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wtorek, 20 września 2016

UN INSTANTE EN EL PURGATORIO

La gente no se da cuenta de lo que es el purgatorio. No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el purgatorio, y aun peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas.
Paul O’Sullivan OP

Dos religiosos (...) procuraban con la mayor solicitud cumplir con las obligaciones de su estado, para crecer cada día en perfección. La identidad de sentimientos los unía en tan santa y estrecha amistad que muy bien podía decirse de ellos lo que se dijo a otro propósito: "En dos cuerpos, eran del mismo parecer". Se habían obligado por medio de un santo compromiso a promover el mayor y mejor servicio de Dios según sus fuerzas, habían de ser los primeros en presentarse en el coro, dando ejemplo a los demás en la perfecta observancia de la regla, y además debían procurar la salud del prójimo por todos los medios que les sugiriese la caridad. 

En medio de tan santas ocupaciones fue uno de ellos acometido de la última enfermedad, y llegado el extremo, tuvo el consuelo de ver ante sí al ángel del Señor que le dijo que estaba muy próxima su muerte y que iría al purgatorio a purificar su alma de algunas ligeras manchas que tenía. Estas palabras, si bien le consolaron porque le aseguraban la vida eterna, también le consternaron por tener ya tan cerca los tormentos del purgatorio; y notándolo el ángel le consoló añadiendo: “Estarás en él poco tiempo; sólo el preciso para ofrecer por tu alma una Misa de Réquiem, la cual concluida volarás a gozar en el seno de Dios el fruto de tus santas empresas.”

Oída tan fausta promesa, hizo llamar a su buen amigo, a quien después de haber referido con el mayor gozo la consoladora misión del ángel, le suplicó, por la íntima y santa amistad que los unía, que cuando hubiese entregado el espíritu procurase no perder momento en aplicarle la Misa de que el ángel le había hablado, ya que de esta Hostia propiciatoria dependía su pronto y eterno descanso.

El amigo, en medio de la agitación que naturalmente causaron en su corazón la pena de perder a quien tanto amaba y el consuelo de que pronto le serviría más en el cielo, le prometió lo que pedía y lo cumplió como pudiera desearlo. Porque apenas hubo cerrado los ojos el amigo, que expiró a la mañana siguiente, preparándose para decir la Misa, la celebró en la iglesia del monasterio con la devoción que fácilmente se deja entender.

Concluido el santo Sacrificio, y ocupándose en la acción de gracias, he aquí al difunto amigo, quien con un semblante que no decía bien con la gloria que le rodeaba; he aquí el diálogo:

— ¿Dónde está, — le dice — carísimo hermano, la fe prometida? Merecerías en verdad que el Señor no se apiadase de ti. ¿Y por qué no me has cumplido la palabra que me diste de celebrar en sufragio mío inmediatamente que expirase, pues ni tú ni ninguno de los religiosos me habéis aplicado una sola Misa en todo un año? ¿No te parece bien cruel tanto olvido, en medio de los incomprensibles tormentos que he padecido?
— ¿Cómo puede ser eso — replicó atónito el amigo — cuando he sido tan fiel en cumplir mi promesa, que ahora mismo acabo de desnudarme de los sagrados ornamentos? ¿Cómo dices haber pasado un año, cuando no te han hecho aún las exequias, y tu cuerpo todavía debe conservar algún calor? Ven si no, y lo verás.

AI ver el alma su propio cadáver que apenas había sido movido del lecho en que de él se separó, prorrumpiendo en un profundo y doloroso suspiro, dijo: 

— ¡Ay de mí, cuán terribles son unas penas que padecidas tan corto tiempo me han parecido tan largas! ¡Sea por siempre alabada la divina misericordia que en tan corto tiempo me las ha hecho pasar, y bendita la caridad que te movió a aliviarme con el incruento sacrificio! Me voy al cielo; no cesaré un instante de suplicar a la bondad soberana te remunere tan gran beneficio, con unir pronto en la gloria a los que su santo amor unió en la tierra.

Oportunísimamente cierra el historiador esta relación poniéndonos delante las siguientes memorables palabras de San Agustín: “Que la pena del purgatorio sufrida por sólo el tiempo de un cerrar y abrir de ojos es más grave que la que sufrió San Lorenzo todo el tiempo que estuvo en las parrillas”.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 58-60.



poniedziałek, 19 września 2016

UNA MADRE QUE NO QUISO MORIR...

Una de las más agradables devociones que se le pueden ofrecer a la Virgen María, es la de ayudarle a dar gracias a la Augusta Trinidad por el Poder que recibió del Padre Eterno, por la Sabiduría con que la enriqueció su Hijo y por la Caridad de que la llenó el Espíritu Santo.
beato Diego de Cádiz, capuchino

Una mujer joven se moría...

Casada con un médico, ni éste ni los más especializados compañeros de profesión que habían acudido a examinar a la enferma, encontraban recursos en la ciencia con que poder curarla.

Resignado el marido, atendió la petición de la enferma: «¡Que venga un sacerdote!»

Y el sacerdote acudió al domicilio que se le había indicado, y encontró junto al lecho de la paciente al marido y los dos hijos que del matrimonio habían nacido. El mayor contaba tres años y el menor de los niños tenía poco más del año. Se retiró el doctor con sus hijos, para que confesara la enferma...

Cuando el sacerdote preguntó a ésta si aceptaba la muerte, la joven madre, cobrando energías, contestó:

— ¡Padre, no quiero morir...!

Y se echó a llorar, diciendo:

— No por mí, sino por mis hijos y mi marido.

Calmada luego, exclamó:

— ¡Hágase la voluntad de Dios! Pero..., quiera Dios librarme de la muerte. ¡Se lo pido con toda mi alma!

Entonces, el confesor le dijo:

— Ponga usted por intercesora a la Santísima Virgen, que Ella es Madre y sabrá comprenderla como nadie... ¡Y Ella todo lo puede cerca de Dios!

Y sacando del libro de oraciones una estampa de las tres Avemarías y una novena, se las dio a la enferma, indicando:

— He aquí una devoción muy eficaz. Comience hoy mismo a rezar las tres Avemarías, y juntos con usted su marido y niños invoquen a María, Omnipotencia Suplicante, Madre de la Sabiduría infinita y Madre nuestra de Misericordia. ¡Pongámoslo así todo en sus manos!

Tres días más tarde, el marido acudió a la iglesia preguntando por el sacerdote que había confesado a su mujer, y al verle éste se apresuró a decirle:

— ¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo sigue la enferma?

Y el médico, con irreprimible emoción, le contestó:

— ¡Padre, milagro de la Virgen! Mi mujer, inexplicablemente, está fuera de peligro y en franca mejoría.

Y, serenándose, añadió:

— Tan pronto salió usted de mi casa el otro día, pusimos en práctica su consejo, y dimos comienzo al rezo de las tres Avemarías; arrodillados mi hijo mayor y yo, y en pie, a la cabecera de la cama de su madre, el pequeñín... ¡Y con qué fervor las rezamos, Padre! Igual hicimos el segundo día y hoy por la mañana... Y esta tarde advertí, con asombro, que la fiebre casi había desaparecido... Y al llegar mis compañeros a efectuar su diaria visita, se sorprendieron igualmente del cambio producido, que no tenía explicación científica... ¡Se ha curado! Ofrezca, Padre, mañana, la Santa Misa en acción de gracias a Dios y a Nuestra Señora de las tres Avemarías.
(Padre Raimundo F. Olivas)

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 71-73.

JUAN PATRICIO INDULTADO

Con todo lo íntimo de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien nuestro. Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad.
San Bernardo, Hom. en la Natividad de la B. Virgen María, 7

Le pareció a un sacerdote que despertándole un amigo, muerto poco antes, le rogaba que le acompañase, y le condujo al templo de Santa Cecilia, donde habiendo entrado vio que un coro de vírgenes, entre ellas las santas Cecilia, Inés y Agueda, preparaban un graciosísimo solio a la Madre de Dios, la cual, acompañada de ángeles y de cierto número de bienaventurados, se dejó ver muy luego y ocupó el preparado trono. La majestad que, templada con celestial dulzura, aparecía en el semblante de la gran Señora, al paso que llenaba de gozo a los ángeles, a los santos y a las vírgenes, los tenía también en reverente y obsequioso silencio. 

Cuando he aquí que comparece una mujer pobremente vestida, pero abrigada al mismo tiempo con una esclavina de precio. Se postró humildemente a los pies de la Santísima Virgen, y con las manos en actitud suplicante empezó a decir llena de ternura: 

— Madre de las misericordias, os ruego por vuestra piedad maternal que os compadezcáis del pobre Juan Patricio, muerto poco ha. ¡Padece tanto en el Purgatorio!...

Por tres veces, y siempre con acento más ingresante, repitió la súplica, sin merecer respuesta alguna. Ella, entretanto, sin desanimarse y alzando más la voz, añadió: 

— Bien sabéis, ¡oh piadosísima Señora!, que yo soy aquella pobre que pedía limosna a la puerta de vuestra Basílica mayor, donde pasaba buenos fríos durante el invierno, pues no tenía otro abrigo que el de estos harapos que ahora llevo, y que llegando Juan y pidiéndole limosna en vuestro nombre, en ocasión justamente que me veía tiritar de frío, se quitó esta esclavina de sus hombros y me abrigó con ella: tanta caridad hecha por amor vuestro merece alguna indulgencia.

La Madre de misericordia, para cuyas entrañas era ya mucho hacer repetir tanto una súplica, mirando a la suplicante dijo: 

— El hombre por quien ruegas es reo por sus muchos y graves pecados de larga pena, mas porque tuvo dos virtudes especiales, la misericordia para con los pobres y la devoción a mis altares, cuidando de su aseo y suministrando aceite para que estuviesen iluminados, quiero usar con él de misericordia.

Va la orden de que Juan compareciese ante la santa comitiva, apareció luego un escuadrón de espíritus infernales, y en medio de ellos el reo Juan Patricio, duramente atado con diabólicas ligaduras. Mandó entonces que rompiéndole las cadenas le dejasen en libertad, para que pudiera reunirse a los bienaventurados. Obedecieron, y desaparecieron. Juan, incorporado al sagrado coro, se vio envuelto de una celestial nube, desapareciendo así a los ojos del buen sacerdote. 

Tal impresión hizo a éste aquella visión, que en lo que le duró la vida no cesó de predicar: “Cuánta fuese la clemencia de la Santísima Virgen para con aquellas almas del Purgatorio, que durante la vida procuraron honrarla con devotos obsequios.”

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 46-48.



sobota, 17 września 2016

LLEGÓ A CARMELITA DESCALZO DESPUÉS DE TROPIEZOS MUNDANOS

Sí se veneran todos los justos, ¿quién es el que no alabará a la fuente de la Justicia y al tesoro de la santidad? Ni la lengua de los hombres, ni la mente de los ángeles, que es lo más sublime del mundo, pueden dignamente ensalzarla.
san Juan Damasceno, Homilía en la Dormición de la Virgen, 1

Virgen de Las Lajas
En una gran ciudad de un país hispanoamericano, un niño acudía todos los domingos a la catedral, a la que los hermanos maristas enviaban esos días dos hermanos para la enseñanza de la doctrina, labor de caridad muy necesaria en una nación donde la escuela laica prescindía de toda instrucción religiosa.

Un día, el hermano Macario, que era el catequista del grupo en que figuraba el niño a que nos referimos, les habla de rezar a la Virgen tres Avemarías...

— Si las rezáis todos los días, — dice — la Virgen os salvará... ¿Vosotros queréis ir al cielo? Pues comenzad a rezarlas esta misma noche al acostaros...

Aquella afirmación de protección salvadora fijó la atención del pequeño oyente, y le determinó a dar comienzo a su rezo aquel día. Meses después dejaba el niño la asistencia a la Doctrina. Y luego cursó el bachillerato y pasó a la universidad. El ambiente incrédulo que halló en ésta y las tentaciones de un mundo tropical sofocaron las prácticas de piedad y cayó en las tinieblas del error y en el desenfreno de la vida...

Sólo quedaron las tres Avemarías.

Las sostenía aisladas, a veces pendientes del hilo de una perseverancia casi imposible. Hasta que una noche se enfrentó con aquellas tres Avemarías, diciendo:

— ¿Para qué? Dejemos esta carga...

Pero en ese instante sintió un estremecimiento y, como por instinto, con ansiedad ciega, se dijo: 

— No, no... Las rezaré. ¡Virgen María, que tú me salves!

Y se agarró a ellas como a un último lazo que, si se desataba, se hundía. Y en medio de la noche de su vida persistieron las tres Avemarías.

El propio interesado nos dirá ahora lo sucedido pocos años más tarde:

«Fue un mes de mayo. Una extraña inclinación, un impulso interior que me sorprendía, me inclinaba a ir al templo y asistir a las Flores de Mayo. Era esto, en mis circunstancias, una aberración, además de inquietarme los respetos humanos. Y, sin embargo, la inclinación me llevó. Entré en el templo del Carmen...

A la salida entablé conversación con un señor, que por su amplia cultura se me hizo grato. Nos despedimos hasta el siguiente día, y nos reunimos también los sucesivos del mes de mayo. De nuestras charlas acerca de los temas religiosos volvió la luz y recuperé la fe...

Entonces las tres Avemarías brillaron como tres estrellas de la mañana. Un convencimiento íntimo me ha afirmado siempre que la luz de esa mañana brotó a través de ellas en los ojos misericordiosos de la Señora. Los ojos que sentí fijarse cada vez más insistentemente, más maternalmente en mi alma. Y en su dulce mirada hubo una insinuación sublime, y... su deseo se hizo realidad, con mi ingreso en la Orden del Carmen Descalzo...

Arraigada tengo la convicción de que el lazo salvador que me ató al cielo sobre el abismo, lazo por algún tiempo único, fueron las tres Avemarías, el lazo bíblico triplemente trenzado de Poder, de Sabiduría y de Amor de Madre, que no falla, que no dejo jamás y donde guardo sujeta una esperanza tan inmensa como la misericordia de la Señora».
(Juan Alberto de los Cármenes OCD)

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 58-60.

wtorek, 13 września 2016

EL EMPERADOR PENITENTE

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Nuestra Señora de las Lajas
El emperador Teófilo, iconoclasta, esto es, perseguidor de las sagradas imágenes, las desterró del imperio, y para que escarmentando los pintores no se hiciesen otras, mandó cortar la mano al santo pintor Lázaro; si bien fue inútil esta crueldad, porque le fue milagrosamente restituida. 

Al tirano entretanto cabía la dicha de tener por esposa una santa mujer, la emperatriz Teodora, la cual con sus oraciones, limosnas y ayunos alcanzó, finalmente, la conversión del marido; pues habiéndole sobrevenido a la vejez grandes desastres y sufrido sus ejércitos derrotas sangrientas, se reconoció, detestó sus muchos atropellos e injusticias, y propuso volver a restablecer las santas imágenes y el culto que les era debido. Es verdad que no pudo verificarlo porque le previno la muerte, que se verificó en medio de señales de la más viva contrición y sinceras demostraciones de arrepentimiento de su malvada vida, por lo que se concibieron grandes esperanzas de que, libertado por la misericordia de Dios de las penas del infierno, habría ido a pagar en el Purgatorio el resto de sus culpas.

Su piadosa consorte por lo menos así lo creía, y se dedicó a aliviarle no sólo con sus propias oraciones y ayunos, sino también con las muchas misas que hizo ofrecer por su alma, y las penitencias que procuró hiciesen al mismo intento muchos santos anacoretas, continuándole tan grande socorro de sufragios hasta que fue favorecida con una admirable visión, que primero la llenó de espanto, y después de no menos consuelo; pues retirada una noche a descansar después de haber orado con fervor, tuvo un sueño en que le pareció ver a su Teófilo, que ceñido de cadenas era arrastrado al tribunal tremendo del Juez eterno por número considerable de horribles soldados, de los cuales unos precedían y otros iban detrás. Ante ellos iba una turba de esbirros de espantosas figuras, y armados de instrumentos todavía más espantosos. En pos de todos y como para cerrar la marcha, iba ella misma afligidísima, y como única persona que se interesara por aquel infeliz, que fue presentado ante el severo y omnipotente Juez para recibir la última sentencia. Pero llegada también ella ante la tremenda Majestad, se postró humildemente y con ternísimas lágrimas empezó a pedir misericordia por su infeliz y asustadísimo esposo. El Juez entonces, cambiando el semblante terrible y amenazador en apacible y piadoso, dijo: 

— Grande es, ¡oh mujer! tu fe; por ti y por las oraciones de tus sacerdotes me complazco en usar de indulgencia y perdonarle.

Y volviendo a los ministros de justicia, dijo: 

— Soltadlo y devolved a su esposa.

Por esta visión, aunque en sueño, concibió tal esperanza de que al fin Teófilo estaba libre de penas, que sus lágrimas, hasta entonces de dolor, se convirtieron en otras de dulce consuelo. 

Ni tardó mucho en confirmarse de que no era una ilusión lo que había hecho tal cambio en su afligido espíritu; porque al día siguiente oyó referir a Metodio, Patriarca de Constantinopla, otra visión no menos sorprendente. Este insigne prelado, enemigo jurado de los iconoclastas, había hecho a instancias de Teodora larga y fervorosa oración por el descanso del difunto emperador; cuando he aquí que arrebatado su espíritu vio que un ángel entraba en el templo de Santa Sofía, y acercándosele le dijo:

— ¡Obispo! tu oración ha sido escuchada: Teófilo ha obtenido la remisión.

Despertándose lleno de gozo, se fue muy de mañana al mencionado templo, donde de nuevo fue sorprendido con una y bien extraordinaria confirmación de lo que en sueños había visto. Porque tomando un librito en que por sí mismo había escrito los nombres de los herejes iconómacos, y el primero de todos el del emperador, el cual había puesto al pie del altar para pedir a Dios su conversión, al abrirle se halló con la sorprendente y felicísma novedad de que el nombre del emperador había sido borrado milagrosamente. Por lo que, y por haber sido tan eficaz este prodigio que obró la conversión de los herejes, volviendo a entrar nuevamente reconciliados en la santa Iglesia, se hicieron grandes y solemnísimas fiestas.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 37-39.

poniedziałek, 12 września 2016

LA NIETA QUE “SALVÓ” A SU ABUELO

La augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
Pío XII

En un lugar del Perigord (Francia) ejercía su profesión un médico, a quien nadie hacia referencia por su propio nombre, sino al que todos llamaban «el buen Doctor». Y en verdad merecía este titulo, porque era realmente bueno con todos, y, sobre todo, con los pobres. Sin embargo, el doctor no era un hombre religioso. No es que fuese descreído. No llegaba a tanto. Más bien era «indiferente». Así, se daba el caso de que desde la fecha lejana de su matrimonio no se había preocupado de recibir los sacramentos...

Los muchos años y la excesiva actividad profesional desarrollada postraron al doctor en el lecho, con irreparable agotamiento. Toda esperanza de curación quedaba descartada. ¡Y «el buen Doctor» iba a morir en la impiedad!

Este pensamiento y temor torturaba el corazón de una nieta que le acompañaba en aquella ocasión. La niña era un ángel de dulzura y de piedad. Sentada junto al enfermo, lo entretenía y cuidaba. Y mientras descansaba el anciano, dirigía con lágrimas esta plegaria al cielo:

«Oh, Virgen buena, Vos que sois todo misericordia y todo lo podéis, moved a penitencia el corazón de mi abuelo! No permitáis, santa Madre de Dios, que muera sin auxilios espirituales. En vos, Madre mía, tengo puesta toda mi confianza.»

Y tras de esa oración rezaba las tres Avemarías...

Una tarde, con el fin de distraer a su abuelo, la niña empezó a pasar revista al contenido de una gran cartera donde aquél había ido dejando recuerdos de pasados tiempos... Sus ojos se detuvieron en un sobre viejo, y exclamó:

— Una antigua carta, abuelo. ¿De quién será que la habéis conservado?...

El anciano le respondió:

— Léela y haremos memoria.

Y la joven leyó:

«Mi querido ahijado: ¡Cuánto siento no poder abrazarte antes de que te marches a París!, pero me es imposible ir a verte. Estoy atada a la cama por mi reumatismo. Seguramente no volverás a ver aquí abajo a tu vieja madrina, y por esto te pido escuches mis consejos, que serán los últimos.

Tú sabes que París ha sido siempre un abismo, y ante ese peligro tiemblo por ti. Sé un hombre fuerte, de buen temple, firme en la fe. Permanece fiel al Dios de tu bautismo, que has de ver en la eternidad... Yo te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen María, y te recomiendo encarecidamente seas constante en la práctica de piedad que desde muy niño tuviste de rezar mañana y noche las tres Avemarías...

Rogará por ti tu madrina, que te estrecha fuertemente sobre su corazón...»

La carta, que tenía fecha de hacía cuarenta y ocho años, produjo una honda emoción al doctor. Rememoró los años despreocupados de su juventud, sus extravíos y ligerezas, su apartamiento de los actos de culto y el abandono de sus devociones. Pensó también en sus tareas profesionales y en su vida familiar y se detuvo recordando a su bondadosa madrina, que murió a los pocos meses de escribir aquella carta. Ella le había enseñado a rezar las tres Avemarías en su infancia...

Sintió el doctor un vivo impulso de gratitud hacia esa mujer buena, cuyos buenos consejos no siguió. Y mirando tiernamente a la nieta, balbuceó:

— ¡Por mi madrina!... Dios te salve, María...

Y rezó las tres Avemarías juntamente con la nieta, que, con íntimo gozo, sonreía y lloraba a la vez.

¡Estaba ganado para Dios «el buen Doctor»!...

— Llama al Padre, — dijo el enfermo — porque he de contarle estas cosas.

Acudió el sacerdote diligentemente, y el doctor hizo su confesión con singular fervor.

Al día siguiente empeoró alarmantemente y hubo que administrarle el Santo Viático...

Con paso acelerado se aproximaba la muerte. Tomó «el buen Doctor» con dificultad una mano de su nieta y, haciendo un gran esfuerzo, le dijo:

— Esto se acaba..., reza conmigo las tres Avemarías...

Al terminar la tercera Avemaría expiró dulcemente.

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 48-51.