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środa, 24 sierpnia 2016

ESPERABA A UN SACERDOTE...

María es puerto de los que naufragan, consuelo del mundo, rescate de los cautivos, alegría de los enfermos.
San Alfonso María de Ligorio

Coronación de la Virgen.
Fresco de la Basílica de El Escorial,
España.
Uno de los obispos de Escocia, vestido de aldeano, visitaba su diócesis en un pueblo donde tuvieron la ventaja los de otra religión; eran tiempos de la persecución contra los católicos. Un día se perdió en el bosque donde había ido a descansar un rato. Se hizo de noche, se paró frente a la cabaña de un humilde leñador, golpeó, le abrieron y sin preguntar quién era - tomándolo por un labriego viajero - lo hospedaron. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja. Se lo informó entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse y, por tanto, no se preparaba...

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy mal y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas añadió éste: 

«Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Marta que a la hora de la muerte esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero.»

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: 

«Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis...»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia...

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo...

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.



wtorek, 23 sierpnia 2016

PURGATORIO RESERVADO A LAS PALABRAS INMODESTAS Y OCIOSAS

Observa el silencio. Habrá personas orando o preparándose para la confesión o confesándose. Permanece en silencio u orando como preparación personal y para respetar el momento de los demás con Dios. Observar el silencio antes, durante y después de la celebración; a excepción cuando necesariamente se ha de cantar o responder a las acciones litúrgicas. Considera que la misa es algo sagrado; esto implica apagar o silenciar el teléfono móvil, no lo pongas con vibrador porque te distrae y te hace dependiente. Si por distracción olvidas apagar el teléfono móvil y te suena durante la misa, no salgas de la iglesia a responder; apágalo inmediatamente.
P. Henry Vargas Holguín 

En el monasterio de San Salvador, del orden del Cister, entraron dos doncellas, Gertrudis y Margarita, que con la profesión consagraron al Señor la azucena de su virginidad. Estaban juntas en el coro, y la primera, aunque virtuosa, tenía el mal hábito de interrumpir el silencio, provocando a la segunda a acompañarla; defecto que pagó bien caro después de la muerte, que la sorprendió en la flor de su edad. 

Una noche cantaban las monjas las divinas alabanzas, y saliendo ella de su sepulcro (el cual estaba en medio de la iglesia) hizo una genuflexión al altar, y en seguida, viniendo al coro, ocupó su antigua silla al lado de Margarita. Cuando ésta la vio venir y ponerse a su lado se espantó en términos que las otras hubieron de venir en su auxilio. Alentada un poco y puesta a los pies de Benigna, abadesa del monasterio, la refirió que había visto salir de su sepulcro a la difunta Gertrudis, y que viniendo al coro ocupó su antiguo lugar, donde estuvo hasta que dicha la antífona de la Virgen, y haciendo al altar una humildísima reverencia, la perdió de vista.

Sospechando la prudente superiora que esto fuese ocasionado de algún trastorno de la imaginación o de alguna ilusión del enemigo, la ordenó que si volvía a ver lo mismo la saludase diciendo: “Bendecid”, conforme se acostumbraba hacer en la casa; y si contestase: “El Señor”, la preguntase a qué venía y qué quería en aquel lugar. 

No faltó a la noche siguiente, y saludándola Margarita al decirle: “Bendecid”, inmediatamente contestó: “El Señor”. Entonces ésta la replicó: 

— ¿Qué quieres, amada Gertrudis, en este lugar? ¿A qué vienes?

— Vengo — contestó — a satisfacer a la Divina Justicia, padeciendo gravísimas penas en este mismo lugar en que cometí la culpa, siendo ocasión de que tú faltases al silencio, por entretenerte con inútiles y ociosos discursos mientras que se decía el Oficio Divino. En el mismo puesto en que cometí el delito quiere el Señor que pague la pena. ¡Oh, si supieses cuán atroces son los tormentos que sufro! Estoy rodeada toda de llamas, que causándome agudísimo dolor, me parecen nada, sin embargo, en comparación del fuego que atormenta mi lengua. Y si tú, querida hermana mía, no te guardas en adelante de cometer semejante defecto, entiende que vendrás a padecer del mismo modo, arrastrando además contigo al cómplice de tu error.

Dicho esto desapareció, si bien continuó a presentarse otras veces pidiendo con grande humildad a sus compañeras la aliviasen con sus oraciones, hasta que, libre al fin de padecimientos, se despidió llena de gratitud de su compañera, que la vio penetrar la lápida de su sepulcro y descansar en paz. 

Margarita quedó tan espantada de la aparición y de la advertencia, que enfermó gravemente, llegando a tal extremo que por algún tiempo la creyeron muerta; pero fue sólo un éxtasis, en el que su espíritu fue llevado a ver en la otra vida cosas admirables que vuelta en sí refirió a sus compañeras, sirviéndolas de grande instrucción. 

El resultado de esto fue que en adelante guardó inviolablemente el silencio, no pudiendo olvidar en todos los años que vivió después el Purgatorio con que la amenazó Gertrudis...

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, 
Buenos Aires 1945, pgs. 29-31.



poniedziałek, 22 sierpnia 2016

UN “EXTRAVIADO” QUE VOLVIÓ A DIOS

Con razón piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, obedeciendo se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María mediante su fe»; y, comparándola con Eva, llaman a María «madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María».
Vat. II, Const. Lumen gentium 56

Un misionero, párroco de Cuzco (Perú), escribe:

La Coronación de la Virgen por la Trinidad.
Diego Velázquez, 1645, Museo del Prado, Madrid.
«En mi extensa parroquia, y con la colaboración de un grupo de catequistas, estoy haciendo campaña de difusión del rezo de las tres Avemarías. Y el éxito es grande porque Dios hace derroche de sus gracias mediante su Madre Santísima...

En junio de 1969 pasé por una hacienda muy alejada de los caseríos y aldeas. El dueño de la finca ya era de edad avanzada; había sido seminarista, y luego, sin contraer matrimonio canónico, se unió a una mujer con la que tuvo varios hijos. Aproveché mi visita para dejarle una estampa sobre la devoción de las tres Avemarías, recomendándole que no dejara de rezarlas todos los días, y siempre que sintiese preocupación por cualquier problema.

A fines del mes de octubre vinieron a buscarme de parte del dueño de aquella hacienda para pedirme con insistencia que, no obstante la distancia, fuera a aquella casa, porque dicho señor estaba muy grave y deseaba recibir los últimos Sacramentos.

Allí fui acompañado de dos catequistas, y al vernos el enfermo, llorando amargamente y con voces entrecortadas, pidió confesar.

A continuación declaró que había rezado las tres Avemarías desde que se las había aconsejado y que a poco de rezarlas se sintió movido a “regularizar su vida” y volver a la gracia de Dios. Tanto le ayudaba la Santísima Virgen a su cambio espiritual que hasta empezó a rezar el Santo Rosario durante su enfermedad. Como apremiaba su gravísimo estado, sin pérdida de tiempo contrajo matrimonio, recibió la comunión juntamente con su esposa y los hijos legitimados, y le administré la Extremaunción.

Media hora, exactamente, después de esto, descansó en la paz del Señor.»

La Madre de Dios había acreditado una vez más su especial patrocinio respecto de quienes la invocan con las fres Avemarías. 

(P. Braulio Ascarza Sotelo, 7 noviembre de 1969, Perú)

Fuente: P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción (La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975,
pgs. 28-29.



EL AGUARDAR A ÚLTIMA HORA A CONVERTIRSE, ES HACER CAUDAL DE ESPANTOSOS TORMENTOS PARA EL PURGATORIO

“Vuelven al atardecer, aullando como perros, y recorren la ciudad” (Sal 59,7). Ingeniosa es la exposición que de este lugar del Salmo hace un escritor sagrado (Pablo Señeri SJ); esto es que los que aguardan a lo último a convertirse (sea lícito el decirlo) tratan a Dios de perro, cuando sólo dejan para Él los áridos restos de la vejez.
Carlos Rosignoli SJ 

Aquí quiero referir lo que le sucedió con el barón Sturton caballero ingles, por haber sido caso público y célebre entre los católicos, al paso que de grande instrucción para ellos y para todos. Lo referiré con las palabras de Dorotea de Arondel, señora de nobilísima sangre, ejemplo de virtud en el siglo y después modelo de perfección en el claustro, la cual presenció el caso y lo cuenta de esta manera:

«Suplicó mi madre un día al P. Comelio que ofreciese el santo Sacrificio por el alma de su difunto marido el barón Juan Sturton. La complació y en la Misa se estuvo el padre largo rato desde la consagración hasta después del Memento de difuntos. Concluida la Misa, meditó sobre aquellas palabras: “Benditos los difuntos que en el señor mueren”, y refirió haber visto una inmensa selva toda ardiendo y en medio de ella al barón Sturton que daba tristísimos gritos, doliéndose y acusándose de la mala vida que tuvo algún tiempo, y principalmente en la corte. Especificaba el haber disimulado, ahogando el grito de la conciencia, que era católico (porque asistía a la iglesia de los protestantes), con escándalo y grave daño espiritual de sus parientes. Pero sobre todo se lamentaba de un modo que estremecía de haber sido uno de los cuarenta y seis nombrados por la reina Isabel para sentenciar a muerte a la inocentísima reina María de Escocia, de cuya comisión tuvo tanta pena que se cree le aceleró la muerte. Todas estas particularidades refirió al padre, concluyendo con pedir misericordia con estas palabras que reiteraba con un acento de dolor imposible de explicar: “¡Apiádense, apiádense de mí, amigos míos, porque me ha herido la mano de Dios!” (Job 19,21); y desapareció en medio de estos lamentos. El padre le conoció bien aun por la cabeza calva que sobresalía un poco por encima de las llamas.

Lloraba cuando refería esto, y llorábamos todos los de la familia, que estábamos presentes, en número de más de ochenta personas. El criado de casa que le ayudaba a Misa (y que después murió generosamente por confesar la fe católica), vio y oyó lo mismo que el padre. Yo y otros que la oíamos vimos al mismo tiempo en la pared del altar un reverbero, como el que causa una llama grande cuando arde no lejos de un muro...» 

Hasta aquí ella.

Y no sería inútil añadir ahora lo que a continuación de esta historia escribió el P. Guillermo Westen, de la misma Compañía, el cual hallándose en Londres presenció la muerte del barón. Dice él que este caballero era uno de aquellos que juzgaban (permítaseme la expresión) poder pegársela a Dios, viviendo como protestante y muriendo después como católico, con sólo mantener en casa un sacerdote católico de quien pudiera servirse en el artículo de la muerte, confesando entonces la fe que había conservado en su interior. 

Pero sucedió que sorprendiéndole la última enfermedad en paraje muy distante de su casa, llegó el desgraciado al duro trance sin poderse valer del auxilio del sacerdote católico, como vanamente se había prometido. Verdad es que el Señor, por su misericordia, le infundió tal luz para conocer sus culpas, tal horror y arrepentimiento de ellas, y un clamar sin cesar pidiendo perdón, prometiendo y proponiendo, que no contento con el desahogo en que se satisfacía a sí solo, hizo llamar a cuantos de la familia tenía a la sazón consigo, y delante de ellos protestó que moría católico y que no hay otra religión en que el hombre pueda salvarse. Detestó sus numerosas, graves y escandalosas culpas, y protestó que si le fuera dado las lavaría con su sangre, así como las lavaba con sus lágrimas. Les suplicó que fuesen de esto testigos delante de los hombres, y sobré todo delante de Dios en el día del juicio tremendo: y con tales sentimientos entregó al Creador el espíritu, que como hemos visto, fue destinado a purgarse en tan largos y amargos tormentos.

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 26-29.






















niedziela, 21 sierpnia 2016

A UN CAPITÁN DE LOS TERCIOS

Honra, reverencia y respeta con especial amor a la sagrada y gloriosa Virgen María, porque es Madre de nuestro Padre soberano y, por consiguiente, nuestra gran Madre. Recurramos, pues, a ella, y como hijuelos suyos echémonos en su regazo en todo tiempo y ocurrencia, con firmísima confianza; invoquemos a esta dulce Madre, imploremos su amor maternal, procuremos imitar sus virtudes y tengamos un afecto verdaderamente filial con esta Señora.
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 16

Nuestra Señora de la Soledad
de Porta Vaga, Philippines
El célebre historiador Daniel de la Virgen María (+1678) nos refiere en su “Speculum” que en la ciudad de Malinas se hallaba de guarnición un capitán llamado Carlos Juples, hombre de vida libertina. 

Le sobrevino una grave enfermedad, que crecía de día en día, y con ella su rebeldía y obstinación, pues era de todo punto imposible el reducirle a mudar de vida y confesarse.

El capellán del ejército, compadecido de su desdicha, procuró por cuantos medios le sugería su piedad y celo, atraerle al redil del Buen Pastor; mas todos sus ardides resultaron ineficaces, pues se estrellaban contra aquel corazón disoluto y extraviado.

Mas he aquí que don Matías Emboli, que así se llamaba el capellán, supo por algunos camaradas del capitán que éste, pocos días antes de que cayese enfermo, recibió de manos de un antiguo compañero suyo el Santo Escapulario de la Virgen Santísima del Carmen.

Poco cuidadoso y solícito de la salud de su alma, nuestro alegre y juerguista capitán, apenas si lo había llevado un par de meses; quitándoselo luego para no soportar semejante engorro sobre sus arreos militares.

Sabido esto, respiró esperanzado y consolado el capellán, prometiéndose que lograría, por la intercesión de María Santísima, el que se convirtiese. Se llegó, pues, al desahuciado capitán, víctima de la más tremenda enfermedad y le dijo:

— Carlos, ¿quieres volver a llevar el Santo Escapulario que recibiste ha unos meses de manos de tu antiguo compañero de la infancia, el padre carmelita Fray Ambrosio? No dudes, hijo mío, que por la intercesión de María Santísima lograrás salir del Purgatorio en el sábado inmediato a tu muerte, como Ella prometiera a sus devotos. Yo te doy mi palabra de celebrar en el día del sábado una misa por ti en el altar de la Virgen Santísima del Carmen.

Apenas el capitán oyó nombrar a esta dulcísima y amorosa Madre, se derritió su corazón en copiosas lágrimas, hallándose sin fuerzas su obstinación para resistir a una gracia tan amorosa y persuasiva como le brindara con su Escapulario la Virgen Santísima. Se volvió a poner de nuevo el Escapulario, recibiendo los santos Sacramentos con visibles muestras de sincero arrepentimiento, y expiró con la placidez de un santo, en brazos del anciano capellán.

Al día siguiente, estando el capellán comentando con varios oficiales de su Compañía lo admirable y prodigioso del suceso y la santa muerte que había tenido, le sobrevino al venerable sacerdote un dolor vehementísimo en la palma de la mano izquierda, cual si tuviera una brasa encendida debajo de la epidermis. Era tan vehemente el dolor y tan inexplicable, que todos lo juzgaron como un recuerdo que le enviaba el capitán difunto desde el Purgatorio, a fin de que no se le olvidase el aplicarle el sábado la misa por su alma.

En efecto, los dolores le continuaron durante toda la semana, sin que hallara el menor alivio con los diversos remedios que le fueron aplicados.

Llegado el sábado, le acompañaron todos los camaradas y amigos del capitán para ofrecer por él la Santa Misa. Celebró el Santo Sacrificio en el altar de Nuestra Señora del Carmen, según le ofreciera, y en el momento de la elevación del cáliz, cesaron de improviso los dolores, mas con una novedad extraña, y fue el escuchar, al hacer el memento por los difuntos, la voz del capitán, muy suave cerca de sí, dándole las gracias, al par que se le abrieron, sin artificio alguno, unas llagas en la palma de la mano, por las que destiló copiosa sangre, cerrándosele al cabo de unos días, y dejándole una cicatriz, que no fue menor testigo para calificar la información jurídica de tan extraño y singular suceso.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 203-204.

UN BUEN EJEMPLO QUE CONVIERTE

Por el hecho mismo de haber dado a luz al Redentor del género humano es también Madre benignísima de todos nosotros, a quienes Cristo Nuestro Señor quiso tener por hermanos.
Pío XI, Enc. Lux veritatis, 25-XII-1931 

Virgen María, Madre de Misericordia,
en el Santuario de Ostra Brama
(Vilna, Lituania)
Una clínica, un quirófano, y, tendida sobre la mesa de operaciones, una niña de muy pocos años. La operación a practicar es francamente delicada, difícil; tres doctores en cirugía están presentes y dos médicos anestesistas.

—A ver, nena —dice uno de éstos—; cierra los ojitos, que vas a dormir.
—¡Pero si es de día! —replica la niña—; yo nunca duermo de día.
—No importa. Ahora vas a dormir. Cierra los ojitos...

El médico no quería que la niña viera la aguja con que la tenían que pinchar para anestesiarla. Y ella repetía lo mismo:

—Yo no duermo de día...
—Sin embargo, hoy tienes que hacerlo así; has de dormir para curarte... Anda, sé buena y cierra los ojitos...
—Bueno —dijo la pequeñita conformándose, pues comprendió muy bien que, tarde o temprano, aquellos señores se saldrían con la suya. Pero añadió:
—Yo, antes de dormir, rezo siempre las tres Avemarias. ¿Me dejan que las rece?...
—Sí, puedes rezar tus tres Avemarías...

Y con toda sencillez, la niña se incorporó, se arrodilló, juntó sus manecitas, y empezó su oración de todas las noches: «Dios te salve, María,... Ruega por nosotros, pecadores...»

Luego, acabadas las tres Avemarías, se tendió en la mesa y, sin esperar otra recomendación, cerró sus inocentes ojos...

Ante aquel cuadro encantador, uno de los cirujanos se sintió profundamente enternecido, aunque lo disimuló, y aparentó permanecer imperturbable. Pero en cuanto pudo abandonar el quirófano, lo hizo diciendo a sus compañeros que ellos podían terminar la operación, no haciendo falta él. Entonces se retiró a su despacho, se cerró por dentro, se puso de rodillas y empezó a llorar. Llevaba muchos años alejado de la Iglesia, sin recibir los Sacramentos y sin hacer oración... Y salió de allí decidido a realizar una buena confesión y vivir en adelante según la Ley de Dios, porque le había transformado totalmente, haciéndole recordar la inocencia y fervor religioso de su niñez, aquella niña que no se dormía sin antes haber rezado sus tres Avemarías.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 26-27.



EL MÍSERO EDELARDO

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Es muy recomendable la caridad del piadoso Mauro, abad de Fulda y después Arzobispo de Maguncia. Refiere de él Tritemio, que debiendo ser socorridos los pobres generosamente conforme a sus órdenes, el procurador del monasterio, llamado Edelardo, poco solícito de la ajena indigencia, disminuía con frecuencia los socorros a éstos destinados. Entre otras cosas [el abad] había dispuesto que cuando un monje pasase a mejor vida, la ordinaria porción que a éste tocaba se distribuyese a los pobres por espacio de treinta días, a fin de que esta limosna sirviese al difunto de sufragio. Pero el avaro procurador desatendía con frecuencia el cumplimiento de este mandato, o bien lo difería hasta después del trigésimo día, dejando así pasar un tiempo consagrado al alivio de los difuntos, conforme a la antigua tradición tan observada por San Gregorio el Grande. 

Acaeció en el año 830 una epidemia que se llevó buen número de individuos del monasterio; y el abad, redoblando su caridad, recomendó nueva y encarecidamente al procurador el cumplimiento de la antedicha disposición, prometiendo éste su puntual observancia. Pero Edelardo, avaro, de estrecho corazón y mezquino, desobedeció al superior: fue cruel con los pobres y más aún con sus hermanos difuntos. ¡Oh cuán perjudicial es la avaricia, sobre todo en el religioso! Por temor que faltase a los vivos defraudó a los muertos de los sufragios, y a los pobres de las limosnas. 

Entretanto la Justicia divina no dejó impune semejante codicia, porque muy afanado un día en intereses temporales, muy de noche y cuando los monjes se habían entregado al ordinario reposo, le ocurrió haber de pasar por el capítulo llevando una linterna en la mano. Allí vio al abad con número mayor de religiosos de los que había a la sazón en el monasterio, y que ocupando cada uno su silla parecía que deliberaban sobre algún negocio. Se quedó asombrado a la vista de tan inesperada reunión capitular; y esforzándose un tanto se atrevió a observar los semblantes, y sin más reconoció a los que habían fallecido en la epidemia... 

¡Oh! Entonces, helándosele la sangre, se quedó como una estatua. Pero el terror fue nada comparado con el castigo que se siguió, porque levantándose el abad y los demás se le echaron encima, y dejándole desnudo descargaron sobre él tales y tan duros azotes que quedó medio muerto, máxime que los flagelantes, acompañando con gritos los azotes, le decían con amarguísimo acento: 

— Toma, infeliz, toma el premio de tu codicia, que cuando pasados tres días te cuentes entre nosotros, recibirás algo más; y ten entendido que los sufragios de limosnas que deberían aplicarse a tu alma te serán quitados y aplicados a nosotros, a quienes tú has defraudado — y diciendo esto no fueron vistos más, quedándose solo tendido y medio muerto.

Levantándose a media noche los monjes para ir a Maitines y viéndole tendido en la sala capitular, le tomaron en brazos y le condujeron a la enfermería, donde procuraron suministrarle los remedios que pedía su lastimoso estado; pero él, rompiendo el silencio, ¡por Dios!, dijo con voz lastimosa, llamadme inmediatamente al padre abad, porque mi alma es la que necesita de medicinas más que el cuerpo, al que ya no alcanzan; y hallándose presente aquél con todos los monjes refirió lo que le había acaecido, de cuya verdad eran buen testimonio las llagas de que estaba cubierto su cuerpo. Mas por cuanto en el término de tres días debía comparecer ante el Tribunal de Dios, con grande arrepentimiento de sus culpas pidió los Santos Sacramentos, que sin dilación le fueron administrados, recibiéndolos él con extraordinaria devoción. Comenzó luego a debilitarse, hasta que entre las palabras de consuelo que le dirigía el abad y las fervorosas oraciones que sus hermanos hacían por él, entregó el espíritu justamente al concluir el tercer día.

El abad dispuso que inmediatamente se cantase por él Misa de Réquiem, y que conforme a la práctica, se distribuyese a los pobres por treinta días la porción que le correspondía estando vivo. Mas no por esto concluyeron sus penas, porque pasados los treinta días se apareció al abad en penosísima actitud; y asustado éste y conjurándole le dijese cuál era su suerte, respondió: 

— Buena por la misericordia de Dios, pero todavía estoy sumergido en penosísimos tormentos, porque aunque me han aliviado mucho las oraciones hechas por mí en el monasterio, no puedo obtener pleno perdón hasta que primero hayan ido a gozar de Dios aquellos nuestros hermanos a quienes yo defraudé por mi dureza de corazón, pues aun el mérito de la porción que en mi nombre habéis dado a los pobres, por justa disposición de Dios ha sido a ellos adjudicada. Te ruego, pues, Padre mío, que hagas distribuir una porción doble, que con esto confío quedará satisfecha la divina Justicia y tendrán fin mis padecimientos.

El abad se lo prometió. Y he aquí que concluido el segundo mes se le aparece de nuevo Edelardo, vestido de blanquísima túnica, rodeado de luz y con celestial gozo y serenidad en el semblante. Dio afectuosísimas gracias por la caridad que le habían hecho, y prometió que en el ciclo, cuya puerta le estaba ya abierta, no cesaría de procurar a sus bienhechores las divinas bendiciones (...)

Desde entonces, los buenos monjes no sólo atendían a los pobres con más solicitud, sino que, quien más, quien menos, todos entonces se abstenían de una parte de su ración ordinaria para aumentar con ella la limosna de los pobres, como sufragio de los difuntos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio,
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 14-18.



piątek, 12 sierpnia 2016

LA MANO QUEMADA DE FOLIGNO

El fuego del Purgatorio es igual en intensidad al fuego del infierno y el mínimo contacto con él es más aterrador que todos los sufrimientos posibles de esta tierra.
Santo Tomás de Aquino


Es cosa cierta que casi siempre que Dios ha permitido que una pobre alma condenada apareciese en este mundo, ha dejado una huella visible, y ha sido la del fuego (…) He visto y hasta he tocado en Foligno, cerca de Asís, en Italia, una de aquellas espantosas marcas de fuego que atestiguan una vez más la verdad de lo que aquí decimos, a saber, que el fuego de la otra vida es real.

El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foligno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastía, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de 1826. Es ocioso decir que estaba preparada dignamente para la muerte.

Doce días después, el 17 de noviembre, una hermana denominada Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, subía a la ropería, e iba a entrar, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas se dejaron oír nuevos gemidos tan acentuados que ella, a pesar de su ordinario valor, se sintió poseída de miedo.

— ¡Jesús, María! —exclamó— ¿qué es esto?.

Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:

— ¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dio! Che peno tanto!

La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como puede, y le pregunta:

— ¿Y por qué?
— A causa de la pobreza — responde sor Teresa.
— ¡Cómo! — replica la hermana: ¡vos que erais tan pobre!
— No es por mí misma, sino por las hermanas a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma.

Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza: 

— He aquí un testimonio de la misericordia de Dios.

Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida.

La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Del todo trastornada, se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto la forma de la mano de sor Teresa, que era notablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente.

Se esparce por fuera la noticia; los religiosos menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito.

Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto en todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo. 

— Sé lo que quieres hacer — le dice con severidad — quieres borrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio.

Después, con apacible rostro, añadió:

— ¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!

Y desapareció.

Por fin, al siguiente día 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, se despierta sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras:

— Fallecí un viernes, día de la Pasión, y otro viernes me voy a la gloria... ¡Llevad con fortaleza la cruz!... ¡Sufrid con valor!.

Y añadiendo con dulzura: ¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós!... se transfigura en una nube ligera, blanca, me deslumbra, y volando al cielo desaparece.

Se abrió en seguida una información canónica por el obispo de Foligno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la puerta se halló exactamente conforme a la mano de la difunta. El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. 

En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela y, lo repito, mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de un modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego. Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido. Por consiguiente, aunque no podamos penetrar el misterio, sabemos de un modo indudable que el fuego del infierno, corpóreo como es, ejerce su acción vengadora hasta en las almas.

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 96-100.

LA MADRE QUE PEDÍA LA CONVERSIÓN DE SU HIJO

Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados.
San Juan María Vianey

En uno de los primeros meses del año 1973, en un sanatorio de una ciudad castellana, estaba enferma una señora a la que visitaba todos los días un hijo espiritualmente desgraciado, pues llevaba una vida de completa disipación y total apartamiento de los preceptos religiosos, constituyendo esto la preocupación constante y angustiosa de la madre.

Una religiosa, que también estaba en el sanatorio y se enteró del caso, entregó a la aludida señora unas estampas sobre la devoción de las tres Avemarías, con objeto de que encomendase la solución del asunto a la Santísima Virgen, rezándolas diariamente y dando a su hijo una de esas estampas con la recomendación de que hiciera lo mismo. Así lo hizo la acongojada madre, suplicando encarecidamente a la Virgen María la conversión de su hijo y obsequiándola con el rezo de las tres Avemarías.

Pasados unos días tuvo conocimiento de que habían sido anunciados unos «Cursillos de Cristiandad» para jóvenes, y con gran ilusión le pidió a su hijo que se inscribiese para asistir a ellos, pero el joven se negó rotundamente, exclamando: 

— Déjame, madre, de tonterías; deja que viva la vida, que para mí tiene tantos atractivos; ¡qué tengo que hacer yo en semejantes cursillos! ...

La madre del «descaminado», sollozando por este fracaso, contó a la religiosa que le había dado las estampas de las tres Avemarías lo sucedido, y juntas continuaron rezándolas pidiendo fervorosamente a la Madre de Dios su mediación en favor de esa alma desdichada... 

Y cual no sería su grata sorpresa cuando, precisamente el día en que terminaba el plazo para las inscripciones, el hijo dice a la madre:

— Bueno, sólo por darte gusto iré a perder el tiempo en esos inútiles cursillos que tanto empeño tienes en que tome parte...

Va, al fin, el joven con desgana a inscribirse, y le manifiestan que ya no hay plaza disponible, pues se han cubierto todas. Ante esto, iba a retirarse el interesado (contento en el fondo por liberarse de su compromiso y poder justificarse a ojos de la madre), cuando le mira el padre director y le dice que «no sabe por qué pero que siente que le tiene que admitir», y en efecto, fue admitido y practicó aquellas jornadas de espiritualidad, con tan feliz resultado que, una vez terminadas, se presentó a su madre como «un hombre nuevo», completamente regenerado y decidido a no apartarse de la Ley de Dios.

El santo gozo de la madre fue inmenso; y el hijo «revivido» es hoy un entusiasta propagador de la devoción de las tres Avemarías, cuya eficacia proclama reconociendo que por la intervención de la Virgen Santísima obtuvo la gracia de Dios.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 24-25.

CONVERSIÓN ADMIRABLE

La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y dolores entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre.
San Pío X, Enc. Ad diem illum

En “La Semana Católica” de Madrid, en su número del 22 de septiembre de 1889, se refería este hecho: 

«Don Francisco Javier Zaldúa, ex-presidente de la República de Colombia y eminente jurisconsulto, no se distinguió mucho por sus sentimientos católicos. Había tomado gran parte en la expulsión de la Compañía de Jesús y otros desafueros análogos. 

Tenía dicho señor un hijo que, habiendo terminado brillantemente sus estudios en el Colegio Americano de Roma, se ordenó sacerdote y era muy devoto de la Virgen del Carmen. Hizo cuanto humanamente pudo por alcanzar de la Virgen la conversión de su padre, pero nada no lo conseguía.

Hallándose el señor Zaldúa desahuciado de los médicos, le dijo su hijo:

— Mi querido padre, ya que están agotados todos los remedios humanos, físicos o medicinales, ¿me permitirías ensayar para bien tuyo uno de orden espiritual?
— ¿Cuál es, hijo mío? — preguntó Zaldúa.
— Es sumamente sencillo: ponerte el Escapulario de la Virgen del Carmen.

Con gran sorpresa y alegría del hijo, el presidente Zaldúa inclinó la cabeza para que se le impusiera el Santo Escapulario, una vez que lo hubo recibido, preguntó a su hijo:

— ¿Qué obligaciones se contraen con este acto?
— La de confesaros — le respondió, emocionado, pero en tono imperativo, el buen hijo.
— Pensaré en ello — repuso con humildad el enfermo.

Mientras el hijo le daba tiempo para que se reconcentrase en sí y reflexionase, añadió el moribundo:

— Deseo confesarme — hijo mío, llama a un sacerdote.

Éste, que ya se hallaba prevenido de antemano por el hijo, confesó al señor Zaldúa, el cual no contento con confesar contrito y arrepentido sus pecados, añadió en alta voz que moría en la fe de la Santa Iglesia Católica y que deseaba reparar todo el mal que con su conducta o con su ejemplo había hecho a las almas, expirando luego de recibir el Viático, con muestras de sincero arrepentimiento.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 158-159.



EL CAPITÁN AYUDANTE MAYOR DE SAINT-CYR

El infierno existe, si queremos creerlo o no. Es un lugar de castigo eterno para todos aquellos que han dejado este mundo rechazando obstinadamente la misericordia de Dios. Enseñó la misma verdad nuestro Salvador Jesucristo, con seriedad y autoridad por encima de cualquier ciencia humana.
Thomas. A. Nelson

Permitidme, amados lectores, que os refiera un hecho muy curioso que pasó en la escuela principal de Saint-Cyr en los últimos años de la Restauración.

La escuela tenía entonces de capellán a un eclesiástico muy virtuoso y de talento, que llevaba el raro nombre de Rigolot [significa “Divertido”], y predicaba a los jóvenes de la escuela, que cada tarde se reunían en la capilla antes de subir al dormitorio.

Cierto día que el digno capellán había hablado admirablemente del infierno, concluida la ceremonia, se retiraba con una palmatoria en la mano a su aposento, que estaba situado en una sala reservada a los oficiales. Cuando abría la puerta, oye que lo llama alguien que lo seguía en la escalera, un anciano capitán de bigote gris y postura poco fina. 

— Perdonad, señor capellán — le dice en tono algún tanto irónico, — acabáis de hacernos un hermoso sermón sobre el infierno. Únicamente os habéis olvidado de decirnos si en el fuego del infierno seremos asados, o tostados, o hervidos. ¿Podríais decírmelo?

El capellán, viendo con quién tenía que habérselas, lo mira en el blanco de los ojos, y poniéndole su palmatoria frente al rostro, le responde tranquilamente: 

— ¡Allá veréis, capitán!

Y cierra su puerta, no pudiendo contener la risa al ver la figura a la vez simple y aturdida del pobre capitán.

No pensó más en ello; pero desde entonces le pareció que el capitán le volvía los talones, por lejos que lo viese. Sobrevino la Revolución de Julio y fue suprimido el cargo de capellán militar, tanto en el colegio de Saint-Cyr como en los demás, siendo el clérigo Rigolot nombrado por el arzobispo de París para otro puesto no menos honroso.

Unos veinte años después el venerable sacerdote se encontraba una tarde en un salón, en que había una numerosa sociedad, cuando vio que se dirigía a él un caballero anciano y de bigotes blancos, que lo saludó preguntándole si era el señor Rigolot, en otro tiempo capellán de Saint-Cyr. Y habiéndole contestado afirmativamente:

— ¡Oh, señor capellán! — le dijo con emoción el anciano militar,  — permitidme que os estreche las manos y os exprese toda mi gratitud: ¡vos me habéis salvado! 
— ¡Yo! ¿y cómo ha sido?
—¡Qué! ¿no me conocéis? ¿Os acordáis de una noche en que un capitán instructor de la Escuela, habiéndoos planteado una cuestión ridicula, le respondisteis, poniendo vuestra bujía debajo de su nariz: “¡Allá lo veréis, capitán!” Ese capitán soy yo. Sabed que desde entonces aquellas palabras me persiguieron por todas partes, no menos que el pensamiento de que iría a quemarme en el infierno. He luchado diez años, pero al fin he tenido que rendirme: he ido a confesarme y me he vuelto cristiano, cristiano a lo militar, es decir, todo de una pieza. A vos debo esta dicha, y me considero muy feliz al encontraros para poder decíroslo.

Si alguna vez, mi querido lector, oyes a algún malvado suscitar descabelladas cuestiones sobre el infierno y su fuego, responde con el sacerdote Rigolot: 

— Allá lo veréis, amigo; allá lo veréis.

Os aseguro que no tendrán la tentación de ir a verlo.

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 93-95.

czwartek, 11 sierpnia 2016

UNA FAMILIA PROTESTANTE SE CONVIERTE AL CATOLICISMO

María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa.
San José Escrivá de Balaguer

En la última sesión de un Congreso católico, celebrado en Lila (Francia), el sacerdote inglés P. Tuckwel habló de este modo:

«En una ciudad de Inglaterra residía una familia educada según la fe protestante. De los varios hijos, el más pequeño, cuando contaba seis años, aprendió de unos amigos católicos el Avemaría. Una tarde la recitó candorosamente delante de su madre, y ésta le reprendió y conminó a que nunca más pronunciara esas alabanzas a María, pues no era ella más que una mujer como todas las demás.

El niño, consecuente con la reprimenda recibida, no volvió a pensar ya en el Avemaría.

Pero, transcurridos bastantes días, y mientras esperaba a sus padres para ir al templo, tomó una Biblia y empezó a hojearla, encontrándose con el relato de San Lucas en que refiere la Anunciación. El niño, al aparecer su madre, le muestra triunfante la página en que consta la salutación del Ángel a María, y dice:

— Ves, madre, el Avemaría está en la Biblia. ¿Por qué, pues, decís que no debe rezarse?

La madre, por única respuesta, le arrebató, enojada, el libro de sus manos, y le dijo:

— Cállate y no vuelvas a hablar más de esto.

No obstante, desde entonces, el niño repetía gustoso, en privado, las palabras leídas: 

“Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”... 

Y meditando en esto se decía: 

— No es posible que María sea una mujer como las demás. Si así fuese, no le habría dicho el ángel lo que le dijo. Y esto está escrito en la Biblia, y según nos han enseñado en el templo, la Biblia contiene la palabra de Dios.

Habiendo crecido el niño con esa convicción, y cumplido los trece años, surgió, en una velada familiar, otra vez la cuestión de la excelencia de la Virgen sobre las demás mujeres, y nuevamente se oyeron las voces de unos y otros rechazando la preferencia de María. Ante lo cual, el niño tomó la defensa de la Virgen, exclamando:

— ¡No; no es verdad que la Virgen María sea igual a todas las mujeres, porque Dios ha puesto en los labios del Arcángel Gabriel la declaración de que «es llena de gracia» y de que es la destinada a Madre de Jesús, que es Dios hecho Hombre!... ¡Qué contradicción la vuestra!; decís que la Biblia es la regla de la religión y, sin embargo, no queréis reconocer lo que el Sagrado Libro dice. Leed el canto de la Virgen: “Todas las generaciones me llamarán

bienaventurada»... ¿Por qué vosotros os negáis a glorificarla como Madre de Dios?...”

El efecto de estas manifestaciones del joven fue terrible. Los padres estaban enfurecidos contra él. Y sus hermanos lo recriminaron.

Años después, el muchacho entró en el ejército de su Majestad Británica y, libre de la potestad paterna, se convirtió al catolicismo.

Disfrutando en cierta ocasión unas vacaciones con su hermana mayor, que se había casado y tenía varios hijos, le censuró aquélla su fe católica, y añadió:

— ¿Ves a mis hijos? ¡Tú sabes cuánto los quiero! Pues bien; te aseguro que antes los mataría que consentir abrazasen esa religión...

El hermano calló. Pero, a los pocos días, se dio el caso de que uno de los hijos de la joven que tan apasionada y enérgicamente había afirmado su anticatolicismo, contrajo una gravísima enfermedad (difteria) y corría inminentemente riesgo de muerte, porque la naturaleza del niño no respondía a los tratamientos aplicados por el médico. Entonces, dijo a la madre su hermano:

— Ante esta situación desesperada en que estamos viendo que tu hijo se muere, olvida todo prejuicio y reza conmigo el Avemaría, implorando a la Virgen Santísima interceda y obtenga de Dios la salud del niño. Y prométeme que si esto te concede el Cielo, examinarás serenamente la religión que yo practico, y si te convences de su verdad, me acompañarás en la misma.

Resistió todavía un tanto la hermana; vaciló un rato, pero mirando la cama de su hijo enfermo y llorando angustiada, se dejó llevar por la esperanza de salvarlo, y se arrodilló junto a su hermano, recitando con él la salutación angélica.

Al siguiente día el niño estaba curado, con sorpresa del médico. Y la madre se mostró gozosa y agradecida a la Virgen, Madre de Dios, que con tanto poder, tan sabiamente y siempre tan misericordiosa consuela a los afligidos.

A los tres meses de aquella curación, la familia entera era contada en el número de los católicos. Y el hermano, que tanto bien contempló, dejando la vida militar se hizo sacerdote.

Y ese sacerdote - terminó diciendo el P. Tuckwel - es el que os acaba de relatar todo esto».

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 19-22.

LOS TRES HIJOS DE UN VIEJO USURERO

Para saber que el infierno existe no es necesario que los condenados vuelvan a la tierra. Es suficiente del todo la palabra del mismo Dios quien le revela al hombre cuál es la verdad sobre las últimas cosas de su destino.
François Xavier Schouppe SJ

Un padre de familia, que se había enriquecido a fuerza de irritantes injusticias, había caído enfermo de peligro. Sabía que tenía ya en sus llagas la gangrena, y con todo no podía decidirse a restituir. 

— Si restituyo — decía — ¿qué será de mis hijos?

Su párroco, hombre de talento, para salvar aquella pobre alma recurrió a una curiosa estratagema. Le dijo que si quería curarse le indicaría un remedio muy sencillo, pero caro, muy caro.

— Mas que cueste mil, dos mil, diez mil francos; ¿qué importa? — responde con viveza el anciano; — ¿en qué consiste?

— Consiste en hacer fundir en los puntos gangrenados la grasa de una persona viva. No se necesita mucho: si halláis alguna que por diez mil francos quiera dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora escaso, habrá bastante.

— ¡Ay! — dijo el pobre hombre suspirando — temo no encontrar nadie que quiera aceptar.

— He aquí un medio — dice tranquilamente el párroco — haced venir a vuestro hijo mayor, el cual os ama y ha de ser vuestro heredero. Decidle: “Querido hijo mío, puedes salvar la vida a tu anciano padre si consientes en dejarte quemar una mano, tan sólo durante un cuarto de hora escaso”. Si rehúsa, podéis hacer la proposición al segundo, obligándoos a instituirlo heredero en lugar de su hermano mayor. Si éste rehúsa a su vez, el tercero aceptará sin duda.

Hizo sucesivamente la proposición a los tres hermanos, quienes uno tras otro la rechazaron horrorizados. Entonces el padre les dijo:

— ¡Qué! ¡para salvarme la vida os espanta un momento de dolor, cuando yo para procuraros vuestro bienestar iré al infierno a arder eternamente! ¡En verdad sería muy loco!

Y se apresuró a restituir cuanto debía, sin considerar lo que sería de sus hijos.

Y tuvo razón, y sus tres hijos también. Dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora, aun para salvar la vida a su padre, es un sacrificio superior a las fuerzas humanas. Pero ¿qué es esto, como ya lo hemos dicho, en comparación de los ardientes abismos del fuego del infierno?

¡Hijos míos, no vayáis al infierno!

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 82-83.

DESEA RECIBIR LOS SACRAMENTOS

En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María.
San Juan María Vianey

Una suscriptora de REINO DE CRISTO escribía emocionada (“RC” julio 1977):

«Fui con una hermana mía a ver a una amiga que vive en una barriada. Después de estar llamando varias veces en su puerta y no contestar, la vecina me dijo:

— No está; pero pasen a mi casa.

Aun cuando apenas conocíamos a la familia, pasamos y estuvimos saludando y preguntando cómo estaban todos. La mujer nos dijo que su madre estaba muriendo. Como no queríamos perder la ocasión (...) le pedimos permiso para entrar a la habitación de la enferma. En seguida nos pasó. La encontramos gravísima, sin conocimiento. Tenía en una mesa una pequeña imagen de la Virgen del Carmen.

La hija nos contó: 

“Parece milagroso; toda su vida ha sido muy devota de la Virgen del Carmen, sin embargo la iglesia ni la pisaba, ni oía Misa, ni recibía los sacramentos. Pero al sentirse indispuesta, que no parecía nada grave, dijo: 

— Me encuentro muy mal, quisiera recibir los sacramentos, aunque tengo miedo, porque el párroco me va a regañar por no haber ido nunca a la iglesia.

Tratamos de convencerla que como no estaba tan mal, cuando estuviera buena, ella misma fuera a la iglesia, pero ella insistía en que moriría.

Entonces llamamos a una vecina muy buena. Cuando la vio, tampoco la encontró mal. No obstante, como deseaba tanto recibir los sacramentos, nunca estaban de más. Avisó al párroco, que vino rápido; estuvo muy amable con ella y le administró los sacramentos, hasta la Unción de enfermos. Los recibió dándose perfecta cuenta.

A poco de marcharse el párroco, perdió el conocimiento y está en esa especie de letargo en que la ven; el médico dice morirá muy pronto.”

Nos hemos enterado que así sucedió.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 157-158.


MARTIRIO DE SANTA MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO (LA ARABITA DEL CARMELO)

En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud (Eclo o Si 24,25). ¡Con cuánta sabiduría la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre. 
San Josemaría Escrivá de Balaguer

Santa Mariam Baouardy OCD -
María de Jesús Crucificado
(la Arabita del Carmelo)
Cuando María tenía 13 años su tío la comprometió en matrimonio con un joven, que era hermano de su esposa y tenía una discreta posición económica en El Cairo. Ella lo supo unos días antes de la celebración del matrimonio. Según la costumbre oriental, los padres o tutores escogían las parejas y ellas debían obedecer, pero María se opuso rotundamente, pues quería consagrar su vida a Dios. El día en que debía celebrarse la boda, ella se cortó el cabello y se presentó ante los invitados con una bandeja con su cabellera y las joyas de novia, en vez de presentarles algunos dulces para tomar el té antes de la ceremonia.

Su tío se enfureció por dejarlo mal ante los invitados. Para él era un deshonor y la castigó severamente. Desde ese día la trató duramente y la mandó a la cocina a trabajar, no como una hija, sino como una esclava, prohibiéndole la misa y los sacramentos. Trató de rendirla a sus deseos, pero ella se mantuvo firme. 

Después de tres meses de humillaciones, sufridas por amor a Jesús, ella quiso ponerse en comunicación con su hermano Pablo, que todavía vivía en Abellin. Se hizo escribir una carta para que viniera a recogerla. Llevó la carta a casa de un musulmán que había sido sirviente de su tío y que iba a viajar a Nazaret, para que se la entregara a su hermano. 

El turco insistió en que se quedara a cenar, pues ya era un poco tarde. Durante la cena, comenzaron hablar de religión y el turco le insistió en que debía cambiarse a la religión musulmana para ser feliz, pero ella reaccionó con fuerza, diciéndole: 

— Jamás, yo soy hija de la Iglesia católica, apostólica y romana y espero perseverar hasta la muerte en esta religión, que es la verdadera.

Entonces él, lleno de ira, le dio una patada que la hizo caer al suelo, y después, ciego de cólera, tomó la cimitarra y la descargó con toda su fuerza sobre su cuello dejándola como muerta. Con ayuda de su madre y esposa, que estaban cenando con María, la envolvió en una tela, la llevaron a una callejuela oscura de las afueras y la dejaron allí para que no quedara huella de su crimen. 

Esto sucedió el 7 de septiembre de 1858.

La herida del cuello tenía 10 centímetros de largo y un centímetro de ancho. Una arteria quedó rota como lo constatará un médico de Pau el 24 de junio de 1875. Su maestra de novicias escribió: “Un célebre doctor de Marsella que la cuidó aseguró, aunque era ateo, que naturalmente ella no podía vivir”.

Como consecuencia de esta herida María tuvo el resto de su vida una voz cascada. El martirio de la pequeña árabe no había sido un sueño, quedó inscrito en su carne de por vida. Ella manifestó: 

«Me pareció subir al cielo. Veía a la Virgen, a los ángeles y a los santos, que me acogían con gran bondad. También vi a mis padres en medio de ellos y contemplaba el trono de la Santísima Trinidad y a Jesucristo en su humanidad. Allí no había sol ni lámparas y todo era radiante y brillante. Yo estaba feliz con todo lo que veía, cuando de pronto alguien vino a mí y me dijo: 

— Tu libro todavía no está terminado.

Apenas terminó de hablar, desapareció la visión y me desperté. Me encontré en una cueva solitaria, acostada en un pobre lecho y a mi costado había una “religiosa” que tuvo la caridad de coserme el cuello. Yo nunca la vi comer ni dormir. Siempre estaba a mi cabecera y me cuidaba con el más grande cariño y en silencio. Ella vestía un vestido azul de cielo. Su velo era del mismo color. Yo he visto después vestidos de muchas religiosas, pero ninguno se parecía al suyo. 

¿Cuánto tiempo estuve en ese lugar? No sabría decirlo. Creo que fue como un mes. No comí nada durante ese tiempo. Algunas veces ella me humedecía los labios con una esponja blanca como la nieve. Yo dormía casi todo el tiempo.»

Un día la “religiosa” le preparó una sopa deliciosa. Toda su vida recordará su sabor. “Qué buena sopa! Ella me prometió que en mi última hora me daría una cucharada de nuevo”. 

La religiosa que la había curado le había predicho que sería hija de San José antes de ser hija de Santa Teresa, añadiendo: “Tomarás el hábito en una casa, harás la profesión en otra y morirás en una tercera, en Belén”; lo que sucedió realmente. En el barco que la llevaba a Belén aseguró: «La “religiosa” que me curó después del martirio, sé al presente que era la Virgen María.»

La “religiosa” (la Virgen) la llevó después a la iglesia de Santa Catalina de Alejandría para que se confesara. Ella le dijo: 

— Espérame, no me abandones.

La Virgen le sonrió sin responder y, al terminar de confesarse, no la encontró más.

Ángel Peña OAR, Santa María de Jesús Crucificado. La pequeña árabe, Lima-Perú, pgs. 8-11.

UNA SINGULAR ENFERMERA

Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión [...]. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro. 
San Bernardo, Hom. en la Asunción de la B. Virgen María, 1, 7-8 


Virgen María con el Niño Jesús y los ángeles,
por Duccio, 1282
Terry Ross, 23 años, sargento de alpinistas escoceses (los famosos Seaforth Highlanders). Su primera acción, muy difícil, desembarca en Francia, a doce millas al norte de El Havre, para eliminar una estación de radio en Bruneval.

Una explosión como un relámpago al asaltar la estación. Cuando recobró el conocimiento, estaba en el hospital. Operaciones; días largos. Pide al cirujano le diga la verdad: “Sí, ya no recuperará la vista”. Por primera vez desde su niñez lloró a lágrima viva, apretándose la sábana contra la boca. Sin saber cómo, tocó algo que agarró con fuerza. Era un Escapulario de la Virgen. En voz baja murmuró:

— Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

Y entonces, en su desesperación, sintió que una mano apretaba la suya, y una voz de mujer le preguntaba:

— Me llamas, Terry?

El pobre muchacho se aferró a la mano de la enfermera:

— No, Hermana; no estaba llamando; pero, por favor, hágame compañía un rato, que me siento horriblemente solo.
— Vamos, hombre; así no habla un soldado valiente como tú. Recuesta la cabeza un poco mientras te refresco la frente. ¿Acaso no puedes dormir? Cavilas demasiado tal vez.

Terry rompió en un torrente de confesiones y desahogos. Luego las dulces palabras de la enfermera le dejaron plenamente tranquilizado. Se durmió.

Cuando despertó, la venda de los ojos se había caído. Alzó la mano para enderezarla y se detuvo de repente.

— ¿Eres tú, Juan ? — preguntó con ansiedad.
— Sí señor — respondió el enfermero. — Dispense usted si le he despertado, pero tengo mucho que hacer y necesito empezar temprano.
— Eso no importa, Juan. Acércate aquí más, más.

La voz de Terry sonaba excitada.

— Dime, Juan, ¿tú tienes una escoba en la mano izquierda? ¿Y eres alto y delgado y... llevas gafas?

El viejo dejó la escoba y echó a correr.

A los pocos minutos llegó el doctor y le hizo un examen minucioso.

— Es imposible de explicar, Ross; pero dentro de pocas horas tendrás perfecta visión.

Ross preguntó ansiosamente.

— ¿Cuál de las enfermeras estaba de servicio anoche?
— Ninguna, Ross. ¿Por qué lo preguntas?
— Es que cuando se apagaron las luces, yo no me quedé dormido hasta que ella no vino.
— Ella, ¿quién es ella? Te digo, Terry, que aquí no había enfermera alguna.

No, no había sido un sueño. Él había experimentado la angustia de un terror mortal, y había rezado: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros”... y estaba curado.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 151-152.