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sobota, 20 maja 2017

UNA PINTURA QUE YO HICE...

¡Ay del mundo por los escándalos! Porque necesario es que vengan escándalos; mas ¡ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!
Mateo 18,7

Purgatorio grande espera al que a otro ha servido de escándalo. Si es doloroso el haber de padecer por méritos propios, es sobremanera duro el sufrir tormentos por los ajenos. ¿Cuántos hay entretanto en el purgatorio que, por haber sido ocasión de que otros pecasen, pagan con gravísimas penas este pecado, tan grave y trascendental como poco considerado de gran número de cristianos? Veámoslo en el siguiente suceso: 

Un pintor, celebre por su grande habilidad en el arte y apreciadísimo por sus buenas y cristianas costumbres, entre las muchas imágenes de santos y asuntos sagrados con que perpetuó su nombre, había pintado también un gran cuadro para la iglesia de un convento de Carmelitas descalzos, concluido el cual con la perfección que era de esperar de su acreditado pincel, enfermó gravemente y murió. Pero al arreglar su testamento hizo llamar al prior por cuyo encargo pintara el último cuadro, y presente que fue, le manifestó su deseo de que el precio estipulado por su trabajo, del cual nada había recibido todavía, se emplease en sufragios por su alma, y que las Misas fuesen dichas por los religiosos de la casa; dando así a su trabajo el mérito de una limosna hecha a una comunidad pobre. Todo se cumplió puntualmente como había dispuesto.

Pasados pocos días de su muerte oraba un religioso en el coro a deshora de la noche, y de repente se le presenta el pintor, que tristísimo y rodeado de vivísimas llamas, se le postra, suplicándole le alivie de la continua muerte que está padeciendo. El religioso, grandemente admirado de lo que veía, porque conocía bien a fondo las excelentes virtudes cristianas que en vida adornaban su alma, le preguntó la causa de tales padecimientos, y la respuesta fue la siguiente: 

“Conducido, así que expiré, al tribunal de Dios, comparecieron algunas almas a acusarme, diciendo que una pintura que yo hice medio desnuda y que por su inmodestia provocaba a obscenidad, había sido causa de que mirándola incurriesen en delectación y deseos lascivos, por lo que habían sufrido agudísimas penas en el purgatorio. Además (y esto es peor), que otras con ocasión de tal pintura, habiéndose depravado en sus costumbres se habían condenado, y que por lo mismo merecía yo ir a escuchar sus eternas maldiciones en el infierno. 

Cuando decían esto se presentaron muchas almas de bienaventurados, que tomando mi defensa dijeron que aquella pintura la hice cuando aún era joven y principiante en el arte, y que conociendo el yerro que había cometido me arrepentí e hice por ello penitencia, lo que era verdad. Además, que en desagravio de aquella culpa había pintado innumerables imágenes de santos y asuntos sagrados que inspiraban devoción y habían servido para provecho espiritual de infinitos que las habían contemplado y contemplarían; y que por lo mismo, y siendo ellas de cuyas imágenes yo me había ocupado, era deber suyo acudir a mi defensa y suplicar fuera perdonado. Y por último, que el precio del último cuadro lo había cedido en cierto modo al convento para el que fue hecho, por haber ordenado se emplease en Misas por mi alma y para remisión de mis pecados. Así que interponían su mediación para que fuese perdonado y no permitiese la Majestad divina que los infernales espíritus hiciesen presa en mi alma.

Oída esta acusación y defensa, el soberano Juez, movido por la súplica de los santos, sentenció que, absuelto de las penas eternas, fuese destinado a purgarme del resto de mis culpas en este terrible fuego, en el cual debo permanecer hasta que, quemada aquella infame pintura, deje de servir de incentivo de la concupiscencia. Os suplico, por tanto (continuó diciendo al religioso), me hagáis la caridad de decir a N. (y nombró al caballero por cuyo encargo la pintó) que arroje al fuego la pintura para que no sirva más de incentivo al amor impuro; que así lo quiere Dios y lo manda; y que en prueba de que esto no es ninguna ilusión, dos de sus hijos morirán dentro de poco, a los que no tardara en seguir él mismo si despreciase vuestro aviso.”

Dócil el caballero a la extraordinaria embajada, no tardó más en arrojar al fuego la pintura de lo que tardó en escuchar al religioso. Los dos hijos murieron en el término de un mes; y el padre, libre de la muerte amenazada por la puntualidad con que llevó a efecto la disposición de Dios, no por esto quedó tranquilo. Reformó su vida, y en desagravio de los males que había causado la deshonesta pintura, hizo pintar varios devotísimos asuntos sagrados, cuyos buenos efectos en los que los mirasen, pudieran contrapesar (digámoslo así) en el día de la cuenta los depravados que por su causa había dado la otra pintura; y los santos además venerados en aquellas imágenes, le fuesen abogados en el tribunal de Dios, verificándose en él el texto del Evangelio: "Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas." (Lucas 16,9); como justamente acaeció al bien arrepentido pintor, que voló al paraíso luego que el lienzo quedó reducido a cenizas.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945,, pgs. 78-81.

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