madrina!... Dios te salve, María...

Y rezó las tres Avemarías juntamente con la nieta, que, con íntimo gozo, sonreía y lloraba a la vez.

¡Estaba ganado para Dios «el buen Doctor»!...

— Llama al Padre, — dijo el enfermo — porque he de contarle estas cosas.

Acudió el sacerdote diligentemente, y el doctor hizo su confesión con singular fervor.

Al día siguiente empeoró alarmantemente y hubo que administrarle el Santo Viático...

Con paso acelerado se aproximaba la muerte. Tomó «el buen Doctor» con dificultad una mano de su nieta y, haciendo un gran esfuerzo, le dijo:

— Esto se acaba..., reza conmigo las tres Avemarías...

Al terminar la tercera Avemaría expiró dulcemente.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 48-51.



środa, 24 sierpnia 2016

ESPERABA A UN SACERDOTE...

María es puerto de los que naufragan, consuelo del mundo, rescate de los cautivos, alegría de los enfermos.
San Alfonso María de Ligorio

Coronación de la Virgen.
Fresco de la Basílica de El Escorial,
España.
Uno de los obispos de Escocia, vestido de aldeano, visitaba su diócesis en un pueblo donde tuvieron la ventaja los de otra religión; eran tiempos de la persecución contra los católicos. Un día se perdió en el bosque donde había ido a descansar un rato. Se hizo de noche, se paró frente a la cabaña de un humilde leñador, golpeó, le abrieron y sin preguntar quién era - tomándolo por un labriego viajero - lo hospedaron. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja. Se lo informó entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse y, por tanto, no se preparaba...

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy mal y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas añadió éste: 

«Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Marta que a la hora de la muerte esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero.»

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: 

«Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis...»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia...

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo...

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.



wtorek, 23 sierpnia 2016

PURGATORIO RESERVADO A LAS PALABRAS INMODESTAS Y OCIOSAS

Observa el silencio. Habrá personas orando o preparándose para la confesión o confesándose. Permanece en silencio u orando como preparación personal y para respetar el momento de los demás con Dios. Observar el silencio antes, durante y después de la celebración; a excepción cuando necesariamente se ha de cantar o responder a las acciones litúrgicas. Considera que la misa es algo sagrado; esto implica apagar o silenciar el teléfono móvil, no lo pongas con vibrador porque te distrae y te hace dependiente. Si por distracción olvidas apagar el teléfono móvil y te suena durante la misa, no salgas de la iglesia a responder; apágalo inmediatamente.
P. Henry Vargas Holguín 

En el monasterio de San Salvador, del orden del Cister, entraron dos doncellas, Gertrudis y Margarita, que con la profesión consagraron al Señor la azucena de su virginidad. Estaban juntas en el coro, y la primera, aunque virtuosa, tenía el mal hábito de interrumpir el silencio, provocando a la segunda a acompañarla; defecto que pagó bien caro después de la muerte, que la sorprendió en la flor de su edad. 

Una noche cantaban las monjas las divinas alabanzas, y saliendo ella de su sepulcro (el cual estaba en medio de la iglesia) hizo una genuflexión al altar, y en seguida, viniendo al coro, ocupó su antigua silla al lado de Margarita. Cuando ésta la vio venir y ponerse a su lado se espantó en términos que las otras hubieron de venir en su auxilio. Alentada un poco y puesta a los pies de Benigna, abadesa del monasterio, la refirió que había visto salir de su sepulcro a la difunta Gertrudis, y que viniendo al coro ocupó su antiguo lugar, donde estuvo hasta que dicha la antífona de la Virgen, y haciendo al altar una humildísima reverencia, la perdió de vista.

Sospechando la prudente superiora que esto fuese ocasionado de algún trastorno de la imaginación o de alguna ilusión del enemigo, la ordenó que si volvía a ver lo mismo la saludase diciendo: “Bendecid”, conforme se acostumbraba hacer en la casa; y si contestase: “El Señor”, la preguntase a qué venía y qué quería en aquel lugar. 

No faltó a la noche siguiente, y saludándola Margarita al decirle: “Bendecid”, inmediatamente contestó: “El Señor”. Entonces ésta la replicó: 

— ¿Qué quieres, amada Gertrudis, en este lugar? ¿A qué vienes?

— Vengo — contestó — a satisfacer a la Divina Justicia, padeciendo gravísimas penas en este mismo lugar en que cometí la culpa, siendo ocasión de que tú faltases al silencio, por entretenerte con inútiles y ociosos discursos mientras que se decía el Oficio Divino. En el mismo puesto en que cometí el delito quiere el Señor que pague la pena. ¡Oh, si supieses cuán atroces son los tormentos que sufro! Estoy rodeada toda de llamas, que causándome agudísimo dolor, me parecen nada, sin embargo, en comparación del fuego que atormenta mi lengua. Y si tú, querida hermana mía, no te guardas en adelante de cometer semejante defecto, entiende que vendrás a padecer del mismo modo, arrastrando además contigo al cómplice de tu error.

Dicho esto desapareció, si bien continuó a presentarse otras veces pidiendo con grande humildad a sus compañeras la aliviasen con sus oraciones, hasta que, libre al fin de padecimientos, se despidió llena de gratitud de su compañera, que la vio penetrar la lápida de su sepulcro y descansar en paz. 

Margarita quedó tan espantada de la aparición y de la advertencia, que enfermó gravemente, llegando a tal extremo que por algún tiempo la creyeron muerta; pero fue sólo un éxtasis, en el que su espíritu fue llevado a ver en la otra vida cosas admirables que vuelta en sí refirió a sus compañeras, sirviéndolas de grande instrucción. 

El resultado de esto fue que en adelante guardó inviolablemente el silencio, no pudiendo olvidar en todos los años que vivió después el Purgatorio con que la amenazó Gertrudis...

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, 
Buenos Aires 1945, pgs. 29-31.



poniedziałek, 22 sierpnia 2016

UN “EXTRAVIADO” QUE VOLVIÓ A DIOS

Con razón piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, obedeciendo se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María mediante su fe»; y, comparándola con Eva, llaman a María «madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María».
Vat. II, Const. Lumen gentium 56

Un misionero, párroco de Cuzco (Perú), escribe:

La Coronación de la Virgen por la Trinidad.
Diego Velázquez, 1645, Museo del Prado, Madrid.
«En mi extensa parroquia, y con la colaboración de un grupo de catequistas, estoy haciendo campaña de difusión del rezo de las tres Avemarías. Y el éxito es grande porque Dios hace derroche de sus gracias mediante su Madre Santísima...

En junio de 1969 pasé por una hacienda muy alejada de los caseríos y aldeas. El dueño de la finca ya era de edad avanzada; había sido seminarista, y luego, sin contraer matrimonio canónico, se unió a una mujer con la que tuvo varios hijos. Aproveché mi visita para dejarle una estampa sobre la devoción de las tres Avemarías, recomendándole que no dejara de rezarlas todos los días, y siempre que sintiese preocupación por cualquier problema.

A fines del mes de octubre vinieron a buscarme de parte del dueño de aquella hacienda para pedirme con insistencia que, no obstante la distancia, fuera a aquella casa, porque dicho señor estaba muy grave y deseaba recibir los últimos Sacramentos.

Allí fui acompañado de dos catequistas, y al vernos el enfermo, llorando amargamente y con voces entrecortadas, pidió confesar.

A continuación declaró que había rezado las tres Avemarías desde que se las había aconsejado y que a poco de rezarlas se sintió movido a “regularizar su vida” y volver a la gracia de Dios. Tanto le ayudaba la Santísima Virgen a su cambio espiritual que hasta empezó a rezar el Santo Rosario durante su enfermedad. Como apremiaba su gravísimo estado, sin pérdida de tiempo contrajo matrimonio, recibió la comunión juntamente con su esposa y los hijos legitimados, y le administré la Extremaunción.

Media hora, exactamente, después de esto, descansó en la paz del Señor.»

La Madre de Dios había acreditado una vez más su especial patrocinio respecto de quienes la invocan con las fres Avemarías. 

(P. Braulio Ascarza Sotelo, 7 noviembre de 1969, Perú)

Fuente: P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción (La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975,
pgs. 28-29.



EL AGUARDAR A ÚLTIMA HORA A CONVERTIRSE, ES HACER CAUDAL DE ESPANTOSOS TORMENTOS PARA EL PURGATORIO

“Vuelven al atardecer, aullando como perros, y recorren la ciudad” (Sal 59,7). Ingeniosa es la exposición que de este lugar del Salmo hace un escritor sagrado (Pablo Señeri SJ); esto es que los que aguardan a lo último a convertirse (sea lícito el decirlo) tratan a Dios de perro, cuando sólo dejan para Él los áridos restos de la vejez.
Carlos Rosignoli SJ 

Aquí quiero referir lo que le sucedió con el barón Sturton caballero ingles, por haber sido caso público y célebre entre los católicos, al paso que de grande instrucción para ellos y para todos. Lo referiré con las palabras de Dorotea de Arondel, señora de nobilísima sangre, ejemplo de virtud en el siglo y después modelo de perfección en el claustro, la cual presenció el caso y lo cuenta de esta manera:

«Suplicó mi madre un día al P. Comelio que ofreciese el santo Sacrificio por el alma de su difunto marido el barón Juan Sturton. La complació y en la Misa se estuvo el padre largo rato desde la consagración hasta después del Memento de difuntos. Concluida la Misa, meditó sobre aquellas palabras: “Benditos los difuntos que en el señor mueren”, y refirió haber visto una inmensa selva toda ardiendo y en medio de ella al barón Sturton que daba tristísimos gritos, doliéndose y acusándose de la mala vida que tuvo algún tiempo, y principalmente en la corte. Especificaba el haber disimulado, ahogando el grito de la conciencia, que era católico (porque asistía a la iglesia de los protestantes), con escándalo y grave daño espiritual de sus parientes. Pero sobre todo se lamentaba de un modo que estremecía de haber sido uno de los cuarenta y seis nombrados por la reina Isabel para sentenciar a muerte a la inocentísima reina María de Escocia, de cuya comisión tuvo tanta pena que se cree le aceleró la muerte. Todas estas particularidades refirió al padre, concluyendo con pedir misericordia con estas palabras que reiteraba con un acento de dolor imposible de explicar: “¡Apiádense, apiádense de mí, amigos míos, porque me ha herido la mano de Dios!” (Job 19,21); y desapareció en medio de estos lamentos. El padre le conoció bien aun por la cabeza calva que sobresalía un poco por encima de las llamas.

Lloraba cuando refería esto, y llorábamos todos los de la familia, que estábamos presentes, en número de más de ochenta personas. El criado de casa que le ayudaba a Misa (y que después murió generosamente por confesar la fe católica), vio y oyó lo mismo que el padre. Yo y otros que la oíamos vimos al mismo tiempo en la pared del altar un reverbero, como el que causa una llama grande cuando arde no lejos de un muro...» 

Hasta aquí ella.

Y no sería inútil añadir ahora lo que a continuación de esta historia escribió el P. Guillermo Westen, de la misma Compañía, el cual hallándose en Londres presenció la muerte del barón. Dice él que este caballero era uno de aquellos que juzgaban (permítaseme la expresión) poder pegársela a Dios, viviendo como protestante y muriendo después como católico, con sólo mantener en casa un sacerdote católico de quien pudiera servirse en el artículo de la muerte, confesando entonces la fe que había conservado en su interior. 

Pero sucedió que sorprendiéndole la última enfermedad en paraje muy distante de su casa, llegó el desgraciado al duro trance sin poderse valer del auxilio del sacerdote católico, como vanamente se había prometido. Verdad es que el Señor, por su misericordia, le infundió tal luz para conocer sus culpas, tal horror y arrepentimiento de ellas, y un clamar sin cesar pidiendo perdón, prometiendo y proponiendo, que no contento con el desahogo en que se satisfacía a sí solo, hizo llamar a cuantos de la familia tenía a la sazón consigo, y delante de ellos protestó que moría católico y que no hay otra religión en que el hombre pueda salvarse. Detestó sus numerosas, graves y escandalosas culpas, y protestó que si le fuera dado las lavaría con su sangre, así como las lavaba con sus lágrimas. Les suplicó que fuesen de esto testigos delante de los hombres, y sobré todo delante de Dios en el día del juicio tremendo: y con tales sentimientos entregó al Creador el espíritu, que como hemos visto, fue destinado a purgarse en tan largos y amargos tormentos.

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 26-29.






















niedziela, 21 sierpnia 2016

A UN CAPITÁN DE LOS TERCIOS

Honra, reverencia y respeta con especial amor a la sagrada y gloriosa Virgen María, porque es Madre de nuestro Padre soberano y, por consiguiente, nuestra gran Madre. Recurramos, pues, a ella, y como hijuelos suyos echémonos en su regazo en todo tiempo y ocurrencia, con firmísima confianza; invoquemos a esta dulce Madre, imploremos su amor maternal, procuremos imitar sus virtudes y tengamos un afecto verdaderamente filial con esta Señora.
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 16

Nuestra Señora de la Soledad
de Porta Vaga, Philippines
El célebre historiador Daniel de la Virgen María (+1678) nos refiere en su “Speculum” que en la ciudad de Malinas se hallaba de guarnición un capitán llamado Carlos Juples, hombre de vida libertina. 

Le sobrevino una grave enfermedad, que crecía de día en día, y con ella su rebeldía y obstinación, pues era de todo punto imposible el reducirle a mudar de vida y confesarse.

El capellán del ejército, compadecido de su desdicha, procuró por cuantos medios le sugería su piedad y celo, atraerle al redil del Buen Pastor; mas todos sus ardides resultaron ineficaces, pues se estrellaban contra aquel corazón disoluto y extraviado.

Mas he aquí que don Matías Emboli, que así se llamaba el capellán, supo por algunos camaradas del capitán que éste, pocos días antes de que cayese enfermo, recibió de manos de un antiguo compañero suyo el Santo Escapulario de la Virgen Santísima del Carmen.

Poco cuidadoso y solícito de la salud de su alma, nuestro alegre y juerguista capitán, apenas si lo había llevado un par de meses; quitándoselo luego para no soportar semejante engorro sobre sus arreos militares.

Sabido esto, respiró esperanzado y consolado el capellán, prometiéndose que lograría, por la intercesión de María Santísima, el que se convirtiese. Se llegó, pues, al desahuciado capitán, víctima de la más tremenda enfermedad y le dijo:

— Carlos, ¿quieres volver a llevar el Santo Escapulario que recibiste ha unos meses de manos de tu antiguo compañero de la infancia, el padre carmelita Fray Ambrosio? No dudes, hijo mío, que por la intercesión de María Santísima lograrás salir del Purgatorio en el sábado inmediato a tu muerte, como Ella prometiera a sus devotos. Yo te doy mi palabra de celebrar en el día del sábado una misa por ti en el altar de la Virgen Santísima del Carmen.

Apenas el capitán oyó nombrar a esta dulcísima y amorosa Madre, se derritió su corazón en copiosas lágrimas, hallándose sin fuerzas su obstinación para resistir a una gracia tan amorosa y persuasiva como le brindara con su Escapulario la Virgen Santísima. Se volvió a poner de nuevo el Escapulario, recibiendo los santos Sacramentos con visibles muestras de sincero arrepentimiento, y expiró con la placidez de un santo, en brazos del anciano capellán.

Al día siguiente, estando el capellán comentando con varios oficiales de su Compañía lo admirable y prodigioso del suceso y la santa muerte que había tenido, le sobrevino al venerable sacerdote un dolor vehementísimo en la palma de la mano izquierda, cual si tuviera una brasa encendida debajo de la epidermis. Era tan vehemente el dolor y tan inexplicable, que todos lo juzgaron como un recuerdo que le enviaba el capitán difunto desde el Purgatorio, a fin de que no se le olvidase el aplicarle el sábado la misa por su alma.

En efecto, los dolores le continuaron durante toda la semana, sin que hallara el menor alivio con los diversos remedios que le fueron aplicados.

Llegado el sábado, le acompañaron todos los camaradas y amigos del capitán para ofrecer por él la Santa Misa. Celebró el Santo Sacrificio en el altar de Nuestra Señora del Carmen, según le ofreciera, y en el momento de la elevación del cáliz, cesaron de improviso los dolores, mas con una novedad extraña, y fue el escuchar, al hacer el memento por los difuntos, la voz del capitán, muy suave cerca de sí, dándole las gracias, al par que se le abrieron, sin artificio alguno, unas llagas en la palma de la mano, por las que destiló copiosa sangre, cerrándosele al cabo de unos días, y dejándole una cicatriz, que no fue menor testigo para calificar la información jurídica de tan extraño y singular suceso.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 203-204.

UN BUEN EJEMPLO QUE CONVIERTE

Por el hecho mismo de haber dado a luz al Redentor del género humano es también Madre benignísima de todos nosotros, a quienes Cristo Nuestro Señor quiso tener por hermanos.
Pío XI, Enc. Lux veritatis, 25-XII-1931 

Virgen María, Madre de Misericordia,
en el Santuario de Ostra Brama
(Vilna, Lituania)
Una clínica, un quirófano, y, tendida sobre la mesa de operaciones, una niña de muy pocos años. La operación a practicar es francamente delicada, difícil; tres doctores en cirugía están presentes y dos médicos anestesistas.

—A ver, nena —dice uno de éstos—; cierra los ojitos, que vas a dormir.
—¡Pero si es de día! —replica la niña—; yo nunca duermo de día.
—No importa. Ahora vas a dormir. Cierra los ojitos...

El médico no quería que la niña viera la aguja con que la tenían que pinchar para anestesiarla. Y ella repetía lo mismo:

—Yo no duermo de día...
—Sin embargo, hoy tienes que hacerlo así; has de dormir para curarte... Anda, sé buena y cierra los ojitos...
—Bueno —dijo la pequeñita conformándose, pues comprendió muy bien que, tarde o temprano, aquellos señores se saldrían con la suya. Pero añadió:
—Yo, antes de dormir, rezo siempre las tres Avemarias. ¿Me dejan que las rece?...
—Sí, puedes rezar tus tres Avemarías...

Y con toda sencillez, la niña se incorporó, se arrodilló, juntó sus manecitas, y empezó su oración de todas las noches: «Dios te salve, María,... Ruega por nosotros, pecadores...»

Luego, acabadas las tres Avemarías, se tendió en la mesa y, sin esperar otra recomendación, cerró sus inocentes ojos...

Ante aquel cuadro encantador, uno de los cirujanos se sintió profundamente enternecido, aunque lo disimuló, y aparentó permanecer imperturbable. Pero en cuanto pudo abandonar el quirófano, lo hizo diciendo a sus compañeros que ellos podían terminar la operación, no haciendo falta él. Entonces se retiró a su despacho, se cerró por dentro, se puso de rodillas y empezó a llorar. Llevaba muchos años alejado de la Iglesia, sin recibir los Sacramentos y sin hacer oración... Y salió de allí decidido a realizar una buena confesión y vivir en adelante según la Ley de Dios, porque le había transformado totalmente, haciéndole recordar la inocencia y fervor religioso de su niñez, aquella niña que no se dormía sin antes haber rezado sus tres Avemarías.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 26-27.



EL MÍSERO EDELARDO

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Es muy recomendable la caridad del piadoso Mauro, abad de Fulda y después Arzobispo de Maguncia. Refiere de él Tritemio, que debiendo ser socorridos los pobres generosamente conforme a sus órdenes, el procurador del monasterio, llamado Edelardo, poco solícito de la ajena indigencia, disminuía con frecuencia los socorros a éstos destinados. Entre otras cosas [el abad] había dispuesto que cuando un monje pasase a mejor vida, la ordinaria porción que a éste tocaba se distribuyese a los pobres por espacio de treinta días, a fin de que esta limosna sirviese al difunto de sufragio. Pero el avaro procurador desatendía con frecuencia el cumplimiento de este mandato, o bien lo difería hasta después del trigésimo día, dejando así pasar un tiempo consagrado al alivio de los difuntos, conforme a la antigua tradición tan observada por San Gregorio el Grande. 

Acaeció en el año 830 una epidemia que se llevó buen número de individuos del monasterio; y el abad, redoblando su caridad, recomendó nueva y encarecidamente al procurador el cumplimiento de la antedicha disposición, prometiendo éste su puntual observancia. Pero Edelardo, avaro, de estrecho corazón y mezquino, desobedeció al superior: fue cruel con los pobres y más aún con sus hermanos difuntos. ¡Oh cuán perjudicial es la avaricia, sobre todo en el religioso! Por temor que faltase a los vivos defraudó a los muertos de los sufragios, y a los pobres de las limosnas. 

Entretanto la Justicia divina no dejó impune semejante codicia, porque muy afanado un día en intereses temporales, muy de noche y cuando los monjes se habían entregado al ordinario reposo, le ocurrió haber de pasar por el capítulo llevando una linterna en la mano. Allí vio al abad con número mayor de religiosos de los que había a la sazón en el monasterio, y que ocupando cada uno su silla parecía que deliberaban sobre algún negocio. Se quedó asombrado a la vista de tan inesperada reunión capitular; y esforzándose un tanto se atrevió a observar los semblantes, y sin más reconoció a los que habían fallecido en la epidemia... 

¡Oh! Entonces, helándosele la sangre, se quedó como una estatua. Pero el terror fue nada comparado con el castigo que se siguió, porque levantándose el abad y los demás se le echaron encima, y dejándole desnudo descargaron sobre él tales y tan duros azotes que quedó medio muerto, máxime que los flagelantes, acompañando con gritos los azotes, le decían con amarguísimo acento: 

— Toma, infeliz, toma el premio de tu codicia, que cuando pasados tres días te cuentes entre nosotros, recibirás algo más; y ten entendido que los sufragios de limosnas que deberían aplicarse a tu alma te serán quitados y aplicados a nosotros, a quienes tú has defraudado — y diciendo esto no fueron vistos más, quedándose solo tendido y medio muerto.

Levantándose a media noche los monjes para ir a Maitines y viéndole tendido en la sala capitular, le tomaron en brazos y le condujeron a la enfermería, donde procuraron suministrarle los remedios que pedía su lastimoso estado; pero él, rompiendo el silencio, ¡por Dios!, dijo con voz lastimosa, llamadme inmediatamente al padre abad, porque mi alma es la que necesita de medicinas más que el cuerpo, al que ya no alcanzan; y hallándose presente aquél con todos los monjes refirió lo que le había acaecido, de cuya verdad eran buen testimonio las llagas de que estaba cubierto su cuerpo. Mas por cuanto en el término de tres días debía comparecer ante el Tribunal de Dios, con grande arrepentimiento de sus culpas pidió los Santos Sacramentos, que sin dilación le fueron administrados, recibiéndolos él con extraordinaria devoción. Comenzó luego a debilitarse, hasta que entre las palabras de consuelo que le dirigía el abad y las fervorosas oraciones que sus hermanos hacían por él, entregó el espíritu justamente al concluir el tercer día.

El abad dispuso que inmediatamente se cantase por él Misa de Réquiem, y que conforme a la práctica, se distribuyese a los pobres por treinta días la porción que le correspondía estando vivo. Mas no por esto concluyeron sus penas, porque pasados los treinta días se apareció al abad en penosísima actitud; y asustado éste y conjurándole le dijese cuál era su suerte, respondió: 

— Buena por la misericordia de Dios, pero todavía estoy sumergido en penosísimos tormentos, porque aunque me han aliviado mucho las oraciones hechas por mí en el monasterio, no puedo obtener pleno perdón hasta que primero hayan ido a gozar de Dios aquellos nuestros hermanos a quienes yo defraudé por mi dureza de corazón, pues aun el mérito de la porción que en mi nombre habéis dado a los pobres, por justa disposición de Dios ha sido a ellos adjudicada. Te ruego, pues, Padre mío, que hagas distribuir una porción doble, que con esto confío quedará satisfecha la divina Justicia y tendrán fin mis padecimientos.

El abad se lo prometió. Y he aquí que concluido el segundo mes se le aparece de nuevo Edelardo, vestido de blanquísima túnica, rodeado de luz y con celestial gozo y serenidad en el semblante. Dio afectuosísimas gracias por la caridad que le habían hecho, y prometió que en el ciclo, cuya puerta le estaba ya abierta, no cesaría de procurar a sus bienhechores las divinas bendiciones (...)

Desde entonces, los buenos monjes no sólo atendían a los pobres con más solicitud, sino que, quien más, quien menos, todos entonces se abstenían de una parte de su ración ordinaria para aumentar con ella la limosna de los pobres, como sufragio de los difuntos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio,
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 14-18.



piątek, 12 sierpnia 2016

LA MANO QUEMADA DE FOLIGNO

El fuego del Purgatorio es igual en intensidad al fuego del infierno y el mínimo contacto con él es más aterrador que todos los sufrimientos posibles de esta tierra.
Santo Tomás de Aquino


Es cosa cierta que casi siempre que Dios ha permitido que una pobre alma condenada apareciese en este mundo, ha dejado una huella visible, y ha sido la del fuego (…) He visto y hasta he tocado en Foligno, cerca de Asís, en Italia, una de aquellas espantosas marcas de fuego que atestiguan una vez más la verdad de lo que aquí decimos, a saber, que el fuego de la otra vida es real.

El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foligno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastía, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de 1826. Es ocioso decir que estaba preparada dignamente para la muerte.

Doce días después, el 17 de noviembre, una hermana denominada Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, subía a la ropería, e iba a entrar, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas se dejaron oír nuevos gemidos tan acentuados que ella, a pesar de su ordinario valor, se sintió poseída de miedo.

— ¡Jesús, María! —exclamó— ¿qué es esto?.

Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:

— ¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dio! Che peno tanto!

La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como puede, y le pregunta:

— ¿Y por qué?
— A causa de la pobreza — responde sor Teresa.
— ¡Cómo! — replica la hermana: ¡vos que erais tan pobre!
— No es por mí misma, sino por las hermanas a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma.

Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza: 

— He aquí un testimonio de la misericordia de Dios.

Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida.

La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Del todo trastornada, se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto la forma de la mano de sor Teresa, que era notablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente.

Se esparce por fuera la noticia; los religiosos menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito.

Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto en todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo. 

— Sé lo que quieres hacer — le dice con severidad — quieres borrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio.

Después, con apacible rostro, añadió:

— ¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!

Y desapareció.

Por fin, al siguiente día 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, se despierta sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras:

— Fallecí un viernes, día de la Pasión, y otro viernes me voy a la gloria... ¡Llevad con fortaleza la cruz!... ¡Sufrid con valor!.

Y añadiendo con dulzura: ¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós!... se transfigura en una nube ligera, blanca, me deslumbra, y volando al cielo desaparece.

Se abrió en seguida una información canónica por el obispo de Foligno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la puerta se halló exactamente conforme a la mano de la difunta. El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. 

En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela y, lo repito, mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de un modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego. Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido. Por consiguiente, aunque no podamos penetrar el misterio, sabemos de un modo indudable que el fuego del infierno, corpóreo como es, ejerce su acción vengadora hasta en las almas.

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 96-100.

LA MADRE QUE PEDÍA LA CONVERSIÓN DE SU HIJO

Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados.
San Juan María Vianey

En uno de los primeros meses del año 1973, en un sanatorio de una ciudad castellana, estaba enferma una señora a la que visitaba todos los días un hijo espiritualmente desgraciado, pues llevaba una vida de completa disipación y total apartamiento de los preceptos religiosos, constituyendo esto la preocupación constante y angustiosa de la madre.

Una religiosa, que también estaba en el sanatorio y se enteró del caso, entregó a la aludida señora unas estampas sobre la devoción de las tres Avemarías, con objeto de que encomendase la solución del asunto a la Santísima Virgen, rezándolas diariamente y dando a su hijo una de esas estampas con la recomendación de que hiciera lo mismo. Así lo hizo la acongojada madre, suplicando encarecidamente a la Virgen María la conversión de su hijo y obsequiándola con el rezo de las tres Avemarías.

Pasados unos días tuvo conocimiento de que habían sido anunciados unos «Cursillos de Cristiandad» para jóvenes, y con gran ilusión le pidió a su hijo que se inscribiese para asistir a ellos, pero el joven se negó rotundamente, exclamando: 

— Déjame, madre, de tonterías; deja que viva la vida, que para mí tiene tantos atractivos; ¡qué tengo que hacer yo en semejantes cursillos! ...

La madre del «descaminado», sollozando por este fracaso, contó a la religiosa que le había dado las estampas de las tres Avemarías lo sucedido, y juntas continuaron rezándolas pidiendo fervorosamente a la Madre de Dios su mediación en favor de esa alma desdichada... 

Y cual no sería su grata sorpresa cuando, precisamente el día en que terminaba el plazo para las inscripciones, el hijo dice a la madre:

— Bueno, sólo por darte gusto iré a perder el tiempo en esos inútiles cursillos que tanto empeño tienes en que tome parte...

Va, al fin, el joven con desgana a inscribirse, y le manifiestan que ya no hay plaza disponible, pues se han cubierto todas. Ante esto, iba a retirarse el interesado (contento en el fondo por liberarse de su compromiso y poder justificarse a ojos de la madre), cuando le mira el padre director y le dice que «no sabe por qué pero que siente que le tiene que admitir», y en efecto, fue admitido y practicó aquellas jornadas de espiritualidad, con tan feliz resultado que, una vez terminadas, se presentó a su madre como «un hombre nuevo», completamente regenerado y decidido a no apartarse de la Ley de Dios.

El santo gozo de la madre fue inmenso; y el hijo «revivido» es hoy un entusiasta propagador de la devoción de las tres Avemarías, cuya eficacia proclama reconociendo que por la intervención de la Virgen Santísima obtuvo la gracia de Dios.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 24-25.