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wtorek, 16 maja 2017

LAS PENAS DE GOTARDO

El que mientras vive no atiende con solicitud a su bien espiritual, en vano espera después de muerto el auxilio de otro.
Beato Tomás de Kempis

Arcángela Panigarola, priora del convento de Santa Marta de Milán, era devotísima de las almas del purgatorio: hacía mucho por sí para aliviarlas y procuraba además con grande solicitud que la ayudasen otros con tan buena obra. Y con todo esto, muerto su padre Gotardo, de quien era amada y a quien correspondía mientras vivió con tierno amor, se olvidó enteramente de él en sus oraciones, pues aunque tenía voluntad de rogar por él, al querer verificarlo, por una u otra razón se la iba de la memoria; ni hubiera cumplido nunca con este deber si un admirable suceso no se lo hubiese advertido.

Habíase retirado a su celda el día de las Ánimas para poder orar allí por ellas con más fervor que de ordinario, cuando arrebatada en espíritu fue conducida por un ángel al purgatorio, donde entre las almas que vio y conoció se hallaba la de su padre, sumergida en un profundo lago de agua helada. Éste a su vez, conociendo también a su hija, dando un tristísimo grito, exclamó: 

— ¡Oh hija mía, cómo has podido olvidarte así de tu padre, dejándole padecer por tanto tiempo horribles tormentos! Has tenido grandísima caridad con las almas de los extraños, de los cuales he visto salir de aquí una multitud y volar al cielo por la eficacia de tus oraciones, ¿y para tu padre, que tanto te favoreció, que tan tiernamente te amaba, no has tenido un solo sentimiento de piedad? ¿No ves el espantoso tormento de hielo que sufro en este lago en castigo de mi culpable frialdad en el servicio de Dios, en la observancia de su santa ley y en procurar la salvación de mi alma? ¡Oh, siquiera esta vez, hija mía, compadécete de mí; procúrame con el fervor de tus oraciones el perdón de tantas penas para que al fin pueda yo también acompañar a los que por tus oraciones van a gozar de Dios!

Tal fue su súplica, la cual en tal manera sobrecogió y estremeció las piadosas entrañas de Arcángela, que con trabajo pudo articular las breves palabras siguientes: 

— Cumpliré, padre mío amantísimo: inmediatamente voy a hacer lo que me pedís.

Dicho esto, el ángel, apartándola de tan triste espectáculo, la trasladó a otra parte, donde volviéndose a él, le dijo: 

— ¿Cómo ha sido que habiendo hecho ánimo muchas veces de rogar por mi padre, siempre me he olvidado de llevarlo a efecto? Y aún más: me acuerdo que habiendo una vez empezado a rogar por él, fui arrebatada en espíritu, y pareciéndome que le ofrecía un pan blanquísimo veía también que lo rehusaba, mirándome con aprensión sobre la suerte de su alma, que no me dejaba sosegar; y fue lo peor que ya no pensé más en ofrecer por su alma los sufragios que ofrecía por las de otros a quienes no estaba tan obligada.

— Tu olvido — contestó el ángel — ha sido permitido por Dios mismo para que tuviese lugar el castigo que tu padre merecía por lo descuidado que vivió en procurar su salvación. Era de buenas costumbres, es cierto, pero no procuraba esforzarse a hacer las buenas obras que Dios le inspiraba, y las pocas que hacía estaban llenas de imperfecciones por la falta de la debida atención: que tal es el castigo que Dios suele dar a aquellos que durante su vida fueron negligentes en obrar bien. La medida de Dios es justa: al que fue negligente para con Él, permite que con él lo sean otros, olvidándose de ofrecer sufragios con que su alma sería aliviada; castiga olvido con olvido: y esto significa principalmente la repulsa que sufriste al ofrecerle el pan. Desde hoy conviene que ruegues con fervor, para que inclinando hacia él la misericordia de Dios, pueda después de tan largo tormento ir al eterno descanso.

Dicho esto, Arcángela volvió al uso regular de sus sentidos; pero quedó tan impresionada, que la parecía oír siempre el grito lamentable de su padre. Así es que se aplicó a rogar por él sin intermisión, acompañando sus plegarías con todo género de mortificación y en especial con ayuno y penitencia. Mas pareciéndola que nada de esto alcanzaba, pedía a Dios su libertad por los méritos de la sangre preciosísima del Redentor, por la ardentísima caridad que mostró muriendo en la cruz y por los méritos de su Santísima Madre, principalmente por los que contrajo padeciendo con su Hijo al pie de la cruz. 

Al fin, llegada también su hora a esta pobre alma, se apareció a Arcángela, alegre, resplandeciente y con tales demostraciones de gratitud hacia la amantísima y caritativa hija, que volando al cielo la dejó el corazón tan lleno de dulcísimo consuelo cuánta había sido su amargura después que le vio padecer.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 72-75.

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