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środa, 31 maja 2017

DEL MARQUÉS DE NOVIAN AL PADRE BEAUVEAU

En Cristo está la plenitud de la gracia como en la cabeza de la que fluye; en María, como en el cuello que la transmite.
Anónimo

Madre de Dios de Lomza, Polonia,
Catedral de San Miguel Arcángel
El sacrificio da las consideraciones mundanas, hecho en honor de la Santísima Virgen, es el principio de un feliz cambio de vida.

En la vida del Padre Beauveau, de la Compañía de Jesús, antes marqués de Novian, se lee que debió su conversión y su vocación por el estado eclesiástico a una victoria que por honrar a la Santísima Virgen consiguió sobre sí mismo.

El año 1469, cuando las tropas alemanas ocupaban la Lorena, algunos soldados alojados en Novian, después de haber bebido con exceso, se pusieron a jugar; uno de ellos, que había perdido mucho, se levantó repentinamente y apercibiendo en su furor una imagen de la Santísima Virgen que había colgada en la pared, se dirigió a ella, como si fuera la causante de su desgracia, y comenzó a golpearla y a blasfemar de la manera más grosera. Pero apenas había perpetrado su crimen cayó al suelo presa de un temblor general y de unos dolores tan agudos que fue imposible hacerle tomar alimento en cuatro o cinco días, al cabo de los cuales recibieron las tropas orden de marchar, y para no dejarle abandonado fue preciso atarle y colocarle como un fardo sobre un caballo. A los pocos días se supo que habiéndose caído del caballo en un acceso de dolor, murió en el camino en medio de los más crueles tormentos.

No cesaba de hablarse en Novian del ejemplar castigo de aquel impío, cuyo suceso había causado asombro y temor en toda la gente del país, hasta que por consejo de un misionero, se decidió celebrar solemnemente una función de desagravio. En consecuencia, el párroco, el capellán del castillo, los misioneros y algunos sacerdotes vecinos, fueron procesionalmente desde la iglesia a la casa en que la profanación había tenido lugar; pero al llegar la procesión, nadie, a pesar de las insinuaciones del párroco, se prestó a conducir la santa imagen. El marqués de Novian, indignado al ver semejante frialdad en el servicio de la Reina de los cielos, se sintió inspirado del piadoso deseo de llevarla por sí mismo; y prescindiendo de todas las consideraciones humanas, lo hizo con todo el respeto y veneración que correspondía, hasta que terminada la procesión fue colocada con autorización del obispo en la capilla del castillo. 

El historiador, testigo ocular de este hecho, añade que la Santísima Virgen no tardó en recompensar este rasgo de piedad; pues que este triunfo alcanzado en honor de María fue, según testimonio del mismo márquez, seguido de tan extraordinario número de gracias y de tan vehementes inspiraciones de vivir en adelante de una manera más conforme al espíritu del cristianismo, que él mismo se admiraba de lo que sucedía en su interior, y aun se afligía temiendo que esta mudanza le condujera más allá de los justos límites prescritos por el Evangelio. 

El resultado fue que se hizo religioso, y vivió y murió santamente.

M. Menghi-D῾Arville, Anuario de María, o el verdadero siervo de la Virgen Santísima,
Madrid 1866, pgs. 10-11.

sobota, 27 maja 2017

DOS DONCELLAS HERMANAS Y UN ÁNGEL

Siempre que olvido algo a la hora de salir de casa, siento que mi ángel de la guarda está actuando. Está haciendo que me retrase unos pocos segundos, y ese poco tiempo puede significar cosas muy importantes. Puede librarme de un accidente, o hacer que encuentre a alguien a quien necesitaba.
Paulo Coelho

Es cosa muy instructiva la que refiere un escritor, cuya bondad es no menos notoria que su ciencia, tiernamente devoto al mismo tiempo de los santos ángeles. 

Según dice, dos doncellas hermanas por causas de importancia tuvieron que emprender un viaje desde Lilla a Tornay. A pie, bajo la protección de los ángeles, se pusieron en camino el día de San Miguel en 1661. Bien necesitaban de aquella protección, pues el viaje era largo y el camino peligroso a causa de encontrarse muchas veces tropa. 

Mas apenas hubieron salido de Lilla, ved ahí que un gallardo joven, vestido ricamente, se dejó ver precediéndolas algunos pasos. Dentro poco tiempo toparon con una compañía de soldados: se paró al lado aquel joven como quien esté de guardia: pasaron entretanto los soldados, pero ni una palabra dijeron a aquellas hermanas. Observaron estas que a veces no se dejaba ver el joven; pero apenas se presentaba algún peligro, le veían luego otra vez delante de ellas. Se atrevieron una vez a preguntarle qué hora era; y él contestó cortésmente que habían dado las nueve en Lilla al acabarse el sermón, que él había oído con placer, en la iglesia San Esteban. Y de aquí se introdujo a hablar de los ángeles, de su humildad, y de cuánto habían hecho en el viejo testamento, especialmente con Tobías, y de cuánto hacen en el nuevo. 

— Oh, — les dijo entre otras cosas — ¡oh cuánto se complacen los ángeles en estar cerca de sus cliéntulos, con tal que sean ellos buenos y virtuosos! Y sobre todo ¡cuál es su contento cuando al salir las almas del cuerpo las conducen consigo al cielo! Mas los ángeles — añadió — tienen grande horror al pecado, aunque no sea más que venial. 

¡Qué embelesadas estaban ellas al observar los modales del joven, la gracia y dulzura de sus palabras! Pensaban entre sí que tal vez él mismo no fuese un ángel. Se animaron también a preguntarle de qué país era. A esta pregunta contestó con un gracioso sonrís. 

— A lo menos — preguntaron también — ¿en qué lugar hacéis vuestra permanencia? 
— Mi permanencia — contestó — es por todo. 
— Habréis pues visto muchas cosas — añadieron.
— Ciertamente que sí — dijo él — y mayormente en cosas de caridad. Muchas veces me he hallado en hospitales a ver cómo damas nobles servían a los enfermos: muchas veces en batallas, pero sin ser herido: también en varias torturas, y he visto allí ásperas carnicerías. 
— Y ¿no os habéis espantado? — dijo una de ellas.
— No — dijo — no hay jamás que temer cuando se está con Dios. 

Con conversación tan suave pasaban el camino tan dulce y felizmente, que les parecía un rato de diversión. Ofrecieron a aquel joven alguna cosa para desayunarse, y él también sonriéndose les dio las gracias. Mientras iban caminando estaba a la puerta de una venta un soldado que prorrumpía frenético en horrendas blasfemias. Le llamó aquel joven a parte: le habló entonces de la grandeza de Dios y de su justicia, de la incertidumbre de la muerte y de la importancia de salvar su alma; y se vio que le habían hecho impresión aquellos discursos, y parecía que estaba compungido y enteramente cambiado. 

Se acercó después a las doncellas, y volviendo a hablar de los santos ángeles:

— Nunca os olvidéis de ellos, — les dijo — tenedlos presentes toda vuestra vida. Ellos os librarán de mil peligros, os procurarán mil bienes, os inspirarán pensamientos santos que os llevarán a Dios; y todo esto lo conoceréis en el otro mundo. 

A dos leguas de Tornay se reunió con ellas una persona conocida suya: y habiendo oído parte de aquel discurso, no pudo contenerse de decir a una de ellas al oído: 

— ¡Oh Dios! ¿y quién es este sujeto? no es otro que un ángel o un santo. 

Al llegar a las puertas de aquella ciudad se volvió a ellas, y les dijo: 

— A Dios, hermanas mías; ya estáis en lugar seguro...

Y dicho esto desapareció, y no se vio más. 

Quiso manifestar con esto aquel buen ángel las maneras tan amables y disimuladas de que se vale para dispensarnos beneficios sin ostentación; lo que es un género de beneficencia el más gracioso y obligatorio.

Pascual de Mattei, La devoción a los santos ángeles custodios, Barcelona 1842, Imprenta de VALENTÍN TORRAS, pgs. 62-65.

UN PRELADO EN EL PURGATORIO

Nos aprovecha después de muertos la intercesión de los Santos que en vida hemos venerado.

De cuánto provecho sea a las almas del purgatorio la intercesión de los santos que en vida reverenciaron de un modo particular, lo demuestra bien la admirable visión que tuvo la bienaventurada Juana de la Cruz, religiosa franciscana y esposa muy amada de Jesús. 

Amó grandemente a esta santa religiosa un prelado constituido en insigne dignidad; pero después la despreció y aborreció con no menor odio, a causa sin duda de alguna saludable advertencia que le hiciera, como hace creer lo que después diremos. Porque olvidando este eclesiástico lo que debía a su estado, cometía graves defectos en el hablar, en su porte arrogante y en el descuido que tenía de las almas sometidas a su cuidado: por donde no es de maravillar que después de muerto padeciese en el modo extraordinario que vamos a ver.

Así que la caritativa Juana supo su muerte, volviéndole bien por mal se aplicó a rogar por su descanso con todo el fervor que la sugería su presentimiento de lo que habría de padecer. 

Y, en efecto, orando por él una noche, he aquí que se ofrece a sus ojos una figura sobremanera deforme y horrible: era el prelado con una mordaza en la boca, y cubierto de andrajos y funesto luto. Andaba como las bestias, y no pudiendo hablar, mugía como toro agarrotado: en la cabeza y en la frente tenía ciertas manchas que indicaban pecados particulares; sobre sus espaldas había algunas almas que penaban por el mal ejemplo que él las diera, y sobre sí mismo tenía algunos infernales espíritus que le golpeaban por todas partes, y particularmente en la cara, los cuales quitándole la mordaza le pusieron en la boca una trompa, de la que salió un sonido tan espantoso que aterró a la santa virgen, ya grandemente afligida por lo horrible del espectro, y más todavía por ignorar si tal padecer pertenecía al purgatorio o al infierno. Se volvió, pues, a su ángel custodio que estaba allí presente, para saberlo, y éste la contestó: 

— Dios te lo revelará a su tiempo.

La santa, presintiendo por esto solo quién sería, empezó a implorar la divina clemencia en favor del desdichado; y para inclinarla a su favor recordaba algunas obras buenas que sabía haber hecho, y en especial la devoción que profesó a un santo, cuyo nombre no dice el historiador. 

— Señor — decía — no ignoráis la devoción que profesaba a vuestro santo, el culto particular con que le honraba, los sentimientos de piedad con que a él se encomendaba, y cuya confianza en él era tanta, que hizo pintar su imagen para siempre honrarle y tenerle presente. ¡Señor, válgale su intercesión para librarle de tales tormentos!

Así rogaba y continuó rogando hasta que al cabo de algunos días vio entrar en su celda un toro, entre cuyas astas se veía la imagen del Santo hecha pintar por el atormentado, no de otro modo que a San Eustaquio apareció el ciervo llevando la imagen del Salvador entre sus astas.

Al lado del toro y junto a la imagen venía el difunto (pero no ya en el miserabilísimo estado que antes), el cual saludando a la sierva de Dios la dijo: 

— Yo soy aquel por quien tanto te has interesado. Por tus ruegos y los de este santo, mi protector, me ha concedido la inefable misericordia de Dios la singularísima gracia de que esta misma imagen me haya servido de escudo contra los asaltos más fieros del enemigo, de fortaleza en mis mayores padecimientos y de alivio en los penosísimos suplicios por donde he pasado, muchos de los cuales ya no me atormentan. Y así como por el devoto afecto que siempre profesé a mi santo, y aun a vos (antes del tema imprudente y temerario que contra vos tomé), se ha servido el Señor aligerar mis tormentos, así espero por su protección y vuestra caridad hallar pronto el fin de mis penas.

— ¡Así sea! — contestó Juana — y aun también por el consuelo que tengo en saber con certeza que os halláis en lugar de salvación, que me ha afligido en gran manera el temor de no ser así al veros en tantos y tales suplicios como los que padecíais la vez primera que os vi.
— ¡Oh! — replicó el difunto — lo que me habéis visto padecer no es ni la sombra de lo que realmente he sufrido: es inexplicable e incomprensible.

Dicho esto, y después de haberla pedido perdón de los agravios que la hizo, la manifestó su gratitud por los sufragios que debía a su caridad y se apartó de su vista. La santa, empero, no le olvidó; continuó rogando por él, y aun se presentó en el purgatorio a consolarle, hasta que finalmente la reveló el Señor haber sido libertado y conducido al cielo.

Este suceso que la santa tuvo oculto por algún tiempo, juzgó después ser conveniente manifestarlo, y lo manifestó en efecto a las monjas, tanto para que formasen alguna idea de las penas del purgatorio, como para que sirviese de estímulo a su caridad para rogar por los que en él padecen.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 100-102.

czwartek, 25 maja 2017

UN PLATO HEDIONDO

¡Oh Virgen Santísima! ¡Bondadosa Madre mía! ¡Cuán felices son, lo repito en el arrebato de mi corazón, cuán felices son quienes sin dejarse seducir por una falsa devoción, siguen fielmente tus caminos observando tus consejos y mandatos! Pero, ¡ay de aquellos que, abusando de tu devoción, no guardan los mandamientos de tu Hijo! ¡Infelices los que se apartan de tus mandatos!
San Luis María Grignion de Montfort

Se preciaba un mozo de muy devoto de la Virgen. La rezaba cada día el Rosario y el Oficio parvo. Pero vivía dado a torpezas y otros vicios. Yendo un día de camino, lo erró; y vagueando por montes y breñas, al desconsuelo de verse perdido se añadió el hambre. Se le aparece María Santísima y le pone delante unos manjares preciosos; pero en un plato tan hediondo, que por grande que sea el hambre, y por mucho que la Virgen lo inste, no hay forma para que se anime a gustarlos. 

— Semejantes pues son a estos manjares — le dice la Señora — el Rosario, el Oficio parvo y otros ejercicios que cada día me ofreces. Viandas buenas, mas me las presentas en un plato tan abominable, cual es tu corazón, muladar de vicios, y cueva de escorpiones, que más me provocan a arrojarlas, que admitirlas...

Francisco Pascual, Nuevo mes de mayo consagrado a María Santísima, 
Imprenta de P. J. Umbert, Palma 1848, pgs. 212-213.

LA CAMPANILLA DEL CAPÍTULO

No hay mayor hambre, sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las almas del purgatorio, por lo tanto no hay limosnas más merecidas, ni más placenteras a Dios, ni mérito más alto para nosotros que rezar, pedir celebraciones de Misas y dar limosnas en favor de las pobres santas almas.
Paul O’Sullivan OP


La campanilla del Capítulo, sin que nadie la tocase, solía hacer cierta funesta señal, indicando que iba a morir algún religioso; con lo que, como era natural, entrando todos en aprensión se disponían con fervor, redoblando la oración y la penitencia para obtener un tránsito feliz, pues mientras sabían que fallecería uno, ignoraban sobre quién vendría la enfermedad que le sacaría de este mundo.

(...) Un religioso del mismo convento y de muy santa vida tenía estrecha amistad con otro no menos ejemplar de la orden de San Francisco. Cuando se reunían no hablaban ordinariamente de otra cosa que del modo de adelantar en la perfección. Mas un día que recayó su discurso sobre la muerte, a lo que diera ocasión el toque de la campana de que hemos hablado, después de discurrir largamente sobre la materia, vinieron a concluir conviniéndose en que el primero que fuese llamado de los dos vendría (si tal fuese la voluntad de Dios) a participar al otro la suerte que en la otra vida lo hubiese cabido, y esto con objeto de tener mayor estímulo para orar, si se hallase en el purgatorio. 

Tocó la suerte al franciscano el cual, cumpliendo con lo pactado, se presentó al dominico en ocasión que, por orden del superior, preparaba el refectorio a la comunidad. Saludando amorosamente le dijo que por la misericordia de Dios estaba salvo, pero no sin padecer gravísimas penas para purgarse de las faltas que había cometido en la observancia religiosa. Dicho esto, y para moverle a procurar con diligencia su alivio conforme a lo que habían pactado, empezó a explicarle, en la manera que podía, lo acerbo de aquellas penas, de las cuales dijo ser inútil buscar en los dolores y aflicciones de la presente vida cosa con qué poderlas, no ya comparar, pero ni con qué dar la más leve idea. Y para darle de ello alguna prueba, extendiendo la mano la aplicó ligeramente a la mesa del refectorio, donde quedó impresa como si se hubiese aplicado una mano de hierro hecha ascua; y con esto desapareció. 

El amigo, comprendiendo entonces perfectamente lo que debía padecer, se aplicó a aliviarle por todos los medios que le sugería su caridad, tan vivamente excitada con este suceso.

La señal, continúa el historiador, permanece hasta hoy en la mesa del refectorio y sobre ella, para que sea más duradera, se ha puesto una rejilla de cobre. Ella avisa continuamente a los religiosos que deben observar su santa regla con toda exactitud, así como la campana los mantiene en el saludable temor de la certeza de la muerte e incertidumbre del día en que sucederá (…)

COMENTARIO AL CASO: 

Ignoramos lo que a esta fecha (1846) será de la mesa y de la huella; pero si no existiesen, pueden suplir muy bien las dos que hoy se ven en Roma (donde esto escribimos) en poder de D. Cayetano Ludovici, fiscal de la causa de beatificación y canonización de la sierva de Dios Teresa Electa del Corazón de Jesús, religiosa franciscana del convento de Santa Restituta de la ciudad de Narni, en los Estados Pontificios, donde murió el año de 1790, y cuya relación es como sigue:

«Murió una conversa del convento y a los cuatro días se apareció a la sierva de Dios que la vio entrar hecha una llama en su celda. Sobrecogida a tal espectáculo y más todavía por haberla conocido, la preguntó asustada: 

— ¿Qué es de ti?
— Estoy salva por la misericordia de Dios, pero ved lo que padezco en el purgatorio.
— ¡Dios sea bendito! ¿Y por qué estás en él?
— Por cuatro cosas - dijo: la primera, por la facilidad con que me dispensaba de cumplir algunas cosas de la regla, juzgándolas de poca importancia; la segunda, por faltas cometidas en el locutorio, y la tercera (no tengo presente la cuarta), porque habiéndome dado a guardar la madre abadesa algunos dineros del convento, los miraba con bastante afición.
— ¿Y tanto padeces?
— Juzgadlo por esto...

Aplicó ligeramente la mano sobre cinco o seis cuadernos de papel que había sobre el reclinatorio donde a la sazón oraba la madre Teresa, y quedaron pasados del fuego, en especial la parte que tomó bajo las yemas de sus dedos y del tronco del dedo pulgar. Bajo la palma de la mano quedaron algunos sin quemarse. Pidió sufragios y desapareció.

El segundo caso pasó de esta manera: 

Encargó la superiora a la madre Teresa que rogase por un difunto, sin nombrarle. A la noche siguiente, y estando ya en la cama, se presentó en su celda un alma con las señales ordinarias de fuego, etc. La santa mujer no hizo mucho caso, juzgando que soñaba; el aparecido entretanto le dijo: 

— Vengo a darte las gracias por lo que hoy has rogado por mí y a suplicarte continúes todavía en esta obra de caridad.
— ¿Quién eres tú? — le preguntó.
— Soy aquel por quien la abadesa te ha encargado que rogaras.
— Pero, ¿quién eres?
— Soy su padre.
— ¡Su padre! ¿Cómo puede ser si hace tantos años que murió?
— Verdad es, pasan ya de veinte.
— ¿Por qué padeces tanto?
— Cuando acaeció el terremoto de Viterbo quedé sepultado bajo las ruinas de una casa. El estado de mi alma no era bueno porque hacía mucho tiempo que no vivía con mi mujer y que aunque siempre fue mi ánimo reconciliarme con ella, la desgracia ocurrida me lo impidió. Mi suerte estaba dispuesta, pero el Señor usó conmigo la misericordia de conservarme la vida tres horas, y lo que es más, de darme gracia para arrepentirme de veras de mis pecados, porque no cesé en todo aquel tiempo de hacer actos de contrición. Obtuve el perdón de mis pecados, pero fui sentenciado a un prolongado y durísimo purgatorio. Te suplico continúes rogando por mí.
— ¡Oh! Yo debo estar soñando — dijo la monja.
— No es sueño, es realidad; ahí te dejo la señal — y desapareció.

La Madre Teresa, sin discurrir mucho sobre el caso, se quedó plácidamente dormida, pero al despertar por la mañana vio que en efecto había sido realidad, porque sobre un pañuelo blanco, y aun sin desdoblar, que tenía a la cabecera, quedó la huella de fuego de una mano izquierda. Lo tomó y se fue a referir el caso a la abadesa, que viendo la huella exclamó: 

— ¡Esta es la mano izquierda de mi padre!

Tenía, en efecto, una señal muy marcada, porque la primera articulación del dedo cordial hacía casi un ángulo recto con el mismo dedo, inclinando el extremo hacia el índice, que por lo mismo no podía juntarse con el otro. La huella está tan bien señalada, que habiendo quemado la mano la primera tela, quedó un perfecto diseño en la segunda. Así, este pañuelo (regalado el día anterior por una princesa romana) como los cuadernos de papel, están puestos cada uno entre dos pedazos u hojas de talco sumamente transparentes, de modo que se ven bien, al paso que sirven para su conservación. En el mes de Agosto último los tuvimos en la mano (no sin cierto santo terror) y observamos detenidamente varias personas, entre ellas el Sr. D. J... Alc... (artista español y uno de los mejores de Roma en su profesión de grabador), en cuya casa estaba alojado el ilustre Sr. Dr. D. Ramón Martínez, español, canónigo penitenciario de Narni, que vino comisionado por el obispo de esta ciudad a presentar los referidos y otros notabilísimos documentos que han de servir a la beatificación y canonización de la mencionada madre Teresa Electa, del Corazón de Jesús. — (N. D. T. E.)

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 93-96.

środa, 24 maja 2017

LE DIO LA ÚLTIMA ENFERMEDAD Y...

María, dulce refugio de los pecadores, cuando mi alma esté para dejar este mundo, Madre mía, por el dolor que sentiste asistiendo a vuestro Hijo que moría en la cruz, asísteme también con tu misericordia. Arroja lejos de mí a los enemigos infernales y ven a recibir mi alma y presentarla al Juez eterno. No me abandones, Reina mía. Tú, después de Jesús, has de ser quien me reconforte en aquel trance. Ruega a tu amado Hijo que me conceda, por su bondad, morir abrazado a sus pies y entregar mi alma dentro de sus santas llagas, diciendo: Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía.
San Alfonso de Ligorio

En tiempo de Santa Brígida hubo un hombre noble y rico, pero entregado enteramente a la disolución y demás vicios. Le dio la última enfermedad y, sin embargo, en todo pensaba menos en disponerse para la muerte. Lo supo santa Brígida y al instante se puso a pedir eficazmente al Señor que ablandase el pecho de aquel pecador obstinado y le convirtiese; y tantas veces y con tal instancia llamó a las puertas de la divina misericordia que al fin le habló su Majestad diciéndole que hiciese ir un sacerdote a exhortar al enfermo a penitencia. Lo hizo tres veces uno muy celoso; pero por más que le dijo, fue todo en vano, hasta que la cuarta vez ayudado de la gracia divina, logró compungirle y trocarle del todo el corazón, de suerte que exclamó el enfermo: 

— Hace setenta años que no me he confesado, habiendo sido en tan largo tiempo íntimo amigo del demonio, guardándole fidelidad y tratando familiarmente con él; sin embargo, ahora me siento enteramente mudado, pido confesión y espero que Dios me ha de perdonar.

Esto dicho, con abundantes lágrimas se confesó cuatro veces aquel mismo día; el siguiente recibió el Viático y, pasados otros seis, murió con extraordinaria devoción. 

Apenas había expirado, se apareció el Señor a santa Brígida y le dijo que su alma había ido al purgatorio y que no tardaría en estar en el cielo. Quedó la santa admirada sobremanera de que un hombre que tan mal había vivido hubiese muerto en gracia, y el Señor le declaró el motivo con estas palabras: 

— Sabe — hija — que la devoción de mi querida Madre le ha cerrado las puertas del infierno, porque aunque él nunca la amó de veras, tenía devoción a sus dolores y siempre que los consideraba, o solo de oír su nombre, mostraba compasión; por esto ha encontrado un atajo para salvarse.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 186-188.

niedziela, 21 maja 2017

CON GRAN TEMOR DE SU VIDA PASADA

Alabamos su humildad, admiramos su virginidad, pero a los indigentes les sabe más dulce su misericordia: a la misericordia nos abrazamos con amor, la recordamos con frecuencia y más a menudo la invocamos.
San Bernardo

Madre de Dios
de Pszów, Polonia
El beato Raynerio Cisterciense estaba con gran temor de su vida pasada por no saber si el Señor le había perdonado sus culpas y las penas que por ellas debía y suplicaba continuamente a nuestra Señora tuviese compasión de su alma. 

Estando una vez en oración fue arrebatado en éxtasis y oyó que la Virgen intercedía con Jesús en su favor, suplicándole le llevase al cielo sin tocar en el purgatorio, pues que estaba arrepentido de corazón de todos sus pecados y había hecho la penitencia debida, a lo cual respondió el Hijo: 

— Madre mía, todo lo dejo en tus manos.

¿Quién podrá explicar el gozo de Raynerio a una respuesta semejante? ¿Qué temor podría tener del purgatorio de que tan pocos se libran, cuando la causa estaba ya en manos de su Madre amantísima? No por esto aflojó él un punto en la vida espiritual, sino que se dedicó con fervor a la piedad y a los ejercicios de la religión. 

Así procura esta bendita Madre que sus buenos hijos no padezcan aquellas penas atroces.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 156-157.

sobota, 20 maja 2017

UNA PINTURA QUE YO HICE...

¡Ay del mundo por los escándalos! Porque necesario es que vengan escándalos; mas ¡ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!
Mateo 18,7

Purgatorio grande espera al que a otro ha servido de escándalo. Si es doloroso el haber de padecer por méritos propios, es sobremanera duro el sufrir tormentos por los ajenos. ¿Cuántos hay entretanto en el purgatorio que, por haber sido ocasión de que otros pecasen, pagan con gravísimas penas este pecado, tan grave y trascendental como poco considerado de gran número de cristianos? Veámoslo en el siguiente suceso: 

Un pintor, celebre por su grande habilidad en el arte y apreciadísimo por sus buenas y cristianas costumbres, entre las muchas imágenes de santos y asuntos sagrados con que perpetuó su nombre, había pintado también un gran cuadro para la iglesia de un convento de Carmelitas descalzos, concluido el cual con la perfección que era de esperar de su acreditado pincel, enfermó gravemente y murió. Pero al arreglar su testamento hizo llamar al prior por cuyo encargo pintara el último cuadro, y presente que fue, le manifestó su deseo de que el precio estipulado por su trabajo, del cual nada había recibido todavía, se emplease en sufragios por su alma, y que las Misas fuesen dichas por los religiosos de la casa; dando así a su trabajo el mérito de una limosna hecha a una comunidad pobre. Todo se cumplió puntualmente como había dispuesto.

Pasados pocos días de su muerte oraba un religioso en el coro a deshora de la noche, y de repente se le presenta el pintor, que tristísimo y rodeado de vivísimas llamas, se le postra, suplicándole le alivie de la continua muerte que está padeciendo. El religioso, grandemente admirado de lo que veía, porque conocía bien a fondo las excelentes virtudes cristianas que en vida adornaban su alma, le preguntó la causa de tales padecimientos, y la respuesta fue la siguiente: 

“Conducido, así que expiré, al tribunal de Dios, comparecieron algunas almas a acusarme, diciendo que una pintura que yo hice medio desnuda y que por su inmodestia provocaba a obscenidad, había sido causa de que mirándola incurriesen en delectación y deseos lascivos, por lo que habían sufrido agudísimas penas en el purgatorio. Además (y esto es peor), que otras con ocasión de tal pintura, habiéndose depravado en sus costumbres se habían condenado, y que por lo mismo merecía yo ir a escuchar sus eternas maldiciones en el infierno. 

Cuando decían esto se presentaron muchas almas de bienaventurados, que tomando mi defensa dijeron que aquella pintura la hice cuando aún era joven y principiante en el arte, y que conociendo el yerro que había cometido me arrepentí e hice por ello penitencia, lo que era verdad. Además, que en desagravio de aquella culpa había pintado innumerables imágenes de santos y asuntos sagrados que inspiraban devoción y habían servido para provecho espiritual de infinitos que las habían contemplado y contemplarían; y que por lo mismo, y siendo ellas de cuyas imágenes yo me había ocupado, era deber suyo acudir a mi defensa y suplicar fuera perdonado. Y por último, que el precio del último cuadro lo había cedido en cierto modo al convento para el que fue hecho, por haber ordenado se emplease en Misas por mi alma y para remisión de mis pecados. Así que interponían su mediación para que fuese perdonado y no permitiese la Majestad divina que los infernales espíritus hiciesen presa en mi alma.

Oída esta acusación y defensa, el soberano Juez, movido por la súplica de los santos, sentenció que, absuelto de las penas eternas, fuese destinado a purgarme del resto de mis culpas en este terrible fuego, en el cual debo permanecer hasta que, quemada aquella infame pintura, deje de servir de incentivo de la concupiscencia. Os suplico, por tanto (continuó diciendo al religioso), me hagáis la caridad de decir a N. (y nombró al caballero por cuyo encargo la pintó) que arroje al fuego la pintura para que no sirva más de incentivo al amor impuro; que así lo quiere Dios y lo manda; y que en prueba de que esto no es ninguna ilusión, dos de sus hijos morirán dentro de poco, a los que no tardara en seguir él mismo si despreciase vuestro aviso.”

Dócil el caballero a la extraordinaria embajada, no tardó más en arrojar al fuego la pintura de lo que tardó en escuchar al religioso. Los dos hijos murieron en el término de un mes; y el padre, libre de la muerte amenazada por la puntualidad con que llevó a efecto la disposición de Dios, no por esto quedó tranquilo. Reformó su vida, y en desagravio de los males que había causado la deshonesta pintura, hizo pintar varios devotísimos asuntos sagrados, cuyos buenos efectos en los que los mirasen, pudieran contrapesar (digámoslo así) en el día de la cuenta los depravados que por su causa había dado la otra pintura; y los santos además venerados en aquellas imágenes, le fuesen abogados en el tribunal de Dios, verificándose en él el texto del Evangelio: "Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas." (Lucas 16,9); como justamente acaeció al bien arrepentido pintor, que voló al paraíso luego que el lienzo quedó reducido a cenizas.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945,, pgs. 78-81.

piątek, 19 maja 2017

SE INCLINÓ LA BALANZA AL LADO DE LAS BUENAS OBRAS

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! - Oh Señora, Intercesora, Mediadora, Consoladora nuestra, con tu Hijo reconcílianos, a tu Hijo encomiéndanos, a su cuidado déjanos. Amén.
Sub Tuum Praesidium, oración del III. siglo 

Madre de Dios del Escapulario,
iglesia del Cuerpo de Cristo,
Poznañ, Polonia
Si aun los que han procurado enmendarse con tiempo tiemblan en la hora de la muerte, ¿qué será de aquéllos que dejan la conversión para cuando llegue este terrible trance? 

Hubo un hombre llamado Jacobo, tan solícito de sus intereses temporales como remiso y descuidado en el negocio de la salvación. Lo peor era que a la avaricia juntaba los demás vicios que suelen acompañarla. Solo tenía una buena cualidad y era ser devoto de la Virgen, rezándole entre otras devociones su santo rosario todos los días. En uno de ellos, pues, entraba con este fin en su oratorio, y oye una voz que le dice: 

— Jacobo, pues que tú tomas cuentas a tus domésticos tan menudamente, dámelas ahora a mí y a mi Hijo.

No hizo gran caso de estas palabras, como sucede a todo el que anda dado a los vicios. Sin embargo, habiendo renovado el aviso la piadosa Madre, él entró dentro de sí, conoció que iba mal, examinó detenidamente su conciencia y hallándose muy alcanzado en deudas con Dios, mudó de conducta y arregló su vida con tal rectitud, que el que primero despreciaba como bagatelas aun los pecados gravísimos, andaba recatado después mirando y cumpliendo con toda perfección aun las cosas más mínimas y menudas, teniendo siempre en la memoria aquella amenaza del Señor: “Yo juzgaré hasta las mismas justicias”. 

Con tal disposición y tenor de vida caminó de allí adelante hasta la última hora; y entonces cercano ya a la cuenta, vio que se presentaban ante el tribunal divino muchos demonios acusándole de todos los pecados graves que había cometido en su vida, y alegando con gran instancia que el reo debía ser suyo por haber merecido el infierno muchas veces. El afligido moribundo temblaba, viendo el peligro en que estaba su salvación; pero en esto aparece la Madre de la misericordia y manda al arcángel san Miguel que ponga en un lado del peso las buenas obras que aquel hombre había hecho en honor suyo, y en otro lado los pecados de la vida pasada confesados ya. Lo hízo así el arcángel y por fortuna se inclinó la balanza al lado de las buenas obras; huyeron los demonios, fue absuelto el reo y le llevó al cielo consigo la amorosísima Virgen.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 125-127.

wtorek, 16 maja 2017

LAS PENAS DE GOTARDO

El que mientras vive no atiende con solicitud a su bien espiritual, en vano espera después de muerto el auxilio de otro.
Beato Tomás de Kempis

Arcángela Panigarola, priora del convento de Santa Marta de Milán, era devotísima de las almas del purgatorio: hacía mucho por sí para aliviarlas y procuraba además con grande solicitud que la ayudasen otros con tan buena obra. Y con todo esto, muerto su padre Gotardo, de quien era amada y a quien correspondía mientras vivió con tierno amor, se olvidó enteramente de él en sus oraciones, pues aunque tenía voluntad de rogar por él, al querer verificarlo, por una u otra razón se la iba de la memoria; ni hubiera cumplido nunca con este deber si un admirable suceso no se lo hubiese advertido.

Habíase retirado a su celda el día de las Ánimas para poder orar allí por ellas con más fervor que de ordinario, cuando arrebatada en espíritu fue conducida por un ángel al purgatorio, donde entre las almas que vio y conoció se hallaba la de su padre, sumergida en un profundo lago de agua helada. Éste a su vez, conociendo también a su hija, dando un tristísimo grito, exclamó: 

— ¡Oh hija mía, cómo has podido olvidarte así de tu padre, dejándole padecer por tanto tiempo horribles tormentos! Has tenido grandísima caridad con las almas de los extraños, de los cuales he visto salir de aquí una multitud y volar al cielo por la eficacia de tus oraciones, ¿y para tu padre, que tanto te favoreció, que tan tiernamente te amaba, no has tenido un solo sentimiento de piedad? ¿No ves el espantoso tormento de hielo que sufro en este lago en castigo de mi culpable frialdad en el servicio de Dios, en la observancia de su santa ley y en procurar la salvación de mi alma? ¡Oh, siquiera esta vez, hija mía, compadécete de mí; procúrame con el fervor de tus oraciones el perdón de tantas penas para que al fin pueda yo también acompañar a los que por tus oraciones van a gozar de Dios!

Tal fue su súplica, la cual en tal manera sobrecogió y estremeció las piadosas entrañas de Arcángela, que con trabajo pudo articular las breves palabras siguientes: 

— Cumpliré, padre mío amantísimo: inmediatamente voy a hacer lo que me pedís.

Dicho esto, el ángel, apartándola de tan triste espectáculo, la trasladó a otra parte, donde volviéndose a él, le dijo: 

— ¿Cómo ha sido que habiendo hecho ánimo muchas veces de rogar por mi padre, siempre me he olvidado de llevarlo a efecto? Y aún más: me acuerdo que habiendo una vez empezado a rogar por él, fui arrebatada en espíritu, y pareciéndome que le ofrecía un pan blanquísimo veía también que lo rehusaba, mirándome con aprensión sobre la suerte de su alma, que no me dejaba sosegar; y fue lo peor que ya no pensé más en ofrecer por su alma los sufragios que ofrecía por las de otros a quienes no estaba tan obligada.

— Tu olvido — contestó el ángel — ha sido permitido por Dios mismo para que tuviese lugar el castigo que tu padre merecía por lo descuidado que vivió en procurar su salvación. Era de buenas costumbres, es cierto, pero no procuraba esforzarse a hacer las buenas obras que Dios le inspiraba, y las pocas que hacía estaban llenas de imperfecciones por la falta de la debida atención: que tal es el castigo que Dios suele dar a aquellos que durante su vida fueron negligentes en obrar bien. La medida de Dios es justa: al que fue negligente para con Él, permite que con él lo sean otros, olvidándose de ofrecer sufragios con que su alma sería aliviada; castiga olvido con olvido: y esto significa principalmente la repulsa que sufriste al ofrecerle el pan. Desde hoy conviene que ruegues con fervor, para que inclinando hacia él la misericordia de Dios, pueda después de tan largo tormento ir al eterno descanso.

Dicho esto, Arcángela volvió al uso regular de sus sentidos; pero quedó tan impresionada, que la parecía oír siempre el grito lamentable de su padre. Así es que se aplicó a rogar por él sin intermisión, acompañando sus plegarías con todo género de mortificación y en especial con ayuno y penitencia. Mas pareciéndola que nada de esto alcanzaba, pedía a Dios su libertad por los méritos de la sangre preciosísima del Redentor, por la ardentísima caridad que mostró muriendo en la cruz y por los méritos de su Santísima Madre, principalmente por los que contrajo padeciendo con su Hijo al pie de la cruz. 

Al fin, llegada también su hora a esta pobre alma, se apareció a Arcángela, alegre, resplandeciente y con tales demostraciones de gratitud hacia la amantísima y caritativa hija, que volando al cielo la dejó el corazón tan lleno de dulcísimo consuelo cuánta había sido su amargura después que le vio padecer.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 72-75.

EL RESPETO HUMANO MÁS PERJUDICIAL

El Dios santísimo, para glorificar a la Madre del Redentor, ha determinado y dispuesto que Ella con gran caridad interponga sus plegarias a favor de todos aquellos por los que su divino Hijo ha pagado y ofrecido el sobreabundante precio de su sangre, en el cual únicamente está nuestra salvación, vida y resurrección.
San Alfonso de Ligorio

Entre todos los respetos humanos el más perjudicial es el que nos detiene para no descubrir a los médicos espirituales las llagas de nuestra alma. Bien lo experimentó un hombre en una ciudad de Alemania, el cual habiendo caído en un pecado gravísimo, era tanta después la vergüenza que tenía de confesarle, que no se atrevía de ninguna manera a manifestarlo al confesor. Eran entretanto cruelísimos los remordimientos de su conciencia, sin poder sufrir la angustia y aflicción que le causaban, estando ya desesperado y resuelto a echarse en un río y ahogarse.

Efectivamente iba ya a ejecutarlo; pero al llegar a la orilla se detuvo por divina misericordia. Se vuelve a su casa llorando tristemente y pidiendo a Dios que le perdonase sus pecados con su grande poder, como él decía, y sin necesidad de confesarlos. De allí fue a visitar varios santuarios; mas todo en balde, porque en parte alguna hallaba paz ni consuelo. Dios quería que fuese por intercesión de su santísima Madre. 

Una noche en que agobiado de la tristeza se había quedado dormido, siente que le tocan en la espalda diciéndole: “Anda a confesarte”. Sin detención salta de la cama y se dirige al colegio que tenía la Compañía de Jesús en la ciudad de Warasdin (Esclavonia), resuelto a efectuarlo luego que llegase; pero hallándose ya en la misma puerta, le asaltó de nuevo la vergüenza y volvió atrás. Dejó pasar algunos meses, hasta que recibiendo una noche otro aviso, sale segunda vez aun más determinado, y segunda vez le vence la vergüenza. 

En esta situación se decide a morir primero que decir sus pecados al confesor; pero la gracia le solicitaba fuertemente, de manera que todo el día estuvo luchando consigo mismo. Por último, habiendo ya oscurecido y yendo hacia su casa, entró de paso en una iglesia donde se veneraba una devota imagen de nuestra Señora, a quien de rodillas pidió el remedio de su necesidad: y la piadosísima Madre, que es refugio de pecadores y consoladora de afligidos, no quiso abandonar al infeliz en aquel peligro, ni dejar sin premio el corto obsequio que le hacia estando arrodillado, pues le alcanzó por fin de su santísimo Hijo completa victoria. 

Al punto sintió su corazón enteramente trocado; se levanta, busca un confesor, y con abundantes lágrimas le descubre su conciencia, refiriéndole todos los pecados de su vida. Recibió la absolución y con ella ¡cosa maravillosa! tanta paz en su alma y tan extraordinaria alegría, que aseguraba no la tendría mayor si hubiese ganado todo el oro del mundo.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 87-90.

poniedziałek, 15 maja 2017

FUE CÉLEBRE LO OCURRIDO EN FERRARA...

En otras ocasiones se ha visto que las almas de los difuntos hacían extraños ruidos en ciertas casas, y otras que todo se encontraba en ellas trastornado, siendo la única causa de esto el no cumplirse con las obligaciones que sobre ellas o sobre los moradores pesaban en sufragio de los difuntos.
Carlos Rosignoli SJ

Fue célebre lo ocurrido en Ferrara, en uno de los más bellos palacios de la ciudad, el cual fue forzoso abandonar por el espantoso ruido que todas las noches se sentía en él. Se quejaba el dueño con frecuencia de que tan bello y magnífico palacio hubiese de estar en tal manera abandonado. Y sabido esto por un legista, al cual le parecían espantajos los tales ruidos, se ofreció a habitar en él para quitar a otros el miedo; pero pactando al mismo tiempo que si hacía desaparecer el ruido o averiguaba la causa, se le había de dar habitación en él por espacio de diez años y libre de toda costa. Gustosísimo admitió el partido el dueño; y el estudiante, tomando sus libros y pocos muebles, se acomodó inmediatamente en la habitación que más le plugo. 

Era cerca de la media noche del día en que se trasladó, y nuestro escolar, sin género de aprensión y alumbrado con una vela bendita, revolvía sus libros, preparándose para sostener al día siguiente una cuestión importante, cuando he aquí que siente un ruido espantoso en las habitaciones inmediatas. No por esto se asustó ni apartó la vista del libro, aunque acercándose el ruido se sentía en el aposento que ocupaba. 

Alza al fin la vista y ve que una como estatua gigantesca, que arrastraba largas cadenas, se le acerca, toma una silla y sin otro cumplimiento se sienta a su lado, fijándole sus tristísimos y torvos ojos. El estudiante, pagándole en la misma moneda, se volvió impávido a sus libros, dejando uno y tomando otro, según hacía a su intento, hasta que rompiendo el aparecido el silencio le dice: 

— ¿Qué buscas con tanto afán?
— Busco — respondió el estudiante — una ley que me hace falta para apoyar en ella mi dictamen, en un punto de derecho que he de sostener mañana.
— Muy bien — replicó el otro — pero también necesitas buenas razones, y éstas las hallarás en aquel autor, indicándole el Baldo.

Tocaron en esto a maitines y levantándose el aparecido se volvía arrastrando sus cadenas por el mismo camino que trajo; el estudiante entonces toma el candelero y se va en pos de él perdiéndole luego de vista, porque llegado a cierto paraje desapareció penetrando por la tierra. Impávido estudiante tomó otra luz y dejando la vela bendita en el puesto por donde penetró la sombra, se volvió tranquilo a su estudio, contando con que al día siguiente se podría hacer alguna indagación en el lugar señalado y encontrar algún indicio de la causa de la extraña aparición y del ruido. 

En efecto, participado el suceso a algunos compañeros, fueron al lugar donde dejó por señal el candelero y haciendo una excavación hallaron un cadáver. Lo extrajeron y con honrosas exequias lo sepultaron en la iglesia, haciendo además celebrar cierto número de misas por su descanso. No volvió a sentirse ruido alguno en el palacio, de lo que se infirió con toda evidencia que aquélla era un alma dueña de la casa que exigía los debidos sufragios, obtenidos los cuales, y pasando al eterno descanso, dejó también en paz a los moradores de ella.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 67-69.

CONVERTIDO DE UN REFUNFUÑADOR DE LA VIRGEN EN SU CONGREGANTE

Dios quiere que todas las gracias nos vengan por medio de María. Verdad muy consoladora, tanto para las almas que aman tiernamente a María como para los pecadores que desean convertirse. No se crea que esta doctrina es contraria a la sana Teología, porque el padre de ella, san Agustín, dice, como sentencia universal, que María cooperó con su caridad al nacimiento espiritual de todos los miembros de la Iglesia.
San Alfonso de Ligorio

Si has escandalizado a tus prójimos, acude a María y alcanzarás perdón, como lo alcanzó en la ciudad de Aviñon un escandaloso que apartaba a los otros de la devoción de la Virgen, no contentándose con ser malo él, sino procurando que otros también lo fuesen, disuadiéndoles de ir a las congregaciones de la Virgen y murmurando de ellas y de los congregantes; siendo lo peor, que por ser ya viejo, muchos le daban crédito y tomaban sus depravados consejos. 

Cae el hombre en una grave enfermedad; mas aunque veía ya la muerte cercana, ni mudaba de ideas ni daba señales de arrepentimiento. Pero en fin, llega el día de la Purísima Concepción, en que los cofrades de María celebraban la fiesta con gran solemnidad; y entre tanto, sin duda por intercesión de la Virgen, empieza el enfermo a pensar en sí y en su mala vida pasada, y repentinamente se trocaron sus ideas; por manera que ya veía las cosas de un modo enteramente contrario de lo que antes le parecían. 

Con esto mandó al punto llamar al padre que dirigía la Congregación, y a quien él antes no podía ver y menospreciaba. Viene el sacerdote, le abraza el enfermo: le pide perdón, le ruega que le confiese, y después de confesado le suplica por último que le admita por congregante. El padre le recibió y éste quedó libre a un tiempo de las enfermedades del alma y de la dolencia corporal, levantándose de la cama bueno y sano.

Ntra Señora de Luján, 
Parr. Verbo Divino, 
Resistencia, Chaco, Argentina
El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 81-83.

niedziela, 14 maja 2017

UNA DONCELLA NOBLE A CUYOS SENTIDÍSIMOS LAMENTOS OYÓ SANTA BRÍGIDA

Pues no sabes cuándo has de morir, piensa que puedes morir hoy y está siempre dispuesto para lo que siempre puede venir. Confía en la misericordia de Dios para implorarla luego; mas no presumas el dilatar tu conversión un momento, porque no sabes si te darán tiempo para que la puedas invocar o si después invocada merecerás ser oído. Lo que sí sabes es que la misericordia de Dios no está prometida a los que se fían de ella para pecar con esperanza del perdón, sino a los que temiendo a la justicia divina, cesan de pecar.
Juan Eusebio Nieremberg SJ

Estaba Santa Brígida en oración y arrebatada en éxtasis se encontró en presencia de las penas de la otra vida. Entre las varias personas que veía padecer, la llamó particularmente la atención una joven que con increíble ansiedad se lamentaba de su propia madre, a cuyo amor desordenado atribuía todos los padecimientos, por cuanto los había ocasionado la libertad que la daba de hacerse a todos amable; digámoslo más claro: de festejar y ser festejada; por no haber perdonado a gasto ni trabajo para adornarla, fomentando así su vanidad y orgullo; por haberla conducido a espectáculos y a sociedades donde tenía conversaciones licenciosas; en suma, porque en lugar de contener con un freno saludable la natural propensión de la juventud, inclinada por lo común a lo malo, la había estimulado inconsideradamente a correr por un camino peligrosísimo, con grande daño de su alma y de sus incautos amantes. 

“Es verdad — añadía — que me enseñó algunas oraciones y me hizo practicar algunos actos de virtud; pero consintiendo como consentía en mis desórdenes, tales obras eran muy poco gratas a Dios, porque mezcladas con los vicios eran como un bocado saludable mezclado con grande cantidad de veneno. ¡Sea, por tanto, bendita — exclamó — la misericordia infinita de mi Redentor, que no ha permitido mi eterna condenación, como exigían mis graves culpas! Porque antes de morir tuve la dicha de confesarme arrepentida; y aunque tal arrepentimiento nacía más bien que de otra cosa de la presencia de la muerte, sin embargo en la agonía me acordé de la acerbísima pasión y muerte del Salvador, y esto me dio luz para conocer la enormidad de unos pecados que habían causado tal muerte (...) ¡Oh Jesús y Señor mío! yo creo que eres mi Dios. ¡Jesús, Hijo de la Santísima Virgen, por tu acerbísima pasión ten misericordia de mí! ¡Me duelo de mi mala vida, y la enmendaría gustosa si tuviese tiempo para ello! 

Al acabar de decir esto expiré, me libré de las penas del infierno, pero fui destinada a estas gravísimas del Purgatorio.”

Después de estas palabras que dispuso Dios oyese distintamente la Santa con el fin de que las escribiese para instrucción de todos, añadió el alma la serie de sus padecimientos, haciéndonos así ver cómo las penas corresponden a las culpas.

“Ahora — decía — mi cabeza, tan prolijamente adornada en otro tiempo, arde por fuera y por dentro en tan vivísimas llamas, que fuera alivio si en vez de esto la pasasen todos los rayos del cielo; la desnudez de mis brazos y del seno, con tal estudio cubierto o descubierto, se ha convertido en tenerlo en una enorme prensa; y sobre esto atravesados con durísimos y candentes clavos; las piernas y pies, adornadas para agradar en el baile, ¡oh qué tormento!, ni un momento los desamparan horribles víboras, que sin cesar los estrechan y despedazan; todo mi cuerpo, en fin, tan refinadamente preparado para agradar, está sumergido en tan extraña clase de tormentos que simultáneamente me hacen probar lo sumo del fuego y del frío.”

De estas y otras comparaciones y metáforas se servía aquella alma para hacer entender a Santa Brígida la calidad de sus padecimientos y moverla a que la auxiliase con sufragios: y la Santa lo escribió según los designios misericordiosos de Dios para instrucción de todos; pero antes, y apenas vuelta del éxtasis en que viera todo esto, lo refirió a una prima hermana suya, cuya vida era poco desemejante a la de la desventurada del purgatorio. Absorta quedó la inconsiderada joven de la relación de la Santa; y porque viéndose en igual caso no podía dudar de la suerte que a buen librar la esperaba, con mejor consejo abandonó la vida sensual a que arrastra el amor de los placeres, con tan poco provecho para el cuerpo como grande desasosiego del corazón; así que se encerró en un monasterio, donde con la oración y penitencia procuró librarse a sí misma y librar a otras muchas almas del purgatorio.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 62-64.

UN SOLDADO A CUYO JUICIO Y SENTENCIA ESTUVO PRESENTE SANTA BRÍGIDA

Dios, en su justicia, me dará todos los méritos de mis buenas obras cuando entre al Cielo; pero antes, debo expiar mi grave negligencia por no haberme acordado de los otros.
Paul O’Sullivan OP

Fue presentada el alma ante el tribunal de Dios, teniendo a la derecha al Ángel custodio que la servía de abogado, y de acusador el demonio que estaba a la izquierda. Empezó éste a acusarle en particular de tres delitos. El primero, que había faltado con la vista, dejándola correr libremente por objetos ilícitos, que le excitaban imágenes impúdicas en la imaginación y deseos no menos impuros en el corazón. Segundo, que pecó con la lengua, haciéndola instrumento de obscenidades, de maldiciones y de blasfemias. Tercero, que se había también servido de las manos para otras muchas maldades y entre ellas robar lo ajeno y mancharse con culpas sensuales.

Llegó la voz al santo Ángel y tomando su defensa alegó las buenas obras que había hecho, y entre ellas las oraciones que había rezado con devoción, las limosnas que por misericordia había hecho a los pobres, y los ayunos y penitencias que había practicado aun en medio de la milicia; añadiendo, por último, que en el artículo de la muerte había acudido con grande afecto y confianza a la Madre de misericordia, suplicándola le alcanzase el perdón de sus faltas: y que en efecto obtuvo una verdadera contrición con la que lloró muy de veras sus pecados. 

El soberano Juez, oídas la acusación y defensa, sentenció que fuese libre de las penas eternas, pero que purgase sus pecados con prolongados tormentos en el Purgatorio y que estos fuesen proporcionados y correspondientes a las culpas. “Debe el alma ser purgada — dijo — hasta que sea limpia. Ésta pues sufra de acuerdo a sus pecados: sea la pena de los ojos el ver siempre monstruos horrendos; la de la lengua el ser atormentada con agudísimas punzadas y sed rabiosa; la del tacto el estar sumergido en ardentísimo fuego”. 

Entonces la Madre de la Misericordia, la Abogada de los pecadores, se presentó a su Hijo divino pidiendo alivio de tantos y tales tormentos, alegando que el soldado había rezado su Oficio parvo y con más frecuencia acudido a sus altares con devotas plegarias. 

A tal súplica hubo de ablandarse el Juez, conviniendo en disminuirle la pena; pero añadió que, para satisfacer plenamente a la divina Justicia y librarle enteramente y pronto de sus padecimientos, se procurase que los fieles ofreciesen por él oración, limosnas y penitencias: “Estas tres cosas le librarán de las tres penas.”

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 60-62.



piątek, 12 maja 2017

TÚ NO ESTABAS OBLIGADO A HONRARME NI YO A SOCORRERTE

No apartes los ojos del resplandor de esta estrella si quieres no ser destruido por las borrascas. 
(San Bernardo, Hom. sobre la Virgen Madre, 2)

¡Oh cuánto sirve un poco de tiempo bien empleado en honor de María! 

Dos jóvenes en un día de vacación fueron juntos al río Pó y se metieron en una barca. Uno de ellos dijo al compañero:

— Ahora que no tenemos qué hacer y nos hemos divertido bastante, recemos el Oficio de la Virgen según la regla de nuestra congregación.
— Ésta no obliga a pecado — respondió el compañero — quiero divertirme hoy que es día de asueto, no tengo gana de hacer oración.

Pero el otro no obstante se puso a rezarlo solo. Estando en esto, se turbó el aire y llegó una grande avenida: ellos poco prácticos en gobernar la barca, no pudieron resistir al ímpetu de las aguas ni tomar tierra. El bote dio una vuelta y ellos cayeron en el agua... 

Invocaron ambos a la Virgen y esta Señora inmediatamente acudió, tomó por la mano al que había rezado el Oficio y le sacó del peligro. Esperaba el otro compañero lo mismo, pero la Virgen vuelta a él le dijo: 

— Tú no estabas obligado a honrarme ni yo a socorrerte.

Oía y veía todo esto el compañero y dio gracias a la Virgen que le salvó la vida en premio del obsequio que le había hecho.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 31-32.

środa, 10 maja 2017

CONVERSIÓN DEL MARQUÉS DE TOSCANA

Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, decía Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente. Lucía decía que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepienten.
Visión del infierno según la tercera aparición de Fátima 


Si deseas de veras conseguir tu salvación, pide a la Virgen te dé a conocer qué cosa es el infierno. 

Hugo, el marqués de Toscana, vivía licenciosamente sin querer enmendarse por más avisos que recibió de la Virgen María a quien él conservaba alguna devoción no obstante sus vicios. Yendo un día cazando por el monte Senario, embebecido en perseguir una fiera, de repente se armó una tempestad con espantosos truenos y relámpagos y copiosa lluvia. 

Entra huyendo en una cueva y halla dentro a los diablos, que en figura humana, pero negros y horribles, estaban martillando miembros humanos. Al verlos dio un grito, creyendo que eran hechiceros; y al mismo tiempo se oyó una voz espantosa que salía de aquella oscuridad y decía: “Echadle mano y traedme a ese también”. Pero le respondieron: “A su tiempo, porque todavía no lo permite Aquella que tiene tanto poder sobre nosotros”, queriendo decir los espíritus infernales que la Virgen le había libertado hasta entonces de su condenación. 

El marqués al oír estas palabras quedó como asombrado y fuera de sí, y volviendo su corazón a la Madre del temor santo, le pidió socorro, hizo la señal de la cruz y desaparecieron los enemigos. 

Salió de la cueva y dirigiéndose a la casilla de un solitario llamado Eugenio, que vivía en aquel desierto, pasó allí la noche pensando seriamente en mudar de vida. La mañana siguiente salió para Florencia y dio parte al obispo Eustaquio de cuanto le había pasado y del favor que debía a la santísima Virgen: hizo una confesión de todos sus pecados con penitencia pública y una mudanza completa de su mala vida, diciendo a voces y bañado en lágrimas: “Hugo ya no será Hugo”. 

Fundó y dotó con gran magnificencia siete monasterios, vivió de allí adelante como verdadero hijo de María y en todo fue después un príncipe tan bueno que mereció le llamasen el excelente príncipe.

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 61-63.

czwartek, 4 maja 2017

UN SEÑORITO NOBLE EN LA PROVINCIA DE TOLEDO

Si todas las gracias que sobre vosotros derrama a manos llenas la Santísima Virgen no logran convertiros; si sois sordos a tantas voces y ciegos a tanta luz; si os obstináis en morir impenitentes... no lo dudéis: moriréis como réprobos.
San Claudio de la Colombiere

 Goya, San Francisco 
de Borja y el moribundo 
impenitente
Si Dios ahora no te ha castigado, debes atribuirlo a la intercesión de María; pero ¡infeliz de ti, si desde luego no tratas de enmendarte! 

Vivía un señorito noble en la provincia de Toledo encenegado en vicios, aunque conservaba algunas devociones a la Virgen. Cansado el Señor de sufrirle, estaba ya resuelto a castigar sus escándalos, y como en actitud de dar licencia a la muerte, para que le arrebatase repentinamente, según vio cierta persona de santa vida; pero vio también que interponiendo sus ruegos la sacratísima Virgen, le respondió su divino Hijo: 

“Por vuestro amor le concedo treinta días de término para hacer penitencia; pero si pasan sin haberse enmendado, se ejecutará indefectiblemente la sentencia.”

Esta persona piadosa, movida de caridad, descubrió la visión a un sacerdote para que avisase al caballero; le avisó al instante y con sus buenas razones logró que el caballero se confesase y le dejó resuelto a mudar de vida; pero en vano porque a poco volvió a recaer. Verdad es que acudió segunda vez al confesor, proponiendo corregir su mala costumbre; mas lejos de hacerlo así, se metió y encenegó en sus vicios peor que antes. Desde entonces huía del confesor y encontrándole acaso un día en la calle, con rostro airado y modo grosero le dijo: 

“Apartaos, padre, id a vuestros negocios, que conmigo nada tenéis que ver.” 

Llega en fin la noche en que se cumplían los treinta días: el joven no haciendo caso alguno de la amenaza del cielo, permanecía en su mal estado con más libertad que nunca; cuando a eso de media noche se siente el infeliz asaltado de agudísimos dolores: acuden a los gritos los que estaban cerca; corren a buscar confesor; llega; pero por más que hizo exhortándole a confiar en la protección de María Santísima, todo fue en balde y como quien da voces a una tapia; hasta que el miserable dando una voz espantosa dijo: “¡Ay que me han atravesado el corazón!” y al punto expiró. 

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 42-44.

wtorek, 2 maja 2017

BENÉFICO CONSEJO DE UN VENERABLE SIERVO DE DIOS LLAMADO NICOLÁS ZUCHI

Nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que rezan.
(San Juan Damasceno, Hom. en la Dormición de la B. Virgen María)

Cierto joven, cargado de aquellos pecados que la juventud llama fragilidad, y Dios llama abominaciones, se fue a confesar con un venerable siervo de Dios, cuyo nombre era Nicolás Zuchi, que entonces era muy conocido en Roma por la eficacia de su lengua y de sus obras (...) El santo hombre le recibió; y como lo solía hacer en semejantes casos, se compadeció de él con unas entrañas llenas de verdadera caridad, procurando solamente hacerle entender bien cuánto le aprovecharía, para que sanase, la devoción de la Santísima Madre de Dios: y habiéndole persuadido cumplidamente [de] esta verdad, le dio finalmente en penitencia que hasta otra confesión rezase cada mañana en levantándose de la cama una Ave María a la Virgen, y le ofreciese los ojos, los oídos, las manos y todo su cuerpo, suplicándole que los guardase aquel día como cosa suya, y que renovase esta misma acción a la noche, antes de acostarse, besando tres veces la tierra. 

Practicó el joven esta penitencia, mas con muy poca enmienda. Y, sin embargo, la fue confirmando repetidas veces el próvido confesor, hasta que le dio gana al joven penitente de ir a dar vuelta al mundo con algunos de sus compañeros, nobles también y sus semejantes en todo; y habiendo ido a despedirse de su padre espiritual, le acordó [éste] que se encomendase siempre más a la Virgen, con ánimo de mudar de vida, y que no dejase jamás aquel obsequio que la hacía por la mañana y por la noche; y así se partió. 

Habían pasado muchos años. Vuelto a Roma estuvo con su mismo confesor, el cual, con grande maravilla y con mucho júbilo de su corazón, le halló del todo mudado en otro, y tan apartado de las pasadas deshonestidades, que antes las tenía horror. Por lo cual, habiéndole preguntado la causa de tan notable mudanza, tuvo por respuesta que la Santísima Virgen, a quien había constantemente invocado con aquella breve devoción, le había por fin alcanzado de Dios la gracia de la pureza deseada. 

Y no se acaban aquí los favores magníficos de la Virgen. Porque refiriendo desde el púlpito el mismo padre Nicolás Zuchi este suceso, le oyó un capitán que, habiendo seguido muchos años a una mala mujer, quedó persuadido a querer probar también a librarse de ella, cumpliendo la misma devoción. Lo cual le fue de tanto fruto que muy en breve, dejada totalmente la mala compañía, mudó de vida. Y porque se fíaba de esta mudanza más de lo justo, se determinó al cabo de seis meses a ir un día a la casa de su amiga antigua, a título de averiguar si también ella se había retirado de su mal ejercicio, o dándose a algún otro. Mas ¿qué? Al acercarse a aquella puerta, donde corría manifiesto riesgo de perderse, y no lo temía, sintió que una fuerza invisible le empujó atrás por tanto espacio como era larga aquella calle: hasta que perdida de vista la casa peligrosa, fue dejado delante de la propia; pero con una luz vivísima en el entendimiento que le hizo reconocer en aquel embarazo violento la mano de su señalada Libertadora, que había acudido a socorrerle.

Pablo Señeri, El cristiano instruido en su Ley. Discursos morales y doctrinales dados a luz en lengua toscana, Tomo IV, Madrid 1859, pgs. 229-230.

LO MISMO MÁS BREVE:

El padre Señeri refiere un hecho muy notable en su libro intitulado el Cristiano instruido. Un joven, dice, fue a Roma para confesarse: estaba encenegado en el lodazal de los pecados más vergonzosos: el confesor lo acogió con particular caridad y, movido a lástima por el fatal estado de su alma, le dijo que la devoción a María podría librarlo de la inveterada costumbre de pecar: le dio por penitencia que al levantarse por la mañana y al acostarse por la noche rezase el Ave María hasta la inmediata confesión: le empeñó a que hiciese a la Virgen el ofrecimiento de sus ojos, de sus manos y de todo su cuerpo, suplicándola que lo recibiese todo como cosa suya; y por último que besase la tierra por tres veces. 

El joven cumplió esta penitencia: al principio fue poca la enmienda; sin embargo, el confesor continuó en exhortarle vivamente a no dejar la obra comenzada, animándole a la confianza en María. El penitente viajó por varios países durante algunos años: y habiendo regresado a Roma, se presentó al mismo confesor, el cual quedó agradablemente sorprendido y lleno de alegría al verlo del todo mudado y corregido.

— Hijo mío — le preguntó — ¿cómo habéis obtenido de Dios tan grande gracia?
— Padre mío — respondió el joven — yo no he cesado de practicar en honor de la Virgen santísima los actos de devoción que me aconsejasteis.

Así perseveró en este estado y murió santamente. 

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 21-22.