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wtorek, 2 maja 2017

BENÉFICO CONSEJO DE UN VENERABLE SIERVO DE DIOS LLAMADO NICOLÁS ZUCHI

Nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que rezan.
(San Juan Damasceno, Hom. en la Dormición de la B. Virgen María)

Cierto joven, cargado de aquellos pecados que la juventud llama fragilidad, y Dios llama abominaciones, se fue a confesar con un venerable siervo de Dios, cuyo nombre era Nicolás Zuchi, que entonces era muy conocido en Roma por la eficacia de su lengua y de sus obras (...) El santo hombre le recibió; y como lo solía hacer en semejantes casos, se compadeció de él con unas entrañas llenas de verdadera caridad, procurando solamente hacerle entender bien cuánto le aprovecharía, para que sanase, la devoción de la Santísima Madre de Dios: y habiéndole persuadido cumplidamente [de] esta verdad, le dio finalmente en penitencia que hasta otra confesión rezase cada mañana en levantándose de la cama una Ave María a la Virgen, y le ofreciese los ojos, los oídos, las manos y todo su cuerpo, suplicándole que los guardase aquel día como cosa suya, y que renovase esta misma acción a la noche, antes de acostarse, besando tres veces la tierra. 

Practicó el joven esta penitencia, mas con muy poca enmienda. Y, sin embargo, la fue confirmando repetidas veces el próvido confesor, hasta que le dio gana al joven penitente de ir a dar vuelta al mundo con algunos de sus compañeros, nobles también y sus semejantes en todo; y habiendo ido a despedirse de su padre espiritual, le acordó [éste] que se encomendase siempre más a la Virgen, con ánimo de mudar de vida, y que no dejase jamás aquel obsequio que la hacía por la mañana y por la noche; y así se partió. 

Habían pasado muchos años. Vuelto a Roma estuvo con su mismo confesor, el cual, con grande maravilla y con mucho júbilo de su corazón, le halló del todo mudado en otro, y tan apartado de las pasadas deshonestidades, que antes las tenía horror. Por lo cual, habiéndole preguntado la causa de tan notable mudanza, tuvo por respuesta que la Santísima Virgen, a quien había constantemente invocado con aquella breve devoción, le había por fin alcanzado de Dios la gracia de la pureza deseada. 

Y no se acaban aquí los favores magníficos de la Virgen. Porque refiriendo desde el púlpito el mismo padre Nicolás Zuchi este suceso, le oyó un capitán que, habiendo seguido muchos años a una mala mujer, quedó persuadido a querer probar también a librarse de ella, cumpliendo la misma devoción. Lo cual le fue de tanto fruto que muy en breve, dejada totalmente la mala compañía, mudó de vida. Y porque se fíaba de esta mudanza más de lo justo, se determinó al cabo de seis meses a ir un día a la casa de su amiga antigua, a título de averiguar si también ella se había retirado de su mal ejercicio, o dándose a algún otro. Mas ¿qué? Al acercarse a aquella puerta, donde corría manifiesto riesgo de perderse, y no lo temía, sintió que una fuerza invisible le empujó atrás por tanto espacio como era larga aquella calle: hasta que perdida de vista la casa peligrosa, fue dejado delante de la propia; pero con una luz vivísima en el entendimiento que le hizo reconocer en aquel embarazo violento la mano de su señalada Libertadora, que había acudido a socorrerle.

Pablo Señeri, El cristiano instruido en su Ley. Discursos morales y doctrinales dados a luz en lengua toscana, Tomo IV, Madrid 1859, pgs. 229-230.

LO MISMO MÁS BREVE:

El padre Señeri refiere un hecho muy notable en su libro intitulado el Cristiano instruido. Un joven, dice, fue a Roma para confesarse: estaba encenegado en el lodazal de los pecados más vergonzosos: el confesor lo acogió con particular caridad y, movido a lástima por el fatal estado de su alma, le dijo que la devoción a María podría librarlo de la inveterada costumbre de pecar: le dio por penitencia que al levantarse por la mañana y al acostarse por la noche rezase el Ave María hasta la inmediata confesión: le empeñó a que hiciese a la Virgen el ofrecimiento de sus ojos, de sus manos y de todo su cuerpo, suplicándola que lo recibiese todo como cosa suya; y por último que besase la tierra por tres veces. 

El joven cumplió esta penitencia: al principio fue poca la enmienda; sin embargo, el confesor continuó en exhortarle vivamente a no dejar la obra comenzada, animándole a la confianza en María. El penitente viajó por varios países durante algunos años: y habiendo regresado a Roma, se presentó al mismo confesor, el cual quedó agradablemente sorprendido y lleno de alegría al verlo del todo mudado y corregido.

— Hijo mío — le preguntó — ¿cómo habéis obtenido de Dios tan grande gracia?
— Padre mío — respondió el joven — yo no he cesado de practicar en honor de la Virgen santísima los actos de devoción que me aconsejasteis.

Así perseveró en este estado y murió santamente. 

El mes de mayo consagrado a María, obsequio que a esta gran Reina tributa la piedad cristiana todos los años en la parroquial iglesia de Santa María del Mar de esta ciudad, Barcelona 1847, pgs. 21-22.

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