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niedziela, 14 maja 2017

UNA DONCELLA NOBLE A CUYOS SENTIDÍSIMOS LAMENTOS OYÓ SANTA BRÍGIDA

Pues no sabes cuándo has de morir, piensa que puedes morir hoy y está siempre dispuesto para lo que siempre puede venir. Confía en la misericordia de Dios para implorarla luego; mas no presumas el dilatar tu conversión un momento, porque no sabes si te darán tiempo para que la puedas invocar o si después invocada merecerás ser oído. Lo que sí sabes es que la misericordia de Dios no está prometida a los que se fían de ella para pecar con esperanza del perdón, sino a los que temiendo a la justicia divina, cesan de pecar.
Juan Eusebio Nieremberg SJ

Estaba Santa Brígida en oración y arrebatada en éxtasis se encontró en presencia de las penas de la otra vida. Entre las varias personas que veía padecer, la llamó particularmente la atención una joven que con increíble ansiedad se lamentaba de su propia madre, a cuyo amor desordenado atribuía todos los padecimientos, por cuanto los había ocasionado la libertad que la daba de hacerse a todos amable; digámoslo más claro: de festejar y ser festejada; por no haber perdonado a gasto ni trabajo para adornarla, fomentando así su vanidad y orgullo; por haberla conducido a espectáculos y a sociedades donde tenía conversaciones licenciosas; en suma, porque en lugar de contener con un freno saludable la natural propensión de la juventud, inclinada por lo común a lo malo, la había estimulado inconsideradamente a correr por un camino peligrosísimo, con grande daño de su alma y de sus incautos amantes. 

“Es verdad — añadía — que me enseñó algunas oraciones y me hizo practicar algunos actos de virtud; pero consintiendo como consentía en mis desórdenes, tales obras eran muy poco gratas a Dios, porque mezcladas con los vicios eran como un bocado saludable mezclado con grande cantidad de veneno. ¡Sea, por tanto, bendita — exclamó — la misericordia infinita de mi Redentor, que no ha permitido mi eterna condenación, como exigían mis graves culpas! Porque antes de morir tuve la dicha de confesarme arrepentida; y aunque tal arrepentimiento nacía más bien que de otra cosa de la presencia de la muerte, sin embargo en la agonía me acordé de la acerbísima pasión y muerte del Salvador, y esto me dio luz para conocer la enormidad de unos pecados que habían causado tal muerte (...) ¡Oh Jesús y Señor mío! yo creo que eres mi Dios. ¡Jesús, Hijo de la Santísima Virgen, por tu acerbísima pasión ten misericordia de mí! ¡Me duelo de mi mala vida, y la enmendaría gustosa si tuviese tiempo para ello! 

Al acabar de decir esto expiré, me libré de las penas del infierno, pero fui destinada a estas gravísimas del Purgatorio.”

Después de estas palabras que dispuso Dios oyese distintamente la Santa con el fin de que las escribiese para instrucción de todos, añadió el alma la serie de sus padecimientos, haciéndonos así ver cómo las penas corresponden a las culpas.

“Ahora — decía — mi cabeza, tan prolijamente adornada en otro tiempo, arde por fuera y por dentro en tan vivísimas llamas, que fuera alivio si en vez de esto la pasasen todos los rayos del cielo; la desnudez de mis brazos y del seno, con tal estudio cubierto o descubierto, se ha convertido en tenerlo en una enorme prensa; y sobre esto atravesados con durísimos y candentes clavos; las piernas y pies, adornadas para agradar en el baile, ¡oh qué tormento!, ni un momento los desamparan horribles víboras, que sin cesar los estrechan y despedazan; todo mi cuerpo, en fin, tan refinadamente preparado para agradar, está sumergido en tan extraña clase de tormentos que simultáneamente me hacen probar lo sumo del fuego y del frío.”

De estas y otras comparaciones y metáforas se servía aquella alma para hacer entender a Santa Brígida la calidad de sus padecimientos y moverla a que la auxiliase con sufragios: y la Santa lo escribió según los designios misericordiosos de Dios para instrucción de todos; pero antes, y apenas vuelta del éxtasis en que viera todo esto, lo refirió a una prima hermana suya, cuya vida era poco desemejante a la de la desventurada del purgatorio. Absorta quedó la inconsiderada joven de la relación de la Santa; y porque viéndose en igual caso no podía dudar de la suerte que a buen librar la esperaba, con mejor consejo abandonó la vida sensual a que arrastra el amor de los placeres, con tan poco provecho para el cuerpo como grande desasosiego del corazón; así que se encerró en un monasterio, donde con la oración y penitencia procuró librarse a sí misma y librar a otras muchas almas del purgatorio.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 62-64.

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