Łączna liczba wyświetleń

niedziela, 14 maja 2017

UN SOLDADO A CUYO JUICIO Y SENTENCIA ESTUVO PRESENTE SANTA BRÍGIDA

Dios, en su justicia, me dará todos los méritos de mis buenas obras cuando entre al Cielo; pero antes, debo expiar mi grave negligencia por no haberme acordado de los otros.
Paul O’Sullivan OP

Fue presentada el alma ante el tribunal de Dios, teniendo a la derecha al Ángel custodio que la servía de abogado, y de acusador el demonio que estaba a la izquierda. Empezó éste a acusarle en particular de tres delitos. El primero, que había faltado con la vista, dejándola correr libremente por objetos ilícitos, que le excitaban imágenes impúdicas en la imaginación y deseos no menos impuros en el corazón. Segundo, que pecó con la lengua, haciéndola instrumento de obscenidades, de maldiciones y de blasfemias. Tercero, que se había también servido de las manos para otras muchas maldades y entre ellas robar lo ajeno y mancharse con culpas sensuales.

Llegó la voz al santo Ángel y tomando su defensa alegó las buenas obras que había hecho, y entre ellas las oraciones que había rezado con devoción, las limosnas que por misericordia había hecho a los pobres, y los ayunos y penitencias que había practicado aun en medio de la milicia; añadiendo, por último, que en el artículo de la muerte había acudido con grande afecto y confianza a la Madre de misericordia, suplicándola le alcanzase el perdón de sus faltas: y que en efecto obtuvo una verdadera contrición con la que lloró muy de veras sus pecados. 

El soberano Juez, oídas la acusación y defensa, sentenció que fuese libre de las penas eternas, pero que purgase sus pecados con prolongados tormentos en el Purgatorio y que estos fuesen proporcionados y correspondientes a las culpas. “Debe el alma ser purgada — dijo — hasta que sea limpia. Ésta pues sufra de acuerdo a sus pecados: sea la pena de los ojos el ver siempre monstruos horrendos; la de la lengua el ser atormentada con agudísimas punzadas y sed rabiosa; la del tacto el estar sumergido en ardentísimo fuego”. 

Entonces la Madre de la Misericordia, la Abogada de los pecadores, se presentó a su Hijo divino pidiendo alivio de tantos y tales tormentos, alegando que el soldado había rezado su Oficio parvo y con más frecuencia acudido a sus altares con devotas plegarias. 

A tal súplica hubo de ablandarse el Juez, conviniendo en disminuirle la pena; pero añadió que, para satisfacer plenamente a la divina Justicia y librarle enteramente y pronto de sus padecimientos, se procurase que los fieles ofreciesen por él oración, limosnas y penitencias: “Estas tres cosas le librarán de las tres penas.”

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 60-62.



Brak komentarzy:

Prześlij komentarz