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niedziela, 31 lipca 2016

¡MISERICORDIA, OH SANTÍSIMA MADRE DEL CARMEN!

Nada hay en Ella austero, nada terrible; todo es suave. Mira con cuidado los Evangelios, y si acaso encuentras algo de dureza o de reprensión desabrida o alguna señal de indignación, aunque leve, en María, tenla en adelante por sospechosa y recela el llegarte a Ella. Pero si más bien (como es así en verdad) encuentras las cosas que pertenecen a Ella llenas de piedad y de misericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las gracias a aquel Señor que con una benignísima misericordia proveyó para ti tal mediadora que nada puede haber en Ella que infunda temor. Ella se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, perdón el pecador [...]; en fin, toda la Trinidad gloriosa, y la misma persona del Hijo recibe de Ella la sustancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor. 
(SAN BERNARDO, Homilía en la Octava de la Asunción, 2)

El P. Francisco Boersio nos dice que, ajusticiando en Mántua a cuatro reos, uno de ellos vestía el Santo Escapulario, y aunque de tan estragada vida que merecía justamente el castigo, era, no obstante, devoto de la Santísima Virgen, y observaba con todo rigor las abstinencias de miércoles y sábados.

Llegados que fueron al suplicio, el devoto de María Santísima, fiado hasta entonces en su misericordia, prosiguió con más fervor en sus súplicas, fiando en María todas sus esperanzas, y, mientras subía las escaleras, le rezaba devotamente una Salve. Puesta ya la soga a la garganta y teniendo en sus manos una imagen pequeñita de la Señora, empezó a clamar con recia voz:

- !Misericordia, oh Santísima y misericordiosísima Madre del Carmen!

Y llamando la atención a los presentes prosiguió de esta suerte:

- !Oh, vosotros, los que sois padres, tened gran cuidado en que vuestros hijos nunca dejen la devoción a María Santísima!

Dicho todo esto, se volvió a un crucifijo y fervorosamente le pidió perdón de sus enormes culpas. Ya que fue tiempo de ejecutar la justicia, trataron de quitarle la santa imagen que estrechaba contra su pecho, mas no la quiso soltar. Se quedó el infeliz de rodillas, venerando la imagen de la Virgen, y aclamando fervorosamente:

- Tales favores reciben los verdaderos devotos de la Virgen Santísima del Carmen.

Entre tanto, el verdugo, excediéndose en la obligación de su oficio, tomó en su mano un terciado y, ciego de furor, levantó el brazo para degollarle. Pero no lo pudo conseguir por paralizársele el brazo.

Con este segundo prodigio no se pudo disimular ya tan portentoso milagro. Le quitaron las sogas de la garganta y no hallaron ni la más leve señal que atestiguase haber estado pendiente de la horca; así como tampoco de su caída al suelo.

Dieron los jueces la sentencia por cumplida, y absuelto ya jurídicamente de sus delitos. El sábado inmediato lo llevaron al convento de los carmelitas, donde cantaron una solemne misa a nuestra Madre en acción de gracias por semejante prodigio.

Llevaron después a presencia del Sr. Duque de Mántua, al devoto favorecido de María, para que le diese las gracias por su absolución. Se alegró infinito de verle el Sr. Duque, quien sonriente y alzándole del suelo, donde yacía arrodillado, le dijo:

- No a mí, que quise e intenté castigarte, sino a la Virgen Santísima del Carmen, que milagrosamente te ha librado, debes rendir toda la vida fervientes acciones de gracias, por tal merced y beneficio tan insigne.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 137-139.

czwartek, 28 lipca 2016

CONVERSIÓN DEL MAQUINISTA

Porque sólo Ella conjuró la maldición, trajo la bendición y abrió la puerta del paraíso. Por este motivo le va el nombre de «María», que significa «estrella del mar»; como la estrella del mar orienta a puerto a los navegantes, María dirige a los cristianos a la gloria.
(SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 185).

Anónimo - Inmaculada, 1860-1870
El sacerdote Don Vicente Vela, Vicario coronel castrense de la Marina, testigo presencial, relata este suceso: 

«Era el año 1943. Con otros buques de la Escuadra Española se hallaba fondeado en El Ferrol uno de los destructores tipo “Alsedo”. El comandante del destructor supo que el maquinista suboficial del buque se encontraba en el Hospital de Marina en gravísimo estado, y sin pérdida de tiempo, voló al hospital para visitarle y consolarle.

El comandante pregunta a la religiosa sobre el estado espiritual del doliente:

- A juzgar por la imagen de la Virgen de la Caridad que se cuelga sobre su pecho -responde la Hermana- parece creyente, pero... se negó rotundamente a confesar.

El comandante -creyente a machamartillo y, por añadidura, portador del Santo Escapulario desde su infancia-, llevado de celo cristiano ejemplar, le dio a besar el crucifijo, que el enfermo besó más por acatamiento y respeto a su jefe que por veneración y afecto a Cristo Crucificado.

Le invitó a que se reconciliara con Dios, oponiéndose rotundamente. Le insistió con alientos paternales, pero todo fue inútil.

Desvanecida toda esperanza, y ante la fatigosa respiración del enfermo, el comandante, atribulado, se retiró a orar por él, no sin dejarle puesto un Escapulario del Carmen sobre su pecho.

Minutos después volvió el comandante, temiendo el desenlace fatal, y al largarle el último cabo ante el náufrago que se avecinaba, el maquinista impenitente pidió confesión.

El Santo Escapulario le dio alientos para las postreras palabras; terminada su Confesión, con profundas muestras de sincero arrepentimiento, murió plácidamente, mientras el Padre capellán le encomendaba el alma.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 112.

“LA VIRGEN ME HA SALVADO”

En la actualidad abundan las herejías cuyos adeptos dicen que el culto mariano sería algo exagerado. Quien es partidario de tales errores, no comparte el sentir de la verdadera Iglesia.
Anónimo

En 1940, un marino, encanecido en salitres y algas de todos los mares, narró este hecho: 

«En cierta ocasión la mar embravecida nos lanzaba a las costas africanas, amenazando estrellarnos contra una escollera. Una ola gigante arrastró a un joven grumete. El mayor de mis hijos, un hércules y un experto nadador, en un acto de caridad heroica, me dijo, santiguándose:

- Padre, voy a por él.

Al mismo tiempo que yo le gritaba: 

- ¿Llevas puesto el Escapulario? 
- Sí, padre, contestó, lanzándose desde la proa...

Los momentos fueron de indecible angustia. 

De rodillas sobre cubierta, juntamente con mi hijo el menor, contemplábamos, asidos fuertemente a las maromas de la nave, los esfuerzos titánicos y desesperados que hacía mi pobre hijo por llegar hasta el desdichado grumete, que estaba a punto de perecer.

Puse toda mi confianza en nuestra Madre bendita del Carmen y le hice una promesa: comprar una imagen suya para que fuese venerada de estas gentes sencillas, buenas y creyentes; y el primer atún que pescase cada año fuese íntegro para fomentar su culto y su devoción.

Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Vi rasgarse una nube y, en un rompimiento como de gloria, la contemplé embelesado, extendiendo hacia mi pobre hijo su bendito Escapulario.

Ya, entonces, nada temí; no sentía ni congoja ni ansiedad, estaba tranquilo y seguro de que se salvaría. No hacía otra cosa que rezar maquinalmente y de rutina la Salve, pero con una dulzura que parecía relamerme con miel los labios. Un minuto después, mi hijo traía consigo la preciosa carga del grumete salvado y se echaba en mis brazos, diciéndome: “¡La Virgen me ha salvado!”»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 101-102.

środa, 27 lipca 2016

ELLA NO SE AHOGÓ

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, !oh Virgen gloriosa y bendita!
La oración más antigua a la Virgen

Manuel Castaños y Montijano, coronel, escritor y académico de la Historia, escribía desde Toledo el 17 de mayo de 1907:

«Les recuerdo un hecho rigurosamente histórico, ocurrido en la isla de Puerto Rico y en la villa de Humacao, de cuyo departamento era mi padre Comandante militar.

Existía en dicha villa un acaudalado comerciante francés, llamado Mr. Sandeau (amigo de mis padres), con su familia compuesta de esposa y cinco hijas mozas. Cierto día acordaron éstas ir a bañarse, invitando a una amiga, joven piadosísima. Estando dentro del agua, observaron -las de Sandeau- que su amiga no se había quitado el Escapulario de la Virgen del Carmen; la zumbaron con bromas indiscretas, diciéndole: 

- Todas nos vamos a ahogar menos tú.

De repente se desarrolló un fenómeno muy frecuente en aquellas bajas latitudes: una tromba marina en medio de un día sereno y cielo despejado. Aquel horrible meteoro produjo de improviso una resaca tal, que las seis jóvenes fueron arrastradas por ella mar adentro.

Un valiente pescador que presenció el suceso, se arrojó con heroísmo a las olas y, dirigiéndose al grupo, sólo pudo asir con su mano izquierda un cordón. Tiró de él, y nadando bravamente contra la resaca, sacó a flote y puso en la playa a la remolcada, y resultó que el cordón era el del ESCAPULARIO, que había sido objeto de la mofa de sus amigas, que fueron pasto de los tiburones.

Los desolados padres, que en un momento perdieron para siempre a sus cinco hijas, de descreídos que eran, se volvieron devotísimos de la Virgen del Carmen; adoptaron a la amiga, y fue su heredera.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 100-101.

wtorek, 19 lipca 2016

UN COFRADE DEL SANTO ESCAPULARIO LLAMADO SANTIAGO CALPE...

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!
(La más antigua oración a la Virgen)

Un cofrade del santo Escapulario llamado Santiago Calpe, varón muy devoto de la santísima Virgen del Carmen, y que desde sus más tiernos años vestía el hábito de la Señora, mirándolo como un signo de salvación, iba cierto día a una quinta heredad propia, a algunas leguas de la ciudad. Mientras se encontraba en lo espeso de una selva, cubriéndose de improviso el cielo, estalló una deshecha tempestad. Un viento asolador, acompañado de una lluvia inundante, granizo y piedras de enorme tamaño se levanta de luego; y tan densas eran las tinieblas que cubrían la faz de la tierra, que solo a beneficio de la luz eléctrica del rayo podía ver el asustado caminante los objetos que le rodeaban.

Solitario se hallaba el infeliz viajero, sin abrigo, sin ver camino ni vereda por donde andar, ni lugar alguno do poderse guarecer, cuando un nuevo e inesperado incidente viene a arrancarle todas las esperanzas de salvación en medio de tan apremiante estado. Cae de repente sobre aquellos árboles y matorrales del erial una nube toda incendiada, que pegando fuego a toda la selva, tiende a reducirla a pavesas. Acometida de aquel elemento la persona de Santiago, no solo le consumió en un momento toda la ropa con que se cubría, sino que le tostó toda la superficie de su cuerpo, quedando libre y sin lesión úninicamente el Escapulario que vestía, y aquella parte del pecho y de la espalda que estaba en contacto con el vestido de salud.

No ponía fin el gastado Calpe en tan apurado conflicto a sus invocaciones, conjurando fervoroso el favor del Escapulario y protección de María. Poco le afectaban ya la vida temporal y los bienes materiales: sus clamores se concretaban a pedir a la Madre de Dios la gracia de no morir sin tener tiempo de confesarse; cuyos clamores escuchó la Señora, otorgándole su petición. Luego de sedada la tempestad, ansiosos los de la familia de Calpe, salieron en busca de él, recelosos de que hubiese sido envuelto en aquel triste cataclismo; y no se alucinaban por cierto. Pasando por aquel punto toparon con el infeliz, que, como estaba tendido sobre la tierra, le creyeron muerto a primera vista. Llamáronlo por su nombre, y apenas pudo responder. Tomáronlo en brazos cuando advirtieron que aun tenía vida, y lo llevaron a una quinta inmediata. Luego que estuvo allí, pidió se le pusiese el Escapulario sobre los ojos que tenía quemados, y al punto se sintió aliviado, pareciéndole que se los tocaba una mano muy blanda, recobrando de luego la vista de que el fuego lo privara. Pidió además que le llamasen un confesor, con el cual hizo una confesión de toda su vida con todas aquellas afecciones de fe y devoción que argüía el mismo caso; y habiendo pedido perdón a Dios y a los que se hallaban presentes, instó que le trajesen el santísimo Viático y la Extremaunción, cuyos sacramentos le fueron prontamente administrados.

Todos los que le asistían creían con fundamento que pocos ratos quedasen de vida a Santiago, confirmándolos más en sus ideas un súbito parasismo en que cayó el enfermo, acompañado de los más alarmantes síntomas de muerte: hasta el mismo sacerdote estaba en la creencia que hubiese llegado para aquel hombre el momento fatal. En tal estado, contra la opinión de todos los concurrentes, abre los ojos; y cuando creían que se abrían por ultima vez, mirando tranquilo a todos, dice con voz clara:

«No moriré por ahora. Mi vida ha de prolongarse hasta el sábado, día dedicado a mi madre y señora la Virgen del Carmen.» 

Todos quedaron sumamente admirados, y más aun cuando vieron que todo tuvo el más perfecto resultado. Llegado el sábado, sin que le hubiese sobrevenido nuevo accidente, dulce y suavemente exhaló su postrer aliento Santiago Calpe, mientras pronunciaba estas palabras: 

«Me voy al cielo, mediante la protección de María, por haber vestido su sagrado Escapulario.»

R. P. José Andrés de la Compañia de Jesús, Glorias del Carmelo, o sea esmerada sinopsis de las escelencias del orden profético, mariano, apostólico y eremítico del Monte Carmelo, fundada sobre la autoridad de innumerables padres y doctores, Tomo 1, Palma 1860, pgs. 194-196.

niedziela, 17 lipca 2016

DESESPERADOS, ¿CÓMO TENÉIS VALOR PARA PONER LA MANO EN MI SIERVA?

Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir. Bajo su manto nada hay que temer.
San Bernardo

Vicente, obispo de Beauvais, lumbrera refulgente de la orden de predicadores, que vivía en el reinado de San Luis, y varón de quien dice Tritenio que no tuvo igual en su tiempo, escribe que en la diócesis de Langres había una señora casada que hubiera llenado de confusión a muchos religiosos: tal era su ahínco para emplearse en ejercicios de devoción y penitencia y en obras de caridad. Pero como Dios solo conoce el interior de los corazones, aquella piadosa mujer ocultaba una úlcera interior capaz de corromper todas sus buenas acciones, y era un pecado cometido en su juventud que nunca se había atrevido a confesar, aunque concluían todas sus confesiones con estas palabras acompañadas por lo común de lágrimas y suspiros: 

- De todos estos pecados y de los demás que he omitido, me acuso a Dios y a vos, padre.

Fuera de eso tenía una confianza muy particular en la Madre de Dios, a quien veneraba con diversas devociones, y cuando encontraba alguna imagen de ella o se postraba delante de sus altares, se deshacía en llanto, se acusaba de su pecado, pedía perdón de él y la gracia de no condenarse por ese motivo. Su confesor, que al verla padecer aquella pena sospechaba estuviese atormentada de algún mal interior, la instó un día para que fuera a confesarse con un monje benedictino que moraba allí cerca, varón de gran virtud y fama. Lo hizo la señora así; pero con tan poco consuelo como recibía de sus confesiones ordinarias. Singular poder de la vergüenza que el enemigo de nuestra felicidad va introduciendo hasta en aquellas almas que observan arreglada conducta; especialmente cuando creen haber granjeado alguna fama de virtud.

Por fin la vergüenza que se apoderaba cada vez más de aquella pobre alma y la impedía de hablar, llegó al extremo de que ni el temor de la muerte próxima le dio valor para desatar su lengua y confesar el pecado oculto. Ella moría transida de dolor, no quedándole otra esperanza de salvación que una centella de confianza en la Madre de Dios. Para abreviar, muere, y al punto la agarran los demonios y con grande grita y feos improperios le ponen delante el pecado de su juventud ocultado siempre y las confesiones sacrílegas hechas desde entonces. Ella se ve en medio de tales monstruos y confusa y amilanada no se atrevía a implorar a su Abogada; mas la miraba con el corazón traspasado de sentimiento.

En el mismo instante llega la Madre de misericordia, que hasta entonces había impetrado la suspensión del juicio de aquella alma, y dirigiéndose a los monstruos les dice: 

- Desesperados, ¿cómo tenéis valor para poner la mano en mi sierva?
- ¡Tu sierva! –responde uno de la turba– y ¿con qué título das ese nombre a la que toda su vida ha seguido nuestros consejos y hasta en el mismo instante de la muerte se ha dejado llevar de nuestras sugestiones?
- No me toca a mí daros cuenta –responde la Virgen–, ella es mi sierva; salid de aquí.

Y volviéndose hacia su Hijo le pide perdón para aquella pobre alma sobrecogida de terror y espanto. 

- Venerada Madre mía –le dice el Salvador–, bien sabes que sin confesión no hay esperanza de salvarse y que aquella ha de hacerse en vida. No obstante, porque no me es permitido negarte nada, vengo por respeto tuyo en que esa alma vuelva a su cuerpo y borre sus pecados con la penitencia.

Dicho esto, la madre de Dios la encomienda a un ángel de su comitiva para que la lleve a su cuerpo. La señora resucitada con gran admiración do su familia manda llamar al confesor y declara su pecado oculto. Como la fama del milagro se hubiese extendido por todas partes, acudió mucha gente a ver aquella maravilla, y ella desde el lecho de muerte manifestó a todos el poder incomparable de María Santísima contando por su orden cuanto queda referido, que de otro modo no se hubiera sabido jamás: después inclinó blandamente la cabeza y se durmió con el sueño de los justos.

Bien sé que estos son casos privilegiados y que de ellos no debe de sacarse otra consecuencia que esta: que si la Madre de misericordia no puede consentir la perdición de los que se precipitan de suyo, mucho más deberá de cuidar de sus queridos hijos.

Francisco Poire S.J., La tríplice corona de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, tejida de sus principales grandezas: de excelencia, poder y bondad, y enriquecida con diversas industrias para amar, honrar y servir a esta Señora, Tomo 3, Madrid 1854, pgs. 122-124.

wtorek, 12 lipca 2016

NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA SANA A JUANA MUTI

María, eres la Madre del Universo. ¿Quién no se anima al verte tan tierna, tan compasiva, a descubrir sus íntimos tormentos? Si es pecador, tus caricias lo enternecen. Si es tu fiel devoto, tu presencia solamente enciende la llama viva del amor divino.

Santa Teresa de los Andes

Skalska-Madre de Dios
(Valle Mnikowska)
El primer día de Junio de 1876 íbamos la condesa y yo en giro, pidiendo una limosna a varias familias para llenar los fundamentos que ya estaban zanjados.

Íbamos preguntando, ya a uno, ya a otro de nuestros conocidos, quienes serían las personas más propicias a darnos un soldo al mes.

El padre Cirilo de Forio, d'Ischia, nos dijo que sabía de una familia rica y caritativa, que se llamaba Laghezza, y que vivía en la calle de Santa Teresa, número 75.

Fuimos enseguida allí, para hacerla suscribir por un soldo al mes. Era el 6 de Junio.

Aunque esos señores nos recibieron con mucha cortesía, sin embargo, al oír nuestra petición y no pudiendo prestar entera fe a nuestras palabras, para librarse de aquella importunidad exclamaron: «Es imposible edificar una iglesia con un soldo»; como si dijeran: desistan de esa utopía.

Entonces para convencerlos, les contamos que la Virgen del Rosario había ya concedido varias gracias a los que había concurrido a la santa empresa con ha soldo.

- Oh! si la Virgen se dignase hacer un prodigio —dijo la señora Carolina, la madre de familia— hoy sería el momento de mostrar su poder. Nuestra buena amiga Juana Muti se ha marchado de aquí para ir a la Villa Doria sul Vosnero, en estado muy grave, y el dueño de la casa, convencido de que dicha señora ha de morir allí de consunción, ha puesto en el contrato la cláusula de que el pago debe ser forzoso por tres años, y si muriese, su familia tendría que renovar del todo el aposento. Su médico nos acaba de decir que la pobrecilla está ya desahuciada. Todos sus amigos la lloran y nosotros estamos afligidísimos. Su querido marido don Fernando Muti está desconsolado; deja cinco huérfanos!

- Si es así —contesté— la enferma debe encomendarse a Nuestra Señora del Rosario, que para la edificación de su iglesia concede muchas gracias en estos días.

- No sabe usted —dijo una de las señoritas— ¡cuántos votos ha hecho su marido, cuántos dones ha ofrecido a varias iglesias!, pero todo inútilmente. Se ha cansado y perdido la esperanza...

- No pedimos votos ni donativos —contesté—. Pruebe su amiga lo que han experimentado tantos. He aquí la hoja de las Celadoras. 

Y diciendo esto, desarrollé un papel, en donde se leía arriba estas palabras: Para un templo a Pompeya. Empiece la enferma por poner su nombre al principio de la página con la pequeña dádiva de los soldos para el nuevo templo de María, y procure más asociados: empiece a obrar como celadora para la Virgen, y ésta no dejará de recompensarla. Prometa también que si alcanza la gracia se dará publicidad.

Así lo hizo. Aquella misma tarde las señoritas Laghezza enviaron a su amiga moribunda una carta, en la que decían hiciese un voto a la Virgen milagrosa del Rosario de Pompeya y la prometiese suscribirse como celadora de la nueva Iglesia, que debía construirse allí. Al mismo tiempo la mandaron también varios programas.

***
La señora Juana Sabbato de Muti estaba en cama en el último grado de consunción.

En Diciembre de 1875 se le notó una hinchazón con dolor al lado derecho, que fue definido por los mejores facultativos un tumor frío, que era preciso cortar para evitar tristes consecuencias. Pero con la esperanza de que desapareciese, dejaron pasar varios meses.

Después de varias consultas de las celebridades quirúrgicas y médicas napolitanas, sufriendo la enferma fuertes dolores en las vértebras, que hacían presumir se tratase de neurosis, se hizo una operación el 22 de Abril de 1876, y el 5 de Mayo se le puso un sedal. 

Es imposible decir los padecimientos que ocasionaba a aquella gentil señora la frecuente mediación del sedal. Además padecía de una tos obstinada con paroxismos de hora en hora, que la dejaban una gran postración. Y por último la sobrevino una broncoalveólide, que la daba una fiebre continua que subía hasta 40 grados.

Quedaba poca esperanza de salvarla la vida, pero para no dejar nada por hacer, fue inducido por varios médicos el cambio de aire, y la llevaron sobre la colina Soleado del Vomero. Pero allí arriba se puso peor y sentía acabarse la vida: Corrían malas noticias, quién decía que estaba moribunda, quién la tenía ya por muerta. 

En estas tristes circunstancias se hallaba la malograda señora cuando llegó la carta de las señoritas Laghezze. Al leer lo que la decían sus amigas y el Programa de la Iglesia de Pompeya la enferma se conmovió y al momento firmó su nombre en el papel, luego llamó a su madre, a su doncella y a toda su familia. Desde que se suscribió, sintió apoderarse de ella tal fe, que no dudó ya de su curación.

Llegó el 8 de Junio. Hacía precisamente un mes que la Virgen del Cielo había mirado y bendecido la humilde tierra de Pompeya, en la que se empezaba una obra que había movido cielo y tierra.

La señora Muti cayó en un gran sopor y la pareció ver a la Virgen del Rosario sentada sobre un trono con el niño Jesús en sus brazos, y con el rosario en la mano, pero sin diadema en la cabeza. Así precisamente estaba pintada la Virgen en el viejo cuadro de Pompeya, pero la enferma no lo sabía, ni le había visto jamás.

La parecía que la Virgen la miraba con gran ternura, y ella con insistencia y con abundantes lágrimas, la rogaba que la librase de tantos martirios que sufría y la sanase. Entre sus sollozos la mostraba al niño Dios como si quisiese por medio de la Virgen alcanzar esa gracia. Entonces la clemente Madre de Dios sonrió y la miró fijamente, echándole al mismo tiempo una cinta blanca sobre la que estaban escritas estas palabras: La Virgen del Rosario de Pompeya ha concedido la gracia a la enferma Juana Muti!

- ¡Oh Madre del Rosario! Oh Madre! así lo espero! ¿Es verdad lo que me dices? ¿Con que estoy curado? ¿No moriré? —repetía la enferma— todo desvaneció, ella no creía en sí misma, la parecía un sueño. Pero no había sido sueño el suyo, porque en aquel momento oyó perfectamente el movimiento y las palabras de las personas que estaban en el cuarto inmediato. ¿Con que era una aparición de la Virgen del Rosario? ¿Pero cómo explicar que la Virgen del Rosario estuviese sentada y sin diadema, cuando en todas imágenes se veía de pie y con la corona real en la cabeza? ¿Por qué la vio en esta nueva actitud?

No sabía la pobrecilla explicarse todo esto, pero a pesar de todo se sentía con nuevas fuerzas y vuelta a la vida. Un júbilo inusitado había invadido todo su ser. Lo emoción no la dejaba contar lo sucedido. ¿Pero cómo ocultarlo? ¿Por qué na participar a sus parientes y amigos el contento y la esperanza que llenaban su corazón? 

Hecho ánimo, llamó a todos a su alrededor y con lágrimas de ternura les contó su visión. De repente cesó la fiebre y la tos obstinada, y mientras la dichosa señora estaba aún hablando llena de animación, entró en la casa su marido Fernando Muti.

A1 verla sentada en la cama y contando el extraordinario acontecimiento sin que la molestase la tos, fue tal su conmoción que echó a correr a la cuadra, montó a caballo y fúese directamente a Nápoles para saber por las señoritas Laghezza lo que había pasado.

Llegando al aposento de aquellas señoras se hincó de rodillas ante doña Carolina y con lágrimas en los ojos exclamó: 

- ¡Me habéis devuelto mi esposa! - y les contó la visión, la mejoría, y preguntó qué significaba aquella Virgen del Rosario.

Las devotas señoras estupefactas ellas también de lo que veían no supieron decir otra cosa, sino que habían venido dos señores que querían erigir una Iglesia mediante una suscripción de un soldo y que querían dedicarla a la Virgen del Rosario.

No dijeron nada de la Imagen, de la corona que faltaba y demás.

Pero el hecho era que doña Juanita había visto la Virgen como está en Pompeya, y después de esta visión había vuelto de la muerte a la vida.

Las señoras Laghezzas llenas de una santa alegría por haber querido la Virgen servirse de ellas para cumplir un prodigio, fueron en seguida a dar cuenta de todo al padre Altavilla, a quien habían oído pocos días antes en Santo Domingo Soriano manifestar desde el púlpito con palabras ardientes, el valiente intento de erigir una iglesia católica en Pompeya con un soldo al mes.

El padre Allavilla a su vez se llenó de júbilo al ver que el cielo patrocinaba con señales visibles la nueva obra que él había predicado en Napóles y no tardó en participarnos la noticia a la Condesa Tuseo y a mí. De este modo fuimos juntos los tres, el día 13 de aquel mes, al Vomero, al Casino Doria para oír de boca de la enferma lo que había sucedido. La señora Muti francamente y como persona sana, nos contó el hecho con todos sus pormenores.

El día 30 de Agosto la privilegiada señora volvió a Nápoles, completamente restablecida causando la admiración de cuantos la conocían. Ella misma escribió de su propio puño el testimonio, que fue leído por el padre Altavilla a un numeroso público en la Iglesia de San Nicolás de Tolentino.

La madre de la enferma, Clementina Sabbato ofreció 50 liras paro la fábrica del templo; su hijo Redro, una casulla. Hay en el Santuario de Pompeya una lámpara de plata y un copón con el nombre de Juanita Muti, grabados sobre ellos, que están como perenne recuerdo de la primera aparición de la Virgen del Rosario, bajo el titulo de la Virgen de Pompeya, sucedida el 8 de Junio de 1876, al cabo de un mes que se había consagrado la primera piedra del templo de María.

***

Hoy han pasado 21 años, y la mujer a quien fue concedida la gracia vive aún, y cuantos la visitan en su casa en la calle de Toledo, número 24, cuando todos la creían en el umbral de la muerte, se maravillan y bendicen a Dios sin cesar.

Y ella, después de 21 años, es feliz cuando puede relatar la insigne gracia que obtuvo, y certificar haberla recibido por la milagrosa Virgen del Rosario de Pompeya.

Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya. Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario, Valladolid 21900, págs. (41- 48).



poniedziałek, 11 lipca 2016

NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA SANA AL SACERDOTE ANTONIO VARONE

Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: ¡invoca a María!. 
San Bernardo de Claraval

Hacia mediados de Abril de aquel mismo año, el sacerdote Don Antonio Varone, de 56 años de edad, que vivía en Nápoles, en el Vico Paradiso alla Salute, número 65, cayó enfermo con un tifus maligno, junto con erisipela gangrenosa interna y externa, que se extendía desde las rodillas para abajo, hasta la extremidad de los pies, y cubría hasta las manos, la cara, la boca y la lengua, de modo que daba asco solo mirarlo. Empeorando cada día más, desahuciado por los médicos y llegado a los extremos, pidió y recibió los últimos Sacramentos de la Iglesia, el día 23 de Abril.

El médico que le asistía, Don Vicente Marsilia, le sacaba continuamente de la boca pedazos de gangrena, lo cual hacían asimismo sus amigos en ausencia del médico.

En una consulta habida con los médicos Don Rafael Valeri y don Clemente del Gandio, declararon estos que no quedaba ya esperanza alguna, y que solo un milagro podía salvar al enfermo de un desenlace funesto.

Varios señores que presenciaron la consulta, fueron testigos de ese dictamen, por lo que todos sus vecinos del barrio de la salud estaban afligidísimos, pensando en la pérdida inminente del digno sacerdote, que era amado de todos los que le conocían, y cada hora, por los balcones y en la calle, pedían al médico nuevas del estado del enfermo.

El sacerdote don Federico Caprioli, que había oído hablar de las gracias milagrosas conseguidas en Nápoles por medio de las ofrendas hechas para la nueva iglesia del Rosario en Pompeya, se llenó de esperanza; y aquel mismo día, que era domingo, tuvo una entrevista con la Condesa, con el fin de rogarle que fuese a visitar al enfermo, y recabase de él algún voto en caso de conseguir la salud.

La Condesa marchó enseguida para cumplir ese piadoso encargo, y al entrar en aquella casa, la halló llena de señores desconocidos que, gimiendo y llorando, la recibieron. Eran estos Don Vicente Varone, D. Enrique Sorrentino, D. Vicente Manzano, los sacerdotes D. Vicente Varriale, D. Rafael Guglielmi, D. Pascual Varone, D. José Lebano y otros que, traspasados de dolor, esperaban por momentos ver expirar a su amigo. La Condesa se acercó al lecho del enfermo, y le halló con la cara desfigurada, amoratada, los labios negros, la boca abierta, la respiración oprimida, y en tal estado en fin, que parecía iba a exhalar el último suspiro. Aquella vista llenó de horror e hizo estremecer involuntariamente a la Condesa; sin embargo, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, dijo al enfermo: 

- Padre, la Virgen Santísima del Rosario de Pompeya está obrando grandes prodigios para su nueva iglesia. ¿Quiere usted prometer que si consigue la salud milagrosamente, lo manifestará a todos y dejará una escritura auténtica que así lo atestigüe?

Al oír esas palabras, el moribundo echó a 1lorar, y aunque con gran dificultad, contestó:

- Cumpliré todo lo que usted prometa en mi nombre; y cruzó los brazos como quien ruega, mientras que los circunstantes, puestos de hinojos, rezaban un Ave-María a nuestra Señora del Rosario de Pompeya. Todos lloraban, y la Condesa añadió:

- Tengan fe, que nuestra Señora concederá la gracia.

Pues bien; aquella misma noche empezó la mejoría; desprendióse la carne agangrenada, volvió a cubrirse la cara y el cuerpo todo de nueva piel, y hasta las uñas volvieron a renacer.

Viéndose ya del todo sano, parecíale haber sido mero sueño o juego de fantasía todo cuanto había ocurrido, y hasta la visita de una Señora que le había hablado de una iglesia que estaba para ser edificada en Pompeya, tomaba por una triste ilusión; así pues, creyó poder satisfacer su devoción con celebrar en acción de gracias el Santo sacrificio de la Misa en S. Nicolás de Tolentino, donde se tributaba homenaje de veneración a la Virgen de Lourdes, formando en su corazón el siguiente razonamiento: lo mismo da Lourdes que Pompeya, pues siempre es la misma la protagonista de mi culto, que es la Virgen sin mancilla, y yo me ahorro el ir hasta Pompeya.

Pero la Señora del Universo que, por altísimos fines, escogió este lugar para que en él la honren, con preferencia a otros muchos, y donde quiere que acudan sus hijos a rogarla y cantar sus alabanzas, permitió lo que vamos a poner a continuación:

Era el 12 de Junio, y habiendo oído la Condesa y yo la curación milagrosa del citado Presbítero, Sr. Barone, fuimos a visitarle, para hacernos con el atestado que había prometido, y para recibir de él las limosnas que hubiese podido recoger entre los fieles. Pero ¡cuál no fue nuestra sorpresa cuando le oímos primero, y después nos fue dado verle con nuestros propios ojos, postrado en el lecho, con una ardentísima calentara y agudísimos dolores!

Llenos de sentimiento y de asombro, preguntamos por la causa de esta nueva enfermedad, mas no se pudo recabar respuesta alguna.

Preguntamos después qué había hecho en orden a la iglesia de Pompeya, y habiendo entendido que no había hecho nada, le recordamos enseguida sus promesas, y le excitamos a cumplirlas para que volviese a recobrar la salud perdida.

Entonces, excusándose de lo pasado, prometió nuevamente no solo publicar el milagro por doquiera, si que también ir, tan pronto como pudiese, a Pompeya, y testificarlo al Sr. Obispo y a todos.

Pues bien; por la noche, en que parecía subiría de punto el mal, quedó por el contrario del todo libre y sano, de modo que llegado el día, pudo abandonar la cama y salir de casa a celebrar la santa Misa.

El día de la fiesta del Rosario hallábase el dicho Sr. D. Antonio Varone en el valle de Pompeya, celebró la santa Misa, y acabado el santo Sacrificio, entre un torrente de lágrimas que brotaban de sus ojos, contó a todos el acontecimiento prodigioso.


Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya. Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario, Valladolid 21900, Págs. 252-257.