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czwartek, 14 grudnia 2017

BUSCA ENTONCES OTRA INTERCESORA

Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
(Lumen gentium 62)

Aquel día fue señalado por una gracia del cielo.

A la mitad de la cena Gema [Galgani] se levantó de la mesa, retirándose a la habitación. En seguida entró en éxtasis.

Llamado por la señora Cecilia, llegó el Padre Germán, quien presenció la grande porfía que la santa joven sostenía con la justicia divina por conseguir el triunfo de su eterna misericordia a favor de cierta alma que le era muy querida y por la que Gema se había sacrificado muchísimo. Era un huésped de la familia, buen cristiano al parecer, pero cuya conciencia se hallaba muy enrevesada. Gema llegó a nombrarlo en éxtasis, razón por la que el Padre Germán conocía su nombre.

“Ya que has venido, Jesús, vuelvo a suplicarte por mi pecador — decía extática. — Hijo tuyo es, hermano tuyo... Sálvalo, Jesús... Por un alma sola has hecho tanto, tanto..., y, ¿no querrás salvar a ésta? Sálvala, Jesús, sálvala... Tú no has medido la sangre que derramaste por los pecados, y ¿quieres ahora medir la cantidad de nuestros pecados...? La sangre la derramaste al igual por ellos como por mí y ¿me salvas a mí y a ellos no...? No me levantaré de aquí... ¡Sálvalo! No quiero tu justicia, sino tu misericordia, ¡Oh, Jesús! Tú no le has llamado, de seguro, hijo hasta el presente... Haz la prueba... Dile que eres su Padre y que él es tu hijo... Verás, verás que a este dulce nombre de padre cómo se ablanda su corazón”.

Jesús comunicó entonces a Gema que, respecto de aquella alma, estaba colmada la medida de su misericordia. Y le fue enumerando sus culpas. Gema lanzó un profundo suspiro... Horrorizada, dejó caer los brazos. De pronto reanimándose, volvió a la súplica: 

“Lo sé, lo sé — repetía — que te ha inferido tantas ofensas... Mas yo he cometido mayores, y, no obstante, has usado conmigo de misericordia... Lo sé, lo sé, Jesús mío, que te ha hecho llorar...; pero en estos momentos no debes pensar en sus pecados. Piensa en la sangre que has derramado... Además, ¡de cuánta caridad no has usado conmigo! Todas las finezas de amor que me has dispensado, te ruego que las uses con mi pecador. Acuérdate, Jesús, que lo quiero salvar. Triunfa, triunfa; te lo pido por caridad”.

Ante la inflexibilidad de la justicia divina, brota cual relámpago por su mente, una idea salvadora. Ella es pecadora, cierto. No merece, por tanto, ser escuchada. Busca entonces otra intercesora, y dice a Jesús: 

“Es tu misma Madre la que ahora ruega por él. ¿Podrías decirle que no? ¡Oh, de ninguna manera! Imposible negarle”.

En efecto, poco después Gema, contentísima, canta victoria y exclama, triunfante: 

“Ya está salvo, ya está salvo. Has vencido, Jesús. Triunfa así siempre, ¡oh, Jesús!”

No bien se retiró el Padre Germán, todo conmovido y absorto en profundas meditaciones, a su habitación, cuando sintió llamar la puerta, anunciándole la visita de un señor que preguntaba por él. Conducido a su presencia, cayó el visitante de rodillas, diciendo: “Padre, confiéseme”. 

Era el pecador de Gema. El Padre lo confiesa. Gracias a lo que había oído a Gema durante el éxtasis pudo recordarle un pecado que se le olvidaba. Le cuenta el éxtasis de Gema, le anima, pide su permiso para dar a la publicidad esta maravilla de la gracia del Señor, se abrazan y se despiden.

Cfr. Sor Gesualda, Santa Gema Galgani, Ed. Pía Sociedad de san Pablo,
Madrid-Bilbao, 1943, p. 37 .

niedziela, 10 grudnia 2017

NO SE SALE DEL PURGATORIO HASTA ESTAR BIEN LIMPIO DE TODA MANCHA

"Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo" (Mateo 5,26).

Fue San Severino, arzobispo de Colonia, un prelado de tan señalada virtud, que la manifestó el Señor mismo tomándole por instrumento de muchos y singularísimos prodigios, como puede verse en la vida escrita por Surio. Pero no tratando yo aquí de lo que hizo durante su vida, sino de lo que padeció después de muerto, referiré un caso que debe llenar de santo temor a los eclesiásticos.

Al vadear un canónigo de Colonia un pequeño brazo del Rhin, vio salir del fondo a San Severino, que tomando las bridas del caballo le detuvo. Se espantó no poco el canónigo al ver a su santo obispo, muerto poco antes, en distinto estado del que él creía. Y preguntándole qué hacía en aquel lugar, respondió: 

— Si deseáis saberlo, dadme vuestra mano, porque esto se comprende mejor sintiéndolo que explicándolo. 

Se la dio el canónigo, y bañándola el santo con el agua del río, produjo tal efecto, que cayéndosele las carnes cocidas quedaron descubiertos los huesos. El canónigo, instruido completamente con tal lección, exclamó: 

— ¡Oh Padre santo, vuestro nombre exhala por todas partes olor de santidad, y vos estáis en tal tormento! ¿Cómo es esto?

— Esto es — contestó el obispo — por haber rezado mal las Horas canónicas. Siendo consejero del emperador me enredé en tales cuidados, muchos de ellos superfluos, que impidiéndome rezar a hora competente, o despachaba todas las horas por la mañana para no tener este cuidado durante el día, o bien lo dejaba todo para la noche, diciéndolas además con poca atención, por distraérmela los negocios que me ocupaban en la corte: tal es el defecto que purgo en este tormento que habéis probado, y por lo que os compadezco. Roguemos ahora al Señor que se digne volver vuestra mano a su primitivo estado...

Le fue, en efecto, restituida instantáneamente, y el santo obispo añadió entonces: 

— Id — os suplico — y referid en la iglesia coloniense lo que habéis visto. Ofreced por mí sacrificios, limosnas y penitencias, que tan buenas obras hechas por caridad me sacarán pronto de este penosísimo río, y conseguiré reunirme a los bienaventurados que me esperan.

Y dicho esto no se vio más. Vean ahora los eclesiásticos que, por ligera o tal vez ninguna causa, atropellan (si no dejan de rezar) el Oficio Divino, lo que les espera, cuando tanto padeció un obispo que veneramos en los altares, y por un defecto que, atendida la causa, parecería a la prudencia humana disculpable.

Ni menos terrible parecerá el castigo sufrido por Durano, abad de un monasterio y después obispo de Tolosa, que aunque adornado de singulares virtudes, cometió algunas notables faltas con la lengua. Gustaba siendo monje de pasar por hombre de buen humor, y al intento no escaseaba la sátira, palabras y frases que pudieran mover a risa, aunque desdijesen de la boca de un hombre consagrado a Dios. Le advirtió su abad Ugón una y más veces cuánto desdecía tal defecto de la boca de un sacerdote, el cual, por consejo de Dios, está destinado a ser depositario y guarda de la sabiduría; y a tanto llegó que le pronosticó, si no se corregía, habría de llorar bien de veras en el purgatorio lo que con tanto perjuicio suyo hacía reír a otros. No hicieron mucho efecto estas paternales advertencias, porque elevado a la silla pontifical se encontró con el obispo el monje decidor.

Murió al fin, y se verificó la predicción del abad. Se apareció a Seguino, monje familiar suyo, y se apareció con la boca feamente torcida, con un cáncer en los labios, y la lengua llena de úlceras y abrasándose. Con trabajo podía articular, pero, no obstante, Seguino comprendió muy bien que suplicaba dijese al abad que tuviese piedad de él, y encargase a los monjes le auxiliasen con sufragios. 

Ugón reunió inmediatamente a los monjes en capítulo, y referida la visión ordenó una semana de riguroso silencio, como medio proporcionado para satisfacer por la locuacidad de Durano. Mas no habiendo observado un monje el silencio con el rigor que se debía, por haber hablado algunas palabras, fue bastante para que se dejara ver segunda vez el paciente doliéndose amargamente de aquella inmortificación. El abad, comprendiendo bien los designios de Dios, ordenó otra semana del mismo riguroso silencio, y en la que no habiendo faltado nadie encontró Durano el remedio a sus padecimientos. Se apareció por tercera vez, mostrándose al piadoso y prudente abad vestido de pontifical, con la boca sana y risueña, la frente serena y rebosando todo su semblante de dulce alegría. Le dio gracias, y encargó las diese a los monjes, por cuya caridad se le habían abierto las puertas del cielo, donde rogaría a la Divina Misericordia les concediese el premio que era debido a la piedad que habían usado con él. 

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 119-122.

sobota, 9 grudnia 2017

LOS MILAGROS APROBADOS PARA LA CANONIZACIÓN DE GEMA GALGANI

San Maximiliano Kolbe, que conoció la vida de Gema durante sus estudios en Roma, la dio a conocer en Polonia en 1919. Él mismo le tenía mucha devoción y la llamaba hermana mía. Siempre llevaba con él una imagen de Gema y estuvo presente en Roma el día de su beatificación, el 14 de mayo de 1933.

Santa Gema Galgani
Los milagros aprobados para la canonización y considerados como inexplicables para la ciencia fueron dos. 

Elisa Scarpelli comenzó a sufrir en el mes de noviembre de 1932 en la parte izquierda de la cara una enfermedad denominada por los médicos “lupus vulgaris”, creciendo de tal suerte este mal que degeneró en una edemitis ulcerosa y en bolsa de fístula con pus. Resultando vanos los cuidados de la ciencia, se recurrió únicamente a la intercesión de la beata Gema. Estaba la enfermedad en plena efervescencia la mañana del 14 de mayo de 1933, mientras en la basílica vaticana se celebraba la solemne beatificación de Gema. Elisa se sintió instantáneamente curada, recubiertas las úlceras de la piel y cerrada completamente la fistula, sin quedar señal alguna de la enfermedad.

El otro favorecido fue Natal Scarpelli que, desde 1913 y más gravemente desde 1927, sufría de varices, especialmente en la pierna izquierda. El 3 de abril de 1935 a consecuencia de una caída casual se le formó una herida que degeneró en úlcera. En la tarde del 3 de mayo esa úlcera pútrida ya, tenía una extensión de cerca de nueve centímetros cuadrados. La hija del enfermo y la esposa invocaron con fervor a la beata Gema y aplicaron sobre la úlcera purulenta una pequeña reliquia de la beata, vendando la pierna. A la mañana siguiente, aparecía nueva piel sobre la úlcera, la venda estaba seca, el enfermo no sentía dolor y no quedaba vestigio de la enfermedad.

El 2 de mayo de 1940 tuvo lugar su canonización en la basílica vaticana. El Papa dijo: 

“Para gloria de la santa e indivisible Trinidad, para exaltación de la fe católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los apóstoles Pedro y Pablo... decretamos, definimos e inscribimos en el catálogo de los santos a Gema Galgani”.

Jesús hacía mucho tiempo que le había profetizado que sería santa. Dice ella: 

— Una noche, de doce a dos no dormía como de ordinario, estaba despierta. Me pareció que el niño Jesús se ponía sobre mis rodillas. Apenas lo tuve, le dije: “Jesús, ahora vas a concederme de veras la gracias que deseo: Haz conocer mañana la verdad a Monseñor”. A lo que Jesús dijo: “Hija mía, la verdad ya la conoce quien debe conocerla; en cuanto a Monseñor, no ha llegado todavía el tiempo en que debe conocerla, pero llegará un día en que la conozca. Asegúrale que soy yo, Jesús, el que te habla y que dentro de unos años tú serás por obra mía, santa, harás milagros y serás elevada al honor de los altares”.

Ángel Peña, Santa Gema Galgani. Amor total, Lima-Perú, pgs. 66-67.

LOS MILAGROS APROBADOS PARA LA BEATIFICACIÓN DE GEMA GALGANI

A partir de su muerte, Gema [Galgani] comenzó a repartir abundantemente gracias temporales y espirituales a todos sus devotos: curaciones, conversiones y favores de toda clase. El 3 de octubre de 1907 se abrió en Luca el proceso informativo. El 20 de enero de 1922 se abrió en Pisa el proceso apostólico.

Santa Gema Galgani
Los milagros aprobados para la beatificación fueron dos. 

El primero sucedió a María Menicucci, que sufría agudos dolores en la rodilla derecha. Creyendo que fuesen dolores reumáticos procuraba buscar alivio en unturas, emplastos y baños de las más acreditadas termas de Italia, pero todo en vano.

Examinada con diligencia por especialistas, diagnosticaron la enfermedad de tumor blanco en la rodilla, en situación avanzada y de carácter tuberculoso. En 1907 la pobre enferma fue a casa de unos parientes suyos a Pistoia, donde, reconocida por el doctor Clelucci, aconsejó la operación. El caso parecía desesperado: la operación o un milagro.

La señora Menicucci se aplicó sobre la rodilla enferma una reliquia de Gema y comenzó una novena. Al terminarla, se quitó la venda y, con indecible sorpresa, se encontró totalmente curada. Los médicos del Vaticano certificaron: “La curación de la rodilla derecha de la señora María Menicucci es un hecho que no cabe en los límites de los sucesos naturales”.

El segundo milagro aprobado fue la curación instantánea y completa de una úlcera varicosa en la pierna izquierda del sacerdote Ulises Fabrizi la noche del 26 al 27 de noviembre de 1919. A don Ulises, que ya contaba con 75 años, se le reventó la ulcera varicosa, dándose la curación por punto menos que imposible.

Como última tentativa, se pensó llevarlo a un sanatorio de Roma y someterlo a la inspección de los mejores especialistas. 

— Entonces — dice él — volviéndome a la sierva de Dios con una ferviente plegaria, le dije: “Gema mía, cúrame esta llaga, porque deseo verte sobre los altares antes de mi muerte. Cuando haya conseguido esto, me resigno gustoso a morir”.

Después de esta oración se quedó dormido. A la mañana siguiente, fueron a quitarle las vendas para proceder a la cura. ¡Cuál no sería la sorpresa de todos al no descubrir ni vestigio de la úlcera! Los médicos de la Comisión vaticana certificaron: “Afirmamos del modo más explícito con firme y clara conciencia que la curación de Ulises Fabrizi rebasa los límites del orden natural, debiéndose considerar como milagrosa.

La beatificación tuvo lugar en la basílica vaticana de Roma el 14 de mayo de 1933.

Ángel Peña, Santa Gema Galgani. Amor total, Lima-Perú, pgs. 65-66.

czwartek, 7 grudnia 2017

AMOR A MARÍA

María es la madre querida a quien Gema amaba con todo su corazón y que se le aparecía frecuentemente para consolarla y darle fortaleza ante el sufrimiento. Dice ella: “Al perder a mi madre, me entregué por completo a la Madre del cielo. Y ¡qué bien se ha portado siempre conmigo esta mamá celestial! ¿Qué hubiera sido de mí sin ella?”.

Santa Gema Galgani
En su Diario escribe: 

«Mi queridísima Madre María Santísima Dolorosa ha querido hacerme una breve visita (no me acordaba que era sábado, el sábado es cuando acostumbra a dejarse ver por mí). Estaba muy afligida. Me parecía que lloraba. La llamé muchas veces con el dulce nombre de madre. No me respondía, pero cuando oía decir: “Mamá”, sonreía. Se lo repetí muchas veces, todas las que pude. Y ella siempre sonreía. Por fin, me dijo: “Gema, ¿quieres venir a reposar un poco en mi seno?”. Intenté levantarme, arrodillarme y acercarme a Ella. Ella también se levantó, me besó en la frente y desapareció.»

Otro sábado en que de nuevo se le apareció, dice: 

«Ella me miraba muy fijamente, sonreía y se acercó para acariciarme... Estaba junto a mi cama tan bella que no me cansaba de contemplarla. Mientras hablábamos, Ella me tenía cogida de la mano.»

Otro día dice: 

«Me encontré con la Madre Dolorosa. ¡Qué momentos tan felices! ¡Qué gusto da pronunciar el nombre de mamá! ¡Qué dulzura sintió mi corazón en aquellos instantes! Soy incapaz de explicarlo. Me pareció, tras unos momentos de emoción, que me tomó en su regazo y me hizo descansar la cabeza en su hombro, manteniéndome así durante un rato. Mi corazón en aquel momento rebosaba dicha y felicidad. De vez en cuando me preguntaba:

— ¿Me amas sólo a mí?
— Oh, no, antes que a ti amo a otra persona.
— ¿Quién es? — preguntaba — aparentando no saberlo.
— Es una persona muy querida para mí por encima de todo. La amo tanto que daría la vida en este mismo instante por Él.
— Pero dime ¿quién es?
— Si hubieras venido el otro día lo hubieras visto conmigo. Él viene raramente a verme. Yo, sin embargo, lo visito todos los días.
— Y ¿quién es?
— No, no te lo digo. Si vieses, mamá mía, se parece a ti por la hermosura. Sus cabellos tienen el color de los tuyos.

Y acariciándome me dijo:

— Hija mía, ¿de quién estás hablando?
— ¿No me entiendes? ¡Hablo de Jesús! ¡De Jesús!

Me miró sonriendo y me estrechó fuertemente. Y me dijo:

- Ámalo a Él solamente, ámalo mucho...

Ángel Peña, Santa Gema Galgani. Amor total, Lima-Perú, pgs. 39-40.

niedziela, 3 grudnia 2017

CUÁN RIGUROSA ES LA JUSTICIA DIVINA

Toda justicia, o sea toda virtud, es defectuosa en presencia de Dios: "No entres en juicio con tu siervo, porque no es justo delante de ti ningún viviente" (Salmo 143,2). El Eclesiástico asemeja al sol al hombre justo: "Como el sol que brilla" (50,7). Pero si el sol mismo tiene manchas, como hacen ver los astrónomos, no es de maravillar si también se encuentran en los santos, a los cuales nunca pueden faltar defectos de que necesitan limpiarse, como necesita el oro del crisol para purificarse. Porque no hay hombre tan perfecto en la tierra, que mientras vive en ella deje de mancharse con el lodo, o al menos con el polvo, que salta hasta los ojos.

Murió en el convento de Frailes Menores de París un religioso, a quien justamente por las costumbres y vida angelical que hacía llamaban EI Angélico; realmente era un ángel en carne humana. Colega suyo era un lector en teología, gran maestro en esta ciencia divina, el cual, aunque no ignoraba la obligación que cada fraile tenía de celebrar tres misas por cualquier religioso que muriese, omitió el celebrarlas por Fr. Angélico, y no por otra causa que por haber juzgado que no las necesitaba. ¡Tan ventajoso era el concepto que de él tenía!

Pero de allí a pocos días, paseando por el jardín muy de mañana, se le puso delante el difunto, que con voz muy sentida le dijo: 

— ¡Buen maestro, compadeceos de mí! 

Admirado el maestro de tal encuentro y demanda, le contestó: 

— ¿Pues qué necesidad tenéis de mí, alma santa? 
— Sí, tengo, — replicó el otro — pues justamente me faltan las tres misas que debisteis decir por mí, para salir del purgatorio: cumplid con este deber, que no he menester más para irme glorioso a la Jerusalén celestial. 
— Verdaderamente — añadió el maestro — os habría dicho las misas si hubiese juzgado que las necesitabais; pero llegué a persuadirme, que vida tan ejemplar no necesitaba de sufragios. Vos no os contentabais con ser un modelo de observancia religiosa, sino que además añadíais ayunos, vigilias y otras mortificaciones a que no estabais obligado: así que juzgué que tales obras de supererogación os habrían purgado de cualquier defecto que por otro lado pudierais tener.
— ¡Nadie, nadie querrá creer cuán diversamente juzga Dios de nuestras acciones de lo que juzgamos nosotros! ¡Nadie querrá persuadirse de la escrupulosidad con que son examinadas todas nuestras obras, palabras y pensamientos! No hay ninguno perfecto en su presencia: "Si ni en sus santos tiene Dios confianza, y ni los cielos son puros a sus ojos" (Job 15,15). Ninguno tampoco que se persuada cuán difícil es librarse de padecer mucho o poco en el purgatorio, porque es el lugar de donde no se sale "hasta que no hayas pagado el último céntimo" (Mateo 5,26). Si vos, buen maestro, hubieseis llegado a alcanzar con vuestra doctrina cuán rigurosa es la justicia divina, jamás habríais cometido el error de creer que yo no necesitaba de sufragios.

El teólogo no escuchó más: se fue a la sacristía, y preparado dijo la misa con el fervor que se deja conocer. Dijo la segunda al otro día, y en la tercera se dignó Dios revelarle que durante ella había volado al cielo la dichosa alma por quien se ofrecía. 

Esta lección fue tan provechosa al maestro, que aprendió con ella más que con muchos años de meditación y estudio, porque resonando a todas horas en su alma las palabras de su colega, se esmeraba en no hacer nada que no fuese con la perfección posible.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 117-119.



czwartek, 23 listopada 2017

ALIVIO DE UN ALMA DEL PURGATORIO - VISIÓN DE SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE

Con razón reprende San Agustín la necedad de cierto anónimo, el cual solía decir que, como se librase del infierno, poco le importaban las penas del purgatorio. A lo que decía el Santo: “Guardaos de hablar así, porque aquel fuego es más atroz que cuanto se pueda sentir ni imaginar en este mundo.
Carlos Rosignoli SJ

En otra ocasión, estando en presencia del Santísimo Sacramento el día de su festividad, se presentó repentinamente delante de mí una persona, hecha toda fuego, cuyos ardores tan vivamente me penetraron, que me parecía abrasarme con ella. El deplorable estado en que me dio a conocer se hallaba en el purgatorio, me hizo derramar abundantes lágrimas.

Me dijo que era el religioso benedictino que me había confesado una vez y me había mandado recibir la comunión, en premio de lo cual Dios le había permitido dirigirse a mí para obtener de mí algún alivio en sus penas. Me pidió que ofreciese por él todo cuanto pudiera hacer y sufrir durante tres meses, y habiéndoselo prometido, después de haber obtenido para esto el permiso de mi superiora, me dijo que la causa de sus grandes sufrimientos era, ante todo, porque había preferido el interés propio a la gloria divina, por demasiado apego a su reputación; lo segundo, por la falta de caridad con sus hermanos, y lo tercero, por el exceso del afecto natural que había tenido a las criaturas y de las pruebas que de él les había dado en las conferencias espirituales, lo cual desagradaba mucho al Señor.

Muy difícil me sería el poder explicar cuánto tuve que sufrir en estos tres meses. Porque no me abandonaba un momento, y al lado donde él se hallaba me parecía verle hecho un fuego, y con tan vivos dolores, que me veía obligada a gemir y llorar casi continuamente.

Movida de compasión mi Superiora me señaló buenas penitencias, sobre todo disciplinas, porque las penas y sufrimientos exteriores que por caridad me hacían sufrir aliviaban mucho las otras interiores impuestas por la santidad de amor, como pequeño trasunto de lo que hace sufrir a estas pobres almas.

Al fin de los tres meses le vi de bien diferente manera: colmado de gozo y gloria, iba a gozar de su eterna dicha, y dándome las gracias, me dijo que me protegería en la presencia de Dios.

Había caído enferma; pero, cesando con el suyo mi sufrimiento, sané al punto.

Autobiografía de santa Margarita María de Alacoque, 5° Edición, Apostolado Mariano, Sevilla, N° 98, pgs. 111-113.



EL FINADO PEDRO EN LOS TRIBUNALES

El siguiente admirable suceso nos demuestra, por un lado, cuán preferible es el padecer los tormentos del purgatorio al exponerse a peligro de ofender a Dios, y por otro nos confirma en dos verdades de nuestra fe, a saber: la existencia de las penas de la otra vida y la eficacia de las oraciones de los santos para librarnos de ellas. Y este tan grande y estupendo prodigio no se obró en oculto, ni a la vista de solas algunas personas; se obró a presencia del rey de Polonia, Boleslao, de los grandes de la corte y de todos los habitantes de la populosa ciudad de Cracovia.

Izydor Leszczynski,
Resurección de Pedro
San Estanislao, Obispo de la ciudad, había comprado una posesión para su iglesia a un ciudadano llamado Pedro, que la poseía y pudo venderla legítimamente, el cual, procediendo de tan buena fe como el Santo, se contentó con recibir el precio convenido, sin usar de la formalidad de escritura, etcétera. 

Pasados tres años de la muerte del vendedor Pedro, ciertos sobrinos y herederos suyos, sabiendo que el rey estaba descontento con el Obispo, porque, cumpliendo el Santo con las obligaciones de su ministerio, le advertía sus públicos extravíos, juzgaron que era ésta buena ocasión para entablar demanda, reclamando como herederos la posesión vendida. La entablaron, en efecto, alegando ser suya la posesión, y que Estanislao la había adquirido y poseía injustamente. Admitió el rey gustoso la demanda, sabiendo que no había escritura que acreditase la justa posesión, y seguro, por otra parte, de que los testigos se guardarían bien de deponer en su presencia a favor del Obispo; de lo que resultó que el Santo fue condenado a devolver la finca a los herederos. 

No por esto se desanimó Estanislao; protestó en público contra la iniciada sentencia, y añadiendo que si los vivos no se atrevían a dar testimonio de la verdad, iría a buscar entre los muertos quien la testificase; pidió tres días de término para presentar ante el tribunal al vendedor Pedro, que aunque muerto mucho tiempo antes, se ofrecía a hacerle comparecer, para que dijese lo que convenía a la justicia. La petición fue recibida con risa y concedida con befas, para tener ocasión, según juzgaban, de mortificar al santo Obispo con mayores escarnios.

El santo dejó el tribunal, y reuniendo sus canónigos oraron juntos por tres días, ayunando en ellos y pasando asimismo la noche para rogar con más fervor al Señor se dignase volver por su causa. Llegado el tercer día, celebró de pontifical, y concluida la Misa, ordenado el clero y pueblo en procesión, se dirigió con toda solemnidad al cementerio donde hacía tres años estaba Pedro sepultado. Mandó que levantada la lápida, se sacase también la tierra de la sepultura, y cuando apareció el esqueleto, arrodillándose y alzando los ojos al cielo, pidió con breve oración la reanimación de aquellos huesos. En seguida, y tocándolos con el báculo pastoral, les dijo con la firmeza que inspira la fe viva: 

“¡Pedro, escucha la voz del Señor. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo te mando que te levantes, y vengas conmigo a dar testimonio de la verdad!...”

Los huesos se movieron, la tierra se convirtió en carne, el muerto se levantó, salió del sepulcro sin ayuda de nadie, y colocado al lado del Obispo se ordenó nuevamente la procesión, que marchó en dirección del regio tribunal.

El rey, que no se había olvidado del compromiso, no faltó a la hora señalada, y menos los grandes y jueces, los cuales juzgaron en aquel caso ser un deber especial acompañar al rey en su diversión. Se dio parte de que Estanislao venía al tribunal en solemne procesión, trayendo consigo resucitado al vendedor Pedro. No quería creerlo el rey, pero llegó el Obispo, y presentando al resucitado Pedro ante el tribunal, dijo:

“Este es Pedro, el que me vendió la posesión; preguntadle y que responda. El hombre es conocido, y su sepultura está abierta: su testimonio es de más peso que el de cuantos hombres y documentos pudieran presentarse en contrario.” 

Entonces Pedro, con voz firme y clara dijo: 

“He recibido el precio justo de la posesión que este santo prelado compró para su iglesia: el contrato fue legal; la posesión es justa; mis sobrinos Pedro, Santiago y Estanislao no tienen razón alguna en lo que pretenden.” 

Y volviéndose a ellos, les dijo: 

“Si no desistís de vuestro propósito de molestar al justísimo poseedor, os prevengo que pronto, y después de una muerte infeliz, compareceréis ante el tribunal del Juez incorruptible a dar cuenta de vuestra inicua pretensión.” 

Difícil era encontrar réplica a tales palabras. Enmudecieron todos, rey, jueces y herederos, no quedando otro arbitrio que hacer justicia, como en efecto se hizo, ordenando el tribunal que, devuelta la posesión a la iglesia de Estanislao, no se le inquietase más sobre ello.

Terminada felizmente la causa, y antes de conducir a Pedro a su sepulcro, le preguntó Estanislao si quería vivir algún tiempo. Pedro respondió que prefería morir otra vez y volver a la sepultura, más bien que con peligro de pecar, gozar poco ni mucho de esta vida miserable. Dijo en seguida que todavía se hallaba en el purgatorio, pero que le restaba poco tiempo, y que si prefería el morir era porque, estando seguro de su salvación, aunque sufría atrocísimos tormentos, sería gran demencia engolfarse nuevamente en las borrascas del mundo con peligro de pecar y perderse.

”La única gracia que os pido, — añadió — es que imploréis sobre mí la misericordia de Dios para que cuanto antes llegue el fin de mis padecimientos; ayudadme, pues, con vuestros sufragios”. 

Dicho esto, mandó Estanislao que se ordenase nuevamente la procesión, la cual por esta vez se componía de los elementos de la primera, y de los habitantes todos de la populosa ciudad, porque habiendo corrido por sus barrios la voz de suceso tan extraordinario, todos quisieron cerciorarse por sí mismos de lo que oído les parecía, por lo estupendo, increíble. Llegados al sepulcro y entrado Pedro en él, mandó el Obispo que se le leyese la recomendación del alma, concluida la cual, en un mismo y solo instante fueron vistos allí el hombre vivo y los huesos que antes había; muriendo así segunda vez para vivir eternamente con Dios. 

Ni debemos dudar que empezase luego tan dichoso estado, atendida la multitud de fervorosas oraciones, y en particular las del Taumaturgo, que en aquel instante se hicieron por él. 

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 113-117.



sobota, 18 listopada 2017

YO TE DARÉ LA MAESTRA BAJO CUYA GUÍA PODRÁS LLEGAR A SER SABIO Y CON LA CUAL TODA CIENCIA ES NECEDAD - EL SUEÑO DE SAN JUAN BOSCO SOBRE SU MISIÓN FUTURA

Este primer sueño que se ha de considerar como el «gran sueño», como el «sueño-clave», de los muchos con que la Divina Providencia ilustró la vida de San Juan Bosco; tuvo lugar en el año 1824, cuando el santo apenas contaba nueve años de edad; siendo su escenario la aldeita de Becchi, perteneciente al partido de Castelnuovo de Asti, en el Piamonte. Vivía a la sazón el niño Juanito Bosco con su madre Margarita Occhiena, con la abuela paterna y con dos hermanos más: Antonio, fruto del primer matrimonio del padre difunto, y José, primogénito de Margarita y de Francisco Bosco (...)

Basílica de María Auxiliadora en Valdocco, Turín, construida por Don Bosco a partir de 1860.

«Apenas contaba nueve años — dice el mismo Don Bosco — cuando tuve un sueño que me quedó profundamente impreso durante toda la vida. Me pareció estar cerca de mi casa; en un amplio patio en el que una gran muchedumbre de niños se divertía. Unos reían, otros jugaban y no pocos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias me arrojé inmediatamente en medio de ellos, empleando mis puños y mis palabras para hacerlos callar. En aquel momento apareció un Hombre de aspecto venerado, de edad viril, noblemente vestido. Un manto blanco cubría toda su persona y su rostro era tan resplandeciente, que yo no podía mirarlo con fijeza. Me llamó por mi nombre y me ordenó que me pusiese al frente de aquellos muchachos añadiendo estas palabras: 

— No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganarte a estos amigos tuyos. Ponte, pues, inmediatamente a hacerles una instrucción sobre la fealdad del pecado y sobre la belleza de la virtud.

Confuso y aturdido le repliqué que yo era un pobre niño ignorante; incapaz de hablar de religión a aquellos jovencitos. En aquel momento los muchachos cesaron en sus riñas, gritos y blasfemias, rodeando al que hablaba. Yo, sin saber lo que me decía, añadí:

— ¿Quién es Usted que me manda cosas imposibles?
— Precisamente porque te parecen imposibles, debes hacerlas posibles con la obediencia y con la adquisición de la ciencia.
— ¿Dónde y con qué medios podré adquirir la ciencia?
— Yo te daré la Maestra bajo cuya guía podrás llegar a ser sabio y con la cual toda ciencia es necedad.
— Pero ¿quién es Usted que me habla de esa manera?
— Yo soy el Hijo de Aquella a quien tu madre te ha enseñado a saludar tres veces al día.
— Mi madre me ha dicho que no me junte con quien no conozco sin su permiso; por eso, dime tu nombre.
— Mi nombre, pregúntaselo a mi Madre.

En aquel momento vi junto a Él, a una Señora de majestuoso aspecto, vestida con un manto que resplandecía por todas partes como si cada punto de él fuese una fulgidísima estrella. Al verme cada vez más confuso en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercara a Ella; y tomándome de la mano bondadosamente:

— ¡Mira! — me dijo.

Observé a mi alrededor y me di cuenta de que todos aquellos niños habían desaparecido y en su lugar vi una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y otros animales diversos.

— He aquí el campo en el que debes trabajar — continuó diciendo la Señora. — Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas en este momento que sucede a estos animales, tendrás tú que hacerlo con mis hijos.

Volví entonces a mirar y he aquí que, en lugar de los animales feroces aparecieron otros tantos corderillos que, retozando y balando, corrían a rodear a la Señora y al Señor como para festejarles. Entonces, siempre en sueños, comencé a llorar y rogué a Aquella Señora que me explicase el significado de todo aquello, pues yo nada comprendía. Entonces Ella, poniéndome la mano sobre la cabeza, me dijo:

— A su tiempo lo comprenderás todo.

Dicho esto, un ruido me despertó y todo desapareció.

Yo quedé desconcertado. Me parecía que me dolían las manos por los golpes que había dado y la cara por las bofetadas recibidas de aquéllos golfillos. Además, la presencia de Aquel Personaje y de Aquella Señora; las cosas dichas y oídas, me absorbieron la mente de tal modo, que en toda la noche no me fue posible volver a conciliar el sueño. A la mañana siguiente conté inmediatamente el sueño, en primer lugar, a mis hermanos, que comenzaron a reír; después, a mi madre y a la abuela. Cada uno lo interpretó a su manera. Mi hermano José dijo:

— Sin duda serás pastor de cabras, de ovejas y de otros animales.

Mi madre:

— ¡Quién sabe si algún día llegarás a ser sacerdote!

Antonio dijo con acento burlón:

— Tal vez llegues a ser capitán de bandoleros.

Pero la abuela, que sabía mucha teología aunque era analfabeta, dio la sentencia definitiva diciendo:

— No hay que hacer caso de los sueños.

Yo era del parecer de la abuela; con todo, no me fue posible borrar de la mente aquel sueño...

Lo que expondré a continuación prestará alguna aclaración a lo que antecede. Nunca más volví a contar este sueño; mis parientes no le dieron importancia; pero cuando en el año 1858 fui a Roma para tratar con el Papa Beato Pío IX de la Congregación Salesiana, el Sumo Pontífice me hizo contarle minuciosamente todo aquello que tuviese, aunque sólo fuese apariencias, de sobrenatural. Entonces narré por primera vez el sueño que tuve a la edad de nueve años. El Papa me ordenó que lo consignase todo por escrito en su sentido literal y de forma detallada, para mayor estímulo de los hijos de la Congregación, en cuyo interés había yo realizado aquel viaje a Roma».

(Fuente: Los Sueños de San Juan Bosco, 
traducción del p. Francisco Villanueva, sueño 1)

środa, 15 listopada 2017

GRANDES FUNERALES EN LA CORTE

El presente sueño está relacionado con la actitud del Parlamento Piamontés y del ministro Cavour, que pretendían poner en vigor la ley Ratazzi, sobre supresión de los bienes eclesiásticos y prácticamente de las Órdenes religiosas. San Juan Bosco, previendo los males que con ello se ocasionarían a la Iglesia, deseaba apartar de la Casa Real de Saboya las divinas amenazas que sobre ella se cernían, y a él reveladas. Y, en consecuencia, he aquí el sueño que tuvo hacia finales del mes de noviembre de 1854. 

Don Bosco
«Le pareció encontrarse en el lugar donde se levanta el pórtico central del Oratorio, obra entonces en construcción, junto a la bomba hidráulica colocada en la pared de la Casita Pinardi. Estaba rodeado de sacerdotes y clérigos. De pronto vio que avanzaba hacia el centro del patio un paje de la Corte vestido de uniforme rojo, el cual, apresuradamente llegó adonde San Juan Bosco se encontraba, pareciéndole al Santo oírle gritar: 

— ¡Una gran noticia! 
— ¿Qué noticia?, — le preguntó San Juan Bosco. 
— ¡Anuncia! ¡Gran funeral en la Corte! ¡Gran funeral en la Corte! 

San Juan Bosco, ante esta imprevista aparición y al escuchar aquel anuncio quedó como petrificado, mientras el pajecillo volvía a repetir: 

— ¡Gran funeral en la Corte! 

San Juan Bosco quiso entonces preguntarle algo más sobre su fúnebre anuncio, pero al intentar hacerlo, el paje había desaparecido. 

Habiéndose despertado, el Santo estaba como fuera de sí, y al comprender el misterio de aquella aparición, tomó la pluma y comenzó a redactar una carta dirigida a Víctor Manuel, poniendo en ella de manifiesto cuanto le había sido anunciado y relatando en ella el sueño con toda sencillez. 

Después del mediodía llegó al comedor con un poco de retraso. Los jóvenes recuerdan aún cómo siendo aquel año de un frío intensísimo, Don Bosco llevaba puestos unos guantes muy viejos y estropeados y entre las manos un paquete de cartas. Se formó entonces un corro a su alrededor. Estaban presentes Don Alasonatti, Ángel Savio, Cagliero, Francesia, Juan Turchi, Reviglio, Rúa, Afifossi, Buzzetti, Enría, Tomatis y otros, en su mayoría clérigos. San Juan Bosco comenzó a decir sonriendo: 

— Esta mañana, queridos hijos, he escrito tres cartas a otros tantos personajes: al Papa, al rey y al verdugo. 

La risa fue general al sentir pronunciar unidos los nombres de estos tres personajes. En cuanto a la referencia del verdugo, a nadie le cogió de sorpresa, pues todos sabían que el Santo tenía amistad con los empleados de la cárcel y que precisamente el verdugo era un cristiano ejemplar, ejerciendo la caridad para con los pobres lo mejor que podía. Solía escribir las solicitudes que la gente del pueblo quería hacer al rey o a las autoridades y a la sazón le amargaba una pena muy honda, pues había tenido que retirar de las escuelas públicas a un hijo suyo, porque los compañeros huían de él por ser el hijo del verdugo. 

En cuanto al Papa Beato Pío IX, nadie ignoraba la correspondencia que San Juan Bosco mantenía con el Vicario de Cristo. Por tanto, lo que intrigaba a los oyentes era el hecho de que el siervo de Dios hubiese escrito al rey, tanto más que todos sabían lo que el santo pensaba sobre la usurpación de los bienes de la Iglesia. San Juan Bosco no tuvo a sus oyentes en vilo mucho tiempo y así les manifestó de inmediato cuanto había escrito al monarca aconsejándole que no permitiese la tramitación de tan infausta ley. Les narró, pues, el sueño que había tenido, terminando el relato con estas palabras: 

— Este sueño me ha causado mucho malestar y me ha fatigado mucho. 

San Juan Bosco parecía muy preocupado en aquella ocasión, exclamando de vez en cuando: 

— ¿Quién sabe?... ¿Quién sabe?... Recemos... recemos... 

Sorprendidos los clérigos, al oír el relato del sueño comenzaron a hacer cábalas y a preguntarse mutuamente si se sabía si en el palacio real había algún noble enfermo; todos concluyeron que nada se podía asegurar sobre el particular. 

San Juan Bosco, entre tanto, llamando al clérigo Ángel Savio, le entregó una carta. 

— Cópiala — le dijo — y anuncia al rey: ¡Gran funeral en la Corte! 

El clérigo Savio hizo lo que se le había indicado, pero el rey, según se supo después por los confidentes del monarca, leyó el escrito con indiferencia y no hizo caso de lo que se le decía. 

Habían pasado unos cinco días de este sueño y San Juan Bosco volvió soñar la noche siguiente. 

Le pareció estar en su habitación sentado a su escritorio, escribiendo, cuando oyó el ruido de los cascos de un caballo en el patio. 

De pronto ve que se abre la puerta y que aparece el pajecillo con su librea roja y que, yendo hasta el centro de la habitación, se detiene y grita: 

— ¡Anuncia!: No gran funeral en la Corte, sino ¡grandes funerales en la Corte! 

Y repitió estas mismas palabras dos veces. Seguidamente se retiró apresuradamente, cerrando la puerta tras de sí. San Juan Bosco deseaba saber algo más, quería interrogarlo, pedirle alguna explicación, para lo cual se levantó de la mesa y corrió al balcón viendo al emisario subir al caballo. Lo llamó, le preguntó por qué había venido para repetirle el mismo anuncio, pero aquél se alejó gritando: 

— ¡Grandes funerales en la Corte! 

Al amanecer, el mismo San Juan Bosco dirigió al rey otra carta, en la que le contaba este segundo sueño y concluía advirtiendo a su majestad que pensase en conducirse de manera de poder conjurar los graves castigos que se cernían sobre la Casa Real, pidiéndole al mismo tiempo se opusiese a la ley en cuestión. 

Por la noche, después de la cena, encontrándose San Juan Bosco en medio de los clérigos, les dijo: 

— ¿No sabéis que tengo que deciros algo más extraño que lo del otro día? 

Y seguidamente les contó cuanto había visto en sueños la noche anterior. Entonces, los clérigos, sin poder disimular su extrañeza, le preguntaron qué significarían aquellos anuncios de muerte. Es de suponer la ansiedad general a la espera de que se cumpliesen estos vaticinios. 

San Juan Bosco manifestó claramente al clérigo Cagliero y a algunos otros, que se trataba de las amenazas y castigos con que el Señor daría a conocer su indignación contra aquellos que habían acarreado males a su Iglesia y que se estaban preparando otros mayores. 

En aquellos días el siervo de Dios se mostraba apenadísimo, oyéndosele exclamar frecuentemente: 

— Esta ley atraerá sobre la Casa reinante graves desgracias. 

Todas estas cosas se las manifestaba a los suyos para inducirlos a rezar por el rey, rogando a la misericordia divina impidiese la dispersión de tantos religiosos y la pérdida de tantas vocaciones. 

Entretanto, el rey había confiado aquellas cartas al marqués Fossati, que después de leerlas se personó en el Oratorio y dijo a Don Bosco: 

— ¡Oh! ¿Le parece esta una bonita manera de poner en vilo a toda la Corte? El rey está profundamente turbado e impresionado, pero, sobre todo, su indignación no tiene límites. 

San Juan Bosco le replicó: 

— ¿Pero, si lo escrito en las cartas es cierto? Siento haber ocasionado este disgusto a mi soberano, pero, en resumidas cuentas, se trata de su bien y del bien de la Iglesia. 

Los avisos dados por San Juan Bosco fueron desoídos. El 28 de noviembre de 1854, el ministro Urbano Raitazzi presentaba a los diputados un proyecto de ley para la supresión de las Órdenes religiosas. El ministro de Finanzas, Camilo Cavour, estaba dispuesto a que dicha ley se aprobara a todo trance. Estos señores se basaban en la idea de que fuera del cuerpo civil no hay ni puede darse sociedad a él superior y de él independiente; que el Estado lo es todo y que, por tanto, ningún ente moral, ni siquiera la Iglesia Católica, puede existir sin el conocimiento y el consentimiento de la autoridad civil. Por eso, dicho poder, al no reconocer a la Iglesia Católica el derecho de dominio sobre los bienes eclesiásticos y sobre las corporaciones religiosas, defendía que éstas tenían que depender de la autoridad civil debiendo modificarse su forma de existencia o extinguirse por voluntad de la misma soberanía y, por ende, el Estado, heredero de toda personalidad civil que no tenga sucesión, se convertiría en el propietario único y absoluto de todos sus bienes. 

Error colosal, pues tales patrimonios, cuando una Congregación u Orden religiosa dejase de existir por cualquier motivo, no quedaban sin dueño, debiendo ser devueltos a la Iglesia de Jesucristo, representada por el Sumo Pontífice, aunque los adoradores del Estado se empeñasen en negarlo. 

La noticia de la presentación de este proyecto de ley ocasionó un vivísimo dolor a los buenos católicos y a San Juan Bosco. Él, para secundar la voluntad del cielo, había amonestado reiteradamente al soberano; proceder justo pero peligroso, cuyas consecuencias se podían prever. Otra persona, por serena y resuelta que fuese, en medio de tantas adversidades, habría vivido necesariamente en un continuo estado de inquietud. San Juan Bosco, en cambio, permaneció siempre imperturbable, encontrando el vigor necesario en el Corazón Sacratísimo de Jesús Sacramentado y en el auxilio de su celestial Madre. 

Mientras se discutía la inicua ley contra los bienes eclesiásticos, un doloroso acontecimiento vino a interrumpir la labor de los diputados. El 5 de enero de 1855 la reina madre María Teresa enfermó de improviso y aunque toda la noche estuvo atormentada por una gran sed, no quiso beber para poder comulgar el día de la Epifanía; pero no pudo levantarse. 

El rey Víctor Manuel escribía al general Alfonso La Marmora: «Mi madre y mi esposa no hacen más que repetirme que morirán de disgusto por mi culpa». 

La augusta enferma moría el 12 de enero, poco después del mediodía, a la edad de cincuenta y cuatro años. La Cámara, para manifestar al rey su pesar, suspendió sus trabajos. 

Gran desgracia fue para el Piamonte la pérdida de María Teresa, que repartía diariamente entre los necesitados limosnas sin cuenta. El luto fue universal, como universales fueron las bendiciones que de todas partes se elevaron a su memoria. 

Mientras se cerraba aquel féretro, llegaba a manos del rey otra carta misteriosa que decía, sin nombrar a nadie: «Persona iluminada a lo alto ha dicho: si la ley prosigue adelante, nuevas desgracias acaecerán a tu familia. Esto no es más que el preludio de los males futuros. Erunt mala super mala in domo tua. Si no vuelves atrás, abrirás un abismo que no podrás salvar». 

El soberano, después de leer esta carta quedó aterrado, y presa de la más viva inquietud no hallaba reposo en nada. 

Los solemnes funerales por el alma de María Teresa se celebraron en la mañana del 16, el féretro fue transportado a Superga bajo una temperatura extrema que hizo enfermar a muchos soldados y también al conde de Sangicsto, escudero de la reina. Aún no había regresado la Corte de rendir los últimos honores a la madre de Víctor Manuel, cuando la familia real fue llamada con urgencia para que asistiese al Viático de la nuera de la difunta. La reina María Adelaida, al sobrevenir la muerte de María Teresa, estaba en el cuarto día del puerperio, habiendo dado felizmente a luz un niño. Ella, que tanto amaba a la reina madre, sintió un tan vivo dolor al enterarse de su muerte, que, atacada por una metro-gastroenteritis, se vio reducida a los extremos. A las tres de la tarde se le administró el Viático, que fue llevado de la Real Capilla de la Santa Sábana. Una multitud inmensa acudía a todos los templos para impetrar del cielo la salud de la soberana. Todo el Piamonte se asoció al dolor de la familia real cumpliéndose aquel dicho de «que en el Piamonte, las desventuras del rey son las desgracias del pueblo». Pero el día 20 le fue administrada la Extremaunción a la enferma, que entró en agonía, expirando a las seis de la tarde en el beso del Señor, a la temprana edad de treinta y tres años. 

Y no terminó aquí el luto de la Casa de Saboya. La misma tarde le fue dado el Viático a su Alteza Real Don Fernando, duque de Genova, enfermo desde hacía tiempo; era el duque de Genova el único hermano del rey Víctor Manuel. El soberano se sintió abrumado por este cúmulo de dolores. 

El día 21, la Cámara de diputados se reunía a las tres de la tarde, y al comunicársele la noticia de la muerte de la reina, deliberó observar trece días de luto y la suspensión de las reuniones por espacio de diez. 

Los funerales de María Adelaida se celebraron el 24 de enero, siendo conducido el féretro a Superga. Los clérigos del Oratorio estaban aterrados al comprobar cómo se realizaban de una manera tan fulminante las profecías de San Juan Bosco, y la impresión era tanto mayor cuanto que formaban parte de cada uno de los cortejos fúnebres de las personas reales desaparecidas. Circunstancia particular: el frío era tan intenso que el gran maestro de ceremonias de la Corte, al ser trasladado el féretro de la reina Adelaida, permitió al clero usar abrigos especiales y cubrirse la cabeza. Para el Oratorio aquellos acontecimientos constituían una gran desgracia y los clérigos decían a San Juan Bosco: 

— Ya se ha realizado su sueño. ¡En verdad que han sido grandes funerales, según anunciaba el pajecillo! No sabemos si la Justicia divina estará ya satisfecha. 

San Juan Bosco, en efecto, debía conocer mucho más de lo que había anunciado. 

La condesa Felicita Crabosio-Anfossi — cuenta Don Lemoyne — nos mandó el siguiente testimonio por ella firmado: 

«Corría el año de 1854 y rogué a [San] Juan Don Bosco que aceptase en el Oratorio a un hermano de leche de mi hijo, que había quedado huérfano de padres. [San] Juan Bosco lo aceptó con la condición de que, estando yo en la Corte como estaba, me presentase a las soberanas para obtener de su caridad dos mil francos que el siervo de Dios necesitaba para poder pagar una deuda urgente. Yo le prometí hacerlo, y en efecto, estaba resuelta a cumplir mi promesa; pero, después surgieron algunas dificultades que me hicieron diferir las visitas a las augustas señoras, las cuales, en aquel tiempo, se habían ausentado de Turín, viviendo en una finca del conde Cays de Giletta. Habiendo ido yo también al campo, volví a la ciudad ya muy avanzado el otoño y seguidamente fui a entrevistarme con [San] Juan Don Bosco, el cual me dijo inmediatamente: 

— He aceptado a su protegido, pero usted no ha cumplido aún su promesa; no habló a las soberanas de mi deuda con el panadero. 

— Es cierto — repliqué un poco confusa, — pero tenga la seguridad de que apenas las augustas señoras estén de regreso en Turín, no dejaré de cumplir lo prometido. 

Mientras yo hablaba, [San] Juan Don Bosco hacía con la cabeza un movimiento como indicando que no, y con una sonrisa un tanto triste, me dijo: 

— ¡Paciencia! Pueden suceder tantas cosas que, a lo mejor, a usted no le es posible hablar más con las soberanas. 
— ¿Por qué dice eso? 
— Porque es así; usted no verá más a las reinas. 

Quince días después, encontrándome en la casa de unos nobles, supe el regreso de las soberanas a Turín y que la reina María Teresa estaba tan enferma que le habían administrado los Santos Sacramentos. Pronto recibimos la noticia de su fallecimiento. Ocho días más tarde moría la joven reina María Adelaida, ambas lloradas y veneradas como dos soberanas santas. Solamente entonces recordé las palabras de [San] Juan Bosco, no dudando de su espíritu verdaderamente profético. 

Fuente: Los Sueños de San Juan Bosco, traducción del p. Francisco Villanueva
(Tomo V, pgs. 176-181, sueño 18) 







poniedziałek, 13 listopada 2017

SANGRE ES LO QUE YO NECESITO PARA REFRIGERARME EN LAS ARDENTÍSIMAS PENAS QUE PADEZCO

— ¿Para qué fines se ofrece, pues, la Santa Misa?
— El sacrificio de la Santa Misa se ofrece a Dios para cuatro fines: 1º., para honrarle como conviene, y por esto se llama latréutico; 2º., para agradecerle sus beneficios, y por esto se llama eucarístico; 3º., para aplacarle, para darle alguna satisfacción de nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del purgatorio, por lo cual se llama propiciatorio; 4º., para alcanzar todas las gracias que nos son necesarias, y por esto se llama impetratorio.
Catecismo Mayor N° 660

Beato Enrique Suso
(Heinrich Seuse),
Grabado en madera
del siglo XV
En la Universidad de Colonia estudiaban facultad mayor dos religiosos de la orden de Santo Domingo, célebres ambos por su saber y virtudes: el beato Enrique Susón, y otro de no menor perfección. El hábito, la igualdad de ciencia que estudiaban y la virtud, los unían en la más estrecha amistad. No había entre ellos secreto, ni aun de los dones sobrenaturales que Dios les comunicaba; y así es que Enrique manifestó al otro el secreto ignorado de muchos, de llevar sobre su corazón el nombre santísimo de Jesús grabado a fuego, y de lo que quedó tan conmovido el buen religioso, que no contento con tocar aquellos sagrados caracteres, los besó y bañó con sus lágrimas.

Concluidos los estudios y debiendo partir cada uno para su convento, hicieron antes el santo contrato de que muerto el uno, el otro debería auxiliar al difunto con dos Misas cada semana, el lunes de Réquiem y el viernes de Pasión, mientras el rito lo permitiese. Hecho este acuerdo, se abrazaron y partieron. 

Pasados algunos años, supo Enrique haber pasado a mejor vida su buen compañero, a quien desde luego encomendó a Dios y continuó haciéndolo todos los días, y no una sola vez, sino varias en cada uno; pero en medio de esto nunca le vino a la memoria lo pactado en Colonia respecto a las dos Misas cada semana. 

Oraba Enrique una mañana en una capilla interior del convento, cuando he aquí que se le presenta el amigo antiguo, que con palabras propias de sus padecimientos y de la justísima causa que tenía para quejarse de su amigo, le echa en cara el haber olvidado el santo acuerdo que la cordial amistad de ambos había firmado y sellado al despedirse en Colonia. El beato Enrique Susón se defendió lo mejor que pudo, culpando a su memoria y asegurándole que fuera de esto le había ayudado con oración continua y otros sufragios.

— Lo sé, hermano mío, — replicó el difunto, — pero no basta. ¡Sangre, Enrique (exclamó levantando la voz), sangre es lo que yo necesito para refrigerarme en las ardentísimas penas que padezco, y para abreviar el tiempo de ellas! No bastan a mis graves necesidades ni tus oraciones, aunque fervorosas, ni tus penitencias, aunque rigidísimas; se necesita que la Sangre de Jesucristo que se ofrece en el sacrificio de la Misa, baje a templar la vehemencia de las llamas que me atormentan: ésta es el agua que refrigera y al fin apaga el fuego. 

— Está bien, hermano mío, — contestó Enrique enternecido. — Misas tendrás, y las tendrás en mucho mayor número que el que te prometí. 

En efecto, Enrique suplió la falta haciendo celebrar un número muy considerable de Misas en poco tiempo; por manera que aún continuaban celebrándose cuando, el poco antes afligidísimo amigo, se presentó de nuevo rodeado de luz y colmado de gozo, y después de abrazarle tiernamente y de besar el santísimo nombre de Jesús que llevaba grabado en el pecho, se elevó hacia el cielo, para ir a ver cara a cara aquel Dios que, escondido bajo las especies sacramentales, había obtenido el fin de sus padecimientos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 111-113.



poniedziałek, 6 listopada 2017

SANTA USURA DEL QUE APLICA SUS PROPIAS OBRAS SATISFACTORIAS EN SUFRAGIO DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

— ¿Por que después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos? 
— Después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos, que están en el purgatorio, porque conviene que la Iglesia militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia triunfante, acuda al alivio de la Iglesia purgante con un general y solemne sufragio.
Catecismo Mayor N° 214


Miguel Cabrera, Santa Gertrudis
Dejó escrito Dionisio, por sobrenombre el Cartujano, que la admirable Santa Gertrudis, al levantar su corazón a Dios por las mañanas, hacía oferta en sufragio de las ánimas del mérito de sus oraciones, satisfacciones, penitencias y de todas sus obras satisfactorias; y para mejor emplearlas, suplicaba al Salvador se dignase manifestarle las almas que más lo necesitaban, para aliviarlas con preferencia. El Señor, que se complace en hacer la voluntad de los que lo temen, le mostraba por orden las almas más afligidas, y sin más la caritativa Gertrudis se aplicaba a socorrerlas con vigilias, ayunos, todo género de mortificación, y principalmente con amorosas súplicas a su divino Esposo para inclinarle a piedad, sin dejarle, digámoslo así, de la mano hasta que obtenía la gracia. Eficacísima era su oración, e inefable el consuelo que recibía cuando presentándose las almas (como acaecía con frecuencia) a darle gracias, recogía el fruto de sus lágrimas.

Avanzaba en edad y cercana ya a la muerte, fue asaltada del espíritu maligno con una tentación que la puso en grande congoja: porque su asalto fue tan fiero cuanta era su desesperación por verse arrebatar por una simple mujer tantas almas de las manos. Le metió en la cabeza que había hecho un lastimoso desperdicio de sus obras satisfactorias y que, estando ya próxima a partir de este mundo, pronto se vería en un durísimo purgatorio, que podría haber evitado reservando para sí lo que tan inconsideradamente había cedido en beneficio de otros. 

— ¡Infeliz de mí! — decía — pronto daré exactísima cuenta de mis faltas, que juzgándolas como las juzgará Dios con su vista más clara y penetrante que el sol, ¿cuántas manchas no encontrará en esta pobre alma? ¿Y con qué satisfaré, si todo lo que ahora me podría servir lo he desperdiciado, cediéndolo a favor de los difuntos?

Hacía éstas y otras tan dolorosas exclamaciones, cuando he aquí que apareciéndosele su divino Esposo Jesucristo, le dice:

— ¿Qué tienes, Gertrudis, que tanto te aflige?
— Señor — respondió, — me aflijo porque estando próxima a morir y sufrir el juicio de mis pecados, me encuentro sin capital de buenas obras para satisfacer por ellos, porque, como sabéis, las he cedido todas en beneficio de las ánimas.

El Salvador entonces, consolándola, le dijo con amorosísimo semblante: 

— ¿Y así te olvidas — hija mía — de quién yo soy? ¿Crees tú que me has de vencer en generosidad? Pues para que veas cuán acepta me ha sido tu caridad con el prójimo, en premio de esto te condono todas las penas que mereces por tus culpas. Además, porque he prometido el ciento por uno a los que acometen santas empresas, te quiero premiar ventajosamente, aumentándote la gloria en la eterna bienaventuranza; y sobre esto dispondré que en el instante en que tu espíritu salga de la prisión del cuerpo, comparezcan todas las almas que has rescatado con tu caridad, para que acompañada de todas ellas hagas entrada triunfal en el cielo...

Dejo a la consideración del lector cuánto sería el consuelo de la santa virgen al oír promesas tan magníficas de la boca misma del Salvador. Dice el historiador (y en verdad no cuesta trabajo el creerlo), que en lo que sobrevivió a esta consoladora aparición del Salvador, redobló la Santa el fervor para rogar por las almas, de manera que hasta el último suspiro fueron objeto de su caridad.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 108-111.

niedziela, 5 listopada 2017

DIOS TE HA RESERVADO LO DOBLE

— ¿Qué fruto hemos de sacar de la Conmemoración de todos los fieles difuntos? 
— De la Conmemoración de todos los fieles difuntos hemos de sacar este fruto:

1º, pensar que también nosotros hemos de morir presto y presentarnos al tribunal de Dios para darle cuenta de toda nuestra vida; 

2º, concebir un gran horror al pecado, considerando cuán rigurosamente lo castiga Dios en la otra vida, y satisfacer en ésta a la justicia divina con obras de penitencia por, los pecados cometidos.
Catecismo Mayor N° 217


Un hombre, enormísimo pecador, fue exhortado de todos a confesarse en la hora de su muerte, pero se resistió a todos cabalmente. Llamaron entonces a un confesor muy santo y austero que habitaba muchos años el desierto. Llegó éste; se le resistió también el moribundo; y como fuese la causa de su resistencia la innumerable cantidad de sus pecados, y la ninguna penitencia que por ellos había hecho, le dijo, inspirado de Dios, el confesor:

— Si te animas, te doy, Dios mediante, la satisfacción de todas las obras buenas, mortificaciones y penitencias que yo había hecho en toda mi vida, y todas las que había de hacer en adelante.

Respondió el moribundo que sí, y entonces el confesor se lo otorgó, y se valió del ardid de decirle: 

— Pues mira, para que yo dé cabal satisfacción de tus culpas, he de saber cuántas y cuáles son.

Se lo pareció bien al moribundo y se las dijo. Después de haberlas oído, el confesor le dispuso a que se doliese de ellas, y le absolvió, y el penitente expiró al punto. 

Después se le apareció, anegado en refulgentes nubes de gloria, y le dijo: 

— Debo a la donación que me hiciste de tus satisfacciones, el subirme al cielo, y librarme de prolongado y terrible purgatorio qué me amenazaba.

Y preguntándole el confesor si las había él mismo perdido por habérselas dado, le respondió el bienaventurado: 

— ¿Cómo perder? Es doblado el premio que por éstas tienes.

Deus tibi reservavit duplicata (Dios te ha reservado lo doble). 

Fuente: José Boneta, Gritos del purgatorio, y medios para acallarlos. Libro primero y segundo dedicados a María Santísima del Carmen, 
Barcelona, pgs. 260-261.

AGRADECIDA CORRESPONDENCIA DE LAS ÁNIMAS A UN BIENHECHOR SUYO (VISIÓN DE UN VICARIO)

Sería prácticamente imposible describir su ilimitada gratitud [la de las santas almas] para con aquellos que las ayudan. Llenas de un inmenso deseo de pagar los favores hechos por ellas, ruegan por sus benefactores con un fervor tan grande, tan intenso, tan constante, que Dios no les puede negar nada.
Padre Paul O’Sullivan


Ciertamente que si en alguno se encuentra la verdadera gratitud, es en las almas del purgatorio. Veamos de ello una memorable demostración. 

Un ciudadano de Bretaña, no obstante los muchos y graves negocios que le tenían en medio del siglo, tenía, sin embargo, la vida de un verdadero y fervoroso cristiano. Entre sus excelentes virtudes sobresalía la tierna y solícita devoción que profesaba a las ánimas, como lo hacían ver las continuas limosnas que, entre otros sufragios, ofrecía continuamente por ellas, y muy especialmente la práctica que siempre usaba de detenerse cuando pasaba por el cementerio a orar por ellas, en pie o arrodillado, y esto bien estuviese solo, bien a la vista de las gentes, cuyo respeto en esto y otras cosas de la gloria de Dios nunca fue parte para retraerle; y cuán agradable fuese todo a Dios y provechoso a las ánimas, el tiempo lo hizo ver de un modo no menos prodigioso que auténtico.

Porque acometido de la última enfermedad y agravado, pidió con instancia el Santo Viático para prepararse con el Pan de los fuertes al último trance y combate. Era de noche, y el párroco, por ser tal hora y no muy bueno el camino que había que andar, eludió la molestia, que hubo de tomar sobre sí el vicario, si bien con gusto por el alto respeto que tenía del enfermo. Llegado a casa del paciente y consolándole con el Pan de los ángeles, le administró también el último sacramento en razón de la distancia a que se hallaba de la parroquia.

Se volvía en paz a la iglesia con algún acompañamiento, cuando he aquí que al llegar al cementerio en que tantas veces oró el enfermo, se vio detenido por una fuerza invisible; y mientras, absorto, se pierde en hacer juicios sobre la causa de tal novedad, siente salir una voz del copón que lleva consigo, y pronunciar distintamente estas palabras: “¡Huesos áridos, oíd la orden del Señor; levantaos! (cfr. Ezequiel 37). Que fue decirles: “Venid a la iglesia a rogar por el bienhechor que en este momento acaba de entregar el espíritu; exige la gratitud que le paguéis, ahora que él lo necesita, el mucho bien que os ha hecho; en especial porque nunca pasó por este cementerio sin orar por vosotros”.

Entonces se sintió el extraño ruido de multitud de huesos, que agregándose unos a otros, y buscando sus junturas, formaban sus respectivos esqueletos, y después los cuerpos en la forma misma que vio el santo profeta y describe con estas palabras: “Se oyó un sonido, y he aquí una conmoción grande; y se unieron huesos a huesos, cada uno por su propia coyuntura” (allí mismo). En seguida se vio salir un número grande de personas, las cuales se dirigían a la iglesia, adonde volviendo también la vista el vicario observó, con no poca sorpresa, que no sólo se hallaba abierta de par en par (cuando él la había dejado bien cerrada, máxime siendo de noche), sino que además estaba con abundante cera iluminada. Se colocaron en buen orden, y acto continuo entonaron el Oficio de difuntos, que cantaron con aquella majestad que usan las catedrales con los grandes personajes. Concluidas las exequias, se sintió otra vez el extraño ruido de los huesos, porque la voz que los reunió se volvió a oír, intimándoles que volvieran al lugar que ocupaban, y del que momentáneamente salieron, porque quiso el Señor dar a entender a los vivos lo que sabe hacer para premiar la caridad con los difuntos.

Viéndose ya libre el sacerdote que había estado inmóvil todo aquel tiempo, entró en la iglesia, y dejado el Sacramento en el tabernáculo, marchó apresurado a dar cuenta al párroco del suceso. No bien había empezado su relación, cuando llegó un mensaje de la casa del enfermo participando que había entregado plácidamente el alma al Creador. El suceso entretanto produjo dos buenos efectos, porque al párroco le hizo más diligente en el cumplimiento de su obligación, principalmente con los enfermos; pero el vicario pasó más adelante, porque volviendo al mundo las espaldas se encerró en el monasterio de Tours, fundado por San Martín, y del cual con el tiempo y por el mérito de las grandes virtudes que le adornaban, fue dignísimo superior. Eran muchas las prendas que le hacían merecedor de tal dignidad, como lo acreditó la grata memoria que por mucho tiempo se conservó de su prudencia y de la devoción que practicó y supo inspirar a los monjes en favor de las afligidas almas del purgatorio.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 103-105.