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czwartek, 25 maja 2017

LA CAMPANILLA DEL CAPÍTULO

No hay mayor hambre, sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las almas del purgatorio, por lo tanto no hay limosnas más merecidas, ni más placenteras a Dios, ni mérito más alto para nosotros que rezar, pedir celebraciones de Misas y dar limosnas en favor de las pobres santas almas.
Paul O’Sullivan OP


La campanilla del Capítulo, sin que nadie la tocase, solía hacer cierta funesta señal, indicando que iba a morir algún religioso; con lo que, como era natural, entrando todos en aprensión se disponían con fervor, redoblando la oración y la penitencia para obtener un tránsito feliz, pues mientras sabían que fallecería uno, ignoraban sobre quién vendría la enfermedad que le sacaría de este mundo.

(...) Un religioso del mismo convento y de muy santa vida tenía estrecha amistad con otro no menos ejemplar de la orden de San Francisco. Cuando se reunían no hablaban ordinariamente de otra cosa que del modo de adelantar en la perfección. Mas un día que recayó su discurso sobre la muerte, a lo que diera ocasión el toque de la campana de que hemos hablado, después de discurrir largamente sobre la materia, vinieron a concluir conviniéndose en que el primero que fuese llamado de los dos vendría (si tal fuese la voluntad de Dios) a participar al otro la suerte que en la otra vida lo hubiese cabido, y esto con objeto de tener mayor estímulo para orar, si se hallase en el purgatorio. 

Tocó la suerte al franciscano el cual, cumpliendo con lo pactado, se presentó al dominico en ocasión que, por orden del superior, preparaba el refectorio a la comunidad. Saludando amorosamente le dijo que por la misericordia de Dios estaba salvo, pero no sin padecer gravísimas penas para purgarse de las faltas que había cometido en la observancia religiosa. Dicho esto, y para moverle a procurar con diligencia su alivio conforme a lo que habían pactado, empezó a explicarle, en la manera que podía, lo acerbo de aquellas penas, de las cuales dijo ser inútil buscar en los dolores y aflicciones de la presente vida cosa con qué poderlas, no ya comparar, pero ni con qué dar la más leve idea. Y para darle de ello alguna prueba, extendiendo la mano la aplicó ligeramente a la mesa del refectorio, donde quedó impresa como si se hubiese aplicado una mano de hierro hecha ascua; y con esto desapareció. 

El amigo, comprendiendo entonces perfectamente lo que debía padecer, se aplicó a aliviarle por todos los medios que le sugería su caridad, tan vivamente excitada con este suceso.

La señal, continúa el historiador, permanece hasta hoy en la mesa del refectorio y sobre ella, para que sea más duradera, se ha puesto una rejilla de cobre. Ella avisa continuamente a los religiosos que deben observar su santa regla con toda exactitud, así como la campana los mantiene en el saludable temor de la certeza de la muerte e incertidumbre del día en que sucederá (…)

COMENTARIO AL CASO: 

Ignoramos lo que a esta fecha (1846) será de la mesa y de la huella; pero si no existiesen, pueden suplir muy bien las dos que hoy se ven en Roma (donde esto escribimos) en poder de D. Cayetano Ludovici, fiscal de la causa de beatificación y canonización de la sierva de Dios Teresa Electa del Corazón de Jesús, religiosa franciscana del convento de Santa Restituta de la ciudad de Narni, en los Estados Pontificios, donde murió el año de 1790, y cuya relación es como sigue:

«Murió una conversa del convento y a los cuatro días se apareció a la sierva de Dios que la vio entrar hecha una llama en su celda. Sobrecogida a tal espectáculo y más todavía por haberla conocido, la preguntó asustada: 

— ¿Qué es de ti?
— Estoy salva por la misericordia de Dios, pero ved lo que padezco en el purgatorio.
— ¡Dios sea bendito! ¿Y por qué estás en él?
— Por cuatro cosas - dijo: la primera, por la facilidad con que me dispensaba de cumplir algunas cosas de la regla, juzgándolas de poca importancia; la segunda, por faltas cometidas en el locutorio, y la tercera (no tengo presente la cuarta), porque habiéndome dado a guardar la madre abadesa algunos dineros del convento, los miraba con bastante afición.
— ¿Y tanto padeces?
— Juzgadlo por esto...

Aplicó ligeramente la mano sobre cinco o seis cuadernos de papel que había sobre el reclinatorio donde a la sazón oraba la madre Teresa, y quedaron pasados del fuego, en especial la parte que tomó bajo las yemas de sus dedos y del tronco del dedo pulgar. Bajo la palma de la mano quedaron algunos sin quemarse. Pidió sufragios y desapareció.

El segundo caso pasó de esta manera: 

Encargó la superiora a la madre Teresa que rogase por un difunto, sin nombrarle. A la noche siguiente, y estando ya en la cama, se presentó en su celda un alma con las señales ordinarias de fuego, etc. La santa mujer no hizo mucho caso, juzgando que soñaba; el aparecido entretanto le dijo: 

— Vengo a darte las gracias por lo que hoy has rogado por mí y a suplicarte continúes todavía en esta obra de caridad.
— ¿Quién eres tú? — le preguntó.
— Soy aquel por quien la abadesa te ha encargado que rogaras.
— Pero, ¿quién eres?
— Soy su padre.
— ¡Su padre! ¿Cómo puede ser si hace tantos años que murió?
— Verdad es, pasan ya de veinte.
— ¿Por qué padeces tanto?
— Cuando acaeció el terremoto de Viterbo quedé sepultado bajo las ruinas de una casa. El estado de mi alma no era bueno porque hacía mucho tiempo que no vivía con mi mujer y que aunque siempre fue mi ánimo reconciliarme con ella, la desgracia ocurrida me lo impidió. Mi suerte estaba dispuesta, pero el Señor usó conmigo la misericordia de conservarme la vida tres horas, y lo que es más, de darme gracia para arrepentirme de veras de mis pecados, porque no cesé en todo aquel tiempo de hacer actos de contrición. Obtuve el perdón de mis pecados, pero fui sentenciado a un prolongado y durísimo purgatorio. Te suplico continúes rogando por mí.
— ¡Oh! Yo debo estar soñando — dijo la monja.
— No es sueño, es realidad; ahí te dejo la señal — y desapareció.

La Madre Teresa, sin discurrir mucho sobre el caso, se quedó plácidamente dormida, pero al despertar por la mañana vio que en efecto había sido realidad, porque sobre un pañuelo blanco, y aun sin desdoblar, que tenía a la cabecera, quedó la huella de fuego de una mano izquierda. Lo tomó y se fue a referir el caso a la abadesa, que viendo la huella exclamó: 

— ¡Esta es la mano izquierda de mi padre!

Tenía, en efecto, una señal muy marcada, porque la primera articulación del dedo cordial hacía casi un ángulo recto con el mismo dedo, inclinando el extremo hacia el índice, que por lo mismo no podía juntarse con el otro. La huella está tan bien señalada, que habiendo quemado la mano la primera tela, quedó un perfecto diseño en la segunda. Así, este pañuelo (regalado el día anterior por una princesa romana) como los cuadernos de papel, están puestos cada uno entre dos pedazos u hojas de talco sumamente transparentes, de modo que se ven bien, al paso que sirven para su conservación. En el mes de Agosto último los tuvimos en la mano (no sin cierto santo terror) y observamos detenidamente varias personas, entre ellas el Sr. D. J... Alc... (artista español y uno de los mejores de Roma en su profesión de grabador), en cuya casa estaba alojado el ilustre Sr. Dr. D. Ramón Martínez, español, canónigo penitenciario de Narni, que vino comisionado por el obispo de esta ciudad a presentar los referidos y otros notabilísimos documentos que han de servir a la beatificación y canonización de la mencionada madre Teresa Electa, del Corazón de Jesús. — (N. D. T. E.)

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 93-96.

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