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sobota, 27 maja 2017

UN PRELADO EN EL PURGATORIO

Nos aprovecha después de muertos la intercesión de los Santos que en vida hemos venerado.

De cuánto provecho sea a las almas del purgatorio la intercesión de los santos que en vida reverenciaron de un modo particular, lo demuestra bien la admirable visión que tuvo la bienaventurada Juana de la Cruz, religiosa franciscana y esposa muy amada de Jesús. 

Amó grandemente a esta santa religiosa un prelado constituido en insigne dignidad; pero después la despreció y aborreció con no menor odio, a causa sin duda de alguna saludable advertencia que le hiciera, como hace creer lo que después diremos. Porque olvidando este eclesiástico lo que debía a su estado, cometía graves defectos en el hablar, en su porte arrogante y en el descuido que tenía de las almas sometidas a su cuidado: por donde no es de maravillar que después de muerto padeciese en el modo extraordinario que vamos a ver.

Así que la caritativa Juana supo su muerte, volviéndole bien por mal se aplicó a rogar por su descanso con todo el fervor que la sugería su presentimiento de lo que habría de padecer. 

Y, en efecto, orando por él una noche, he aquí que se ofrece a sus ojos una figura sobremanera deforme y horrible: era el prelado con una mordaza en la boca, y cubierto de andrajos y funesto luto. Andaba como las bestias, y no pudiendo hablar, mugía como toro agarrotado: en la cabeza y en la frente tenía ciertas manchas que indicaban pecados particulares; sobre sus espaldas había algunas almas que penaban por el mal ejemplo que él las diera, y sobre sí mismo tenía algunos infernales espíritus que le golpeaban por todas partes, y particularmente en la cara, los cuales quitándole la mordaza le pusieron en la boca una trompa, de la que salió un sonido tan espantoso que aterró a la santa virgen, ya grandemente afligida por lo horrible del espectro, y más todavía por ignorar si tal padecer pertenecía al purgatorio o al infierno. Se volvió, pues, a su ángel custodio que estaba allí presente, para saberlo, y éste la contestó: 

— Dios te lo revelará a su tiempo.

La santa, presintiendo por esto solo quién sería, empezó a implorar la divina clemencia en favor del desdichado; y para inclinarla a su favor recordaba algunas obras buenas que sabía haber hecho, y en especial la devoción que profesó a un santo, cuyo nombre no dice el historiador. 

— Señor — decía — no ignoráis la devoción que profesaba a vuestro santo, el culto particular con que le honraba, los sentimientos de piedad con que a él se encomendaba, y cuya confianza en él era tanta, que hizo pintar su imagen para siempre honrarle y tenerle presente. ¡Señor, válgale su intercesión para librarle de tales tormentos!

Así rogaba y continuó rogando hasta que al cabo de algunos días vio entrar en su celda un toro, entre cuyas astas se veía la imagen del Santo hecha pintar por el atormentado, no de otro modo que a San Eustaquio apareció el ciervo llevando la imagen del Salvador entre sus astas.

Al lado del toro y junto a la imagen venía el difunto (pero no ya en el miserabilísimo estado que antes), el cual saludando a la sierva de Dios la dijo: 

— Yo soy aquel por quien tanto te has interesado. Por tus ruegos y los de este santo, mi protector, me ha concedido la inefable misericordia de Dios la singularísima gracia de que esta misma imagen me haya servido de escudo contra los asaltos más fieros del enemigo, de fortaleza en mis mayores padecimientos y de alivio en los penosísimos suplicios por donde he pasado, muchos de los cuales ya no me atormentan. Y así como por el devoto afecto que siempre profesé a mi santo, y aun a vos (antes del tema imprudente y temerario que contra vos tomé), se ha servido el Señor aligerar mis tormentos, así espero por su protección y vuestra caridad hallar pronto el fin de mis penas.

— ¡Así sea! — contestó Juana — y aun también por el consuelo que tengo en saber con certeza que os halláis en lugar de salvación, que me ha afligido en gran manera el temor de no ser así al veros en tantos y tales suplicios como los que padecíais la vez primera que os vi.
— ¡Oh! — replicó el difunto — lo que me habéis visto padecer no es ni la sombra de lo que realmente he sufrido: es inexplicable e incomprensible.

Dicho esto, y después de haberla pedido perdón de los agravios que la hizo, la manifestó su gratitud por los sufragios que debía a su caridad y se apartó de su vista. La santa, empero, no le olvidó; continuó rogando por él, y aun se presentó en el purgatorio a consolarle, hasta que finalmente la reveló el Señor haber sido libertado y conducido al cielo.

Este suceso que la santa tuvo oculto por algún tiempo, juzgó después ser conveniente manifestarlo, y lo manifestó en efecto a las monjas, tanto para que formasen alguna idea de las penas del purgatorio, como para que sirviese de estímulo a su caridad para rogar por los que en él padecen.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 100-102.

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