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środa, 27 kwietnia 2016

LIBRADO DE LOS EFECTOS DE LA PICADURA DE VÍBORA

Filocalo Caputo, en un su obra “II Monte Carmelo", refiere que Antonio Ferato, yendo de camino, vio una víbora en lo alto de una tapia, cerca de la cual le era forzoso el pasar sin más remedio, y por prevenir el peligro de que pudiese morderle, la derribó con un palo al suelo. Mas he aquí que, irritada, le saltó a la cara y le vino a herir bajo el ojo, inflamándosele a poco rato la cabeza, de tal suerte que parecía un monstruo, quedando totalmente ciego.

Una vez llegado d lugar, recurrieron a todas las medicinas caseras que solían emplearse en tan críticos y desesperados trances, mas todas llegaron tarde o fueron ineficaces, pues ninguna surtía el deseado efecto en el infeliz campesino.

Su piadosa mujer, devotísima de nuestra Madre del Carmen, le alentaba a que pusiese o depositara toda su confianza en Ella, y viendo tan desesperada su salud, fuese confiada a la capilla de la Santísima Virgen y en un vaso trajo un poquitín de aceite de la lámpara que ardía ante su imagen milagrosa del Carmen. Lo aplicó a la cabeza de su infortunado y esperanzado esposo y al punto empezaron a mitigarse aquellos atrocísimos dolores, bajando poco a poco la inflamación, de suerte que, en brevísimo tiempo, pudo ya respirar sin dificultad.

Pocas horas tardó en recobrar perfecta salud y al punto se trasladó al templo de la Santísima Virgen para dar fervientes gracias, junto con la piadosa esposa, a esta Madre de bondad y misericordia.



Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 87-88.

LA VIRGEN LO LIBRA DE MORIR BAJO TIERRA

Relación hecha por Sebastián Marín Zapata, vecino de Manizales, de 65 años de edad, sobre un hecho prodigioso que en su favor hizo la Santísima Virgen del Carmen a fines del año 1950, librándole de la muerte.

Estando trabajando en el municipio de Manizales, cavando una zanja para la tubería del alcantarillado de la población, en una profundidad de seis metros, de improviso ocurrió un derrumbe de tierra y piedras, quedando sepultado en el alud. Aunque había una cuadrilla de trabajadores en el tajo, solamente tres estaban en la zanja, pero únicamente fue alcanzado por la tierra el declarante. La brecha tenía un metro y medio. La tierra le cubrió completamente, de manera que vinieron a caer sobre él varias toneladas de tierra.

Al sentirse sepultado, invocó a la Santísima Virgen del Carmen, cuyo Escapulario llevaba, y trató de hacer fuerza por ver si podía librarse de la tierra que tenía encima y salir del peligro; en ese forcejeo para tratar de salir, que duró muy poco, perdió el sentido y conocimiento.

Así, sepultado por los escombros del derrumbe, permaneció quince minutos. Según le dijeron a él, después de un cuarto de hora exacto, le descubrieron la cabeza. Entonces le quisieron dar agua, pero tenía la boca y las narices llenas de tierra. Los bomberos le llevaron a la Clínica de la Presentación, donde a la hora y treinta minutos recuperó el conocimiento.

Ante favor tan portentoso, Sebatián Marín no se cansa de dar gracias a la Santísima Virgen del Carmen y recomienda a todos sean muy devotos de la Celestial Señora, seguros de que siempre y en todas partes recibirán su protección maternal.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 83-84.

LIBRADO DE UN PROFUNDO POZO

El venerable P. Miguel de la Fuente (1625), dice, en su “Compendio Historial”, que un niño de diez años, que vestía con devoción el Escapulario de nuestra Santísima Madre, ofendió con una simplicidad propia de sus cortos años y de su candorosa inocencia a un hombre desalmado, el cual, montando en cólera, lo hirió gravísimamente y, dándole por muerto, lo echó en un profundo pozo que había en las cercanías del lugar donde se desarrollara el suceso, para ocultar su crimen, cargándole o arrojando sobre el niño gran cantidad de enormes piedras, para dificultar más el que pudiera ser de algunos descubierta su monstruosa barbarie.
Al echarle de menos, sus afligidos padres corrieron como una exhalación en todas direcciones, por hallar vivo o muerto al hijo de sus entrañas, al que creyeron como Jacob a su José devorado por alguna fiera inhumana. Desconfiados de hallarle con vida, hicieron voto a la Santísima Virgen nuestra Madre de consagrarle a Ella en la Orden del Carmen como se les manifestase, y al instante comenzaron a paladear y gozar del fruto de su promesa, pues un humilde pastorcito, llamado Aníbal, que apacentaba sus ganados no lejos de aquel pozo donde se hallaba sepultado el niño devoto de la Virgen, vio que una de sus ovejitas, separándose de las demás, se iba acercando al pozo, corriendo peligro de caer dentro del mismo, por no tener brocal.

El pastorcito tiróle una piedra por ver si lograba alejarla de allí, mas, con el ruido vio que se acercaba más al borde, por lo que decidió ir él mismo a espantarla y alejarla. Mas, ¡oh milagro de la Madre de las misericordias! Tan luego como se acercó, percibió una voz lastimera y decaída que le llamaba por su nombre desde el fondo:

-“¡Aníbal, Aníbal!”, oyó el pastor que le gritaban. Turbóse todo con tan extraña novedad, y, asegurándose de lo que oía, corrió presuroso al lugar a fin de dar cuenta a la Justicia del suceso.

Corrieron todos despavoridos hacia el pozo y percibieron la misma voz que anunciara Aníbal haber oído. Amarraron con una cuerda a un joven decidido y le hicieron descender hasta el fondo.

Fue quitando una a una las piedras que cubrían el cuerpo del delicado niño y que hubiesen bastado para aplastarlo y matarlo sin remedio, si la Virgen no hubiera velado por él; y al reconocer que era Dominguito, a quien sus padres lloraban sin consuelo, comenzó a dar voces de indecible júbilo, comunicando a todos la fausta noticia.

Sacóle del pozo vivo, aunque con poquísimos alientos, por el gran peso que gravitara sobre el infeliz, mas al instante se recobró, pues, llevado en brazos al lugar, al siguiente día, que era sábado, le vieron del todo sano, jovial y alegre, sin recordarse de lo que pasara en el fondo del pozo por la ira de aquel hombre malvado.

Al día siguiente, domingo, le llevaron en procesión solemne a la ciudad de Nápoles, rodeándole inmensa multitud de fieles, y le condujeron a nuestro convento, donde, sin dilación, lo entregaron sus devotos padres a María Santísima, vistiéndole nuestro santo hábito.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 82-83.

wtorek, 26 kwietnia 2016

CURACIÓN DE UN PARALÍTICO

En el asilo de las Hermanitas de los Pobres desamparados de Burgos, estaba recogido el anciano Luis Beltrán, natural de Covarrubias, provincia de Burgos, de setenta y cinco años de edad, completamente imposibilitado, con las piernas rígidas y el cuerpo encorvado, sin poderse mover sino con dos muletas.

Todos cuantos remedios se le aplicaron por los médicos resultaron ineficaces, por lo cual le habían dejado por incurable, y él se hallaba resignado a pasar en tan lamentable estado el tiempo que Dios le concediera de vida.

Durante la novena de nuestra Madre del Carmen, que se hace todos los años en aquel asilo con gran solemnidad, de 1921, el capellán de la casa, don Rosendo Álvarez, le impuso el Santo Escapulario del Carmen.

Tanto durante la novena, como en la Misa y en el acto de la imposición, nuestro anciano se encomendó fervorosamente a la Virgen Santísima del Carmen, pidiéndole la gracia de poder valerse sin ayuda ajena, al menos en las cosas ordinarias, para no tener que molestar.

No se hizo mucho de rogar esta bondadosa Madre. Cuenta el afortunado anciano que, apenas se le impuso el Santo Escapulario, notó en todo su cuerpo un temblor extraño, observando al mismo tiempo que sus piernas perdían su rigidez y que podía enderezar el tronco del cuerpo.

Su primera intención fue la de tirar las muletas y comenzar a gritar “¡Milagro, milagro!”, pero fue tal la impresión que esto le causó, que no podía convencerse de lo que estaba palpando.

Temeroso de ser víctima de una alucinación, continuó usando las muletas durante aquel día. Al llegar la noche, y antes de que el enfermo fuese, como de costumbre, a acostarse, tanteó cerrar la ventana sin ayuda de las muletas, lo cual verificó sin dificultad. Lleno de alegría, se desnudó y acostó sólo, siendo grande la sorpresa del enfermero cuando, al ir a meterle en la cama, le encontró ya en ella y su rostro radiante de alegría.

Al día siguiente, se vistió solo y se dirigió a la capilla como los demás, donde oyó la santa Misa y comulgó de rodillas, cosa que no había podido hacer desde que le cogió la parálisis.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 80-81.

ENFERMEDAD Y CURACIÓN

El P. Pablo de los Santos nos dice que en Praga había un caballero noble, llamado Juan Bta. Castelo, cuya esposa, Bárbara, era devotísima del Santo Escapulario y muy observante en todo cuanto se prescribe para lucrar la Indulgencia Sabatina, de todo lo cual se burlaba el incrédulo esposo, tomándolo a guasa y chacota. Sufríalo y soportábalo con gran paciencia la devota señora, pero un día le dijo:

-“No tomes a chanza y burla las cosas de la Virgen Santísima, no sea que atraigas sobre ti la cólera y el enojo del Señor”.

Y nunca tal dijera ni pensara, pues de allí a pocos días le sobrevino una penosa enfermedad, que se fue agravando día tras día, hasta perder del todo la vista. Seis meses estuvo así, sin la menor esperanza de remedio, aunque llamó a los más célebres doctores de toda su patria.

Viéndose en tan lamentable estado, comenzó a cavilar en lo presto que perdió su salud luego que su esposa pronunció aquella fatídica sentencia. Mas Dios nuestro Señor, que le quería con salud, pero arrepentido, comenzó a infundirle la luz en su alma, a fin de que, conociendo sus yerros, pidiese perdón a Dios, poniendo por intercesora a nuestra dulce Madre María.

Estando embebido y ensimismado en semejantes ideas, quedóse transportado en un dulce sueño, logrando en él la mejor receta para su salud, pues con la viveza con que el sueño representa las cosas, vio a la Virgen Santísima con hábito del Carmen, diciéndole que se impusiera cuanto antes el Santo Escapulario, y con él, juntamente con la vista, recibiría perfecta salud en su alma.

Vuelto en sí, contó a su devota esposa lo que le había pasado. Y ella, llena de gozo y anhelando que recibiera el Escapulario, llamó inmediatamente a su confesor, el cual se lo impuso, escuchando al par su confesión más humilde y fervorosa, y, al momento de recibir la Sagrada Comunión, recuperó de súbito la vista, manifestando el efecto milagroso que la receta, aunque soñada, tuvo un efecto rápido, eficaz y prodigioso.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 78-79.

RECOBRA LA VISTA UNA CIEGUECITA

En Jerez de la Frontera, en 1952, sucedió este prodigio: una niña había quedado cieguecita, víctima de una meningitis tuberculosa, sin que los médicos diesen la menor esperanza de recuperar la luz extinguida en las pupilas de la candorosa y angelical niñita.

-“Sólo un milagro -había dicho un médico fervoroso a la buena madre- le podría devolver la vista.

“El corazón de la piadosa madre había ido disponiendo el corazón de su amada y angelical hijita con una fe, una humildad y perseverancia, a la que no sabe resistir jamás el corazón clementísimo y dulcísimo de la Madre de Dios.

Y con aquella fe que quebranta las piedras y hace trasladar los montes, susurra en el corazón de su inocente hija:

-“Pero si no te hace el milagro, es que no lo merecemos o que te conviene más la ceguera para tu salvación”.

En estas condiciones, y con el convencimiento ciertísimo de ser escuchadas y atendidas, llegó la hora del besamanos a la Virgen. Cuando se acercaba la madre, entre medrosa y confiada, y sugería a su hija que esperase contra toda esperanza el ser oída y atendida por la bondad de nuestra dulce Madre, la tierna niña, dando un suspiro de amor y poniendo su alma en los labios para besar el Santo Escapulario, sintió un escalofrío y un estremecimiento súbito en todo su ser, y de pronto:

-“¡Madre, que veo a la Virgen! ¡Qué lindísima es!”

Todos los circunstantes sintieron el escalofrío de lo sobrenatural y lo sublime, y con las gargantas anudadas rindieron el tributo más grande de amor a nuestra Madre Coronada.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 77-78.

poniedziałek, 25 kwietnia 2016

ABRE EL GAS PARA SUICIDARSE

Una Hermanita de los Pobres, que murió en Francia siendo Superiora, contaba lo que le había sucedido a ella misma:

«Muerto mi padre, nos fuimos a vivir a París, mi madre, que ya era anciana, y yo. En mi casa había dinero para abrir un modesto taller; y como yo sabía, gracias a Dios, ganarme la vida con mi trabajo, logré ir haciendo un pequeño capital. Pero después mi pobre madre cayó enferma de muerte, aunque la enfermedad había de ser muy larga...

Cerré mi taller y mi tienda y, dejándolo todo, solamente me desvelaba por aliviar los padecimientos de mi madre (a quien yo amaba de todo corazón) y de ir alargando su vida minada por un cáncer, que no tenía cura.

Al cabo de dos años murió mi querida enferma, y yo quedé sola en el mundo; y no solamente quedé huérfana, sino también arruinada, porque todos mis ahorros y ganancias se habían consumido en la enfermedad.

Aquella muerte, aquella soledad, aquella ruina, fueron mi perdición. Perdí en efecto la esperanza en Dios nuestro Señor, me desesperé, y, finalmente, para suicidarme, hice lo que vais a leer:

“Entré una noche del mes de julio en mi aposento; cogí un gran brasero, lo llené de carbones y lo encendí, habiendo cerrado la puerta y la ventana, me acosté para morir dulcemente por asfixia. Serían como las cinco de la mañana cuando casualmente, es decir, providencialmente, vino a visitarme una antigua amiga mía que terminaba de llegar a París a esas horas. Llamó a mi cuarto; y como nadie contestase, preguntó por mí a los vecinos; y sospechando todos alguna desgracia, descerrajaron la puerta de mi cuarto y quedaron espantados al verme muerta.

Casualmente también, es decir, providencialmente, entraba entonces en la casa el famoso Doctor Recamier a visitar a un enfermo, y, habiéndole rogado los vecinos que pasase a verme, el doctor me examinó muy despacio, y declaró a todos los circunstantes que yo estaba muerta y bien muerta. Pero casualmente, es decir, providencialmente, vio el doctor que yo llevaba el ESCAPULARIO DEL CARMEN, y entonces exclamó:

-“No señores, no; no debe estar muerta esta mujer; lleva el Santo Escapulario; y ningún suicida logra morir, aunque en ello se empeñe, cuando lleva consigo este talismán”.

Tomó, pues, en sus manos -el doctor- mi Escapulario, volvió a ponérmelo bien, tornó a mirar, a remirar, a palpar mi cuerpo yerto y a examinarme más despacio. ¡Inútil empeño! No lograba encontrar en mí ninguna señal de vida. Mas no por eso se daba por vencido el cristianísimo Doctor, en cuyo rostro, muy a las claras, se leían el dolor, la pena, el asombro y la profunda meditación que le embargaban.

-“Traed, dijo de repente, traedme dos mazos de madera, y vamos a golpear todo el cuerpo, particularmente por la región del estómago. No puede ser que haya muerto en medio de la desesperación quien lleva puesto el Escapulario del Carmen”.

Comenzaron a menudear suaves golpes de mazo sobre mi cuerpo frío; y el sabio y piadoso doctor examinaba atentamente, a cada minuto, mis yertos despojos, sin descubrir ni atisbar ninguna señal cierta de vida. Y así se pasó una hora mortal: ellos dándome golpes con los mazos, y el doctor observando con mucha atención y vigilancia mi cadáver. Pero de repente se ilumina la cara del Doctor Recamier, el cual, con lágrimas en los ojos, comenzó a gritar:

-“Ya, ya vuelve a la vida este cuerpo. Bien lo decía yo: Nuestra Señora del Carmen no podía dejar morir así a quien llevaba puesto su SANTO ESCAPULARIO”.

Confusos, atónitos y espantados quedaron los circunstantes, que, después de aquella larga brega, casi fúnebre, habían perdido ya toda esperanza. Pero todos se desvivían después por cuidar amorosamente de esta infeliz pecadora.

Finalmente logré la más cabal salud; lloré mi pecado, pedí perdón a Dios y a los hombres y entré en religión. Yo deberé, pues, mi salvación eterna al bendito ESCAPULARIO de la Santísima Virgen del Carmen.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 72-74.

TIENDE, SEÑORA, HACIA MI HIJO, TU SANTO ESCAPULARIO

Nuestra Señora del Carmen, por Pietro Novelli,
1641
Un joven sano y bello, un mal día, amaneció gravemente enfermo. Una pleuresía purulenta en último grado hacía precisa una intervención quirúrgica, que tendría lugar el día 16 de julio de 1935.

El padre llevó al niño a la mesa de operaciones, y la madre corrió hacia la Iglesia del Carmen, y, después de confesar y comulgar, oró a la Santísima Virgen del Carmelo para que, si se llevaba a su criatura, lo hiciera sin que se martirizara al pobre cuerpecito.

-“¡Que muera, Virgen mía, que muera si es preciso! ¡Pero que no sufra! ¡Tiende, Señora, hacia mi hijo tu Santo Escapulario!", decía sin cesar entre lágrimas y sollozos. Y así continuó, envuelta en la suave penumbra de la Iglesia. De pronto sintió una mano que se posaba sobre su hombro; era la de su marido.

-“¿Ha muerto? ¿Ha muerto?”, interrogó la madre al ver el rostro demudado del padre.

-“¡No, no; está vivo y sano y te espera!”

-“¿Salió bien entonces de la operación?”

-“No, no ha sido necesaria; los médicos no se explican lo que ha ocurrido. Le llevaron a la mesa; el doctor Ramoneda volvió a reconocerlo, y con cara de asombro llamó a los demás doctores que con él estaban. Nada hablaron, nada dijeron; yo comprendía que ocurría algo grave por sus rostros, pero no me atrevía a preguntar; creí que el niño iba a morir... Por fin se rompió el silencio:

-“Sí, sí; no existe pus; cicatrizada la pequeña herida hecha por la punción de ayer; nada de fiebre... Asombroso, asombroso. Vean ustedes”.

Volvieron a examinar y dirigiéndose a mí, el doctor Ramoneda me dijo:

-“El niño está curado; no he sido yo; ha sido Dios, indudablemente; lléveselo usted..”.

Envolví a mi niño cuidadosamente y lo traje a casa; aún no acierto a explicarme lo que ha sucedido.

-“¡Yo, sí; yo sí!”, exclamó la madre.

-“Ha sido la Santísima Virgen del Carmen, que, al ver mis lágrimas, al contemplar mi dolor, ha tenido lástima y ha curado a mi hijo. ¡Lo ha salvado! ¡Me lo ha devuelto! ¡Gracias Madre mía, gracias!”

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 71-72.

SALVA A UN QUINCALLERO

En la ciudad de Toro (Zamora) sucedió el siguiente caso, por los años de 1918: Un quincallero, sujeto de chapa, valiente, desgarrado, blasfemo y acaso también discípulo aventajado de Caco, tuvo un encuentro con uno de su estofa, del cual salió cosido a puñaladas. Llevado al hospital, los médicos le pronosticaron pocos días de vida. Enterado de ello un P. Carmelita, se fue inmediatamente a visitarlo. Al verlo el enfermo, se desató en blasfemias contra todo lo divino y humano. Dióle a entender el buen Padre, muy cortésmente, que, visitando en el hospital a todos, no era bien quedase él sin su visita, máxime siendo un forastero. Desde el hospital se fue el Padre al púlpito, donde aquella tarde había de predicar, y, terminado el sermón, rezó un Padrenuestro por un pobre moribundo que estaba a punto de condenarse. Al siguiente día volvió a visitarlo.

-“¿Cómo va de ayer a hoy, buen amigo?”

-“Padre fraile, ya le dije a usted que no quiero cosas de iglesias ni de curas; lo que quiero es coser a puñaladas al que me las ha dado a mí”.

-“Bueno, hombre, ahora no estás para eso. Espera a ponerte bueno y entonces ya veremos lo que hay que hacer”.

Se entretuvo con él breves instantes, por no hacérsele sospechoso. Terminado el sermón, volvió a rezar por él el Padrenuestro.

Al siguiente día notó el Padre que se hallaba algo más amansado que los anteriores días, y se atrevió a decirle:

-“Mira, hijo, tengo obligación de hacer por ti lo que pueda. Poco es ello, pero mientras se me ofrece coyuntura para cosa de más monta te voy a dejar este recuerdillo; ponte este Escapulario aunque no sea más que por ser cosa mía, de un buen amigo que te desea la salud”.

-“Bueno, como cosa de usted me lo pongo; pero siempre empiezan ustedes así, para engatusarnos”.

Con muy buen humor y con sal andaluza le refirió el Padre algunos chistes alusivos a su caso, y marchóse a predicar el cotidiano sermón. Mas, al poco rato de acabado el sermón, vienen a llamar al Padre de parte del quincallero, que se moría el pobrecito a chorros. Al llegar el buen Padre, le encuentra de rodillas en la cama:

-“Padre, dice, ¿qué me ha puesto usted al cuello que me está quemando? Pero no me lo quiero quitar, pues no sé lo que me pasa. Ya no pienso en mi enemigo; si no es para perdonarle de corazón; enséñeme usted algo de la Religión de Cristo; quiero ser como Dios manda y confesarme”.

Se confesó fervorosamente, recibió el Viático y la Unción de enfermos, muriendo el infeliz santamente cual otro San Dimas.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 69-70.

CONVERSIÓN DE UN ATEO

Sucedió en la tarde del 22 de abril de 1925, víspera de la Coronación canónica de la Virgen del Carmen, en Jerez de la Frontera. Una jovencita de diecisiete años rogaba al P. Luis María Llop se apiadase de su dolor y saliera a auxiliar a su querido padre, que se hallaba poseído del demonio y por más conatos y esfuerzos que hacía el infeliz, ayudado por su buena esposa y por su hija, no conseguía vencer el obstáculo que se le oponía al ir a traspasar el cancel de la iglesia. Su padre era descreído y ateo, pero ahora sentía vivo interés por entrar en el templo y arrodillarse ante la imagen de la Virgen. Al ver que no lograba realizarlo, le rogaba le impusiera el Santo Escapulario allí mismo, a ver si la Madre de Dios se apiadaba de ellas y les otorgaba benévola su petición.

Así lo hizo el P. Llop. Inmediatamente después decía aquel hombre lleno de emoción:

-“¡Bendita seas, hija mía, pues como eres un ángel, la Virgen te ha escuchado para atraernos hacia su Hijo y devolverme la paz del corazón! Quiero verla, quiero verla y rezarle para que se apiade de mi alma”.
Entró en la iglesia de rodillas hasta el presbiterio, subió luego al camarín y allí oró con fervor extraordinario por espacio de media hora, pasada la cual levantóse como movido de un resorte, y, dirigiéndose a su amada hijita, le dijo:

-“Tú has pedido a la Santísima Virgen que me confiese, y yo quiero hacerlo, siento verdadera necesidad; así que marchaos vosotras al hotel y cenad tranquilamente, que yo quiero quedar toda esta noche en la iglesia para asistir a la Adoración Nocturna”.

Madre e hija, abrazadas a su cuello y llorando de emoción y alegría, le decían, entre sollozos:

-“Nosotras no tenemos apetito, ni deseamos otro alimento alguno más que ese Pan de Ángeles que deseamos recibir juntamente contigo”.

Allí permanecieron junto al Sagrario, arrodillados casi toda la noche. Se confesó con gran arrepentimiento y comulgaron los tres en la primera misa.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 68-69.

GRACIAS A ELLA PUEDE HABLAR

Carmen Luque de García, hermana de un religioso carmelita, cuenta: 

«Me encontraba en un estado de desesperación y de angustia extrema debido a una enfermedad de laringe y tráquea, que, a pesar de una doble operación, practicada por cuatro de nuestros mejores cirujanos, no tenía remedio alguno en lo humano, había perdido totalmente la voz, y la respiración sólo podía verificarse por una cánula de plata que me fue colocada por la parte externa e inferior de la garganta; así que yo misma veía que mi vida no podía prolongarse mucho.

El pensamiento de tener que dejar a mi marido y a mis hijos pequeñitos era lo que más me atormentaba, a más de que, como ustedes comprenden, siempre es horrible la muerte siendo joven y con hogar feliz.

En estas condiciones acudí ya casi sin fe, para ser sincera, adonde mi hermano Julio a rogarle que me consiguiera de ustedes, una reliquia bien milagrosa de un Santo. El, después de unos segundos de silencio, me preguntó:

-“¿Tienes puesto el Escapulario de Nuestra Santísima Madre?”.

A lo que yo le contesté:

-“No, y no me explico por qué, a pesar de llamarme Carmen”.

Me dio uno y me dijo:

-“¿Qué más reliquia que ésta? Háztelo imponer y prométeme no quitártelo, propagarlo por todas partes y hacer diariamente una visita a Nuestra Madre Santísima rogando por mí y por todas las Ordenes carmelitas del mundo”.

Nos despedimos sin más comentarios, salí de donde mi hermano con una fe tan grande y tan tranquila que comencé esa misma mañana a hacer lo que él me dijo. Esa noche dormí como hacía muchos meses no había podido y cuál no fue mi asombro y el de mi marido cuando al despertar comencé a hablar con voz más inteligible, sin dificultad respiratoria y con un ánimo extraordinario.

Pasados tres días y viendo los progresos cada vez mayores que hacía en mi curación sin remedios de naturaleza alguna, fui al médico de cabecera, el cual quedó mudo de asombro, me quitó la cánula sin hacerme comentarios, y al final, me dijo:

“¡Es un milagro! La felicito; tómese unas vitaminas y haga su vida corriente».

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 67-68.

CURACIÓN PRODIGIOSA

Miguel Ramón Borrás, vecino de Bogotá (Colombia) contó este caso, acaecido a su hijo: El niño Miguel Orlando Borrás Azuero, de 13 años, sufrió un serio ataque de nefritis, complicado con edema cerebral, viniendo a quedar durante tres días completamente ciego, privado del conocimiento, paralizado, en fin, casi muerto. Por tal lo reputaban.

Nada menos que once médicos examinaron al pequeño paciente en la clínica Marly de Bogotá, y todos a una lo declararon desahuciado.

La madre del niño, en el colmo de la desesperación, pero también en el de la confianza, pidió fervorosamente a la Virgen del Carmen, cuyo bendito Escapulario estaba pendiente en el cuello del enfermito, que le concediera milagrosamente la salud al hijo de sus entrañas.

Así sucedió. Al tercer día de aquella muerte aparente, Miguel Orlando, a la vista atónita de cuantos observaban el fenómeno, comenzó a recobrar la salud, volviendo en cierto modo a nacer, pues, el 17 de diciembre, día en que tuvo principio la mejoría, era precisamente su cumpleaños.

Para testimoniar a la Virgen del Carmen nuestro eterno agradecimiento, hemos mandado celebrar una Misa Solemne en su honor, en el mes de julio, consagrado a Ella por la piedad cristiana.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 66-67.

ENTERRADO EN UNA MINA

El semanario “TÚ”, órgano de los obreros de Acción Católica, de fecha 6 de mayo de 1950, refería este hecho prodigioso, de la protección que dispensa la Virgen del Carmen a todos sus devotos.

El día doce de abril, a eso de las dos de la tarde, cuando me hallaba trabajando en el grupo minero “El Merujal” (Coto del Musel), como posteador, y posteando bajo unas llaves de carbón, fui sorprendido por un potentísimo derribo de carbón que me dejó sepultado en un pequeño reducto, sin comunicación por parte alguna.

El reducto en que me hallaba refugiado tendría una longitud en sentido inclinado de 1,40 por 0,40 metros aproximadamente, en cuyo hueco tuve que permanecer algo encogido. Al poder encender la lámpara, que se me había apagado, me di cuenta de que me encontraba en un caso perdido, y mi única exclamación fue ésta:

- “¡Que la Virgen bendita del Carmen me ampare!”

En tan angustiosa situación me transcurrieron las horas y los días, que, gracias a la luz de la lámpara (racionando la luz), pude por el reloj controlar, hasta que el sábado, día 15, otro movimiento me redujo aún más la cavidad, dejándome ya una pierna aprisionada por el carbón y la lámpara desaparecida. Ya en completa oscuridad, perdí la noción de la hora y del día en que me hallaba, haciendo ímprobos esfuerzos por ver si podría salvarme.

Desde el primer día estuve haciendo señales con una piedra sobre una mamposta, pero seguramente por la distancia, no pude ser contestado, hasta que ya el domingo, en que los trabajos de salvamento iban algo avanzados, fui contestado, lo cual me alivió enormemente en la depresión moral que sufría; a pesar de ello, perdí el conocimiento varias veces, sin duda por el sufrimiento y el agotamiento físico.

La sed me devoraba y era mi mayor tormento, y como la atmósfera estaba enrarecida y pésima, mi situación se hacía insostenible e imposible de todo punto; mi ánimo y las fuerzas decaían cada vez más, y gracias a la Virgen del Carmen, a quien invocaba constantemente, el martes, a las doce de la noche, ya llegaron hasta mí, abriendo un pequeño hueco. Un compañero, lleno de ánimo y valor, exclamó:

- ‘‘Bueno, Quico, ahora eres mío ya. ¡O te salvo o muero contigo!”.

Pero Dios quiso que en este momento tan sumamente peligroso no nos pasara nada ni a mi salvador ni a mí... Desde mi reducto me sacaron con los ojos vendados hasta la galería, y en una camilla me trasladaron al exterior y al botiquín de urgencia de la mina, hasta que, atendido de urgencia, me llevaron al sanatorio “Adaro”, de Sama de Langreo.


Algunas preguntas que le fueron hechas y las respuestas del interesado son las siguientes:

- ¿Hay en lo sucedido en la mina, para usted, alguna circunstancia especial por la que sienta la convicción de haber sido favorecido por la Virgen del Carmen?

- Mi situación, en los seis días y diez horas que duró mi encierro, fue muy crítica, por lo sumamente peligroso del reducidísimo lugar en que me hallaba; la atmósfera era muy mala y, a juzgar por los técnicos de la mina y sanitarios, fue aún más milagroso de lo que me creía. Todo ello me lleva a la convicción de que algo sobrenatural me protegió, y no dudo que fue la Virgen del Carmen.

- ¿Desde cuándo es usted devoto de la Virgen del Carmen?

- Desde toda mi vida. En mis abuelos y padres siempre existió una devoción ferviente por la Virgen bendita del Carmen, y ello, sin duda, fue motivo más que suficiente para que desde mi niñez arraigara también en mí tan celestial devoción.

- ¿Vestía usted el Escapulario de la Virgen del Carmen cuando le sucedió tal percance?

- Sí, lo llevaba, y lo llevaré siempre conmigo. También he de menifestarle que mi caso fue considerado tan excepcionalmente milagroso que, en el sanatorio “Adaro”, fui visitado por ingenieros, médicos y personalidades, así como por un crecidísimo número de mineros de toda la cuenca.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla. Págs. 63-65.

SÁLVAME, VIRGEN DEL CARMEN

En el pueblo de la Colia, en Colombia, un soldado llamado Gallego, con cinco compañeros más, cayeron en manos de los bandidos. Los llevaron al puesto del bandolero jefe. El consejo de guerra de aquellos desalmados fue elemental por demás:

“Una de dos, o se unen a nuestra facción o son fusilados en el acto”.
Gallego, pensó que no valía la pena, bajo concepto ninguno, el traicionar su uniforme. Los otros cinco, hijos del pueblo como él, soldados como él, colombianos como él, católicos como él, pensaron al unísono con él:

-“No somos traidores por nada de este mundo”.

Fueron atadas atrás sus manos y puestos en fila delante del pelotón de bandidos. El jefezuelo, despechado y cruel, les fue pasando lista; les rajaba la cara con su machete y les escupía. Gallego retiró el rostro y el acero llegó a rajarle el labio superior.

“Ahí mismo la descarga” -imperó el criminal bandido-. Gallego se tiró al suelo... abrazada su alma a la Virgen del Carmen, cuyo Escapulario le había impuesto el P. Agudelo, su Párroco. Y la invocó:

- “¡Sálvame, Virgen del Carmen!”

Y..., diciendo y haciendo, se arrastró con otro por entre el alto rastrojo y hierba en que estaban. Atado, no podía casi moverse del sitio. Oía perfectamente los ayes de agonía de los fusilados, las palabrotas de los asesinos, las pisadas de éstos, que los buscaban allí mismo en el sitio, en cuatro metros de radio. Al otro, que como él se tiró al suelo y como él trató de huir, lo encontraron y lo remataron allí mismo. Y... Gallego, invocando a la Virgen del Carmen, a un metro de los asesinos, tirado entre la hierba...

Cuando los bandoleros desalmados huyeron del lugar, temerosos de la tropa, que se dejaba ya sentir, Gallego siguió arrastrándose. Y se hizo por fin visible a los soldados. Delante de ellos, de los vivos, y de los fusilados compañeros de avanzada, explicó su milagro, y delante de ellos dio gracias fervorosas a la Santísima Virgen del Carmen por el milagro que obrara con él.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,

Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 62-63.

A LA SANTÍSIMA VIRGEN DEBO YO LA VIDA

Refiere el abate Moret en su “Ministerio Parroquial”, que hace pocos años regresaba en largo tren a París desde Versalles y hubo un infernal decarrilamiento.

Dos estudiantes de medicina lograron salvar la vida de tan espantosa catástrofe. Pero uno de ellos perdió en el accidente medio brazo, quebróse la pierna por la tibia y peroné, quedando todo su cuerpo hecho una verdadera lástima. El otro estudiante acompañó a su amigo al hospital, cuidándole con fraternal cariño y emocionado profundamente por el recuerdo del espantoso peligro del que había salvado la vida. Asistió a la primera cura de su compañero, y con trémula voz, dijo a la Hermana de la Caridad que asistía a su amigo:

«Hermana: No voy a recomendarle a usted que vele cuidadosamente por la salud de mi buen amigo; pues yo sobradamente sé lo que son ustedes para desvivirse por todos sus enfermos y cuidarles con solicitud de amorosas madres, pero sí le suplico, con toda la vehemencia de mi alma, que haga usted que le impongan, cuanto antes, el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen. Mire usted, Hermana, yo soy un cualquier cosa, pero llevo desde muy niño el Escapulario y estoy firmemente persuadido de que él me ha salvado en este trance. A la Santísima Virgen debo yo la vida”; porque he sido la única persona que ha salido ilesa entre todos los que íbamos en el vagón; por ello he prometido a la Santísima Virgen difundir y propagar cuanto me sea posible el Escapulario bendito, que tan milagroso es y al que tanto le debo».

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 61-62.

niedziela, 24 kwietnia 2016

LA CUBRÍA CON UN DELANTAL

En “La lectura popular” de Orihuela del 15-11-1896, su director, D. Adolfo Claravana, publicaba la siguiente noticia:

Una niña de tres años y tres meses extravióse a la mitad de la tarde del sábado 18 de enero, y, buscada por todas partes, no apareció. Llegada la noche, sus padres, afligidísimos, acudieron a las autoridades; alarmóse todo el mundo, y el vecindario en masa, movido por el resorte del más vivo interés, púsose en movimiento para encontrar a la criatura. En vano fue todo; la noche pasó en la más viva ansiedad, pues, a pesar de haber recorrido el monte y huertas vecinas palmo a palmo, nada se logró.

A la mañana siguiente, apenas apuntó el día, volvióse a la faena; se publicaron edictos en los pueblos vecinos; aumentó a centenares el número de personas que buscaban a la niña, y, sin embargo, tampoco se logró hallarla. Iba ya transcurrido un día entero; hacía más de veinticuatro horas que la niña no se había alimentado; la noche había sido una de las más frías del año; la niña, descubierta la cabeza y vestida ligeramente, era imposible que hubiese podido resistir; estaría muerta. Además, el monte cercano está sembrado de hondanadas y precipicios horribles que, a obscuras, es muy difícil salvar...

Mas he aquí que a las tres de la tarde unos tíos de la niña, rebuscando por aquellos peligrosos sitios, ven a la inocente criatura tendida al amparo de un extraño saliente de la montaña, y junto a un precipicio de muchos metros de profundidad, cortada casi verticalmente.

- “Aquí está, exclaman; pero, ¡ay!, indudablemente está muerta..”..

Entonces se acercan a ella y ¡oh sorpresa! La niña se levanta, serena y tranquila abre sus bracitos y se dirige a sus tíos como si tal cosa.

-“Hija mía, gritan estrechándola contra su corazón, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo has podido sufrir esta horrible noche de frío?”
-“Si no he tenío fío”. Dice la niña en su infantil lenguaje.

-“¿Cómo es posible?”

-“Si ha estao toda la noche conmigo una mujé y me tapaba con el delantal”.

-“¿Una mujer?”

-“Sí, una mujé”.

-“Pero esa mujer ¿no te hacía nada? ¿No oías tú, cuando cruzábamos por aquí con luces y hacíamos ruido y te llamábamos a gritos?”

-“Sí que lo oía; pero la mujé me decía: “No te muevas, hija mía, que ya vendrán por ti”.

El estupor de los que escuchaban estas palabras llegó a su colmo: aquello, ¡era un milagro!

Trasladada la niña al pueblo, celebróse al día siguiente en la Iglesia Parroquial una solemne Misa de acción de gracias por el hallazgo de la niña.

Y ahora viene lo admirable... Al entrar la niña al templo ve una imagen de la Virgen del Carmen, y exclama dando un grito como si volviese a encontrar a una persona querida:

-“Made, ésa es la mujé que me tapaba con el delantal”.


Calcúlese la sorpresa que producirían estas palabras. Cerca de la imagen de la Virgen había una de San Juan Evangelista.

-“¿Es ésa?”, le preguntaban para ver si la niña había dicho aquello por capricho.

-“No, aquélla”, contesta insistiendo en señalar a la Virgen del Carmen.

El entusiasmo de la muchedumbre, que literalmente llenaba la Iglesia, trocóse en lágrimas de fervor; todo el mundo lloraba.

Sacaron a la niña, terminada la función, y la llevaron de casa en casa. Una de ellas fue la del vicario del pueblo. La niña entra en el despacho del sacerdote; en él hay un cuadro de la Virgen del Carmen.

-“Esa es la mujé que me tapaba con el delantal”, repite la niña. Sigue visitando muchas casas, y entra en otra donde había otra imagen igual.

-“Ésa es la mujé que me tapaba con el delantal”, repite por tercera vez.

-“Ya no cabe duda, dice el pueblo entero a una voz; esta niña ha sido objeto de un verdadero milagro. Milagro del Escapulario que vestía la Virgen, y la niña llamaba delantal.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 48-51.



HACHA PRODIGIOSA

En Aranda de Duero (Burgos), vivían unos esposos: él, a quien las lecturas antirreligiosas y los amigos libertinos le habían inducido hasta la incredulidad y el escepticismo, increpaba continuamente a su esposa, fervorosa cristiana, por sus prácticas religiosas.

Un día, volvía la esposa, después de asistir a la función religiosa, y traía en la mano, junto con el devocionario, el Santo Escapulario del Carmen, con el que se había acercado a recibir la Sagrada Comunión. El esposo, en un arrebato de cólera, se lo quita de las manos, lo coloca sobre el poyo en que partía la carne y, lleno de coraje, toma el hacha y se dispone a partirlo en pedazos; pero... el hacha cayó repetidas veces sobre el santo Escapulario, sin lastimarle lo más mínimo. En uno de los golpes rebotó el hacha, dándole al carnicero en la frente... Este abrió los ojos de la fe ante aquel repetido prodigio y, arrodillado ante el santo Escapulario, pidió perdón a la Santísima Virgen de su sacrilegio.

Acto seguido se fue a la iglesia, donde, con muchas lágrimas, se confesó y recibió la Sagrada Comunión y también el santo Escapulario, que llevó con singular devoción durante toda su vida.

Desde aquel entonces se portó como un modelo de esposo cristiano.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 51.

EL ESCAPULARIO LE AYUDA EN UN BAILE

Una joven antes de entrar en religión fue a ver al Santo Cura de Ars, para hacer con él una confesión general. Éste, al confesarla, le preguntó:


-“Usted debe acordarse bien, hija mía, de cierto baile al que asistió hace poco tiempo. En este baile encontró usted a un joven desconocido de todos, pero de maneras tan distinguidas que fue casi el héroe de la fiesta”.

-“Sí, Padre”.

-“Y... usted hubiese querido que la invitase a bailar, y estaba usted llena de celos y de despecho al ver que prefería a las demás y nunca se dirigía a usted”.

-“En efecto, Padre, así era”.

-“¿No se acuerda que, al salir el galán, creyó usted ver en la puerta y bajo los pies del joven dos llamas azules que desde luego tomó usted por una ilusión de sus ojos, engañados por la luz y la oscuridad?”

-“Todo, todo es verdad, Padre”.

-“Pues bien, hija mía: ese joven era el demonio. Aquellas con quien bailó viven en estado de condenación. Y ¿sabe por qué usted no fue invitada por él? Por el Escapulario que llevaba usted puesto y que por la devoción a María conservaba como una defensa”.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 52.

EL PODER DE UNA INVOCACIÓN

Juan Guerrero, natural de Gachantivá (Boyacá), radicado desde hace algún tiempo en Villa de Leiva (Colombia), donde posee un almacén de mercancías, cuenta:

- «Conducía un camión y antes de llegar al puente de Leiva, noté que algo iba fallando; que la dirección no andaba bien, pues se había trabado, a consecuencia de lo cual, me encuneté hasta la una de la madrugada en que logré salir del atolladero. Proseguí la marcha no sin antes encomendarme con toda confianza a Dios y a la Virgen del Carmen. No me percaté de que se había roto un resorte, y, al dar una curva, no obedeció la dirección, me vi perdido e inevitablemente el camión se volcó de una manera aparatosa. Invoqué entonces a la Virgen del Carmen a voz en cuello:

- “Virgen del Carmen, ayúdame!’’

Repuesto del “sustazo”, pude ver cómo el parabrisas había quedado hecho cisco, la carrocería convertida en chatarra y del dedo anular había volado el anillo de matrimonio, hecho trizas.

Íbamosseis pasajeros y todos quedamos ilesos, no obstante haber sido el ayudante botado a través de la carpa por la violencia del contragolpe, habiendo sufrido tan sólo un leve rasguño en el rostro.

Todos a una estuvimos convencidos de que la Virgen del Carmen nos había salvado la vida en aquella noche terrible, cuando estuvimos en un tris de perderla.

Desde aquel entonces prometí costear anualmente la fiesta de la Virgen del Carmen el 16 de julio, en la Iglesia de las Madres Carmelitas de Leiva. Desde hace tres años vengo cumpliendo ese acto de gratitud.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 52-53.

ROMPE GRUESAS CADENAS DE UN COFRADE SUYO

Don Carlos de Verona fue cautivo de los moros, los cuales pusiéronle en una horrible prisión y estrecha custodia, cuando su alcurnia y nobleza eran más reconocidas.

Hallábase en una lóbrega y hedionda mazmorra, encadenado de pies y manos, maltratado y tan torturado que apenas si podía mover, para nada, los brazos.

Viéndose en tal tribulación y miseria tanta y que su rescate era casi imposible, por la fabulosa y cuantiosa suma que exigían los moros por el rescate de su persona, apeló a nuestra Madre y Señora del Carmen, con fervorosas y confiadas súplicas, rogándole con viva fe no le desamparase en tal trance y le sacase con vida de aquella tortura horrible que padecía.

Vestía desde su niñez, con gran devoción, el Santo Escapulario de María y con esta misma devoción crecía más y más su esperanza de ser liberado de aquellos tormentos.

Sucedió que una noche, cuando más fervorosamente clamaba, desde la negrura del triste calabozo, a la que es faro de indeficiente misericordia, hallóse que, deshechos los grilletes y cadenas, caían a sus pies hechos pedazos. Se le apareció María Santísima y transformó en cielo aquella lóbrega e infecta mazmorra. Asiéndole luego la mano, le sacó de ella y le condujo hasta dejarle en sitio seguro y a salvo de todo peligro futuro de parte de los guardianes.

Vuelto Don Carlos a Nápoles, refirió y publicó a los cuatro vientos el prodigio que con él había obrado la Madonna del Carmine, a fin de que todos le acompañasen a dar gracias a María Santísima que con él se dignó realizar tan estupendísima maravilla.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 53-54.

SALVÓ A UNA FAMILIA DE UN FATÍDICO ACCIDENTE

(…) Don Francisco Fernández Galán, narra este milagroso suceso:

“Iba yo con mi señora y mis hijos en un camión de gran tonelaje, desde Montánchez a Sanlúcar de Barrameda, llevando un cargamento de ciento veinte arrobas de chacina que había de entregar en la mencionada localidad.

Al llegar a un lugar de la carretera, entre El Ronquillo y Santa Olalla, efecto de un mal viraje, se precipitó el vehículo en la cuneta, volcando aparatosamente y cogiéndome a míy a mi familia, sin saber cómo, entre el horrible amontonamiento de los sacos y cajas de chacina y el astillamiento de la carrocería, completamente destrozada.

¿Cómo no morimos todos, o cómo no perecimos aplastados en aquella catástrofe? Yo sólo recuerdo que invoqué a la Santísima Virgen del Carmen, cuyo Escapulario bendito vestimos toda la familia con gran devoción, estrechándolo fervorosamente contra mi pecho; y creo firmemente que a su mucha misericordia y al poder taumatúrgico del Santo Escapulario del Carmen, debemos el no haber perecido todos en aquel fatídico accidente, ocurrido el 10 de marzo de 1928, por lo cual ofrecimos una misa perpetua en ese día a la Virgen Santísima y vestir su santo hábito de por vida, ayunando los sábados, en su honor, publicando eternamente sus maravillas, alabándola sin cesar y deseando que todos la alaben”.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 60.

AMPARA A UN ALBAÑIL BAJO SU BLANCO MANTO

Sucedió en Estepa (Sevilla), en 1932. Se hallaba trabajando en el revestimiento de un pozo un maestro albañil de la localidad, fervoroso cofrade del Santo Escapulario, quien jamás se desprendía de él para sus trabajos. Le sobrevino un desprendimiento de materiales de más de seis metros de altura que, cayendo sobre él, lo dejó sepultado en las profundidades del pozo, sin que nadie creyese que pudiera sobrevivir.

Comenzaron los trabajos de desescombro, que duraron más de tres días, en la seguridad de extraerlo cadáver; pero cuál no sería la sorpresa y alborozo de los circunstantes cuando al tercer día de inauditos trabajos pudieron percibir muy lejana la voz del albañil, quien desde el fondo les gritaba con voz firme y alegre:

-“No se precipiten, pues junto a mí y amparándome bajo su blanco manto, está la Virgen del Carmen, a quien tanto frecuento desde niño y cuyo bendito Escapulario llevo”.

Publicó este relato el “Correo de Andalucía”, en artículo bellísimo, y lo aprobó como hecho verdaderamente milagroso el Cardenal Ilundain y Esteban, Prelado a la sazón de la Diócesis hispalense.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 61.

sobota, 23 kwietnia 2016

PRODIGIOSA CURACIÓN DE CONCEPCIÓN VASTARELLA

Pasada la gran cuesta, detuviéronse [la Condesa y su compañera, la señorita Ernesta Freda] en la primera explanada junto al palacio Mautone, en el sitio denominado Santa Teresa, número 81.

Sabían que allí vivía una señora de notoria piedad y muy caritativa, pero no la conocían sino por su sobrenombre, que era Vastarella. Dirigíanse a ésta con propósito de suplicarla se dignase aumentar la lista de bienhechores de la nueva obra de Pompeya, seguras de que en esta ocasión no desmentiría su bien acreditada opinión de muy piadosa. Tenía muchas escaleras el palacio.

—¿Nos haría usted —dijéronle al portero— el favor de decirnos dónde vive la señora Vastarella?

Con mucha gravedad, y sin moverse para nada de su puesto, contentóse el portero con señalarlas la escalera de la parte izquierda.

Comienzan a subir las dos señoras, pero en ninguna puerta ven grabado el nombre de Vastarella. Siguen subiendo, y ven en esto un letrero sobre una puerta del segundo piso, que decía Miccio. Estaba abierta la puerta, y se veía un tropel de gente que, con visibles señales de profundo pesar, entraba y salía.

—¿Nos hace usted el favor dedecirnos dónde vive la señora Vastarella? preguntaron las dos señoras a otra que entraba entonces en el cuarto.

—La señora por quien preguntan ustedes no vive aquí, sino en la otra parte; vayan ustedes por la escalera de enfrente.

—Dispense usted, que el portero nos ha dirigido por ésta.

—¡Ah, sí! exclamó entonces aquella, tiene razón el portero: la señora Vastarella hoy se encuentra aquí por un motivo muy doloroso por cierto; su hija está ala muerte.

Al oír tan funesta al par que inesperada noticia, pensaron volver atrás, pues era mucha indiscreción en aquellas circunstancias hablar a una madre desolada, que llora sin consuelo el inminente fatal desenlace de su hija, de proyectos y designios encaminados aglorificar a María y beneficiar al pueblo de Pompeya.

Afortunadamente en aquel mismo instante se dejó ver la otra hija de la Sra. Vastarella, la señorita Ana, que, cansada de llorar, con los ojos entumecidos por el llanto, salía del cuarto.

Como celadora que era del Sagrado Corazón de Jesús, bien pronto conoció a la Condesa, y creyendo, que iban con el piadoso intento de promover las inscripciones en la Cofradía del Divino Corazón, las invitó a que entrasen dentro, porque parecióla que las dos señorasllegaban muy oportunamente, como enviadas por la soberana Consoladora de los afligidos, para enjugar las lágrimas que en abundancia brotaban de los ojos de todos los de su familia, pero en especial de los de la madre, vertiendo en su traspasado corazón el dulce bálsamo de sus palabras inspiradas por la más viva fe y ardiente caridad. Entraron, pues, las tres en las habitaciones interiores, mudos testigos a la sazón de un espectáculo por todo extremo lastimero, y sobre todo encarecimiento doloroso.

Veíaseallí una joven esposa con el fruto de bendición en su seno, con la cara desfigurada, perdidos ya los sentidos y el habla, con la respiración sumamente anhelosa, parecida al estertor de la muerte, que presa de horribles dolores gesticulaba y hacíaespantosas contorsiones, revolviéndose atodas partes y agitándose extrañamente; con todas las señales precursoras de un fatal desenlace, que no dejaban la menor esperanza de vida ni para la madre ni para la infeliz criatura que traía en su seno.

Llamábase la desventurada señora, Concha Vastarella, hija de DonJuan y Doña Luisa Passaro, y esposa del Sr. Don VicenteMiccio. La ciencia se declaraba impotente, por boca de sus ilustres representantes el egregio Cav. Novi y el eximio profesor Cantani, para salvarla. Desahuciada, pues, por dichos renombrados médicos, sin esperanza en las prescripciones del arte saludable, y abandonada de la ciencia, veíase ante los fríos y tétricos umbrales dela muerte.

Sus afligidos padres, su desolado marido y todos de la familia, pedían con muchas lágrimas y fervorosas oraciones a Dios y asu bendita Madre por su salud, obligándose con voto formal y expreso.

Era cerca de mediodía, cuando se observó que la existencia de la enferma corría veloz hacia el término fatal de nuestra mísera y trabajosa carrera, hasta el punto que no vaciló en proferir el doctor Novi esta fatídica y sentencia: “otro acceso de convulsiones y acabóse todo”.

Hiciéronle salir de la alcoba al más que afligido, consternado padre de la paciente, y se llamó al ministro de Dios para que, en cuanto lo permitiese la en extremo dolorosa situación de la enferma, la confortase y dispusiese para el gran paso que iba a dar a la eternidad.

En tan dolorosas circunstancias, y en aquellos supremos momentos, entraba la señora Condesa en la casa delos Sres. Miccio.

Sin atreverse a mirar a la moribunda, se acercaron a su dolorida madre, que estaba en un sofá sumida en un abismo de dolor, pero dolor superior a todo encarecimiento, convertidos sus ojos en dos manantiales de amargas lágrimas.

Cuando cayó en cuenta de la presencia de las visitantes, aumentando su llanto compasivo, les dijo entra gemidas y sollozos.

—¡Ah señoras mías! ya no hay para mis males remedio: he recurrido al adorabilísimo Corazón de Jesús, y anuestra Señora de Lourdes que tantas lágrimas enjuga piadosa allá en las rocas y ásperas breñas de Massavielle, pero (¡ay desventurada de mí! todo ha sido inútil.

Entonces la Condesa, tomando la palabra con destreza, alabó su fervor, y la aseguró que también ella veneraba y tenía en mucho esas devociones, pero que el objeto de aquella visita no era ese, sino el de pedir aella y a su familia su poderoso concurso para llevar felizmente a efecto la obra que se trataba de realizar en el desolado valle de Pompeya, es decir, una nueva iglesia para gloria de Dios y del santo Rosario de su bendita Madre.

Y diciendo esto, refirióla sucintamente cuanto de extraordinario aconteciera sobre el particular hasta aquel entonces. Y considerando después el duelo que se había apoderado de aquella desolada familia, y reflexionando, por otra parte, sobre el caso impremeditado de encontrarse en una casa donde ella no era muy conocida y a donde había ido aparar aquella mañana más bien contra su intención, puesto que había salido de su casa con objeto de dirigirse ala vía Chiaia, y un desagradable eimprevisto accidente habíala obligado acambiar de itinerario, estando así pensativa y sin acordarse siquiera de visitar a la pobre moribunda, dijo a vista de todos, llena fe y con un acento de la mayor y más firme confianza, estas palabras:

No tengo la menor duda de que nuestra Señora del Rosario, por cuyo nuevo santuario he tomado este ímprobo trabajo y por lo cual me encuentro ahora en esta desoladísima casa, enjugará las lágrimas de todos ustedes, concediéndoles misericordiosa la gracia que también se ha dignado conceder a otras dos familias, trocando así su inmenso duelo en inefable consuelo—.

Entonces uno de los presentes, que hubo de ser el médico, al observar la extraordinaria firmeza, la seguridad con que les prometía la gracia, contestó a la Condesa diciendo:

—Peroestas palabras que usted, señora, acaba de proferir, parécenme atrevidas; la enferma está ya alas puertas de la muerte, y el caso es de los más desesperados.

—Y precisamente por eso —le replicó la Condesa— porque el caso es muy desesperado, brillará con más vivos fulgores el poder de nuestra dulcísima Madre de misericordia.

Después de esto, los invitó aque hicieran alguna promesa, obligándose acontribuir con alguna oferta, aunque fuese exígua, a la nueva obra de Pompeya, y aque rezasen con fe y devoción un rosario de quince misterios; y concluyó su exhortación recordándoles aquello del Evangelio:

—Tengan fe: “Habete fidem Dei” (S. Marc. c. XI, v. 22).

—¡Ay! repuso la angustiadísima madre de la moribunda—es muy grande el descaecimiento de mi alma; ya no tengo confianza; toda esta noche la he pasado rogando al adorabilísimo y misericordioso Corazón de Jesús, le he hecho muchas promesas, héle dirigido muy ardientes votos, pero ¡ay de mí! todo en vano. También me he encomendado, por medio de un voto especial, a la soberana y prodigiosa protectora de mi familia, nuestra Señora de los Dolores; he mandado cera a la Virgen de Lourdes; pero todo inútil; se me han caído ya las alas de mi corazón, y es tan grande el desfallecimiento de mi espíritu, que yo no sé qué hacerme; haga usted... pues, las promesas que quiera.

—Pues bien, contestóle la Condesa: prometa usted a la Divina Madre, que si movida a compasión de su duelo, la consuela en su inmensa tribulación concediéndola gracia que de su soberana clemencia desea alcanzar, ha de publicarla y procurar llegue a conocimiento de todos, dejando al efecto un atestado fehaciente.

— ¡Oh! no sólo haremos todo eso—respondió la afligida madre— sino que iremos a Pompeya, y allí, el mismo día que el Prelado ponga la primera piedra del nuevo santuario, y a vista de todos, publicaremos la maravillosa gracia que la Madre de gracia y de misericordia tenga a bien concedernos.

Dicho esto, llegaron a la alcoba de la enferma.

Esta hallábase a la sazón en el baño; daba lástima el verla: sus labios estaban cárdenos, dilatadas extraordinariamente las pupilas de sus ojos ya casi apagados, sus dientes muy apretados, presa dehorribles convulsiones todo su cuerpo, y ella sin sentido y sin conocimiento.

Hondamente impresionadas salieron de la alcoba la Condesa y su compañera, y muy emocionada por la tristísima impresión que acababa de recibir, volvió a su casa la Condesa, y comenzó a contar a la familia los inesperados sucesos que la habían ocurrido en su viaje de aquel día: que teniendo intención de ir a Chiaia, habíase encontrado en Capodimonte, había equivocado la habitación de Vastarella con la de Miccio, había visto con sus propios ojos la desolación de aquella cosa, el duelo de aquella desgraciada familia, y que conmovida por tan desgarrador espectáculo, les había prometido, sin la menor vacilación y quizá temerariamente, nada menos que un prodigio en favor de la moribunda, por amor de su nueva iglesia de Pompeya.

El temor, la incertidumbre, la duda y un tropel dediversos y encontrados afectos se apoderaronde todos los circunstantes: y fueron solemnes y de suprema expectaciónaquellos breves momentos—que entonces parecían siglos—que trascurrieron antes de que se supiese el éxito de la promesa. Y en verdad ¿cómo conocer si plugo o no ala soberana Reina del empíreo la absoluta confianza con que la Condesa aseguró a aquella familia su favor, hasta el punto de prometer anombre suyo un verdadero milagro?

- El mal de la señora Miccio —decíamos entre nosotros— corre veloz hacia la muerte. El estado en que la dejóla Condesa es en extremo aflictivo, desesperado, y no es posible dure mucho y por consiguiente, en el mismo díade hoy ha de resolverse el angustioso dilema: ola muerte de la infeliz señora, o la señaladísima gracia de la Virgen sin mancilla.

—¡Oh qué acontecimiento para la obra de Pompeya, que la Virgen santísima volviese sus misericordiosos ojos hacia la pobre enferma, arrebatándola de las desapiadadas fauces de la muerte con uno de esos soberanos rasgos de su maternal bondad!

Las campanas del vecino monasterio de Santa Mónica tocaban a vísperas.

Vivíamos a la sazón en el palacio del señor Passaro, numéro 290, en la calle de Salvator Rosa, barrio de San Efrem Nuevo. Conservamos gratísimos recuerdos de esta casa, como que en ella tuvo su nacimiento la obra de Pompeya, y en ella tuvimos la feliz nueva del primer prodigio que la bendita Madre de Dios obraba en favor de su nuevo santuario en este Valle de triste memoria. Recuerdo también como una tan grata noticia nos la trajo una dama de acendrada piedad, la señora duquesa Albertini SoriCaraffa.

—A estas horas—dijo entonces la Condesa—oha pasado ya a la eternidad la señora Miccio, o ha sido favorecida porla Madre de misericordia; o la muerte ha tendido sobre la desventurada familia su fúnebre manto y esta está anegada en llanto, o bien la bienaventurada Madre de la Vida la ha mirado propicia y benigna, y se ha convertido el llanto en júbilo, y los gemidos en cánticos de alabanza y acción de gracias. Salgamos, pues, de esta dolorosa incertidumbre. Llamó enseguida a su antiguo y fiel criado, y le dijo: —Vete al palacio Mautone —barrio de Santa Teresa— mira bien si el portón está medio cerrado, pues entonces sería señal cierta de que ha muerto ya la enferma, y así, sin entrar dentro ni preguntar nada anadie, vuelve luego; pero siafortunadamente vieres la puerta enteramente abierta, entra dentro y pregunta al portero cómo sigue la enferma.

El bueno del criado marchó con el recado de su ama, y mientras lo ejecutaba, fue para todos nosotros una media hora de sobresaltos y de la más temerosa ansiedad. Pero... ¿quién podrá describir nuestro gozo, nuestra alegría, nuestro alborozo cuando volvió nuestro mensajero y nos dijo:

—El portón está del todo abierto, y me ha dicho el portero que la Sra. Concha ya está buena.

Nos pusimos locos de contentos, nuestra alegría ya no conocía límites, y nuestro gozo era tan grande y tan intenso como había sido un momento antes nuestro sobresalto. ¡Oh! y como entonces, dando rienda suelta alos afectos de nuestro corazón, exclamamos en el exceso de nuestro júbilo, con el Real Profeta: “Secundum mnltitudinem dolorum meorum, consolationes tuae laetificaverunt animam meam!” Todos nos apresuramos apregonar por las casas y familias de nuestros parientes y amigos, hecho tan sorprendente, y maravilloso.

La santísima Virgen sostenía desde el cielo nuestra confianza—estoy por decir nimia y no sé si también temeraria—en Ella, y fortalecía los pasos tal vez algo atrevidos que dábamos por su obra.

Heaquí cómo ocurrió el milagroso suceso: Apenas salieron de casade la enferma la Condesa y su compañera, cuando allí mismo pusiéronse a rezar el Rosario entero las dos fervorosas señoritas - Elisa Scottiy Julia Torino, y ¡oh maravilla! a un mismo tiempo vuelven la madre y el hijo de los umbrales de la muerte a la plenitud de la vida. Desaparecen para no volver más, y a pesar de los más tristes pronósticos de su reaparición, las mortales convulsiones, y la mejoría de la moribunda, desde aquel momento, desde que la plegaria de las dos piadosas señoritas asciende, cual aromático incienso, hasta el trono de la soberana Reina del Empíreo, es instantánea, visible, rápida, maravillosa.

El 15 del mismo mes, que aquel año era Sábado Santo, la Sra. Concha Vastarella de Miccio, perfectamente restablecida, salía de casa para ir a visitar asus parientes, como se acostumbra por Pascua florida. La primera visita que hizo fue asu propia madre, quien al verla no cesaba de llorar de alegría.

Todos a una voz proclamaron el suceso como gracia extraordinaria, maravillosa de la maternal bondad de María, obtenida de su valioso patrocinio por la promesa hecha en favor de la nueva iglesia del Rosario de Pompeya.

Pero no fue, como se ha visto, una sola la gracia obtenida, sino dosa la vez, pues la Virgen Inmaculadaque tan a tiempo quería dar alos hombres inequívocas pruebas de lo mucho que gustaba el que en Pompeya se edificase un templo en honor de bu santo Rosario, y al propio tiempo querría sin duda fortalecer nuestra debilidad y auxiliar nuestra flaqueza animándonos a proseguir con denuedo la ardua empresa comenzada, no obstante que todavía se ignoraba el sitio venturoso que había de recibir en sus profundidades la piedra fundamental del templo, salvó juntamente dos preciosas existencias, la de la madre y la de la criatura

Poco después de tan faustísimo suceso, llegaba anuestra casa el Sr. D. Juan de Vastarella, acongratularse con nosotros y a darnos sus más entusiastas plácemes; y la Condesa volvió avisitar a aquella familia tan feliz y contenta ahora, y que, como es natural, estaba llena de ardor para la obra del nuevo Santuario. Y también antes de que concluyesen los sermones en aquella Cuaresma el mismo Sr. Vastarella mandó que se publicase desde el púlpito el prodigio en la iglesia de Montesanto, y lleno de gratitud ofreció ayudarme en cuanto le fuera posible para la edificaciónde la iglesia.

Junto con su familia y su hija, enteramente restablecida, vino conmigo a mi querida iglesia del Rosario, situada en Puerta Medina, y allí, al piedel altar, donde me consagré hijo dela Tercera Orden del Rosario, toda su familia abrazó aquella regla, y pudimos entonces llamarnos verdaderamente hermanos.

La bondadosa Reina de las celestiales rosas, dulcificabade esa manera los primeros trabajos y contratiempos de sus servidores, con los inefables consuelos de sus portentos.

Y hoy, después de haber pasado ya catorce años desde ese acontecimiento, hemos visto volver a los pies de esa milagrosa Madre en Valle de Pompeya atoda la familia Miccio y Vastarella, inclusa la Señorita Conchita, que siempre recuerda con suma gratitud la vida y la salud recibida por intercesión de nuestra Señora de Pompeya.


Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya.
Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario,
Valladolid 21900, págs. 228-242.