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sobota, 27 maja 2017

DOS DONCELLAS HERMANAS Y UN ÁNGEL

Siempre que olvido algo a la hora de salir de casa, siento que mi ángel de la guarda está actuando. Está haciendo que me retrase unos pocos segundos, y ese poco tiempo puede significar cosas muy importantes. Puede librarme de un accidente, o hacer que encuentre a alguien a quien necesitaba.
Paulo Coelho

Es cosa muy instructiva la que refiere un escritor, cuya bondad es no menos notoria que su ciencia, tiernamente devoto al mismo tiempo de los santos ángeles. 

Según dice, dos doncellas hermanas por causas de importancia tuvieron que emprender un viaje desde Lilla a Tornay. A pie, bajo la protección de los ángeles, se pusieron en camino el día de San Miguel en 1661. Bien necesitaban de aquella protección, pues el viaje era largo y el camino peligroso a causa de encontrarse muchas veces tropa. 

Mas apenas hubieron salido de Lilla, ved ahí que un gallardo joven, vestido ricamente, se dejó ver precediéndolas algunos pasos. Dentro poco tiempo toparon con una compañía de soldados: se paró al lado aquel joven como quien esté de guardia: pasaron entretanto los soldados, pero ni una palabra dijeron a aquellas hermanas. Observaron estas que a veces no se dejaba ver el joven; pero apenas se presentaba algún peligro, le veían luego otra vez delante de ellas. Se atrevieron una vez a preguntarle qué hora era; y él contestó cortésmente que habían dado las nueve en Lilla al acabarse el sermón, que él había oído con placer, en la iglesia San Esteban. Y de aquí se introdujo a hablar de los ángeles, de su humildad, y de cuánto habían hecho en el viejo testamento, especialmente con Tobías, y de cuánto hacen en el nuevo. 

— Oh, — les dijo entre otras cosas — ¡oh cuánto se complacen los ángeles en estar cerca de sus cliéntulos, con tal que sean ellos buenos y virtuosos! Y sobre todo ¡cuál es su contento cuando al salir las almas del cuerpo las conducen consigo al cielo! Mas los ángeles — añadió — tienen grande horror al pecado, aunque no sea más que venial. 

¡Qué embelesadas estaban ellas al observar los modales del joven, la gracia y dulzura de sus palabras! Pensaban entre sí que tal vez él mismo no fuese un ángel. Se animaron también a preguntarle de qué país era. A esta pregunta contestó con un gracioso sonrís. 

— A lo menos — preguntaron también — ¿en qué lugar hacéis vuestra permanencia? 
— Mi permanencia — contestó — es por todo. 
— Habréis pues visto muchas cosas — añadieron.
— Ciertamente que sí — dijo él — y mayormente en cosas de caridad. Muchas veces me he hallado en hospitales a ver cómo damas nobles servían a los enfermos: muchas veces en batallas, pero sin ser herido: también en varias torturas, y he visto allí ásperas carnicerías. 
— Y ¿no os habéis espantado? — dijo una de ellas.
— No — dijo — no hay jamás que temer cuando se está con Dios. 

Con conversación tan suave pasaban el camino tan dulce y felizmente, que les parecía un rato de diversión. Ofrecieron a aquel joven alguna cosa para desayunarse, y él también sonriéndose les dio las gracias. Mientras iban caminando estaba a la puerta de una venta un soldado que prorrumpía frenético en horrendas blasfemias. Le llamó aquel joven a parte: le habló entonces de la grandeza de Dios y de su justicia, de la incertidumbre de la muerte y de la importancia de salvar su alma; y se vio que le habían hecho impresión aquellos discursos, y parecía que estaba compungido y enteramente cambiado. 

Se acercó después a las doncellas, y volviendo a hablar de los santos ángeles:

— Nunca os olvidéis de ellos, — les dijo — tenedlos presentes toda vuestra vida. Ellos os librarán de mil peligros, os procurarán mil bienes, os inspirarán pensamientos santos que os llevarán a Dios; y todo esto lo conoceréis en el otro mundo. 

A dos leguas de Tornay se reunió con ellas una persona conocida suya: y habiendo oído parte de aquel discurso, no pudo contenerse de decir a una de ellas al oído: 

— ¡Oh Dios! ¿y quién es este sujeto? no es otro que un ángel o un santo. 

Al llegar a las puertas de aquella ciudad se volvió a ellas, y les dijo: 

— A Dios, hermanas mías; ya estáis en lugar seguro...

Y dicho esto desapareció, y no se vio más. 

Quiso manifestar con esto aquel buen ángel las maneras tan amables y disimuladas de que se vale para dispensarnos beneficios sin ostentación; lo que es un género de beneficencia el más gracioso y obligatorio.

Pascual de Mattei, La devoción a los santos ángeles custodios, Barcelona 1842, Imprenta de VALENTÍN TORRAS, pgs. 62-65.

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